Cierran las discotecas, nos quedan los centros de arte contemporáneo

El L.E.V bajó este lunes el telón tras cuatro intensas jornadas que permitieron disfrutar de una experiencia multitudinaria poco común en Asturies.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Concluyó el L.E.V 2022. El L.E.V del regreso a la normalidad y del adiós a las mascarillas. Y lo hizo otra vez con llenazo en lo que es por derecho propio uno de los grandes eventos de la agenda cultural asturiana. Cuatro intensas jornadas que volvieron a hacer de Xixón por un largo fin de semana la capital de la vanguardia de la música electrónica y del arte digital.

Fue el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona con el festival Sónar la primera gran institución cultural española que se atrevió a elevar la música electrónica a la categoría de arte contemporáneo y alta cultura. Corría el año 1994 y la llamada Ruta del Bakalao todavía vivía sus últimos coletazos. La electrónica no gozaba precisamente de buena prensa en muchos ambientes culturales. Más allá del reducido circuito de la electroacústica, experimental y para iniciados, la música electrónica era un fenómeno de masas asociado a carretera y macrodiscotecas, a priori algo muy alejado del refinado aroma de los centros de arte contemporánea. La apuesta fue arriesgada y exitosa, logrando unir a los amantes de la música de baile y de los sonidos más experimentales e innovadores. El prestigio del Sónar barcelonés, que hoy tiene sucursales en medio mundo, animaría a otras instituciones a perder el miedo a programar música electrónica. Y en esto llegaría el Laboratorio de Electrónica Visual, justo un año antes de la gran crisis de 2008, a una recién inaugurada LABoral Centro de Arte, añadiendo a la parte musical una especial atención hacia todo lo relacionado con la imagen y el arte digital.

Sesión de Jana Rush en el Muséu del Pueblu d´ Asturies. Foto: David Aguilar Sánchez
Público en el Muséu del Pueblu d´ Asturies. Foto: David Aguilar Sánchez
Público en el Muséu del Pueblu d´ Asturies. Foto: David Aguilar Sánchez
Muséu del Pueblu d´ Asturies. Foto: David Aguilar Sánchez

El nuevo festival no surgía de la nada. Asturies también había tiempo antes su época de efervescencia electrónica y discoquetera. De la declinación asturiana de aquella explosión músical que vivió la España de los años 90 y primeros 2.000, probablemente la década en la que más y hasta más tarde se salió, proceden también los fundadores del L.E.V gijonés, un festival cuya onda expansiva ha llegado al Matadero de Madrid, donde tiene su propia sucursal. Un hecho insólito para un evento 100% periférico y made in Asturies, lo cual habla de la fama que goza el festival fuera de nuestras fronteras.

Fundado en 2007, ha sido una de las apuestas más exitosas y multitudinarias en la errática historia del centro de arte LABoral, y ha sobrevivido a cambios en su equipo, dirección y orientación. No deja de ser curioso que la consolidación del L.E.V haya coincidido con la decadencia de la escena electrónica asturiana de masas, un fenómeno, el de la crisis de la discoteca como gran espacio de socialización nocturna, común en todo caso a otros territorios. España pasó de 5.000 discotecas antes de 2008, a menos de 1.800 en la actualidad, según datos de la Federación de Asociaciones de Ocio Nocturno. Las grandes discotecas van quedando reducidas a las grandes ciudades, por lo que solo en festivales como este es posible revivir una experiencia multitudinaria que fue tan común para la generación que vivió con intensidad los años 90, como insólita para los millenials socializados en una Asturies mucho más envejecida y con hábitos de ocio completamente distintos, muy modificados por la crisis económica, la expansión del entretenimiento digital y las redes sociales y el auge de los festivales. Redes que por cierto protagonizaron una de las piezas más curiosas presentadas el sábado en el Teatro de la Laboral “Influenced”, obra de la canadiense Cadie Desbiens-Desmeules (Push 1 stop) y el japonés Tetsuji Ohno (Intercity-Express), y en la que reflexionan sobre las redes y apps, la intimidad y el auge de la inteligencia artificial en las democracias contemporáneas, con el desarrollo de nuevas tecnologías tan inquietantes como la del reconocimiento facial. También se puede desconfiar de la tecnología usando la propia tecnología.

FORMS – String Quartet. Foto: David Aguilar Sánchez
Cadie Desbiens-Desmeules (Push 1 stop) y Tetsuji Ohno (Intercity-Express). Foto: David Aguilar Sánchez
 Jason Sharp. Foto: David Aguilar Sánchez
 Jason Sharp. Foto: David Aguilar Sánchez

Como en todo buen festival, en el L.E.V confluyen los devotos que se pegan el maratón de sesiones, talleres, pinchadas e instalaciones, y los que se acercan a curiosear un poco para saber de qué va la cosa. El moderneo ya entrado en años y la juventud con sus outfits neobakalas. Los que llegaron al éxtasis con Jason Sharp y su concierto de saxofones y flauta sobre música eléctronica y película en Super8, y a quien les pareció una soberana oda al aburrimiento. Los que se marcaron unos buenos bailes en el Muséu del Pueblu de Asturies y después en La Nave de la Laboral con Squarepusher, Barker, Soft as Snow y Gabber Modus Operandi, a quienes les decepcionó que la cosa no se pusiera “un poco más bailonga” o los que directamente optaron por contemplar el espectáculo sin mover un músculo, haciendo gala de sobriedad y hieratismo. Todo cabe en el L.E.V.

Squarepusher. Foto: David Aguilar Sánchez.
Barker. Foto: David Aguilar Sánchez.
Foto: David Aguilar Sánchez

Después de la reconversión de LABoral en discoteca, el domingo el festival regresó al aire libre en el Muséu del Pueblu de Asturies, donde la productora gijonesa OKKRE estreno su pieza “Noisea”. El pianista ucraniano Lubomyr Melnyk, el colectivo SPIME.IM de Turín y la violonchelista canadiense Julia Kent pusieron por la tarde el broche final en el Teatro Jovellanos con el espectáculo “The End of the World”. Un espectáculo audiovisual centrado en el cambio climático y la destrucción del planeta, pero en el que no faltaron las referencias a la guerra de Ucrania, y que demuestra que a través de un arte y una música en principio tan tendentes a la abstracción, también se puede reflexionar sobre las problemáticas del presente y provocar emociones relacionadas con temas políticos, sociales y medioambientales.

El L.E.V 2022 bajó definitivamente el telón ayer lunes. No obstante, todavía puede visitarse hasta el 15 de mayo en el Centro Cultural Antiguo Instituto la instalación Liminal, una obra interactiva de LP Rondeau.

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