“Sin chiringuito de San Mateo no podremos hacer las fiestas de Sograndio”

Marcos Álvarez y Chori Carreño, de la asociación vecinal, lamentan que los planes de Canteli y OTEA puedan acabar con una tradición.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Sograndio tiene unos 200 habitantes y una asociación vecinal con 150 socios y socias. Muchos naturales del pueblo siguen pagando la cuota, que da derecho dos veces al año al tradicional bollu preñáu, aunque vivan desde hace décadas fuera de esta parroquia rural del concejo de Oviedo/Uviéu. Dice el dicho que quien tuvo, retuvo, y en Sograndio saben algo de eso. La asociación vecinal nació en 1979, en tiempos de efervescencia del movimiento ciudadano en toda España, cuando las asociaciones de vecinos y vecinas se convirtieron en la escuela democrática de decenas de miles de personas en barrios y pueblos en todo el país. En 1983, con el primer San Mateo del socialista Antonio Masip, los vecinos de Sograndio montaron chiringuito en pleno centro de la capital de un concejo que desgraciadamente suele tratar a los habitantes de su zona rural como ciudadanos de segunda clase. Desde entonces este chiringuito histórico no ha faltado a su cita, exceptuando claro está el año pasado a causa de la pandemia. Collacios de Pinín, un guiño al dibujante Alfonso Iglesias, creador de los populares Pinón y Telva, ha sido y sigue siendo la principal vía de financiación de las actividades de esta asociación. “Somos un chiringuito familiar, de esa primera cerveza que te tomas cuando llegas a la Escandalera”, comenta Marcos Álvarez, presidente de la asociación, que considera que San Mateo puede perder todo su encanto si prosperan los planes del Ayuntamiento y de la patronal hostelera OTEA: “Ahora cada chiringuito tiene su música y su ambiente, en eso está la gracia de las fiestas. Convirtiendo todo en casetas de hosteleros se va a perder esa gracia”.

La asociación resiste aunque vivió días mejores. Durante años organizó el concurso internacional de cuentos “Bilordios de Pinón”, otro concurso de fotografía, una carrera ciclista… Ahora la actividad de la asociación se ha limitado a organizar el martes de campo y la fiesta del pueblo, que se celebra cada año el último fin de semana de julio, en el prao de la Iglesia románica de San Esteban. Marcos sabe del trabajo que cuesta que la romería salga adelante, pero el placer de ver ese fin de semana Sograndio lleno compensa los esfuerzos: “Somos uno de los pocos pueblos de la zona que mantiene su fiesta y además la hace de tres días. Traemos orquestas buenas y por aquí viene gente de Oviedo y de todas partes de Asturias”. Las claves de la financiación de la fiesta son tres: la explotación del bar de la fiesta, algo que horrorizaría a Alfredo Canteli, que fiel a la doctrina OTEA no entiende que un barra festiva pueda ser explotada por un grupo de voluntarios y con una finalidad que no sea el lucro, el chiringuito de San Mateo y una pequeña ayuda del Ayuntamiento, que no obstante, se quejan de que cada vez pone más trabas a las fiestas de los barrios y pueblos ovetenses. Aunque hace 10 años la asociación experimentó una fuerte renovación generacional con personas como Marcos y su compañero de directiva Chori Carreño, Sograndio está envejecido y el trabajo de montar el chiringuito en San Mateo se pone complicado. Hay que doblar turnos y pedir vacaciones en el trabajo para atender una caseta atendida solo por voluntarios. Aunque según comentan, “cada vez pagamos más tasas municipales y las cajas de San Mateo ya no son lo que eran”, del chiringuito de la asociación sale casi la mitad de la financiación para la fiesta del pueblo, una cita anual de los vecinos y vecinas de Sograndio, así como de otras muchas personas naturales del pueblo que regresan siempre ese fin de semana para reencontrase con sus paisanos. “Sin chiringuito de San Mateo no podremos hacer las fiestas del pueblo o tendremos que hacerlas mucho más pequeñas” lamenta Álvarez, que sabe que el final del chiringuito puede ser también el de una tradición y una asociación con más de cuatro décadas de historia.

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