Brasil, dolor y esperanza

El bolsonarismo y lo que significa de destrucción de valores, de militarismo, de destrozo de Amazonía, y retroceso galopante de derechos sociales, ha obtenido 51 millones de votos

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Javier Arjona
Javier Arjona
Minero jubilado y militante internacionalista.

No fue posible en primera vuelta. 7 millones de votos de diferencia entre Lula y Bolsonaro, pero habrá segunda vuelta a final de mes.

Parece que toca sufrir estos días de nueva campaña de la misma manera en que se sufría y no se disfrutaron los resultados de primera vuelta de las elecciones colombianas: allá existió peligro real de que las derechas conjuntadas arrebataran el triunfo de Petro-Márquez, y ahora el mismo peligro ronda a la gran república federativa do Brasil.

Si en Colombia solo una enorme movilización logró sacar de veredas y barrios para ir a votar a quienes aspiraban a transformaciones en el país, ¿ocurrirá algo similar en Brasil?.

Asustémonos de momento: El bolsonarismo y lo que significa de destrucción de valores, de militarismo, de destrozo de Amazonía, y retroceso galopante de derechos sociales, ha obtenido 51 millones de votos.

Para qué parte, y qué influencia tendrán en esta tesitura las otras 9 candidaturas presidenciales en esta segunda vuelta, está también en lo decisorio. Pero más tal vez la propia pedagogía de campaña si es que eso es posible: tratar de discernir lo que se juegan los pueblos, diversos de Brasil, entre las dos opciones: la disparatada pero que ya ganó hace 4 años de Bolsonaro, y la moderada (aunque le pinten muy de izquierda su propuesta y sus amplias alianzas, con un candidato a la vicepresidencia procedente de la derecha clásica) de Lula.

Dice Lula que esto es solo una prórroga. Dice Bolsonaro que ya ganó porque derrotó a las encuestadoras.

En la ciudad mayor, Sao Paulo, el que disputó la presidencia cuatro años atrás, por haber sido encarcelado Lula, Fernando Haddad, ahora optará la segunda vuelta a la gobernación contra el militar bolsonarista Tarsicio Gómes. Pero en Sao Paulo, por su tamaño, se dará buena parte de la disputa, y allí ha ganado ampliamente Bolsonaro.

El tránsito en estos cuatro años, sin embargo, ha sido inimaginable: Bolsonaro con escándalos de corrupción que salpican a su familia, la gestión pésima de la “gripiña” como definió a la pandemia viral, y arropado cada vez más por sectores que se sabía tenían mucho poder, pero que se habían mantenido prudentes, como el entramado militar, y por el abundante y controlador poder de las iglesias evangélicas.

Lula, que hace cuatro años estaba en pleno ataque exitoso del montaje judicial que le apartó abruptamente de la contienda electoral, que padeció largos meses de cárcel hasta conseguir a cuentagotas la libertad y la revisión de su proceso, y ahora de nuevo aupado a la candidatura presidencial en una amplia alianza antibolsonarista.

Pero Bolsonaro sale muy reforzado con un resultado abundante en gobernaciones (entre ellas Río de Janeiro y Minas Gerais) y en las legislativas donde controlarán la Cámara de diputados y el Senado.

Moro, el juez que metió preso a Lula y luego fue premiado por Bolsonaro con el ministerio de justicia, y luego rompió con Bolsonaro, ha resultado ahora elegido senador.

Guillermo Boulos, con más de un millón de votos, es el diputado federal más votado en Sao Paulo, superando a uno de los hijos de Bolsonaro. Es el coordinador del MTST, los sin techo, caracterizado por frei Betto como “firme promesa joven de los líderes sociales” y señalado por muchos como posible sucesor de Lula.

El Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) había lanzado por vez primera candidaturas propias, 15, de las cuales 6 en estados y 3 federales fueron electas: se trata de diputadas/os estaduales y federales, en 12 estados brasileños.

El MST estipuló esta vez que no basta con cambiar los poderes ejecutivos, sino que es necesario impulsar parlamentarios comprometidos con la construcción de un proyecto popular, y que para ello se precisaba una bancada diversa, “que represente al pueblo, y garantice una base de gobernabilidad para un posible gobierno de Lula”. De esta forma, el MST sigue comprometido con la lucha por la Reforma Agraria Popular, con la producción de alimentos saludables y con la lucha de la clase trabajadora, ocupando ahora también importantes espacios institucionales para el fortalecimiento de sus luchas.

En el terreno de la simbología recordamos cómo en la primera elección de Lula (antes y después de ganar la Presidencia) la gente del MST quería que Lula se pusiera la gorra del movimiento y nunca lo consiguieron (por la supuesta afectación que ello tendría respecto a la poderosísima, entonces y ahora, bancada ruralista de los latifundistas).

En cambio ahora, en esta campaña, el bonet o gorra del MST ha estado varias veces en la cabeza del veterano sindicalista. No en vano ha sido el MST el movimiento que más de cerca ha estado acompañándole durante los 19 meses de cárcel, en las movilizaciones, e incluso con varios dirigentes sem-terra en el equipo de campaña.

Por su parte la segunda mujer indígena en ser elegida parlamentaria es Sonia Guajajara, por Sao Paulo con una amplia votación. La primera ya lo había sido en la elección anterior Joenia Wapichana, de Roraima.

Tanto el pueblo Guajajara como los Wapishana son defensores de “la Floresta” o Bosque tropical, y han sido atacados y asesinados varios de sus integrantes por los colonos que Bolsonaro prioriza para su entrada a la Selva.

Votar por Lula en este momento histórico es una cuestión de vida o muerte para los pueblos indígenas del Brasil, es el único camino que podemos tomar para salvarnos del infierno genocida al que nos ha llevado el gobierno de Bolsonaro”, afirma Junior Manchineri, el candidato más joven de Brasil, de 21 años, en el estado de Acre.

Los pueblos Yaminahua y Machineri habitan a los tres lados de la triple frontera Bolivia-Brasil-Perú, y han padecido persecución a sus derechos esenciales en diferente forma: nunca antes de manera tan desaforada como durante la presidencia de Bolsonaro.

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