La Casa de la Memoria: Cimavilla salvaguarda su identidad y sus recuerdos

Un proyecto de Anina Hood respaldado por la Asociación Vecinal Gigia recupera nombres, imágenes e historias de personajes populares del barrio alto de Xixón

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

En ese siglo que quedó atrás hace ya un par de décadas, Cimavilla olía a pescado fresco, a oricios, a salitre y a sábanas húmedas tendidas en las ventanas que el viento nordeste secaba colándose en las callejuelas del barrio alto de Xixón. Cimavilla olía también a picadura y a hojas de tabaco. Y en alguna esquina una niña sentada a la puerta de casa sobre las rodillas de su abuelo podía estar escuchando de boca del viejo marino varado en tierra una leyenda protagonizada por una sirena mientras en otro rincón del barrio la protagonista era la sirena que dictaba el horario de entrada y salida en una fábrica llena de obreras cigarreras. Los olores y los sonidos de esos lugares y de aquellos tiempos ya sólo cabe imaginarlos, pero los nombres y las imágenes de algunas de las personas y de los personajes que llenaron de vida la pequeña península de Santa Catalina aún siguen vivos. Con el propósito de salvaguardar ese patrimonio popular soltó amarras en 2018 la Casa de la Memoria, una iniciativa histórico-artística promovida por Ana González Ferrero y respaldada por la Asociación Vecinal Gigia de Cimavilla.

Los nombres y las imágenes de algunas de las personas que llenaron de vida la pequeña península de Santa Catalina aún siguen vivos

Ana González Ferrero, también conocida como Anina Hood, es gijonesa pero no es playa (si limitamos el término playu a quienes nacieron o viven en Cimavilla, como exigen los más puristas). “Mi vínculo con el barrio viene de mis años de juventud, cuando empecé a parar por aquí”, señala a Nortes. Ella es técnica en Actividades Socioculturales, se graduó en Turismo y cursó estudios de Digitalización del Patrimonio Cultural en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Su interés en el arte urbano la animó a proponer hace unos años a la anterior junta directiva de la asociación vecinal, presidida entonces por Aida Artime, una intervención callejera para aprovechar edificios abandonados o deteriorados de Cimavilla rememorando sobre ellos la figura y la memoria de “personajes conocidos del barrio que en su gran mayoría ya no están, desgraciadamente”.

Anina Hood, promotora de la Casa de la Memoria FOTO: Luis Sevilla

Con aquella primera incursión empezó a reflotar un paisaje y un paisanaje increíblemente plural y variopinto para un barrio que, aunque es el más antiguo de Xixón, es también uno de los más pequeños. Siguen vivos en la memoria colectiva pescadores, pescaderas, cigarreras, marinos mercantes, inmigrantes insólitos como Niu Wei Yang El Chino Chaoyo Wei, que abrió un mesón en los años 60 y que tiñó Cimavilla con el colorido de sus farolillos de papel, o habitantes genuinos y rupturistas como Alberto Alonso Blanco Rambal, víctima de un asesinato nunca resuelto. “La idiosincrasia de los lugares la forjan las personas”, apunta la promotora de la Casa de la Memoria, que desde aquella iniciativa inicial para llenar el vacío en paredes de espacios relegados fue desarrollando un trabajo de documentación basado fundamentalmente en los testimonios de la población veterana del barrio. “Les propuse contar historias de la gente, sus propias historias”, explica.

En los primeros tiempos Anina Hood caminaba con un puñado de tizas y carboncillos en los bolsillos desde el barrio gijonés de La Arena, donde vive, hasta la península playa para actuar en solitario sobre las paredes de Cimavilla, porque no quería involucrar a otra gente en unas acciones artísticas y memorialistas que, a pesar de que no eran invasivas, podrían haberle acarreado alguna multa en aplicación estricta de las ordenanzas municipales. No tuvo problemas, en una ocasión incluso pasó a su lado una patrulla de la Policía Local que, impertérrita, siguió su camino mientras ella dibujaba.

FOTO: Luis Sevilla

La idea que latía detrás de aquello era “crear un centro de documentación de proximidad, del barrio, que es algo que se podría hacer también en otras zonas de la ciudad”, asegura. Organizó un taller en el que, a través de juegos de crucigramas y sopas de letras dibujadas en una pared, había que definir o relacionar nombres y apodos de personajes conocidos del barrio, como El Truenu de Xixón, La Mulata, La Faraona o El Mexón (en aquella Cimavilla urbana pero con trazos de villa rural marinera era habitual que cada nombre llevara asociado un mote, en algún caso heredado de los antepasados de esa persona). También, comenta, “escribí en las paredes letras de coplas relacionadas con Cimavilla. Una de ellas en la calle Vicaría, en castellano y en asturianu, que hablaba sobre las cigarreras. Y términos del vocabulario playu”.

Mientras tanto, en la Asociación Vecinal Gigia de Cimavilla se produjo un relevo generacional y casi poblacional. Tras doce años como presidenta, Aida Artime dejó paso a Sergio Álvarez, perteneciente a la generación de jóvenes residentes en el barrio, que asumió el timón del colectivo vecinal con ganas de desarrollar ideas nuevas pero sin renunciar a las viejas esencias de Cimavilla. “En nuestra sede tienes una mesa y un hueco a tu disposición”, recuerda Anina que le dijo el representante vecinal. A partir de ahí y con un par de ayudas económicas de entidades de la periferia del barrio que optaron por un mecenazgo discreto, anónimo, la Casa de la Memoria fue levantando sus cimientos, dicho en sentido metafórico, porque el proyecto no tiene una sede física concreta, sino que su sede es el barrio entero. “Con esas ayudas conseguimos el equipamiento básico para empezar”, comenta. Las dos materias primas fundamentales, las vivencias y los recuerdos, las aportan “las personas que colaboran de forma altruista, gente del barrio y de fuera”, y la mano de obra la aporta ella misma: “Hago entrevistas, escaneo fotos, organizo el archivo…”.

FOTO: Luis Sevilla

Esa labor desinteresada ha conseguido movilizar, a lo largo y ancho del barrio, a un grupo de vecinas y vecinos dispuestos a echar una mano siempre que hace falta. “Voy a liarla. ¿Quién se apunta?”, deja caer Anina Hood en un chat de redes sociales cuando se le pasa por la cabeza una  acción concreta. “Y empiezo a recibir mensajes de gente que se apunta”, dice. El vecindario, comprometido con una causa que es suya, también avisa si nota que en alguna pared del barrio ha desaparecido un mensaje o una fotografía que había fijado allí el pequeño colectivo de la Casa de la Memoria. Y si alguien o algo lo ha borrado o lo ha arrancado, lo reponen, para evidenciar que la memoria histórica es constante y puntual como las mareas del Cantábrico.

Lo que se persigue es mantener y poner en valor las señas de identidad de Cimavilla

Las fuentes de documentación son de procedencia diversa. Para un taller dedicado a Ángela La Prina adquirieron una fotografía a través de la Fototeca del Muséu del Pueblu d’Asturies. La reproducción de la imagen fue colocada en la calle Atocha, donde vivió esa conocida pescadera hace casi un siglo, y allí se organizó una actividad que consistía en “hacer un retrato literario de La Prina sin conocer su historia, sin saber nada de ella”, señala Anina Hood, que recalca que “cuando se deteriora la foto colocamos otra copia. Es la tercera vez que la reponemos”. Lo que se persigue con ese tipo de iniciativas es “mantener y poner en valor las señas de identidad de Cimavilla, fomentar el espíritu de pertenencia al mismo, sobre todo entre la población joven que llega al barrio”. Y para ello recurren a “historias individuales pero representativas de gente del barrio, gente cuyos nombres no figuran en las placas de las calles y plazas”. Entre las iniciativas que se plantea para el futuro la dinamizadora de la Casa de la Memoria está organizar una exposición de objetos diversos que irían desde unos farolillos de El Chino hasta material de las antiguas cigarreras: “Varias trabajadores de la Fábrica de Tabacos me pasaron contratos de trabajo, batas, anillas de cigarros… Hay un montón de cosines que todavía no han visto la luz”.

Por su parte, Sergio Álvarez, presidente de la Asociación Vecinal Gigia, se refiere a la Casa de la Memoria como “un proyecto del barrio, liderado por Anina, que acogemos con entusiasmo porque defiende la memoria histórica y la identidad de Cimavilla”. Añade que “la memoria histórica es un eje transversal importante en el trabajo de nuestra Asociación”. Él y Carla Petrelli, responsable de la vocalía de la Mujer, se unen a otros vecinos y vecinas convocadas por Anina Hood para las fotos que ilustran este reportaje. Acuden también a la cita dos representantes de la junta directiva de la Asociación Cultural y Deportiva Cigarreras de Gijón, e incluso biznietas de Ángela La Prina. El grupo posa bajo una luz primaveral del mediodía para la cámara de Luis Sevilla ante la Casa del Chino, en la plaza de la Soledad, que en ese momento no hace honor a su nombre, porque a la convocatoria de Anina Hood han respondido más de una docena de vecinas y vecinos de esa Cimavilla que existe y que resiste frente a cierto olvido por parte de las instituciones. La Casa de la Memoria va también de eso: de desterrar del barrio la soledad y el olvido. Decía la escritora decimonónica francesa George Sand que la memoria es el perfume del alma. Aunque en las callejuelas y plazoletas de Cimavilla ya no huela a pescado fresco ni a picadura de tabaco ni a jabón de Marsella, el recuerdo de esas fragancias y de las gentes que respiraban con ellas sigue perfumando el alma del viejo barrio, del barrio alto de Xixón.

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