No preguntes por Bond

007, George Smiley y el viejo espionaje al rebufo de Pegasus

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Smiley me confesó que aún se lo podía encontrar sentado en la terraza del Ritz de Madrid disfrutando de un jerez o paseando por Garé d´Nord cuando despuntaban los primeros días de la primavera. Su nombre era una leyenda en el MI5, pero su licencia había caducado. El paso de los años había convertido su rostro en el de un venerable anciano conservado en un desesperante anonimato y una barba rectilínea, pero aun mantenía la elegancia distinguida de un lord que no podía pasar desapercibido entre la gente. Bond era un hombre libre desde hacía muchos años, pero añoraba la acción y se sentía atrapado en los escombros de un cuerpo con demasiadas facturas pendientes de pago.

Según George Smiley, James ya no era el espía al servicio de nadie: demasiado viejo para empuñar un arma, demasiado viejo para morir por una de ellas. Tardó mucho tiempo en adaptarse a la rutina, pero consiguió domesticarla a medida que sus huesos se resentían por los achaques. Se había dejado esclavizar por los hábitos: leía el periódico cada mañana, paseaba por Londres con un libro y un bastón y después contemplaba la vida de los otros desde la mesa de un hotel hasta la hora del almuerzo.

M había muerto con honores de Estado, Q apareció una noche decapitado en el portamaletas de un Mercedes Benz y Monnipenny era una mujer encerrada en una residencia para ancianos. Con el tiempo, la rutina había homologado a James con cualquier paseante jubilado de Cannarby Street. La vejez había sido tan despiadada con su rostro como con el de cualquier otro. La aceptaba con resignación, pero aún le costaba reconocer que su mayor enfermedad era la nostalgia. Había sobrevivido a todo y en contraprestación a sus servicios, el destino le había recompensado con el constante recuerdo de su vida pasada. Hubiera preferido el alzheimer.

“La sordidez y la vulgaridad forman parte del espionaje, me dijo una vez el viejo Smiley. Su toxicidad afecta incluso a los hombres buenos. No fue el caso de Bond”

George Smiley aún mantenía un pie en la realidad, o en las diferentes realidades. Estaba más acostumbrado que Bond a perforar las interioridades del servicio secreto británico que a planear la muerte de un terrorista. Pasaba sus días embebido en una fabulación atemperada, entristecida, compasiva, siempre al borde de la paranoia. Su deporte favorito era cazar al traidor, al infiltrado, al topo. A diferencia de Bond, Smiley entendía que la información era el poder y no un helicóptero portátil. Tanto para uno como para otro, la casualidad era un error desterrado de la ecuación desde el principio.

La sordidez y la vulgaridad forman parte del espionaje, me dijo una vez el viejo Smiley. Su toxicidad afecta incluso a los hombres buenos. No fue el caso de Bond, me dijo. En otro tiempo, James también se había sentido atrapado en el lujo del Servicio Secreto, pero entonces no perdía la ocasión de disfrutar de su cautiverio. Las tardes de su niñez en Skyfall, el rugido de su Aston Martin por las calles de Londres, el silbido incesante de las balas, tantas mujeres que sería incapaz de poder recordar, tantos países que sería imposible determinar si los había pisado alguna vez. Una vida pletórica de la que sólo guardaba el vahído de la memoria. En el fondo, yo aspiraba a esa vida me dijo George.

Al avanzar en la lectura del periódico, Bond pensó que quizás existiera un pecado mayor que el de aburrirse: el de la complacencia, la satisfacción de la mediocridad, la decadencia no reconocida. El viejo Smiley interrumpió su concentración, sentándose a su lado. Como buenos espías, me dijo que siempre sabían dónde encontrarse sin necesidad de acordar la cita. Ambos mantenían una gozosa puntualidad británica. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Siempre a la misma hora y en el mismo lugar, como dos turistas que han trabado una vieja amistad, después de haber coincidido recurrentemente en países extraños.

-Nos han cambiado por un algoritmo y ahora los nuestros están más preocupados por conquistar un titular que por evitar una amenaza, interrumpió Smiley.

-Aun conservas la misma gabardina, la misma camisa, la misma corbata. Parece que el Servicio no te ha tratado bien. El mundo ha cambiado, George, y tú sigues siendo exactamente igual.

Smiley aceptó la pulla con una sonrisa. Vidas tan diferentes. Resultaba exótico que ambos pudieran coincidir en el mismo punto geográfico. Bond era amoral y antipático. Smiley era un cínico que había naufragado en el idealismo. Bond podía ser cualquier cosa menos eso.

“Lo que importaba era que al juicio final no se le agotara el tiempo y nosotros estuviéramos ahí para darle cuerda, como un simple reloj”

-Continúas siendo un viejo hiriente, sádico y clasista.

-No pienses que bajo esa fachada de hombre civilizado vas a conseguir ocultar al psicópata que llevas dentro

-Eres un cínico.

-El cinismo es patrimonio de los caídos, de los que tuvieron y perdieron. Tú perdiste, George, el cínico eres tú, aunque todavía no sé qué has perdido. Ahora sólo tratas de cubrir tus cicatrices con una vulgar gabardina y fingir que no ha pasado nada. El CNI no son los nuestros, Smiley. Reconoce que en nuestra época el mundo era más divertido -le dijo Bond-. Los secretos no eran importantes. Lo que importaba era que al juicio final no se le agotara el tiempo y nosotros estuviéramos allí para darle cuerda, como un simple reloj.

-Tu mundo era más sexy que el CNI, James, incluso más sexy que el mío. Tú podías ser un un cabrón sin gravedad, con el rostro permanentemente relajado. En Circus siempre creímos que con el movimiento de una ceja podías purgar cualquier dolor. Tienes razón, James, el mundo, tu mundo, era más divertido-. respondió Smyley.

De pronto Bond dejó el periódico sobre la mesa y acercó su rostro al de Smiley.

-A ver, tipo listo, qué sucede cuando un gobierno espía a sus socios. Qué sucede cuando ese mismo gobierno confiesa públicamente que también ha sido espiado por otros, preguntó Bond.

-Supongo que tanto en un caso como en otro deben dimitir.

-Qué ingenuo. Ni siquiera Le Carré lo hubiera permitido. Pensaba que eras un psicópata, pero me doy cuenta de que tan solo eres un hipócrita, o peor aun, un hombre bueno. Me imagino que el CNI será en estos momentos un polvorín. A ellos también les ha invadido la sociedad del espectáculo.

-Qué mas te da. Nosotros ya estamos en la reserva y tu nunca fuiste bueno filosofando.

“Era un duro sensible, un destilado antiguo de lo que significó alguna vez ser británico”

-Si no han sido los marroquís, quién ha sido, quién ha espiado a Sánchez ¿Ha sido el propio CNI? Vamos, tómatelo como un bonito pasatiempo.

-James, ¿estás sugiriendo un golpe? Qué barbaridad, dijo Smiley dibujando una sonrisa.

-Vaya, la realidad se parece estos días a una novela de espías, George. Tú siempre intentado fundirte con la realidad y pasar inadvertido. Nadie mejor que tú sabe que lo que pasa en el gobierno se parece a una novela de espías bastante mala, como esas que escribía Kingsley Amis.

La sonrisa de 007 despejó una mirada sentimental tras escuchar las palabras de George Smiley. A fin de cuentas, era un duro sensible, un destilado antiguo de lo que alguna vez significó ser británico. Ni Smiley ni él habrían imaginado 50 años antes que serían sustituidos por un programa llamado Pegasus. Spectre, en el fondo, había triunfado.

-La diferencia entre tu mundo y el mío está determinado por una fantasía, dijo Smiley.

-Puede ser. Pero reconocerás conmigo que en el fondo no han cambiado tanto las cosas. Si acaso, ya no son tan sofisticadas. El algoritmo lo ha convertido todo en algo más simple

-Tú no estás acostumbrado a que la realidad sea vulgar, James. Pero debo aceptar que han sustituido un pulpo por un caballo con alas y un imperio por otro sin tanta solemnidad. Nada ha cambiado. Tan solo es peor. Todo está deshumanizado.

“Nos han matado tantas veces que la muerte ha perdido cualquier signo de grandeza”.

Bond no era consciente de que había sido un hijo de la cultura pop antes de que llegara el verano del amor. Por unos segundos George Smiley recordó aquél último verano. Era un tipo de fantasía sexual donde la guerra fría era otro elemento más, pero no el elemento. Su crueldad frescachona y descarada, su hipersexualidad machista, su estilo más allá de lo cool y su capacidad para cometer todo tipo de crímenes del modo más insolente que uno pudiera imaginar sin que su semblante dejara de ser impecable… todo eso había sido Bond y todo eso se había terminado.

Varios días después, Smiley me confesó que Bond era un hombre irrompible. Sus gestos, su voz, la violencia con que mataba, el descaro con el que follaba, todo en él había sido forjado a lo largo de muchos años por un montón de ojos y miles de imaginaciones; pero lo que quedaba siempre era el cascarón, una idea de Bond, puro pop. Ni siquiera Pegasus o cualquier algoritmo habían logrado que se desintegrara.

Smiley se despidió de mí con una reflexión crepuscular: “Nos han matado tantas veces que la muerte ha perdido cualquier signo de grandeza”.

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