Goya en la corte de Felipe VI: “explicaciones de qué”

Es difícil imaginar el retorno de Juan Carlos en un féretro sobre un tílburi arrastrado por corceles negros, sin percibir la gran humillación recibida al pueblo español.

Recomendados

Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

España, desde Esquilache, siempre vive al filo de un motín. Aquí celebramos el 25 de Mayo, que es el motín de los españoles contra Napoleón al otro lado de los Picos de Europa, que fue el motín de los afrancesados contra los franceses, o sea, que no nos hemos enterado de nada desde entonces. Pero en aquel Mayo convulso, carlotercista y esquilachero, ya despuntaba Goya, un hombre rotundo, viñetista y pop que pinta a Juan Carlos de Borbón y a toda su familia, dos siglos antes de que hubieran nacido. Quiere decirse que la Familia de Carlos IV anticipa la España real y factual que vamos viviendo y sufriendo estos días. El aragonés, como Quevedo con sus sonetos, hacía periodismo con sus cuadros y nos daba una mirada puntual de la Corte en Madrid, con todas sus corrupciones, toda su altanería, toda su podedumbre.

Ni su hijo ni Pedro Sánchez tienen cadenas suficientes para mantener controlado al Rey Emérito. La España monárquica y felipista, si es que existiera una corte de Felipe VI, tiene un serio problema con Juan Carlos de Borbón. Lo que debía haber sido un regreso discreto, silencioso, casi secreto y desapercibido, se convirtió en una zambra que devolvía a España su condición de ruedo ibérico en las tierras de Cela y Valle-Inclán. El deterioro de las instituciones españoles empieza en los Ayuntamientos con una regata y culmina con la roña de la corona oxidada por el salitre. Carlos IV/Juan Carlos I son una confusión de tiempos, de siglos, pero un mismo y hediondo desperdicio convertido en bodegón de nuestras miserias.

“Se hace imprescindible que Felipe VI le retire cualquier título y honor oficial, incluido el de Rey Emérito”

El emérito se manifiesta rebelde, desencadenado. Mientras Juan Carlos regresa a su harem, rodeado de jequesas, en Moncloa lamentan que el viejo rey no hubiera dado ningún tipo de explicación por las comisiones que recibió de los gobiernos árabes. El Borbón sólo responde con un castizo Explicaciones de qué. Goya en su Retrato de familia vuelve a darnos ese mensaje de toda la familia real. Godoy y Fernando VII también nos decían “explicaciones de qué“. Isabelita nos susurra un “explicaciones de qué”. Carlos IV y su mujer están evocando la misma consigna.

Ni la retirada de la asignación económica, ni la incapacitación para poder representar a la Casa Real, ni siquiera su exilio oficioso, entre rascacielos y desiertos, han servido para que Juan Carlos rebaje su rebeldía. Llegados a este punto, su habitual campechanía ha mutado en descaro, su jocosidad en burla, su firmeza en soberbia. Ante la humillación constante que los ciudadanos reciben de él, se hace imprescindible que Felipe VI le retire cualquier título y honor oficial, incluido el de Rey Emérito.

Porque esto se ha convertido ya en una cuestión nacional. Hasta los reyes se mueren y Juan Carlos no será distinto a los demás, con la única diferencia de que él y sólo él, recibirá honores de estado cuando fallezca. Hay momentos de la historia en las que el bochorno de un pueblo alcanza tal grado de crispación que acaba derivando en una explosión de ira. Es difícil imaginar el retorno de Juan Carlos en un féretro sobre un tílburi arrastrado por corceles negros, escoltado por la Guardia Real y toda la comitiva fúnebre atravesada en mitad de la Castellana, sin percibir la gran humillación recibida al pueblo español. Pero si devolvemos la mirada al gran retrato familiar de Goya, comprenderemos entonces que el pueblo español ha sido siempre, para su desgracia, un pueblo miserable y constantemente vituperado, ay.

Actualidad

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí