Metrópolis de equilibrio: contra la hipercentralización desde la periferia

El concepto, surgido en Francia, es aplicable a España: potenciar ciudades intermedias para compensar la capacidad de atracción de la capital.

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Juan Chaves
Juan Chaves
Es coordinador del grupo de Convocatoria por Asturies.

A mediados del siglo VIII a.C., las polis griegas se erguían como potencias ávidas por explorar nuevos horizontes en busca de conquistas territoriales y comerciales. En ese afán, traspasaron los límites de sus dominios y establecieron más de 500 colonias por todo el Mediterráneo, desde Jonia hasta la Península Ibérica, pasando por la Magna Grecia y Sicilia. Con el tiempo, algunas de estas colonias crecieron hasta superar en tamaño y poder a las polis fundadoras, aunque el concepto de unidad cultural con la metrópolis se mantuvo inalterado. La noción de “ciudad madre” (méter y polis) prevaleció, extendiéndose a lo largo de las sucesivas eras imperiales, desde el Imperio Romano hasta el español.

El término “colonia”, más allá de aquel engendro surgido de las armas químicas usadas en la Primera Guerra Mundial con el que nuestros padres se embadurnaban, evoca un concepto que trasciende el mero asentamiento geográfico. Remite también a la superioridad moral y cultural de la metrópoli sobre los territorios colonizados. Implica un sentido de identidad compartida por los fundadores, una pertenencia a un magma cultural común. No en vano, Ítaca está en Grecia.

¿Por qué esta disquisición sobre Grecia, el comercio y la metrópolis? La razón es que hoy vamos a hablar de un concepto francés de mediados del siglo pasado llamado Métropole d’équilibre (Metrópolis de Equilibrio), un enfoque político de planificación territorial que buscaba contrarrestar la hipercentralización de París mediante el fortalecimiento de ocho zonas geográficas o redes de ciudades. Estas, dotadas adecuadamente de recursos e infraestructuras, podían equilibrar y servir de contrapeso a la capital. Desgraciadamente, la apuesta no funcionó. La guerra fría estaba en su punto álgido y cualquier política de planificación era vista con malos ojos debido a su asociación comunista.

Como habréis adivinado, y sabiendo lo poco que nos gustan los franceses en esta casa, el concepto sale a colación para hablar del Madridcentrismo, la colonización a través del comercio, la lucha cultural, el procesismo, España concebida de manera radial, Madrid como destino universal, una grande y libre aunque te cruces con tu ex. En definitiva, la progresiva transformación de la España autonómica en una colonia madrileña que vacía nuestros pueblos y ciudades mientras nos dicen que gastamos mucho en pensiones y sanidad, o nos piden una sidriña por encima del hombro.

Mapa antiguo de París

Para que nos hagamos una idea de lo que supone tener una urbe de ese tamaño y características, en la Comunidad de Madrid viven en torno a los 7.000.000 de personas, con un consumo energético de 22.906 GWh frente a una generación de 837 GWh, es decir, consume casi 30 veces más energía de lo que produce y el resto tenemos que generarla para exportarla. Lo mismo podemos decir en cuanto a recursos hídricos o alimentarios, o que por obra y gracia de dios Madrid sea el núcleo de las comunicaciones terrestres, aéreas y ferroviarias, donde se concentran todas las instituciones públicas y, en consecuencia, el poder empresarial. Para que entendamos el sinsentido de Madrid como recipiente atrapalotodo, allí está la oficina única del Corredor Atlántico, no en Bilbao, Santander o Gijón, no, en Madrid, que está a 500 km del Atlántico. Madrid es un dementor que absorbe los recursos materiales y humanos del resto del país por el peso desproporcionado que tiene en relación al resto. Pero la hipercentralización crea hiperdependencias y eso no es bueno ni para Madrid ni para el conjunto del país.

Por eso, el concepto de Metrópolis de equilibrio es perfectamente aplicable a España, un país extenso, con poca densidad de población, alto grado de descentralización y una urbe global como epicentro económico, político y cultural. Ante este escenario, urge un nuevo modelo de relación urbana, en el que las dinámicas sociales y económicas no dependan del flujo capitalino, sino de una conexión mucho más natural con el entorno cercano. Y en esas circunstancias emerge Asturias, situada entre dos ejes económicos vitales como son, de norte a sur, la ruta de la plata y, de este a oeste, el corredor Cantábrico (Atlántico). Además de los vínculos históricos con León, nos sitúan como una candidata idónea para convertirse en una metrópolis de equilibrio en el noroeste del país, una zona de influencia que permita la creación de nuevos nodos de activación económica y espacios de interrelación social y cultural que no obliguen a cruzar la meseta para tener éxito. Necesitamos relaciones igualitarias porque en la vida, como en cualquier relación de pareja, se necesita equilibrio para que la relación sea sana y lo que ahora tenemos en España es una relación asimétrica que nunca puede funcionar.

Estas políticas no son simples ni rápidas, pero son imprescindibles. Necesitamos entender que podemos ser autónomos tan solo cambiando inercias. Las inversiones que verdaderamente se necesitan son humanas, culturales y políticas. Comprender que esto no es confrontar, sino colaborar, porque si algo nos ha enseñado la biología, y que Ayuso nunca ha entendido, es que los humanos somos una especie más inclinada a la colaboración que a la competencia. Crear zonas de equilibrio territorial que puedan compensar y reconfigurar las relaciones de poder existentes hará de este país uno mejor, diferente y del que sentirse orgullosos.

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