¿Por qué ha empeorado la salud mental de los jóvenes?

El 15% de los menores de 35 años, la cifra se incrementa aún más entre las mujeres, han sufrido problemas de salud mental durante la pandemia.

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El CIS de febrero nos presentaba un dato alarmante: el 15% de menores de 35 años (la cifra se incrementa aún más entre las mujeres) habían sufrido problemas de salud mental durante la pandemia. Los números son mayores en otros estudios. Un tercio de los jóvenes en Oviedo/Uviéu requirió ayuda psicológica, según una investigación del Consejo de la Juventud. Somos además, el país de Europa con más problemas de ansiedad y depresión en adolescentes y el segundo con mayor consumo de psicofármacos, mientras los ingresos hospitalarios por esta causa se han disparado en el último año. ¿A qué se debe esta nueva pandemia entre los jóvenes? ¿Han perdido el miedo a hablar de este tema o hay un empeoramiento real?

Cariño Tiktoker: relaciones virtuales

Era lógico que la pandemia y los confinamientos tuvieran un efecto sobre la salud: han aumentado los estresores (laborales, vitales, sociales), causando fatiga pandémica, y lo han hecho, durante un tiempo demasiado largo. Lo que destroza la salud mental no es la excepcionalidad sino la normalización de la excepcionalidad. Nuestro cuerpo aguanta bien el estrés puntual, pero mal el estrés sostenido. En una excelente investigación publicada en The Lancet, se señala que a nivel mundial se incrementaron en 2020 un 28% las trastornos depresivos y un 26% los de ansiedad. En total, más de 129 millones de casos adicionales, de los que 87 correspondieron a mujeres. La gente joven (especialmente el grupo entre 20 y 24 años), según la investigación fue la más afectada, debido al impacto en su vida social.

“Somos el país de Europa con más problemas de ansiedad y depresión en adolescentes”

Es decir, a la par que aumentaban los estresores, se ha reducido la calidad y la cantidad de las relaciones humanas, que son las que nos dan apoyo en los momentos difíciles. Ha cambiado la forma de relación de miles de jóvenes (y adultos) en nuestro país. Para la mitad de la población, según el CIS, se alteró de manera significativa nuestra vida social. Los hábitos también han variado y ahora apostamos por planes más íntimos. Y ha habido más casos de aislamiento. El filósofo César Rendueles explica por qué esto es importante. En las investigaciones sobre traumas en los jóvenes, cuando le preguntaban a universitarios, qué traumas conservaban, por mucho que Hollywood nos muestre a jóvenes traumatizados porque su padre olvidó ir a ver el partido de béisbol cuando eran niños, los motivos que señalaban eran conflictos o traumas con su grupo de amigos o compañeros, desde bullying, a relaciones de pareja y problemas relacionales. 

Hemos ido a también relaciones más virtualizadas. El empeoramiento de la salud mental de los jóvenes coincide en el tiempo con la penetración de las redes sociales. Nos conectamos al mundo por una ventana virtual. Y somos adictos a ella. ¡Ojo! También lo virtual cumple una función. Una relación por Instagram o Tiktok no es idéntica a una presencial. Da afectos, pero de forma distinta. Necesitamos esos cariños. Pero es como un espejo de feria donde nos vemos más altos o estrechos, más oblicuos. La imagen que se devuelve de nosotros en la virtualización de las relaciones no es idéntica a la real y sus afectos no son iguales. Se pierde calidez. Nos obliga a una presentación perfecta de nosotros y nosotras mismas. Nos evalúa de forma continuada. La amistad, por el contrario, implica la aceptación por otros de nuestras imperfecciones. Sin ello sólo hay admiración o followers. 

La precariedad mata y no hacemos nada para evitarlo

Las políticas laborales, sociales y económicas de los últimos años han institucionalizado la precariedad. Hay evidencia científica desde hace más de 20 años de que la precariedad laboral mata, reflejado posteriormente en el excelente metaanálisis de la Organización Mundial de la Salud (2010) sobre el impacto sobre la salud de los riesgos psicosociales en el trabajo. Es cada vez más difícil encontrar un empleo estable y, como consecuencia, una vivienda estable. Y cuando logramos un empleo indefinido, la calidad de éste ha empeorado (menores salarios, mayor intensidad en el trabajo, menos presencia de sindicatos en la empresa y relación con compañeros, más control del rendimiento por aplicaciones informáticas, mayor impacto en la conciliación familiar, horarios más irregulares). 

Campaña en Xixón sobre Covid y juventud. Foto: Luis Sevilla.

En una sociedad construida en torno al empleo y donde la vivienda pública de alquiler está en los niveles más bajos de Europa, es lógico que los planes de vida (familia, hijos) se retrasen. España es uno de los países europeos con la edad más tardía de emancipación, rondando los 30 años, entre 7 y 10 años más tarde que los países del norte de Europa. La pandemia ha agravado esta tendencia de la España precaria. Un apunte. Eso no quiere decir que los jóvenes quieran vivir la vida de sus padres. Admiran los recursos materiales de estos y la facilidad en el acceso al empleo tanto como sus padres envidian (y los jóvenes aprecian) la movilidad, libertad o acceso a consumo de los más jóvenes. En cualquier caso, sí que hay una distopía entre las expectativas de las canciones que escuchamos y series que vemos, y lo que luego nos encontramos. Nos recuerda una compañera: “Cuando sea mayor haré esto, compraré esto otro, hemos crecido pensando que si estudiábamos se nos abriría un futuro maravilloso cuando luego no ha sido así (…) Nos vendieron en el instituto que estudiar una carrera y un máster te solucionaba la vida, tener trabajo no te asegura vivir dignamente, lo tienes difícil para formar una familia, etc…”. Lo explica Manuel Romero “los jóvenes ya no tenemos biografía, sino curriculum vitae, estamos atrapados en una crisis cíclica de sacrificios sin recompensas”. Ante eso se nos ofrecía el “paraíso del consumo como compensación”, recuerda Clara Ramas “y consumir afectos, deseos y experiencias como si fueran caramelos”. Pero el consumo agota la satisfacción que nos produce en el mismo momento de consumirlo. Y después, descubrimos que no ha calmado nuestras ansias de felicidad.

Los muros de las certezas se están disolviendo

El mundo se ha venido abajo ante nuestros ojos en estos últimos años. En una crisis ecológica, sanitaria, económica, geopolítica, todo está en el aire. El sistema sigue siendo capaz de construir hegemonías, pero cualquier estabilidad es solamente temporal. Las aguas porosas de nuestra sociedad, en palabras de García Linera, se cuelan entre los muros que históricamente entregaban certezas. Nada es permanente. Es líquido, porque ya no vemos un curso inexorable de la historia. Nuestro sistema económico es inestable y no tenemos ya una confianza ciega en la ciencia o en una sociedad que construya un bienestar y permita la integración social. Las certezas ya no aportan un lugar en el mundo. Es el marco donde crecen los miedos y las incertidumbres, donde aumentan los odios y la xenofobia, pero también donde se producen cambios sociales. Un joven nos lo expresa así: “No es solo precariedad material, o incertidumbre laboral, es vivir sabiendo que el mundo se va al garete, literal, y tener experiencias materiales que te van acercando a ello y sus consecuencias (pandemia, guerra a las puertas…)”.

“Las certezas ya no aportan un lugar en el mundo”

¿Qué efecto produce el perder las certidumbres? “Somos una generación que ha enganchado una crisis con otra y que en toda la vida adulta ha tenido nunca ningún tipo de certeza”, nos decía otra compañera. “La dificultad para pensar en nuestras vidas a medio/largo plazo, lidiar con esta incertidumbre nos machaca mentalmente”, señala otra joven. Quienes se incorporaron a la edad adulta después de la crisis de 2008, sólo han vivido crisis. ¿Qué consecuencias provoca ello? “No nos permite hilar pasado-presente-futuro, no dotamos a nuestra vida de un sentido ni de un horizonte”, continúa. Las identidades se siguen construyendo, pero no son permanentes. Cada vez hay menos gente que se defina como “obrero”, “maestra” o “padre/madre”, o que lo haga para toda la vida. Somos muchas cosas, que van cambiando, bajo la influencia de la termodinámica del contexto.

Celebración del Orgullo LGTB en Oviedo/Uviéu. Foto: Iván G. Fernández.

Perdemos no un sentido de la vida, único y en abstracto, sino “sentidos” y “horizontes”, en plural. Los sentidos, los quehaceres en palabras de Ortega, los horizontes vitales pueden ser múltiples. Nos ayudan a construir nuestra identidad, pero sobre todo, nos permiten caminar. Nuestra vida es lo que sucede mientras caminamos hacia nuestros horizontes. Es la diferencia entre caminar y deambular. Cuando deambulamos, somos más proclives a quedar atrapados en remolinos ante los problemas de la vida. “Para qué caminar”, nos preguntamos. “Qué sentido tiene ir más allá”, dudamos.

De Simone Biles a Naomi Osaka: ¿Y qué si somos vulnerables?

El malestar podría sufrirse en silencio. Siempre sucedió así. Pero ahora hay gritos de dolor que se aceptan socialmente. Ya no los ocultamos bajo eufemismos. Lo fue para Simone Biles, la gimnasta de oro estadounidense que dijo ‘¡basta!’ en los pasados Juegos Olímpicos. Y también Naomi Osaka, que no ocultó su dolor cuando le gritaron ‘apestas’ en un reciente torneo de tenis. Que no solamente haya malestar sino que se diga públicamente es un signo de nuestro tiempo. Son muchas las celebrities (influencers, cantantes, deportistas) que han dado el paso, recomendando cuidar la salud mental e incluso ir a terapia. Iniciativas asturianas como el Calendario pola salú mental de Banksyiastur van en esa dirección. Todo ello ha roto un tabú. Antes el malestar existía, pero quedaba en silencio. Ir al psicólogo implicaba admitir “que estabas loco”. Hay más casos porque hay menos tabú en decir que se necesita ayuda. También porque se establecen los trastornos mentales como una vía aceptable en nuestra sociedad para expresar dolores (todas las sociedades establecen, a nivel macro, de qué formas podemos y de cuáles no expresar nuestros malestares y ese aprendizaje afecta inconscientemente a cómo los expresamos psicológicamente).

Foto: Luis Sevilla

El feminismo, que explica que lo privado es público, ha tenido su función en colocar este tema en la agenda. La vulnerabilidad no es algo avergonzante, ha señalado.  Los hombres también podían mostrarse vulnerables. Ahora la gente se siente fuerte para habitar también esa vulnerabilidad y no avergonzarse al hablar de ello. Empeoran los indicadores, pero puede que reflejen mejor la realidad sobre la salud mental de los jóvenes que hace unos años. El feminismo también ha demostrado que los problemas de la salud mental tienen un sesgo de género. Hay más mujeres que relatan problemas de este tipo y además consumen más psicofármacos. ¿Sorprende que esto suceda cuando las mujeres tienen una doble jornada, laboral y familiar, menores salarios, y más cargas afectivas derivadas de los cuidados de dependientes?

Más allá del coaching insulso: Políticas vitales por la salud mental

El capitalismo crea mercados donde puede. Y la salud mental no iba a ser menos. La farmacologización de la salud mental, con un incremento exponencial del consumo de psicofármacos, impulsa una sociedad sedada, que reduce el problema no a algo estructural sino a una transacción económica entre las farmacéuticas y las personas que relatan ansiedad o depresión. “Digámoslo claro, tras estudiar los metaanálisis, se puede que concluir que “la efectividad de los psicofármacos ha sido exagerada, los efectos adversos minimizados, y la investigación sobre estos fármacos contienen sesgos a favor de mostrar una mayor eficacia”, como señala el psicólogo clínico del Servicio Navarro de Salud Miguel A. Valverde Eizaguirre.

Pero la happycracia, la industria de la felicidad y la salud mental, necesita de un segundo mecanismo: El coaching insulso del tú puedes, supéralo tú mismo. El ponernos la obligación de ser felices y culpabilizar a las personas por no lograrlo. El convertir la vida sana en una vida no plena, fomentando el “preocuparnos” sobre nosotros mismos. La culpabilización a las personas afectadas por problemas cuyo origen está en el propio contexto vital y estructural en el que vivimos. Individualizarse y aislarnos. Este abordaje, donde se estigmatiza a los jóvenes como “la generación de cristal”, sólo deprime más. “La generación de cristal” es la explicación culpabilizadora e individualizante de las consecuencias sobre la salud de problemas estructurales que está sufriendo una generación: la instauración de la precariedad en el trabajo, la imposibilidad de acceso a la vivienda, el empeoramiento de los vínculos sociales y la pérdida de certezas en nuestras sociedades. La falta de hilo conductor vital y de lugares donde situarte. Si tú te miras a tí mismo y no a la falta de comité de empresa, buscarás las soluciones equivocadas a tu malestar, como recordaba el psiquiatra Guillermo Rendueles.

Las soluciones han de venir de políticas vitales en favor de la salud mental. Debemos analizar nuestras políticas públicas e interesarnos por sus efectos sobre la salud y la salud mental. Continuar con las políticas laborales que promuevan la estabilidad y el incremento de salarios, pero reduciendo también los riesgos psicosociales en el trabajo, favoreciendo la conciliación, los horarios regulares, la autonomía frente a la digitalización, o la organización colectiva. Impulsando políticas de vivienda que faciliten la emancipación juvenil y permitan construir proyectos de vida, reduciendo las incertidumbres. Estabilizando un sistema público de cuidados de dependientes (0 a 3 público, universal y gratuito, y servicios de ayuda a domicilio que cubran la demanda) y asegurando la igualdad en el ámbito laboral. Y, finalmente, con políticas de promoción de la salud y de atención en crisis en el ámbito sanitario, que superen la medicalización y que pueda dar apoyo psicológico en los momentos de crisis con vistas a favorecer la autonomía de las personas. Porque, nunca olvidemos, el empeoramiento de la salud mental no es una desgracia caída del cielo sino una consecuencia evitable de las fallas en la construcción de nuestras sociedades y de su incapacidad para actuar en los momentos de crisis. 

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