Sobre Kevin Rubio: dolor sin gloria

La expansión de la ultraderecha ha devuelto la violencia homófoba a las calles y el combate contra el movimiento LGTBI en uno de sus objetivos parlamentarios.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

El dolor no es sino otra modalidad de información. Supongo que nada de esto pasa por tu cabeza cuando recibes una paliza. Me imagino que, en el fondo, la información va goteando lentamente, mientras un enfermero o una enfermera suturan tus heridas bajo la luz neutra y fría del quirófano. Después está la incertidumbre, todo lo que vendrá luego, con la gravedad de la inminencia dilatada en largos minutos, quizá horas, y los datos que irrumpen en la cabeza que reverberarán posteriormente como una reflexión de segundo grado lacerantemente íntima y política.

El dolor no es sino otra modalidad de información, escribió Don Delillo en su abisal Submundo, una de tantas grandes novelas americanas del pasado siglo XX, cuando uno de sus personajes recibe una golpiza. El dolor te hace sentir vulnerable, desgraciado, inútil. El dolor te aparta por un momento del sistema, te convierte en un polizón al que han echado del barco, acusado y condenado de no se sabe muy bien qué. Pero no siempre es así. En otras ocasiones, el dolor se convierte en una medida de nuestra resistencia, una resonancia de nuestra propia fortaleza que trata de mantenerte a flote frente al embate de las olas. A veces, te hace sentir dentro y fuera de ti mismo, como un mal viaje. De pronto, descubres que no eras el polizón, sino el barco, la nave que intenta mantenerse a flote. En el régimen de las emociones, el dolor no es sino otra modalidad de información desordenada, mutante, pero una modalidad de información, al fin y al cabo.

“En otras ocasiones, el dolor se convierte en una medida de nuestra resistencia, una resonancia de nuestra propia fortaleza que trata de mantenerte a flote frente al embate de las olas”

Cuando al joven Kevin Rubio le abrieron la cabeza el pasado fin de semana, no sé hasta que punto le dolió más la paliza que estaba recibiendo o el significado político de lo que estaba padeciendo. Hasta qué punto se sintió de la raza de los acusados o una víctima consciente, capaz de asimilar todo aquello que la marca de la homofobia estaba infligiendo sobre su cuerpo.  Quién puede calcular el deterioro de nuestra propia dignidad en el mismo instante en que es violada. En realidad, después de que has superado el choque, algo te hace pensar que tu dignidad derruida es la de los otros, pero en el momento en que sientes el primer puñetazo, es la tuya la que está en juego.

De cualquier modo, la información llegará después con un diagnóstico médico,  se enumerarán las contusiones, la longitud de la brecha, los puntos y las cicatrices y te sorprenderá observar los restos de sangre en la ropa, fundiéndose con el recuerdo del primer y el último golpe, los insultos, las patadas, las vejaciones e,  inmediatamente después de sentirte enterrado sobre un silencio desolador, irrumpirá un silenció atroz que dará paso a los titulares, las declaraciones y los tweets de apoyo político de todos los órdenes, procedentes de una multitud sobre las que va adquiriendo más relieve la voz del Presidente del Principado y la de algunos otros cargos institucionales.

El oportunismo de unos puede ser tan luminoso como tan oscuro el silencio de otros. La luz de los primeros puede derivar en ruido y la oscuridad de los segundos en una escalofriante brecha insondable. Se va conformando así una radiografía de un instante que transciende ya el de la víctima y adquiere forma de relato social. Eres el punto omega, sin culpa, sin dolor y sin gloria. El sentido informe de la solidaridad se canalizará después con banderas, pancartas, manifestaciones, soflamas e imágenes que aminoran la ira y proposiciones urgentes de ley que irán construyendo otro enjambre de emociones acertadas o fallidas en un debate que acogerá a toda la comunidad LGTBI con la calidez de una colmena o una comunidad política trascendida de la suya propia, porque ni una ni otra  estarán dispuestas a convertir los cuerpos, los sexos y los géneros, en un espacio físico ni político de combate.

“En las calles de Oviedo se volvió a gritar este lunes que homofobia y fascismo son lo mismo”

En las calles de Oviedo se volvió a gritar este lunes que homofobia y fascismo son lo mismo. No necesariamente ha sido siempre así. Tampoco lo creo ahora. Recuerdo que este verano, el escritor Kiko Amat me contaba, con motivo de su última novela, Revancha, cómo las hordas ultras y neonazis han vivido frecuentemente con esa dicotomía. La ultraderecha ha sido siempre increíblemente homófoba e increíblemente homoerótica. Uno entra a un concierto RAC (Rock Contra el Comunismo) y ve a un montón de mostrencos sudorosos, haciendo poses marciales y es una cosa de lo más gay que te puedas echar a la puta cara. Con Vox sucede otro tanto de lo mismo. No sabemos hasta qué punto la vocación militar que expresa Santiago Abascal o la lentificada y retorcida retórica de Monasterio son el síntoma de una filia sexual homoerótica, sádica y bondage o un sentido heroico y arcaico de la hispanidad.  Supongo que Tom de Finlandia podría hacer una buena portada con ellos, arropados con sus camisas azul mahón y no nos resultaría tan anormal. En esa ambivalencia se mueve también la ultraderecha española. Una cosa no es incompatible con la otra.

En el III Reich original se toleraba mucho más la homosexualidad que ahora. Al menos, su exterminio no suponía una prioridad. Nicky Crane fue líder del British Movement en Kent, y uno de los neonazis más peligrosos de los años ochenta. Después de diez años liderando aquella basura, salió del armario en los noventa. Por lo tanto, no resulta tan difícil que alguien coexista en esas dos realidades que no son, ni mucho menos, tan distantes. Pero lo cierto es que la expansión de la ultraderecha ha devuelto la violencia homófoba a las calles y el combate contra el movimiento LGTBI en uno de sus objetivos parlamentarios. El facherío quiere convertir la heterosexualidad patriarcal nuevamente en una divinidad, cuando el sexo ha dejado de ser un secreto y ha salido a la luz con toda su diversidad, con toda su fuerza y su fluide lúdica y política. Mi cuerpo, mi género y mi sexo son otro territorio de guerra. El dolor, como el placer, no son sino otra modalidad de información. 

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