Voces de la pandemia silenciosa

Hay 265.000 asturianos y asturianas consumiendo ansiolíticos y 181.000 tomando antidepresivos. En los últimos tres años, se incrementó ese número en 16.000 personas

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Daniel Ripa
Daniel Ripa
Es psicólogo social y ex diputado de Podemos Asturies.

Lorazepam, Besitran, Trankimazin, Seroxat, Noctamid, Lexatin, Diazepam… son ya palabras comunes de nuestro vocabulario. Los datos asustan: hay 265.000 asturianos y asturianas consumiendo ansiolíticos y 181.000 tomando antidepresivos. En los últimos tres años, se incrementó ese número en 16.000 personas. No hay lugar de España con cifras más altas. Es el triple que en Madrid. Como una pandemia silenciosa, afecta a los más jóvenes y, especialmente, a las mujeres. Comparado con 2019, entre los menores de 30 años, hay 4.000 mujeres y 1.000 varones más consumiendo psicofármacos. Lideramos la tasa de suicidios en el Estado, siendo la segunda causa de mortalidad entre los jóvenes. ¿Le sorprende este panorama en la comunidad autónoma de la felicidad, la de los paisajes naturales que quitan el aliento, las folixas con sidra y las comidas copiosas?

El discurso oficial señala que son mayoritariamente casos graves, con pluripatologías, o derivados del envejecimiento. Dicen que se promueve un uso racional del medicamento y que crecen los recursos en salud mental. La realidad es la contraria. Hay imposibilidad de atender casos que no sean muy graves, bajas y vacantes sin cubrir y altas listas de espera para acceder al psicólogo o psiquiatra. Detrás de cada pastilla, hay una historia y una petición de ayuda que la sanidad pública no atiende: “No sé si es que no lo ven, no lo quieren ver o pretenden hacernos creer que lo que vemos es un espejismo y hacernos los locos”, me decía Natalia.

Escuchar las vivencias personales es desgarrador. La entrada en salud mental sucede tras un evento traumático o un problema familiar o laboral, que se resuelve con pastillas antes que con apoyo psicológico. Me lo confesaba Ana, que fue a su médico a raíz de un caso de violencia de género de una familiar. Tenía poco más de 30 años, dormía muy poco por las noches y acabó tomando cuatro pastillas, mientras acudía a consultas del psicólogo cada dos meses. Recuerda la ansiedad de esperar una hora en el vestíbulo antes de la consulta, que siempre iba con retraso por la saturación. Harta de no mejorar, recurrió a un terapeuta privado al que veía semanalmente para, tras 7 años, dejar los psicofármacos. Esta semana llevó su ‘farmacia’ al punto limpio: besitran, lorazepam, trankimazin. Una liberación. Otras, no lo han conseguido aún. Como Ana, otra amiga de otra ciudad, que me decía: “estoy enganchada al Lorazepam. Dejé de dormir por una enfermedad de un familiar hace 15 años. El médico de familia me dio pastillas para el insomnio, junto Lorazepam para pasar mejor el día. Tras 15 años, dejé los somníferos, pero las benzodiacepinas para la ansiedad no pude. Nunca me recibieron en salud mental ni me lo ofrecieron. No puedo ir a ningún sitio sin las pastillas. Es una obsesión, compro cajas de 2 en 2. Si se me acaban, me pongo a llorar”. 

Patrones comunes

Hay un patrón común. Se acude con un problema vital al médico de familia, que muchas veces receta psicofármacos. Con una eficacia clínica cuestionada, el uso de estos medicamentos tendría que circunscribirse a casos graves o momentos de crisis. Debería ser algo temporal, hasta que llega la cita del especialista, un psiquiatra que revisa el caso y la medicación o un psicólogo con sesiones de terapia. Pero el sistema está saturado y todo se retrasa. Para cuando llega la cita, seis o siete meses después, la medicación puntual -que genera adicción-, ya se ha cronificado. Al psicólogo o psicóloga llegas atiborrado a pastillas: de ansiolíticos y somníferos a antidepresivos y benzodiacepinas.

 

Calle Mon, en Oviedo/Uviéu.

No siempre es así ni con todos los profesionales, pero sucede a menudo. Bea tenía 50 años cuando fue a su médico porque sufría ansiedad en el trabajo. Cambiaron las condiciones laborales en su empresa y había demasiada incertidumbre. Era diciembre de 2019 y la médico de familia le dio una baja por estrés laboral, acompañada de unas recetas de ansiolíticos. Aunque le mandó a una cita urgente con salud mental, ésta fue 5 meses después. Mientras tanto, pastillas. En su caso (¡y en tantos casos!) no funcionaron: comienza a empeorar, sufre palpitaciones, duerme mal. En la primera cita con el psiquiatra, éste se limita a hacer cambios en la dosis. Le ponen una segunda revisión seis meses después, pero se cancela en dos ocasiones y ésta no llegaría hasta julio de 2021, casi dos años después de la primera visita a la médico de familia. El tiempo no trae mejoras, de hecho, nunca ha estado peor: sufre problemas de memoria, se pierde por su barrio. Ella cree que es por la medicación, pero en el centro de salud señalan que puede ser algo neurológico, un inicio de alzheimer. Le hacen pruebas e incluso una punción lumbar, sin encontrar nada relevante. Como ven que la medicación no funciona (¡al contrario!), deciden aumentar las dosis. Vuelve a trabajar tras dos años de baja, pero está mal y la despiden al poco por “ineptitud laboral sobrevenida”. Nunca había tenido antes problemas de salud. Se sincera reviviendo la experiencia: “Yo vine por un pequeño problema de estrés laboral y ahora me habéis arruinado la vida”. Me cuenta que, en tres años, tuvo tres psiquiatras distintos, sin ninguna evaluación ni continuidad: “Si se estropea la cabeza, necesitamos que nos escuchen, traten, valoren. No recibí nada de eso. Antes lloraba al contarlo, ahora sólo tengo rabia”. ¿Recuerdan a Guillermo Rendueles, cuando gritaba que a veces no necesitábamos un psiquiatra sino un comité de empresa?

Hay historias de todos los colores. Meli tiene ahora 60 años y a los 40 comenzó a sufrir depresión crónica y ansiedad. Todo ello se agudizó con la pandemia. Estuvo años sin acceder a un profesional. Cronificado el problema, ahora toma 10 pastillas diarias que le afectan al aparato digestivo. “Adofen para la depresión, 1 orfidal y 1 lexatin por las mañanas, a medio día orfidal, y sobre las 6 otro lexatin, por la noche tomó noctamid para dormir y orfidal de nuevo. Aunque hago terapias y relajación por internet. Pero más que pastillas habría necesitado un psicólogo”. En las personas mayores se receta por defecto. Me lo explica un amigo: “a mi padre se le suministró un antidepresivo justo después de fallecer mi madre, y creo que se lo han recetado de manera crónica”. Y se agrava con la edad. Sólo hay que darse una vuelta por algunas residencias para mayores para ver la polimedicación de nuestros dependientes. La sedación cubre la falta de personal a pesar de que los estudios alertan que más medicación empeora su pronóstico de salud. Los psicofármacos también se usan para ocultar otras costuras del sistema sanitario, como la falta de fisioterapeutas. Lo explica Conchita, con dolores de espalda, a la que le recetan Diazepam y Trankimazin, ya que “es más fácil dar pastillas que contratar fisioterapeutas”.

Una juventud medicalizada

El aumento de recetas a los más jóvenes debería preocuparnos. Aida, con 18 años, cayó en una depresión muy fuerte. La ingresaron tras un ataque de ansiedad. De ahí salió con Alprazolam, Serosat (antidepresivo) y Trankimazin. Se enganchó a los tranquilizantes y con 19 años tomaba 6 pastillas al día. Sigue yendo al psicólogo de la seguridad social, pero tiene citas cada mes y medio, algo “insuficiente para lo que necesita”. Otro joven, de Mieres, tras tomar pastillas y con sesiones cada 3 meses me explica: “La terapia no me sirvió de nada por no poder ir más frecuentemente, pero al final conseguí librarme de las pastillas”.

Jóvenes jugando al fútbol en el campo de Matalablima FOTO: Iván G. Fernández

Cada vez hay más jóvenes que deben elegir entre emanciparse o pagarse un psicólogo. “Yo quemé el poco dinero de mi sueldo del verano en una psicóloga a la que llevo yendo meses”, me dice Christian, de 28 años. Recuerda su periplo: “A mi madre le diagnosticaron demencia, empecé con ansiedad y pedí cita con psicología de la seguridad social. Tardaron meses y la cita fue con una psiquiatra que no me pudo ayudar. La segunda cita tardaría otros 6 meses, así que nada”. A 70 euros la hora de terapia, confiesa que su caso no es único, y que “muchos jóvenes de mi entorno hemos gastado el escaso dinero que logramos en pagar el altísimo alquiler de vivienda y el coste de psicología privada”. Continúa, relatando el caso de una amiga suya, que sufre de ansiedad desde hace muchos años por inseguridad y traumas: “Pidió cita en psicología de la seguridad social y terminó por desistir, aceptó explotarse en un trabajo muy mal pagado y fundiendo el dinero en un puñado de consultas de psicología privada”.

Pero las recetas de psicofármacos no se reparten igual entre sexos. Si eres mujer tienes mayor riesgo de salir de la consulta de atención primaria o del psiquiatra con un listado de recetas de ansiolíticos o antidepresivos, hasta cuatro veces más en el caso de las jóvenes. Problemas vitales que devienen en farmacológicos. Para Marina, le parece claro que “aquí también opera, de forma invisible, el patriarcado, que es causa y efecto del sufrimiento psíquico. Violencia, demandas, exigencias, que se perciben individualmente, que te culpabilizan, paralizan, te hacen sentir incapaz o sobrepasada hacia adentro de tí. Si sufrimos, nunca se apunta al sistema, sino a que no nos hemos esforzado lo suficiente. Tenemos menos recursos y somos más vulnerables, pero mirar hacia las causas de ese malestar es visibilizar las relaciones de poder, que nos hacen tener que cuidar más, tener trabajos más precarios, aceptar situaciones de dependencia. Y el sistema de salud, a veces, reproduce ese sesgo de género en las soluciones que da a las mujeres que acudimos. La sobremedicación es también violencia médica”. Si miramos en los márgenes, veremos aún más problemas de salud mental entre el colectivo LGTBIQ, con hasta tres veces más prevalencia, o entre personas con discapacidad, a quienes el sistema y el ajustarse a la norma golpea con fuerza.

Sentirse persona de nuevo

Muchas se rebelan contra los psicofármacos. Es el caso de Luz, que lleva desde junio para ver al psicólogo y le ofrecen que tome pastillas mientras tanto, pero se niega. O el de José, de quien me contaba su pareja que, con 53 años, estuvo durante años en estado casi vegetativo por los ansiolíticos. Dejó la medicación porque se negaba a vivir como un florero, anulado como persona. Dice que está mejor, pero que no está bien, porque necesita apoyo. Patricia me apuntaba que “estamos desprotegidos. ¿Por qué sólo nos ofrecen fármacos y te ven quince minutos cada dos meses?”. Sandra rechazó la medicación y pidió acudir directamente a terapia en la sanidad pública. Habían aumentado sus cargas familiares y había sufrido un duelo. Más demandas, menos apoyos, más estrés. La terapia le ayudó y superó esas situaciones, aunque “era estresante el tener sólo treinta minutos cada mes y medio o dos meses, con una alarma que le saltaba en el ordenador a la psicóloga cuando se acababa el tiempo”. Piensa que debería ser un servicio del centro de salud del barrio, como la fisioterapia. 

Foto: Pixabay

Ana, trabajadora sanitaria, me explica que “muchas veces se acude a consulta por depresión tras un duelo. Deberían de ayudar a pasarlo, pero están tan saturados que te dan directamente ansiolíticos y antidepresivos”. Cree que es urgente otro modelo: “Se nos ha de escuchar, ayudar a encontrar qué nos causa estas cosas, enseñar técnicas para descargar esa tristeza, rabia, impotencia, culpa, o aprender a respirar y controlar las taquicardias. Se nos ha de enseñar que no somos rocas, que no podemos con todo, que podemos desechar algo que nos hace daño”. Y es que los servicios sanitarios a veces son muy fríos. Cuando tienes un problema de salud mental, necesitas que te escuchen, acojan, protejan. Pero en primaria no hay atención psicológica y en urgencias a veces te mandan de vuelta a casa. Fue el caso de Dori, que acudió a urgencias: “Les dije que estaba mal y me mandaron a casa porque ‘eso no lo podían curar ellos’. Me fui con las orejas gachas y pensando ‘¿a dónde voy, quién me puede escuchar y ayudar?’ Nunca me sentí así. Es triste que nadie te asesore”. Llamó al médico de familia y le dio pastillas, Alprazolam y Trankimazin. Recuerda que intentó ir a una psicóloga privada, “pero es muy caro”. Ahora tiene problemas en el aparato digestivo, derivados de la medicación. 

Mientras un psicólogo o psicóloga en una consulta privada te atiende semanal o quincenalmente, durante una hora, acceder a salud mental en el sistema público tarda tiempo, la frecuencia es cada un mes o dos, y el tiempo de la sesión muchas veces no llega a la media hora. El mientras tanto es clave: ¿tomas psicofármacos hasta que consigues otro tipo de ayuda? ¿Buscas enderezar tu vida por ti mismo? Hay experiencias positivas, como la de José Manuel, en una zona rural, donde dicen que le atienden sin límites de tiempo y primaron la terapia. Pero mucha gente abandona directamente el sistema público. Lo explica Miguel, que sufrió depresión con ansiedad. Su médico le recomendó ir por lo privado, porque la lista de espera era de meses. “Lo recuerdo con tristeza, porque soy maestro en la escuela pública y defensor de la misma”, admitía. Miriam piensa lo mismo: “hay que invertir en prevención, y la medicación, aunque se necesite en un momento puntual, debe ir acompañada de un psicólogo, aunque ahora no queda otra que pagar en la privada”. Silvia, por su parte, recuerda cómo con una enfermedad psicosomática querían ingresar a su padre en la unidad de psiquiatría, se negó y logró que mejorara con psicólogos y psiquiatras privados. Se requiere algo más. A Andrés le diagnosticaron un trastorno depresivo grave. Aunque tomó medicamentos, cree que “el verdadero salto fue en terapia en una asociación, A Teyavana, con actividades guiadas por especialistas. Recibí lo que las pastillas nunca me iban a dar: el ser tratado y valorado como persona, sentirme persona de nuevo”. 

Abordamos los problemas de salud mental desde una perspectiva pasiva, esperando que tomando algo se cure un problema con raíces en tu historia personal. La salud psicológica requiere una perspectiva activa. No eres un paciente, sino un sujeto, que debe actuar en su vida, impulsando conductas, soluciones, apoyos, diferentes abordajes. Así se superan problemas puntuales en la vida, el fallecimiento de un familiar, el estrés laboral, la pérdida de sentido en tu vida, la sobrecarga familiar. Nuestra sanidad pública cronifica situaciones que todos sufrimos en nuestras vidas, les da pastillas durante meses o años y no es capaz de escuchar, de acompañar, de ayudar a recuperar la autonomía. También se problematiza el dolor, inherente a la vida, como si fuera posible vivir sin cierto nivel de sufrimiento. Eliminarlo es una ilusión.

Psicofármacos para los problemas sociales

Nuestras sociedades esconden la salud mental debajo de la alfombra. Ocultamos que asegurar la estabilidad laboral y los sueldos dignos, la ayuda a domicilio a dependientes, el apoyo a las familias con hijos, o la cohesión social y comunitaria en un barrio o pueblo mejoran la salud mental. María tiene claras las causas sociales de muchos problemas psicológicos: “Con la economía ahogando, con las administraciones retrasando ayudas económicas, desempleo o empleo precario. Mujeres, cargando con la vida… cuidados, precariedad laboral, más vulnerabilidad y riesgo en sus vidas. Eso influye en la salud mental y no se habla de ello”. 

Foto: Feepick.

Hay que hacer algo, ante estos gritos desesperados. A Natalia, con 38 años, le parece increíble que no se aborde este asunto: “Me dan ganas de salir y tirarme de un puto puente, joder… Y de ahí que hagan falta más psicólogos y psiquiatras”, me afirma con contundencia. Es unánime la petición de otro modelo de atención en la salud mental, más accesible, cercano, con mayor número de especialistas, con más trabajo preventivo y comunitario con psicólogos, trabajadores sociales o educadores, con más humanización, con una conexión con la sociedad y menor número de medicamentos. Una sanidad pública que se ocupe de todo lo que afecta a nuestra salud. Hacer políticas públicas que analicen sus impactos sobre el bienestar social y psicológico. Este modelo sería además más económico que el actual. En Asturias, hemos gastado 42 millones de euros en 2022 en psicofármacos, 6 más que hace tres años. Es la cuantía más alta de nuestra historia. Hay alternativas: por mucho menos presupuesto, Valencia, por un importe de 10 millones de euros, acaba de acordar incorporar psicólogos en 186 centros de salud de primaria en los próximos tres años. Lo que es suicida, y casi un pensamiento mágico, es que creamos que es mejor que alguien tome antidepresivos 20 años de su vida a que impulsemos sistemas de apoyo y terapia para superar esos problemas. ¿Hablamos de ello y buscamos soluciones? ¿O nos reconfortamos siguiendo hablando de la Asturias del paraíso natural?

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