Ángel Stanich: retromanía pop

A cuenta del músico que ofreció un concierto en la Sala Albéniz de Gijón, analizamos el estado de la música pop

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Sólo a través de la ironía, logramos darle otra forma al tiempo. La ironía es siempre un Qué escandalo, aquí se juega, un Nadie es perfecto y cosas así, o sea, un desarrapado sentido de la realidad que nos permite morderla de vez en cuando sin sentirnos completamente participes de ella. Ñam! A partir de ese punto, la Historia, con esa H mayúscula, ominosa y oficial, suele reaccionar como un reflejo simultáneo que parece exterminar las otras historias, las más domésticas y sentimentales, las más populares, no por ellos menos políticas, las otras, esas que se mantienen en el lado de la heterodoxia a la hora de observar los procesos políticos que rompieron el cascarón de huevo de la ironía para tomar distancia del presente o acercarnos de otra manera al pasado y poder así afilar un pensamiento crítico que pueda, o por lo menos, pudiera, con instintivo cinismo y bastante amabilidad, devolverle la hostia a la Ortodoxia.

Las canciones han sido y siguen siendo esas reliquias de la Historia y, sobre todo, de las pequeñas historias que conservan suficientes gramos de ironía alucinógena para contar el tiempo. El rock y el pop se han construido sobre el sarcasmo hacia todo lo demás tanto como hacia sí mismos. Hacia el orden, hacia las convenciones, hacia el stablishment, hacia el mercado. Sólo cuando estos lo han fagocitado, siempre sucede, es un sino, ha conseguido renovarse, tratando de ser otra cosa y pareciéndose a lo mismo, porque esa es la sustancia de la que está hecha el pop.

Público en la Sala Albéniz de Gijón. Foto de David Agular.

El pop, querido amigo, sigue siendo una delirante retromanía que atestigua nuestras frustraciones y deseos, nuestras ambiciones, nuestras idas de bola, nuestras pasiones y nuestras derrotas. La gran contradicción de la ironía en el pop, sin embargo, es que en la voluntad de separarse del objeto, inevitablemente acaba volviendo a él hasta hacerlo suyo. A fin de cuentas, el público busca reconocerse en algo o alguien y Stanich, en ese sentido, es la isla del tesoro donde todos podrán hacerlo fácilmente.

Me fascina la obra musical de Ángel Stanich porque es una buena balanza para medir el peso de la cultura pop española desde la ironía llevada hasta sus últimas consecuencias: la parodia. Logra salvarse de si mismo, escapando de toda auto-referencia (algo que nunca fue capaz de hacer Joaquín Sabina, quien derivó del juego quevedesco a la nostalgia de la poesía de la experiencia en torno a sus propias canciones) y haciendo inventario de todo lo que le rodea convertido en un híbrido “entre cantante protesta-medio hit”. Programas de televisión, libros, películas, políticos, activistas, filósofos, escritores, músicos, artistas, fenómenos sociales, económicos, digitales, conforman el repertorio de personajes y situaciones instalados en sus canciones. Por sus letras pasan hombres de la historia, épocas, movimientos culturales, objetos, estilos, marcas, consignas y cualquier material de derribo que haya dejado su sello indeleble en el tiempo. Todo vale para contarse y contarnos, sin menoscabo de que, además, tenga sentido para componer musicalmente una buena canción.

No es casual que su último disco se titule “Polvo de Battiato”. Más allá de la muerte previsible, hace 40 años el italiano ya proponía premisas musicales muy parecidas aunque no tan explícitas, quizá más íntimas y sentimentales. Franco Battiato no solo componía música pop, es que escribía el pop, lo hacía florecer y lo cultivaba dotando a las palabras de toda su materialidad. A través de melodías bastante barrocas, las armonías de El animal o de Centro de gravedad permanente se pegaban como una piel al sentido de la cotidianidad junto a los convulsos momentos de la historia y su presente. Músicas pegadizas aparentemente superficiales o con un toque de frivolidad para palabras que, también desde la ironía y, sobre todo, desde la melancolía, dotaban de peso y sentido a los versos, logrando que la oralidad las hiciera volar. Puro pop.

En otro sentido más anglosajón y con una mayor pretenciosidad que lo hacían más pop todavía, Joaquín Sabina propuso una visión de los 80 y 90 pergeñando una iconografía en la que pululaban personajes como Pedro Almodovar, Felipe González, Alfonso Guerra, Aznar. Cuando la manigua creativa de aquellas décadas se agotó, Sabina comenzó ha hacer parodia de sus propias canciones y, de alguna manera, eso era otra forma de mistificarse así mismo. Una redundancia que ni el propio Leiva como productor, lograría salvar en sus dos últimos discos. 19 días y 500 noches marcó definitivamente un final que ni el sonido mas stoniano lograría prolongar.

“stanich tiene una gran habilidad para romper el binomio entre la alta cultura y la cultura popular”

Es fascinante observar como en un momento post pandémico y sin mascarillas, los conciertos de Stanich se han convertido en un carnaval político que nos hace albergar la esperanza de volver a experimentar una emoción estética sin estar intervenida por la explosión de Twitter o Instagram y los códigos de Zuckelberg o Elon Musk. Algo así sucedió el sábado, cuando Ángel Stanich regresó a Asturias para repasar sus últimos tres discos en la sala Albéniz de Gijón, después de que Caballo Loco se bajara del escenario al dar las nueve de la noche.

Stanich abrió su concierto con “El volver”, incluido en su EP Una visión global bastante aproximada que se publicó en el segundo año de la pandemia. En esta canción, el cantabro-pucelano ya nos hablaba de un mundo que se acababa y de un fracaso convertido en sujeto encadenado al verbo fracasar. En un mundo pandémico que nos prometió constantemente salir del túnel como un mantra tibetano, en un mundo que se terminaba pero cuya puerta de salida dejaba entreverse iluminada por una última esperanza cruel, el músico culminaba la canción encontrando calor y consuelo en la nostalgia de una peli de vaqueros, ya sea “Centauros del desierto”, “El bueno, el feo y el malo” o “Infierno de cobardes” (convertida en odio). Y ahí es donde reside la ironía. De una crisis sanitaria y política de la que se nos decía que saldríamos siendo mejores, hemos emergido acampados en un western con el sentimiento trágico de la vida soleado por el peligro y la incertidumbre, o sea, como un vaquero enigmático y solitario, embriagado de temor, nostalgia y cierto resentimiento.

Ángel Stanich. Foto de David Aguilar.

Escuchando su discografía, se puede comprobar que Stanich tiene una gran habilidad para romper el binomio que separa la alta cultura de la cultura popular, sin prudencia ni pudor, con un sentido bastante desprejuiciado e ingenuo que lo dotan de ingenio y espontaneidad. En Gijón, sorprendió comprobar que los 321 fieles que ocuparon la sala conocían todas sus canciones. El éxito de un heterodoxo quizá consista precisamente en convertir su concierto en un karaoke. También puede ser el anticipo de un final. Algo de esto le ha pasado a Sabina. Lo mismo sucede con “Carbura”, relativamente clásica y sentimental, que con “Una temporada en el infierno”, una canción cercana y eminentemente indie que mira con irreverente ironía los acontecimientos políticos y sociales, nacionales y globales, activando toda la artillería de referencias culteranas y otras tantas populares. Las golondrinas de Becquer, las cacerolas en el balcón, la Santa Inquisición, “Bajo el volcán” de Lowry, “Una temporada…· de Rimbaud, la LOMCE, Enrique Ponce, manifas en coche, Salvini y Mussolini, el Open Arms, microchips, el 5G, cliff bates, Cuarto Milenio, un chalet en Galapagar, la editorial Tusquets, Bill Gates o Willy Toledo, todo conforma un delirio pop que, como en un cuadro de Andy Warhol o en la portada del “Sargent Peepers” de The Beatles, dan cuenta de un momento negro iluminado por el candil del tiempo del que no queda otra que reírnos con una alegre mueca o hacer pogos hasta reventar.

Algo parecido acontece con “Rey Idiota”, el tema con el que se presentó “Polvo de Battiato” hace ya unos cuantos meses y con el que Stanich desmitifica al rey Emérito Juan Carlos de Borbón sin necesidad de citarlo, haciendo nuevamente un ejercicio de cultura pop irreverentemente catódico sometiendo a revisión el golpe del 23 F y los hitos de la televisión que actuaron como una membrana de la memoria colectiva hasta hacernos pensar en el delirante simulacro de la Historia: hacernos creer que todos estuvimos allí. La Bruja Avería, Sabrina, Valerio Lazarov, Tierno Galván, Milán del Bosh, Eduard Punset, Napoleón, Pilar Miró o El un dos tres. Elementos dispares de la Historia y de nuestras historias reunidos en un mismo acontecimiento conforman un ejercicio de ironía inclinada hacia el punk que, sin lógica histórica alguna, logran escribir finalmente un retrato histórico y divertido, ácido, cínico y, por qué no, a su manera también veraz del Jefe del Estado y de nuestra otra Historia tal y como nos la han contado y nos la quisieron contar.

Apunten ghosting, poketing y tantas palabras terminadas en “ing” para catalogar el amor como una seria enfermedad de las emociones

Precisamente, el álbum “Polvo de Battiato” se abre con un tema que es todo un manifiesto sobre el valor espurio de la Historia. La Historia es fácil de olvidar por ti, afirma Stanich mientras nos hace mover las caderas a un ritmo más tropical. Y está bien que sea así, casi apremiándonos a bailar una conga mientras el mundo y su historia se derrumban. Porque la Historia es también absurda, pesada, kafkiana y nosotros también tenemos una memoria perezosa y frágil, fácilmente manipulable, fácilmente enfermiza, fácilmente desmemoriada. ¿Será un efecto del COVID? Sea como fuere, precisamente cuando la gravedad de la historia colisiona con la levedad de nuestros recuerdos se produce el desorden del relato, o sea, el caos. Quiere decirse que, cuando la modernidad contemporánea del recuerdo se funde con el tedio envenenado de la Crónica, “es posible que la gente se pueda morir y la Concha se plante en Valladolid”.

De la ironía a la melancolía sólo hay un escalón que los separe y un pequeño paso para la humanidad. Es posible que “La Valla” sea ese paso y demuestre como Stanich hace del pop un relato de héroes y monstruos del presente que no siempre molan tanto. Del caos de la Historia solo se salva uno a través de la melancolía. A la voluntad del Rey Idiota le sigue la voluntad del propio Stanich, una voluntad manifiestamente jodida, que busca inspiración en Greta Thumberg y alimentar su propia acidez interpelando al Alcalde Almeida, rogándole que no haga chascarrillos con el aire de Madrid. Stanich es un silicio, un feldespato azul y gris con la capacidad de ver la vida como un constante delirio, entre terraplanistas, magufos, negacionistas, pro nucleares y así en este plan. Vuelve Stanich a contraponer la actualidad política con la cultura televisiva que continúa estando presente a través del agente Mulder y el FBI. Ya saben, la verdad está ahí fuera.

Cuánta gente ha vivido una relación tóxica, se sorprende una chica entre el público del Albéniz mientras Stanich y los suyos cantan los primeros versos de “Escupe fuego desde el escenario”. Todo el mundo la está cantando. Se diría, ciertamente, que todos han pasado por el trance, como si la toxicidad del amor fuera otra enfermedad moderna de nuestro siglo. Apunten ghosting, poketing, y tantas palabras terminadas en “ing” para catalogar el amor como una seria enfermedad de las emociones. La canción abre “Antigua y Barbuda”, el disco que hizo explotar la figura de Stanich en 2017 hasta convertirla en un icono pop de la España del siglo XXI. ¿El próximo Sabina? El músico deja meridianamente claro en tres estrofas de qué sustancia está compuesta esa toxicidad, siendo suficiente un estribillo contundente “casi perfecto” para aclarar sus intenciones: tu amor no arde, sólo escupe fuego. Esta canción habla más del amor tóxico que todos los psicólogos que pueblan youtube practicando el análisis forense del perfil de un perverso narcisista. Como en temas posteriores, sólo la cultura catódica incorporada a una manera de ser o de pensar, nos salva del horror y el desconsuelo: Un día querrás recordar que yo te venero / vas a tener que llamar al Ministerio del Tiempo / pues no quiero volver a pasar por ese calvario/ me lo digo a diario y casi me lo creo.

Stanich conecta nuestro tiempo con una cultura del espectáculo radicalmente explícita”

“Un día épico” es otro de esos temas incluido en “Antigua y barbuda” que explora la vida como una sucesión de iconografías, algunas más explicitas que otras, y todas con la función semiótica de dar sentido al tiempo personal de Stanich. Aquí el tiempo no es físico, sino trascendente y personal: el tiempo del compositor. Con un comienzo enérgico, marcado por la batería, acompañado del bajo y la guitarra, irrumpen Capote y su desayuno con diamantes, Seann Penn y su Hacia Rutas Salvajes, Burroughs y su Almuerzo desnudo, Bukovski (a secas) siempre, La novia cadáver de Tim Burton, San Isidro, Gila y sus enemigos. Todo concluye con un sentido racional de lo que es el tiempo literario, el tiempo cinematográfico, el tiempo dentro del tiempo, el otro tiempo que es, sobre todo, más diáfano, menos laberíntico, más honesto, perfectamente identificado, menos vulgar: se muy bien lo que hice ayer.

El cancionero de Ángel Stanich verifica lo que indicaba hace unos días Xandru Fernández en el artículo “Perreando con Pierre Bordieu” en Ctxt: “hacía falta una conmoción global para que nos diéramos por enterados: somos hijos de la sociedad del espectáculo, no basta con susurrarnos al oído”. La clave para entender el poderoso éxito de la música pop de Stanich es que, efectivamente, conecta nuestro tiempo con una cultura del espectáculo radicalmente explícita que impregna cada poro de nuestra piel, como una molécula más anexa a las partículas del aire que respiramos. Toda esa pléyade de referencias a políticos, músicos, escritores, personajes de televisión, comics o novelas, intercalados en sus letanías, como en su día lo hiciera Sabina, otorgan volumen y estatura a la narración personal de una generación pop que sucede a la anterior, descolgándose del cantautor jienense y abrazándose al indie sin encontrar otra cosa que un sonido potente pero vacío de contenido político y, sobre todo, sentido del humor. Precisamente, Stanich cubre ese vacío con su repertorio. El pop está muerto. Larga vida al pop.

Si de la ironía a la melancolía hay un paso. A la parodía quizá haya dos. Con “Hula Hula” Stanich vuelca su acidez sobre sí mismo y su relación con los periodistas. Lejos de ensalzarla o mistificarla, hace un boceto de esa relación que alimenta su propia figura pop, riéndose de los clichés del artista y del crítico de música: enemigos de ayer, aliados de hoy, nos separa una máquina, la que graba mi voz.

“El público necesitaba un nuevo bardo que fuera capaz de traducir los códigos de nuestro tiempo con suficiente ironía”

Y ya voy terminando. El concierto, fetén. Enérgico y vibrante, divertido y cercano. Lo justo y necesario para terminar todos borrachos, embriagados de rock y de pop durante los próximos años. La banda está muy engrasada. La gira es larga y tantos días sonando juntos pone de manifiesto una enorme complicidad entre sus miembros. Víctor Pescador a la guitarra introduce unos solos perfectamente sincronizados que le permiten ir del rock al funk con una facilidad pasmosa en sus riffs. Jave Ryjlen a los teclados y Lete a la batería, acolchan el sonido aportando matices y un fondo que lo enriquece todo, dotándol cada canción de mayor volumen y profunidad. Alex Izquierdo al bajo es el corazón de la banda y junto a Stanich a la guitarra, marcan la armonía en cada canción.

Detalle del concierto. Foto de David Aguilar.

Se me está quedando largo este reportaje que pretendía ser la crónica de un concierto. Vamos terminando. El público necesitaba un nuevo bardo que fuera capaz de traducir los códigos de nuestro tiempo con suficiente ironía, o sea, con la necesaria distancia moral, y ofreciera un retablo de hitos pop, auténticos hits, sin caer en la nostalgia de tiempos pasados que, por otra parte, no se vivieron, pero que siguen ahí, moldeando nuestro imaginario y el sentido de la vida. Es por eso que Stanich rescata iconos de los 80 y los 90, revisa nuestras relaciones sociales en la edad milenial y explora estelas musicales que lo sincronizan con las tradiciones del momento: del post punk al indie rock, sin renunciar a los vahídos legendarios de Dylan o Cohen, cuando se hacen inevitables o necesarios. Es inevitable recordar el concierto que ofreció en solitario hace ocho años en el Toma 3. Entonces no lo conocía mucha gente. Tantos años después, ha perdido la timidez. Logra convertir la música en un juego constante de referencias y es lo suficientemente inteligente para que el paso del tiempo no las haga parecer viejas. Pero ese es también el poder de la ironía, el poder del pop, el arcón que encierra el tiempo y lo mantiene hermoso y longevo hasta la siguiente canción.

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