El otro soy yo

El fotógrafo y documentalista asturiano Sergio Montero "Monti", recuerda su primer encuentro con Hebe de Bonafini fallecida este domingo en Buenos Aires.

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Sergio Montero
Sergio Montero
Es fotógrafo y documentalista.

Creo recordar que fue un primero de mayo de 2007 cuando me reuní por primera vez con Hebe de Bonafini, Beba y Porota en la casa de las madres en el céntrico barrio de Congreso en Buenos Aires. Ese día cambió mi vida. Había viajado para una estancia de un mes y finalmente me quedé 6 años.

El día anterior se había celebrado por todo lo alto el 30 aniversario de Madres de Plaza de Mayo frente a la Casa Rosada, sede del gobierno argentino. En aquella larga tarde-noche de homenaje a la lucha colectiva de esta agrupación de mujeres, aparecía en las dos pantallas gigantes ubicadas a ambos lados del escenario, Bono (vocalista de U2) enviando un mensaje de adhesión y homenaje a las madres. Tras éste, intercalados con los diferentes músicos que amenizaron la noche (Charly García, León Gieco …) fueron proyectándose mensajes de diferentes artistas e intelectuales europeos y sudamericanos.

“Estamos aquí en directo para todo el país, conmemorando los 30 años que llevan las madres venciendo a la muerte. Reclamando justicia a los responsables de los 30.000 detenidos desaparecidos durante la parte más oscura de la historia contemporánea argentina”.

Las conductoras del acto comenzaron a explicar la historia de los pañuelos y a modo metafórico, mentaron los pañuelos manchados de sangre en Palestina, los pañuelos que recogen el sudor en una mina asturiana… Creo que ese momento nos conectaría hasta hoy.

Los videos elaborados para la ocasión dibujaban la historia de estas mujeres, referente internacional en la lucha por la dignidad, que tras treinta años insistiendo, habían logrado ver entre rejas a algunos de los represores que ordenaron el aniquilamiento masivo de sus opositores políticos, en este caso sus hijos e hijas.

Embajadas de todo el mundo querían hacerse presentes en el homenaje a las madres, el gobierno argentino también deseaba sumarse a la celebración de 30 años venciendo a la muerte, con un comunicado de Néstor Kirchner. ¡Y como no! No podían faltar Fidel Castro, quién envió a su embajador en Buenos Aires a leer un manifiesto, y Chávez por supuesto, a quien un video mostraba abrazando a las madres en la reciente cumbre de los pueblos en Mar de Plata, mientras una, emocionada, le decía “Sr Chávez es la primera vez en mi vida que abrazo a un militar”.

Tras la fantástica Murga Uruguaya se levantó de su silla Hebe. La presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, arropada por todas las madres a ambos lados, tomó la palabra. Las treinta y cinco mil personas congregadas allí enmudecieron nada más que comenzó a hablar. No recuerdo mucho de su discurso, porque me impactó tanto aquella señora de ochenta años. Dijo, que nosotros podíamos ser cualquiera de sus hijos, que a sus hijos también les gustaba el rock; a sus hijos educadores en los barrios más desfavorecidos, revolucionarios, guerrilleros contra la injusticia que terminaron arrojados al mar o en los cimientos de cualquier carretera. “Nuestros hijos no querían nada para ellos solos, todo para los demás, por el progreso, por la igualdad entre las personas, por eso los mataron, por no denunciar a sus compañeros de ideas (…) estas viejas locas, prepotentes en algunos casos, puede que lo hayamos sido, pero creemos firmemente que su desaparición no fue en vano y eso me lo están demostrando ustedes hoy, acudiendo a la llamada de estas viejas que tras 30 años, venimos pidiendo justicia, no venganza, justicia (…)”

Nadie movía un dedo, nadie hablaba una palabra. Esa mujer, transmitía una fuerza propia de un fenómeno atmosférico, jamás alguien logró que mis mejillas se mojaran con un micrófono en la mano, desde un escenario.

Aquello no era un documental de la tele, era en directo, la verdad de una madre. Y de una revolucionaria también, sin duda alguna. Una revolucionaria octogenaria.

Al concluir su alegato, la plaza rompió a corear: “Madres de la plaza, el pueblo las abraza, Madres de la plaza, el pueblo las abraza”. Y también: “Olé, olé. Olé, ola, como a los nazis les va a pasar, a donde vayan, les iremos a buscar”.

Las Madres en una de sus visitas a Asturies. Foto: COSAL

Al día siguiente llegué a la casa de las madres con Javier Arjona y Ana. El ambiente rezumaba satisfacción y alegría. A cada persona, me la presentaban con cordialidad. “Otro compañero asturiano”. Algunas eran chicos/as jóvenes y otros mayores. Rápidamente, una mujer mayor, muy dicharachera ella, se detuvo a besarlos y a conversar con ellos. Era Porota. Curiosamente, el día anterior me habían hablado de ella. Su padre, navarro, había sido un anarquista español (José María Colás) fusilado por Franco tras la guerra, entonces ella emigró con su mamá a Argentina y luego los milicos desaparecieron a su hija Alicia. Rápidamente, se apresuró a decirme, que su padre siempre admiró a los mineros asturianos por su carácter rebelde y luchador. Continuamos charlando nosotros sobre la historia de las madres y el funcionamiento de la universidad, cómo abrieron el centro y demás proyectos como la radio de las madres (530 AM), las viviendas en construcción de los barrios…

Enseguida nos plantaron tres cafés encima de la mesa, acompañados por un bizcochito. A mí, me daba vergüenza rechazarlo, pero es que no tomó café. Así que lo dije. Rápidamente, Poro, salió al paso diciendo que: “si no tomas, nada hombre, no hay ninguna obligación”. Al final, Javier, haciendo gala de su prudencia exquisita, lo tomó en mi lugar. Mientras, el teléfono que encima de la mesa reposaba, no paraba de sonar.

Frente a mí, de izquierda a derecha, Alicia “Porota” (secretaria) y Beba (vicepresidenta), más tarde se incorporó Juanita y Hebe. A mi lado Javier y su compañera Ana.

En principio, Porota, que se veía una mujer de verbo fácil, empezó a narrar cuan contentas se sentían por el resultado del acto del lunes, que había salido a pedir de boca. Luego se dirigió a mí, para contarme como su papá admiró siempre a los mineros asturianos, claro, a mí me faltó tiempo para decirle de donde era yo. El teléfono sonó y nos cortó el hilo de la conversación. “Saben ustedes, Javier, que ya tengo cinco bisnietos, el último nació en Francia, de mi nieto Martín, el hijo de mi niña Alicia, la que se llevaron. Cuando fui a verles a Toulouse se lo dije. ¿Ustedes que son pelotudos? A estas alturas andar jodiendo sin forro. Porque solo se conocían de tres meses y no se puede andar sembrando hijos por el mundo, oíste. Tuvieron un hijo, como podían haber tenido… sida. Que pibe, este niño… Le marcó mucho lo de su mamá, por eso siempre estuve ahí, yo soy su madre desde entonces. Él vio como se la llevaban encapuchada y … nunca fue un chico normal. No puede pararse quieto en ningún sitio. Viaja mucho. Pero cada uno, es como es.”

Más adelante, esta belleza de ochenta y dos años exclamaba: “gracias a dios yo soy atea. Y si dios existe, debe ser un hijo de puta, oíste. No me rompas las bolas, pooor favor.”

 “Las madres no tenemos partido, ninguno, tampoco religión, las hay católicas, judías y hasta musulmanas. Yo no gasto de eso.”

El autor con las Madres.

No sé, si por el teléfono o porque, pero la conversación derivó en una serie de anécdotas sobre sus viajes alrededor del mundo y lugares en donde se alojaron o comidas que tomaron por respeto a quien las acogió. La de la sopa de rabos de lagartija y la de la leche con órganos de pavo, corazón, riñones, que les habían ofertado en diversos lugares como una comida especial por su presencia, nos dieron pie a unas buenas carcajadas. O la okupa en Alemania, a la que se refería Alicia, donde durmieron en el suelo, con unos improvisados colchones y “vaya fumada por la noche”, decía la mujer: ¡No paraban de fumar yerba! En Suecia, las hospedaron en una morada donde los platos roñosos salían de la capacidad del fregadero. Lo primero que hizo Hebe, fue cocer en agua los repasadores (trapos de cocina), para poder secar algunos de los platos que limpiaron y así lograr comer. Les cedían acomodo, una tailandesa que comía sushi y luego se cepillaba los dientes encima de todos los platos sucios, y su compañero sueco.

De ahí, la conversación derivó en asuntos de higiene. Exclamaba Porota, “Qué tiene que ver la higiene con la militancia. La verdad, muchas veces te encuentras con estas cosas dentro de la izquierda. Gente muy buena, pero cochina, eh.”

El asunto de los gatos, dio mucho juego, ya que Beba no los podía ni ver. Narraba un lugar donde pernoctaron que estaba repletos de gatos que se subían a todos los rincones de la casa e incluso, cuando se metieron a dormir en una cama, se toparon con un gato en su interior, que Hebe cogió por el rabo y azotó fuera de la habitación. Beba sentía verdadera repulsión por ellos. A Hebe, decía, no les desagradaban, pero claro, en su lugar, no llenándolo todo de pelos, por todos lados.

Le pregunte a Hebe “¿Qué le gustan más los perros o los gatos?” “Si a un perro, le pegas te lame la mano, si golpeas a un gato te araña. Me gustan más los gatos, porque son rebeldes” respondió.

En un breve momento de silencio, Javier Arjona preguntó: “¿Cual fue el grupo que más les gustó a las madres?”. Beba, dijo, “todos estuvieron bien, pero la murga uruguaya…” refiriéndose a Falta y Resto:”No sé, el que menos, seguro, Charly (García), este pibe está reloco, cada día está peor. Toma demasiado, está rodeado de unos bichos, porque él tiene buen corazón, aunque a veces se les vaya la pelota, como cuando dijo que era menenista. El chavón cuando en directo algo, no funciona lo manda todo a cagar. Lo rompé todo, está reloco. Hace tiempo se lanzó de un octavo a una pileta (piscina) y tenés que apuntar bien, porque con lo flaco que está”.

Durante el recital, se acercaba a Hebe y le decía, cuando no se oía un carajo: “Ves Hebe, lo bien que me estoy portando”. Hace años (1994), fuimos a su casa y en medio de la conversación, alguna le preguntó por su madre y se enojó muchísimo: “Esa mujer, fue lo peor que me pasó en la vida, si quieren que seamos amigos, de eso ni hablar.”

Beba continuó diciendo que este era un pibe, como Maradona, al que la gente adora haga lo que haga: “¿Sabes lo que le dijo Maradona a Hebe, no hace mucho, cuando se dieron un abrazo? – Madre, gracias, pero no sé si merezco este abrazo. Las quiero”.

Tras la charla Miriam, la secretaria de Hebe, nos mostró todas las instalaciones, parecía que ya nos marchábamos, pero insistí en pasar a despedir a Porota, así que llamé a la puerta de la casa de las madres. Juanita, me abrió la puerta. Le dije que me quería despedir y demandé por Porota y Hebe. A lo que amablemente me respondió: “Pasa que está por ahí adentro”. Pasé soló con mucha prudencia y las encontré en el primer despachito de la derecha, les di dos besos, ellas sonreían. Aproveché para decirles que aquí, en Argentina, eran un poco tacaños a la hora de dar besos, que en España, se daban dos. Les causó mucha risa, le comenté que nos queríamos despedir y me sugirió llamase a Javier y Ana.

El despacho estaba cargado de objetos, fotografías con dirigentes de todo el mundo (Fidel Castro, Subcomandante Marcos, Mitterrand) cuadros regalados por artistas, bordados, pañuelos de las madres … pero me llamó poderosísimamente la atención uno, que guardaba una posición de privilegio, centrado en lo alto, enmarcado. Ponía: OCHOBRE 1934, con el dibujo mítico del dinamitero. Cuando alcancé a verlo, me hallaba semi agachado charlando con Poro, le comenté que realizaba un trabajo sobre el tema y que eso me había conducido a este país. Me rogó se lo enviara cuando lo finalizase. Le comenté que me gustaría hablar del anarquismo español con ella, cuando pudiera.

Salimos del despacho para que nos enseñara un cuadro de un artista amigo de la plataforma asturiana, y de pasó, dimos un vistazo general al mini museo que estas mujeres tienen agarrado a las paredes. Tocó un alto en el camino, para contemplar el pañuelo manchado en sangre, por los golpes de la policía argentina en el 2001. A su lado, otro pañuelo, con un cartelito chico: Pañuelo de la visita a las minas de la provincia de Oviedo, en Asturias. Se refería a la visita que hizo Hebe al pozo Sotón (El Entrego), donde hicieron una asamblea con los trabajadores.

Javier Arjona y Hebe de Bonafini en un asamblea en el Pozu Sotón.

A aquella visita, sucedieron otras, posteriormente las acompañe a Ciudad Oculta, la Villa 15 y me quedé allí colaborando en su proyecto de transformación de aquel barrio de fabelas donde no entraba la policía ni nadie ajeno a él, salvo nosotros. Luego comencé a filmarlo y desarrollé allí algunas piezas documentales. Sin saber cómo, formaba parte de los asiduos a Plaza de Mayo los jueves a las 15.30 para dar vueltas alrededor de la plaza exigiendo la aparición con vida y castigo a los culpables. Pero su discurso iba más allá, ellas que habían socializado la maternidad, jamás hablaban en público de sus hijos individualmente, siempre se referían a ellos como Nuestros Hijos. Por aquellos días los medios ponían en la palestra el problema de la delincuencia infantil, los pibes chorros (niños ladrones) criminalizando la pobreza infantil y el hambre e instando al poder político a aminorar la edad punitiva por debajo de los 14 años. Pocas voces contrarrestaban el discurso dominante. Un jueves Hebe se subió a una de las jardineras de la plaza y con suma energía subrayaba “me tienen podrida con los pibes chorros, un niño es el futuro, ese niño que está en la calle, ¿qué va a aprender ahí? Pero ese niño puede ser el doctor que mañana te salve la vida, o el abogado que te ayude cuando tu jefe te despida o el que te ponga un fierro (arma) en la cabeza para quitarte 50 pesos y evadir el mono. Porque el otro soy yo, el otro soy yo…”

Uno de los acontecimientos históricos más relevantes y de mayor calado simbólico en cuanto a la memoria del país fue el día en que la ESMA se transformó en el complejo cultural que es hoy donde se ubica el Centro de la Memoria Haroldo Conti o el Espacio Nuestros Hijos. Tuve la fortuna de acceder al antiguo predio militar por la entrada principal, tras las Madres, que accedían allí por primera vez para realizar la inauguración en lo que había sido el centro de detención y tortura donde habían permanecido recluidos algunos de sus hijos. La palabras de Hebe aún resuenan en mi cabeza.

Gracias Hebe, gracias Madres de la Plaza por enseñarnos a luchar.

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