Dos remedios infalibles contra el fascismo: memoria y estropajo

Recuerdos de una mañana de invierno en la que una mujer y dos niños limpiaban las placas de las víctimas del Holocausto en unas calles del centro de Berlín

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

Yo sabía que la memoria (la memoria histórica, la memoria democrática, la memoria a secas…) es un remedio infalible contra el fascismo, pero fue Elena la que me enseñó que también puede serlo un humilde estropajo.

Era el último domingo de enero del año pasado, víspera del Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Elena convenció a su hijo y a un amigo de este para que esa mañana de frío invernal berlinés salieran de casa los tres equipados con una botella de agua, detergente y esponjas con estropajo. Fueron recorriendo las calles del centro de la capital alemana: detenían el paso cada vez que encontraban a sus pies una de las placas que jalonan la ciudad de Berlín a pie de asfalto recordando el nombre y el apellido de alguna persona que vivió a esa altura, en esa calle, y a la que le robó la vida el nazismo y sus fanáticos verdugos.

Elena, su hijo y el amigo de su hijo fueron limpiando, con respeto y cariño, las placas de mujeres, hombres, niñas y niños que encontraban a su paso. Ante una de ellas, la de Judis Rosenow, los dos críos echaron cuentas de la edad de la víctima. Y le preguntaron a Elena qué motivo puede haber para asesinar a una niña de cuatro años. Y Elena, que es madre, que es italiana de Milán, que es alemana de Berlín porque allí vive desde hace más de veinte años, que es ciudadana del mundo, que es profesora universitaria y filóloga habituada a usar la palabra para interpretar la vida, no encontró verbos ni adverbios ni adjetivos que pudieran explicar un genocidio. Les respondió que no había motivo y que la memoria es lo único que nos puede asegurar que eso que pasó no se repetirá nunca más. Y echó mano de una cita de Primo Levi, escritor italiano, judío de origen sefardí, militante antifascista, superviviente del Holocausto: «Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden verse de nuevo seducidas y obnubiladas».

Placas en el suelo de una calle de Berlín que recuerdan a víctimas del nazismo.

Cuando me contó lo que habían hecho esa mañana de domingo me dieron ganas de abrazarla, salvando esa distancia tremenda entre Berlín y Xixón que nos unía y que nos separaba. Los recuerdos más hermosos del tiempo que compartí con Elena me remiten a cosas como un estropajo, una bandera tricolor, flores sobre una tumba… En Barcelona quiso que nos pegáramos una buena pateada hasta el cementerio de Montjuïc porque allí estaba la tumba de Durruti, Ascaso y Ferrer i Guardia, y sabía que yo tenía ganas de dejar sobre sus nombres una flor. Pero nos presentamos allí sin flor alguna y bromeamos sobre la idea de robar las flores que adornaban la tumba de algún banquero u oligarca enterrado en aquel mismo cementerio para ponerlas sobre la lápida de aquellos tres anarquistas, que sin duda las merecen más.

Estatua dedicada a Federico García Lorca en la plaza de Santa Ana, en Madrid.

En Madrid también fue idea de ella que esperáramos una hora y pico bajo el sol tórrido de agosto hasta que acabó el homenaje memorialista programado ante la estatua de Lorca en la plaza de Santa Ana para poder fotografiarnos nosotros dos, solos, bajo la estatua del poeta, abrigada esa mañana con una bandera tricolor más luminosa que el cielo luminoso de Madrid. Y en Berlín me enseñó todos los lugares en los que la memoria ha vencido al nazismo, y me acompañó hasta una librería emblemática y rojeras en la que tenían a la venta la edición alemana de mi novela ‘Lluvia de agosto’, y me hizo una foto con el libro mientras a mí se me caía la baba.

Cada vez que por aquí, en Asturies, hacemos algo para mantener alzada la bandera de la memoria democrática, me acuerdo de Elena, por estas cosas que acabo de contar y por muchas más (es una persona extraordinaria con la que he tenido la suerte de compartir un trecho del camino de nuestras vidas). Hace unas semanas le mandé las informaciones que publicamos en Nortes sobre el homenaje a las víctimas del nazismo en la Senda del Cervigón, en Xixón, y sobre el batallón de partisanos italianos formado por gitanos sinti. Ella me manda periódicamente desde otra orilla de Europa historias de lucha y de resistencia contra el olvido. Y todas hablan el mismo idioma, ese idioma en el que no hay espacio para la palabra vacía ni para el silencio, porque la palabra vacía es renuncia y el silencio es abandono.

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