No mires atrás, no me dejes escapar

Cuando muere alguien que ha crecido en y con nosotros, una parte de nosotros muere, pero podemos, y debemos, reconstruirnos volviendo a asirlo tras haberlo soltado

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Imaginen un libro que trata de la muerte sin querer convencernos de que no hay que temerla porque no es nada y, si algo es, es inevitable, sin tratar de argumentar en favor de la inmortalidad, sin decirnos que el tiempo todo lo cura. Un libro que no se queda del lado de los vivos tratando de consolarlos con palabras más o menos huecas y conocidas y que tampoco persigue al que se va queriendo adivinar su destino. Un libro que tiene por índice un poema, que con un ritmo arrullador, como el de las nanas y el del mar, teje un argumento nuevo, imposible de refutar y que de verdad consuela. En sus páginas se recordaría cómo Cicerón, tras la muerte de su hija, leyó todo lo que habían escrito quienes antes que él habían pasado por una situación como la suya para acabar encontrándose con que nada de lo escrito le ayudaba. Porque el asunto es ese, que necesitamos y buscamos ayuda.

La muerte sí es algo, que creamos o no en la inmortalidad del alma no alivia el dolor por la ausencia de quienes nos dejan y que el tiempo todo lo cura está entre las frases más ofensivas de entre las muchas que se pronuncian en estas circunstancias. El libro que pido que imaginen no ignora la larga tradición filosófica de las consolaciones, ni la numerosa literatura escrita con lágrimas por poetas, novelistas y ensayistas de la Antigüedad y la modernidad que hablaron con desgarro de sus propias pérdidas. Se recoge esa tradición y se ponen en diálogo estos textos precisamente porque no se parte de cero, porque sabemos que el lamento por el amigo, el padre, la madre, la hermana, forman una parte sustancial de nuestra tradición literaria. Por eso un libro como el que pido que imaginen recordaría a Aquiles llorando por Patroclo, a Catulo por su hermano, a Aidt por su hijo y a tantas otras, tantos otros.

Pero se puede hacer algo más que recoger esa tradición. El dolor es inmenso, innegable, pero, además de constatarlo e ilustrarlo, se puede tratar de decir en qué consiste, qué es lo que se muere en nosotros con la muerte del otro y, sobre todo, qué es lo que todavía permanece de ese otro en nosotros cuando nos deja. El libro que estamos imaginando es un ensayo filosófico y en él se dirá, entonces, que filósofos como Schopenhauer afirmaron que la filosofía es una preparación para la muerte; pero, de nuevo, en esta afirmación, como en las consolaciones, se olvida algo. Las consolaciones se dirigen a aquél que va a morir, preparándolo para el momento inevitable con argumentos sobre la inmortalidad del alma, o desiderata, como que nos espera algo mejor, o se dirigen a los que quedan tratando de aliviar su pena con esos mismos argumentos, además de otros encaminados a que el dolor de la pérdida no exceda determinados límites. Pero se olvida algo, esos filósofos y sus consolaciones argumentan, ponen ejemplos, pero se olvidan de algo que está ahí y que no se alivia con ninguna promesa. Se olvida la muerte de una parte de uno mismo cuando se muere un ser querido. ¿Qué es eso?, ¿qué hacer con eso?

Imaginen que el libro del que les hablo, con un respeto absoluto a ese dolor y sin falsas promesas, nos lleva de la mano y no nos suelta hasta que estemos en lugar seguro, ya que el abismo está ahí abajo, no hay barandillas y las sacudidas del llanto, o nuestro desprecio a la vida que creemos que nos espera, pueden hacernos caer. Por el camino nos cuenta algunas historias, cómo en las sociedades antiguas, particularmente en Grecia y Roma, los cantos arrullaban al que se iba y tranquilizaban y acunaban al que se quedaba, y que eran cantos con nombres hermosos como kommós, thrênos, o góos, en Grecia, o la nenia-nana en Roma. Y nos dice que ese puede ser un recipiente en forma de poema en el que depositar unas lágrimas que, si no, pueden acabar ahogándonos. De paso, y por contraste, nos advierte del peligro de la de-socialización de la muerte, del abandono del doliente a su suerte, de la medicalización del luto y de la aceleración de sus ritmos en la sociedad actual. Ese no es el camino, hay que acompañar y cantarle una nana también al que se queda, para que recupere el compás de la vida.

Pero el libro que les pido que imaginen hace todavía más, porque no se olvida de la pregunta que se planteaba arriba (¿qué hacemos con esa muerte que también ha sucedido en nosotros?) y, además, nos regala interpretaciones nuevas, bellísimas, de textos clásicos tan ligados a la reflexión sobre la muerte como el Fedón de Platón o el mito de Orfeo.

En el diálogo Fedón asistimos a la última conversación de Sócrates con sus discípulos antes de beber la cicuta. Sócrates quiere creer en la inmortalidad del alma, quiere pensar en que tendrá un destino mejor cuando haya dejado esta vida. Hasta aquí nada diferente a lo que encontramos en las consolaciones. Pero cuando Critón le pregunta cómo quiere ser enterrado, Sócrates le responde: “Como queráis, siempre que me atrapéis y no me escape de vosotros”. Lo que le importa es que sus discípulos lo lleven consigo, que lo que han hablado no lo olviden, que siga siendo parte de su vida. Es decir, que la actitud de Sócrates ante la muerte es valiente, se enfrenta a ella como una opción mejor que la del exilio o la de permanecer en Atenas al margen de la actividad filosófica, es verdad también que su argumentación sobre la inmortalidad del alma ha dejado una clara impronta en la historia de la filosofía, todo eso ya se ha dicho muchas veces, pero hay otra lectura posible, la que ofrece este libro que estamos imaginando, que no olvida el amor a la vida consustancial a gran parte de la literatura griega arcaica y clásica. Con sus palabras, Sócrates brinda a sus discípulos el único consuelo posible, aquel en el que se celebra lo vivido, y anima a los que quedan a llevarlo consigo. “Que no me escape de vosotros”, dice Sócrates. ¿Y no es verdad que muchas veces vemos gestos de nuestra madre, que ya no está, o de nuestro padre, en nuestros hermanos, que los reproducen consciente o inconscientemente, o nos descubrimos diciendo aquello que pensamos que diría ese amigo, esa amiga, que tenía siempre las palabras acertadas? Se han ido, sí, pero no se han llevado su vida consigo, la han dejado en nosotros.

La filósofa Ana Carrasco-Conde. Foto: Begoña Rivas

Ahora bien, el camino que hay que recorrer para llegar ahí no es fácil, y por eso este libro imaginado no nos deja de la mano mientras nos va explicando por dónde debemos ir. Hay que aprender a soltar: “No puede tenerse de nuevo lo que ya se ha perdido, no del mismo modo, no como si nada hubiera pasado”, se leería en ese libro en la página 266. Por eso el mito de Orfeo y Eurídice, tan conocido, versionado e interpretado, podría tener una nueva lectura. Orfeo fracasa porque cuando Eurídice muere él quiere lo imposible, quiere ir al Hades y traerla de vuelta. Eso, ahora lo vemos, no fue una muestra de amor (eros), sino de vana añoranza (póthos) y, por esta razón, pierde dos veces, ya que también se pierde a sí mismo.

Es verdad que cuando se muere alguien que ha crecido en y con nosotros, una parte de nosotros se muere, pero podemos, y debemos, reconstruirnos, integrándolo en nosotros, volviendo a asirlo tras haberlo soltado. Es posible hacerlo, y el libro que les he pedido imaginar existe y se titula La muerte en común. Sobre la dimensión intersubjetiva del morir, y ha recibido el Premio de Ensayo Eugenio Trías en su segunda edición (Madrid: Galaxia Gutenberg, 2024). Ninguna de las ideas ni de las imágenes que aparecen en estas líneas son de quien las ha escrito, sino de este libro y de su autora, Ana Carrasco-Conde, filósofa y profesora de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Un libro necesario, un ensayo filosófico bellamente escrito, que suena como la mejor música y que tiene el efecto de un phármakon para el alma de los que estamos, todavía, de este lado.

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