“Mi sueño es que la lucha antirracista consiga lo mismo que el feminismo”

La abogada y activista Pastora Filigrana inauguró en la Universidad de Uviéu un Título Propio sobre interculturalidad, justicia y cambio global.

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Melissa Cicchetti
Melissa Cicchetti
Profesora de italiano, doctoranda en Género y Diversidad por la Universidad de Oviedo/Uviéu, militante feminista e integrante de la Asamblea Moza d'Asturies (AMA).

Pastora Filigrana (Sevilla, 1981) es autora de El pueblo gitano contra el sistema mundo. Reflexiones desde una militancia feminista y anticapitalista (Akal, 2020). Además de ejercer como abogada especialista en derecho laboral y sindical, Filigrana es cooperativista, activista en defensa de los derechos de las personas migrantes y miembro del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). El pasado 1 de febrero inauguró en la Universidad de Oviedo/Uviéu el Título Propio de “Interculturalidad, justicia y cambio global” con una conferencia titulada “La resistencia histórica del Pueblo Gitano como aportación a un proyecto emancipatorio”, que puede visionarse en este enlace.

Justo al principio del prólogo de tu libro El pueblo gitano contra el sistema-mundo dices que quieres: “convencer a los payos que sueñan con un mundo mejor de que, para alcanzarlo, hay que ser como los gitanos”. ¿Qué significa ser como los gitanos? ¿A qué te refieres?

Esta frase, que está justo al principio del libro, la escribí para convencer a las personas que sueñan con un mundo mejor de que, para alcanzar este horizonte, hay que ser como los gitanos. Es un campanazo fuerte de salida, soy consciente de ello, pero necesitaba hacer esta confesión a mi público, quería ser sincera con el propósito de mi libro. Llevo mucho tiempo participando políticamente en espacios tanto gitanos como no: soy sindicalista, participo en la lucha por la vivienda digna y defiendo los derechos de las personas migrantes. Escribí este libro para mis compañeras y compañeros de lucha. Mientras escribía, pensaba constantemente en personas con nombre y apellidos con las que me imaginaba tener conversaciones. Tener muy claro a quién quería llegar me permitió desarrollar conceptos muy complejos y transmitir mis intuiciones con mucha sencillez y empatía. Así logré conectar con mi público, con las personas que yo llamo “los payos que sueñan con un mundo mejor”, y convencerles de que las gitanas y los gitanos pueden ser referentes de resistencia frente a este sistema-mundo capitalista. 

Tu libro es, en parte, un ejercicio de memoria y de resistencia. De memoria porque das a conocer el pasado y la historia del pueblo gitano desde una perspectiva interna. Un pasado y una historia que desde hace siglos se intenta invisibilizar pero que, sin embargo, sigue resistiendo. ¿Por qué hablas del pueblo gitano como referente de prácticas de resistencia? ¿Cuál es el rol de las mujeres en todo esto?

Mi libro, como dije, se dirige a la gente de izquierdas, a la disidencia política. Enseña cómo las gitanas y los gitanos pueden ser un gran ejemplo de lucha, con estrategias culturales de resistencia que les permitieron sobrevivir a más de quinientos años de persecución. Las estrategias culturales de quienes llevan toda la vida ganándole al miedo, al estigma y a la muerte son increíbles ejemplos de lucha y  resistencia para las demás personas. Sostener la vida en el colapso, el profundo sentido de comunidad y la propia identidad gitana, son puros actos de contestación a un  sistema de producción competitivo e individualista. En los márgenes del sistema de producción, en el colapso, hay mucho que sostener entre muchas dificultades. La organización colectiva, entonces, se convierte en la única solución. Sé perfectamente que este libro no es para todo el mundo, nunca fue mi intención. Soy más que consciente de que el antigitanismo es un sentimiento muy profundo que habita la psique colectiva y está en la base de la construcción de la  “identidad española”.

“Soy consciente de que el antigitanismo es un sentimiento muy profundo que habita la psique colectiva y está en la base de la construcción de la  identidad española”

En síntesis, estas páginas son mi intento personal de explicar a los movimientos de izquierda, críticos con la causa del pueblo gitano, que las reivindicaciones de la comunidad gitana están profundamente relacionadas con la lucha anticapitalista y contra la opresión. De tal forma, se nos hace posible desmontar la idea hegemónica por la que “los gitanos son gente un poco especial que hace las cosas a su manera y por eso están como están”. 

Una de las ideas más brillantes y revolucionarias de tu libro es que solo existe un patriarcado pero que las respuestas, las luchas y las resistencias pueden ser heterogéneas y empezar a articularse desde los territorios. Además, planteas un estado de duda inicial sobre el feminismo hegemónico. ¿Puedes relacionar estos dos conceptos?   

Este capítulo es, quizás, el más difícil y el más polémico porque desmonta el postulado por el cual, si eres gitana, no puedes hablar de feminismo ni de anticapitalismo porque “antes tienes que arreglar lo tuyo y ya después podrás hablar y dar lecciones al mundo de cómo hay que hacerlo, porque si alguien es machista son los gitanos”. Tras recibir esta respuesta una y otra vez, decidí dar la vuelta a esta idea  para que se me escuchase, para que mis palabras tuvieran el mismo peso y valor que las de las demás compañeras. Así que intenté desmontar el concepto por el que existen varios patriarcados, que algunos son más machistas que los demás y que los más aterradores son los de los sures globales: el patriarcado musulmán, el gitano o el caribeño.

Lo primero que hay que tener muy claro es que el patriarcado es una forma de ordenación de la riqueza a nivel mundial basada en la discriminación por género. La gran paradoja, que encarnamos todas las personas occidentales, es que esta ordenación de la economía según el género beneficia más a las sociedades europeas, occidentales y blancas. Estas sociedades, es innegable, son las más beneficiadas de que las grandes multinacionales textiles españolas exporten sus fábricas a otros países, llamados “subdesarrollados” o “en desarrollo”, para que mujeres muy pobres hagan el mismo trabajo por mucho menos dinero. También son las más beneficiadas de que mujeres marroquíes sin papeles estén recogiendo fresas a unos pocos kilómetros de distancia de nuestras casas, en el campo andaluz, en condiciones inhumanas. Este machismo estructural nos beneficia a nosotras, a las que podemos ir a comprar cuanta ropa nos apetezca y todas las fresas que queramos.

Lo que intento decir es que, como personas con espíritu crítico, tendríamos que intentar, por lo menos, poner en duda que la misma jerarquía humana que sustenta el capitalismo y el neoliberalismo, pueda ser capaz de generar prácticas de emancipación revolucionaria. Todo esto nos tiene, por lo menos, que poner en un estado de duda y hacer reflexionar sobre cómo se piensa la disidencia política blanca desde esa centralidad. A partir del marco de conversación que generan estas reflexiones, que comparto con muchas autoras feministas decoloniales de América Latina y Oriente Medio, estoy dispuesta a debatir del machismo dentro de las comunidades gitanas. Esta era la paradoja que yo quería sacar a la luz para enmarcar el debate sobre el machismo en los pueblos más pobres, incluyendo al gitano. Por supuesto, creo que hay que debatir de prácticas machistas dentro de cualquier comunidad y hay que combatir contra cualquier injusticia y discriminación y violencia de género. Sin embargo, vuelvo a repetirlo, estoy dispuesta a debatir sobre las prácticas machistas que pueda haber en la comunidad gitana o musulmana, pero desde este marco decolonial que tiene muy presente que el mayor beneficiario de cualquier machismo que ocurre en el mundo, es el poder adquisitivo de occidente, de ese ápice de la pirámide social.

En tus artículos y entrevistas hablas de la importancia de tejer redes, de luchar por lo común, en definitiva, de un movimiento social amplio. ¿Qué es lo que nos impide luchar conjuntamente?

Justo ahora, mientras estoy hablando contigo, acabo de recibir un mensaje de mi editora, ya que estoy elaborando el prólogo a la nueva edición del libro Mujer, raza y clase de Angela Davis, que saldrá dentro de poco por el 50 aniversario de la primera edición.  Es impresionante lo que Angela Davis recogió y explicó tan claramente en sus páginas hace ya medio siglo y es increíble lo poco que hemos aprendido de ella. Fundamentalmente el libro habla de la alianza, tan buena y a la vez tan imposible, entre las sufragistas de clase media, las mujeres obreras del norte de Estados Unidos y los esclavos y las esclavas en el sur luchando por la emancipación. Hay un momento en esta alianza imposible, que impulsó gran parte de la campaña para la abolición de la esclavitud, en el que las mujeres blancas de clase acomodada se vieron obligadas a elegir entre raza, clase o género. Al preguntarse “¿cuáles son más los míos?” decidieron alinearse con el supremacismo y el capitalismo blanco estadounidense. Lo que Angela Davis contó hace ya cinco décadas sobre una lucha de hace casi doscientos años es lo que protagoniza también nuestro presente. Una alianza increíblemente poderosa y difícil de sostener en el tiempo frente a los repliegues identitarios.

Yo creo que la dificultad actual para luchar conjuntamente está en la capacidad del neoliberalismo de hilar fino en la construcción de su jerarquía de humanidades. De hecho, si bien este orden económico no beneficia a nadie o, mejor dicho, beneficia solamente a una élite muy reducida de varones blancos con muchísimo poder adquisitivo, sin duda alguna la inmensa mayoría de la población mundial,  incluso de varones, tiene muchísimas dificultades para desarrollar su vida en dignidad. Sin embargo, todas las comunidades menos beneficiadas no conseguimos organizarnos para subvertir este marco opresor. Cuando intentamos unificar las luchas nos encontramos con una sociedad oprimida pero profundamente fragmentada ya que la conquista de mayores cuotas de vida digna pasa por el despojo, por el retroceso de vidas dignas en otras partes. Para explicarme mejor  voy a poner dos ejemplos. Primero, las mujeres occidentales de clase media que pudieron y pueden independizarse cargando los cuidados en otras mujeres más pobres, antes del medio rural y ahora de los países de los sures globales. Segundo, el acceso a la vivienda digna que está marcado por una lógica inhumana que pasa por hacer lo que nunca querías que se te hiciera o por hacer lo que tú mismo tuviste que aguantar hasta hace muy poco.

“El neoliberalismo beneficia solamente a una élite muy reducida de varones blancos con muchísimo poder adquisitivo”

Yo creo que solamente cuando seamos capaces de generar un horizonte esperanzador se generará  la empatía suficiente para dar el salto hacia el cambio. Si nos uniéramos todas las personas que tenemos dificultades de acceso a una vivienda digna, conseguiríamos una ley integral que limite el precio de la vivienda para que todo el mundo pueda ver garantizado su derecho humano a vivir en condiciones dignas. Para ello, tendríamos que inspirarnos en la lucha de las mujeres gitanas y musulmanas de la Cañada Real. Lo que nos dicen estas mujeres, lejos del romanticismo o del esencialismo, es que cuando ni el consumo ni el Estado son capaces de sostener todas las vidas, cuando no se puede comprar lo más básico, solo queda organizarse comunitariamente. Este es el punto central de las reivindicaciones de las protagonistas de la Cañada Real, que no se coloque a nadie nunca más en el lugar que ellas ocupan ahora y que históricamente han ocupado otros colectivos subalternos. Siguiendo su ejemplo y abrazando su lucha, podríamos ser capaces de generar un horizonte alternativo más humano, digno e inclusivo que la estrategia de especulación de la vida que nos ofrece el neoliberalismo. 

Ahora que nos acercamos al 8M, ¿cuáles son los retos más importantes del feminismo actual?

Creo que el reto más importante del feminismo es no perder la base popular que ha sido capaz de conquistar en los últimos años. Lo que se ha logrado no tiene paragón, mujeres de todos los estratos sociales luchando juntas para tejer redes y construir comunidad poniendo la vida en el centro. El feminismo logró lo que la izquierda jamás fue capaz de conseguir: consenso, alianzas imposibles y  multitudes en la calle. La gran potencia del movimiento feminista está en su capacidad de aglutinar todo tipo de malestares ampliando los horizontes y frentes de lucha. Necesitamos que el feminismo siga siendo el catalizador inclusivo de nuestras reivindicaciones. El gran reto es sostener todo esto en un momento en que parece haber un proyecto orientado a dinamitar desde dentro el frente amplio de alianzas en el que se basa todo el poder del feminismo.

Lo que logró el feminismo en España en  muy pocos años en términos legislativos es impresionante, hemos hecho historia. Mi sueño es que la lucha antirracista consiga lo mismo. No creo que el movimiento antirracista llegue a mover una alianza tan grande, pero estoy convencida de que los sindicatos juegan un papel fundamental en la regularización de las trabajadoras y trabajadores sin documentación que, sin duda alguna, beneficiaría a toda la clase trabajadora. Mientras haya trabajadores sin papeles o chantajeados para que renueven contratos muy precarios, las personas más necesitadas seguirán aguantando las condiciones laborales que hagan falta para poder sobrevivir. En este sistema, por cómo está planteado, siempre habrá personas más pobres dispuestas a aceptar trabajar más horas por menos dinero en peores condiciones. No conviene a nadie que las mujeres migrantes no tengan papeles. Tenemos que solidarizarnos con las reivindicaciones de las compañeras migrantes y esta solidaridad es central si queremos sostener una alianza amplia. El feminismo es ejemplo de cómo se ha conseguido una alianza imposible que ha sido capaz de cambiar la vida de millones de mujeres. 

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