Anti élites, anti Bruselas y anti islam

Al rechazo o el desdén hacia el sistema democrático contribuye decisivamente su descrédito y la falta de reformas de calado.

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "No hay país".

Creo que Han Peter van den Broek ha sido absolutamente conciso y certero a la hora de apuntar hacia las causas del ascenso de la extrema derecha mundial, que ha vuelto a dar un paso en las pasadas elecciones europeas: es una reacción anti élites, anti Bruselas y anti islam.

Naturalmente que hay más causas, y más profundas, como la crisis del racionalismo, ese gran avance para la humanidad desde el siglo XVIII, ahora en retroceso, en paralelo a la democracia. O el rechazo a la modernidad y a los avances sociales y tecnológicos, que han dejado a sectores y segmentos de población descontentos y humillados. Pero esas tres que apunta el sociólogo holandés son un buen punto de partida para iniciar el imprescindible debate público sobre por qué hemos llegado hasta aquí, con la democracia en peligro, con los bárbaros otra vez a las puertas de Europa y con inquietantes tambores de guerra secundados por un creciente militarismo.

Las izquierdas, que necesitan una radical renovación organizativa y de ideas para adaptarse a los cambios sociales, y las derechas democráticas, básicas para frenar esta deriva, deberían tomar nota, reflexionar y encontrar soluciones antes de que sea demasiado tarde.

¿Por qué hay una reacción contra las élites, las políticas y las económicas, algo bien visible en Estados Unidos y que explica en buena parte el fenómeno Trump? Se me ocurre pensar que algo debe de influir la deriva del post-capitalismo, su locura alentando el crecimiento económico desbocado vinculado paradójicamente al aumento de la pobreza, la desigualdad y la frustración de las capas populares, que tampoco son ajenas al fenómeno: no ha desaparecido la clase obrera, pero la mayoría de quienes la forman no se siente parte de ella. Hay que repartir la riqueza, no seguir concentrándola cada vez en menos manos.

Foto difundida por la Casa Blanca de los Trump junto al Conejo de Pascua

La generalización de esa clase media aspiracional, con sueldos bajos, precariedad y malas condiciones laborales, en un capitalismo salvaje y deshumanizado gobernado por grandes multinacionales, fondos de inversión invisibles y nuevos sectores aparecidos con la revolución tecnológica, son un gran alimento para esa frustración colectiva, que encuentra una válvula de escape en el rechazo a todo lo que huela a poderoso e institucional, aunque ni siquiera se le sepa identificar.

¿Donde está la reforma del capitalismo que proponía Sarkozy en 2.008 cuando ya se vieron los efectos en el sistema democrático y en el Estado del bienestar de la gran recesión de principios del siglo XXI? Esta desconfianza de la gente en élites, instituciones, empresarios, sindicalistas y representantes públicos no paró de crecer y es fácil de entender en el caso de los jóvenes, los grandes damnificados. Los jóvenes europeos no vivieron ni padecieron el fascismo, quedan muy atrás la II Guerra Mundial en el continente y el franquismo en España. La democracia no les ha dado casi nada. Les ha permitido estudiar y formarse, cierto, pero les ha negado el acceso al mercado de trabajo en condiciones decentes, a la vivienda, a una vida digna como la que tuvieron sus padres. Y eso también ha aumentado la desigualdad entre ellos. Entre los que se pudieron formar en buenos centros educativos y universidades, muchos en las privadas que garantizan títulos a costa de matrículas caras, accediendo después a buenos empleos en sectores emergentes, y los condenados a una educación más limitada y malas condiciones laborales. La clase obrera está perdiendo el acceso a la enseñanza superior, uno de sus grandes logros históricos, el ascensor social se ha estancado.

¿Puede pedirse a los jóvenes que tengan confianza y fe en la democracia y en las instituciones que parecen darles la espalda? Difícilmente, aunque su conformismo sea otra de las causas de su situación, sino la principal. También es cierto que cuando se rebelaron con el 15-M, que empezó en España y tuvo cierta repercusión internacional, no se quiso entender su mensaje por quienes quisieron llevarlo a las instituciones, lo que aumenta el desencanto y da paso al nihilismo.

Al rechazo o el desdén hacia el sistema democrático contribuye decisivamente su descrédito y la falta de reformas de calado. La democracia y sus instituciones están secuestradas por una casta de políticos profesionales cuyo poder es limitado, porque está subordinado al del post-capitalismo moderno invisible. Los partidos son empresas de colocación y tráfico de influencias, el problema de la partitocracia invadiendo la esfera pública está diagnosticado desde hace mucho tiempo sin que se den soluciones. La separación de poderes es una entelequia, en España desde 1.985, no ahora con el sanchismo, como se empeñan en difundir las derechas, tan responsables de ello como las izquierdas. La democracia se ha convertido en un rito, acudir a las urnas cada cuatro años con listas cerradas y bloqueadas que facilitan la colocación de miles de cargos públicos y liberados.

Milei con José María Figaredo, diputado asturiano de Vox.

El sentimiento anti Bruselas también tiene mucho que ver con el rechazo a las élites dominantes. Mucha gente, no solo los jóvenes, no identifican a la Unión Europea con el proyecto integrador que llegó tras la lección de la II Guerra Mundial. Más bien con un gigantesco organismo burocrático e intervencionista, con 60.000 empleados muy bien remunerados y sueldos estratosféricos para sus cargos públicos, muchos de ellos enviados a una jubilación de oro a Estrasburgo y Bruselas por sus partidos. Esa es la imagen, más que la del gran logro político que supone la UE y su contribución al desarrollo a través de generosos fondos, como bien se sabe en España.

A ese descrédito de la UE también contribuye decisivamente su déficit democrático. Los ciudadanos elegimos solamente al Parlamento europeo, que tiene competencias limitadas. Hasta la Comisión, el gran buque de mando comunitario, es quien propone las leyes. Los votantes no elegimos a un gobierno europeo, que se forma con complicadas y oscuras negociaciones entre los políticos. Para los ciudadanos, Bruselas es la élite de las élites y muchos sectores, como los campesinos o los pescadores, tienen al poder comunitario como su mayor enemigo.

Con respecto al islam, concretando en esa religión la cuestión de la emigración, por su peso cuantitativo y cualitativo, se ha estudiado, publicado y debatido más, desde hace bastantes años. Es un problema complejo, con muchas aristas y muchas lecturas, hasta para quienes nos indignamos con el racismo y la islamobofia, y pensamos que el ser humano es libre y sobran fronteras o limitaciones de movimientos. También que el rechazo al inmigrante es el pretexto de la extrema derecha para lanzar bulos y campañas de odio sobre un falso problema, algo obvio en España, que es un país históricamente integrador, donde, salvo incidentes aislados, no hay problemas con quien viene de fuera. Al revés, la inmigración es una necesidad laboral, de la que ya dependen en buena parte algunos sectores básicos, como el de los cuidados, y la demanda de mano de obra tiende a aumentar ante la caída demográfica y la falta de relevo generacional. Bienvenidos sean estos inmigrantes imprescindibles.

Pero hay un debate cultural que inició poco antes de su muerte en 2.017 el sociólogo italiano Giovanni Sartori, un pensador progresista, en el que es necesario ahondar. Sartori entendía que solo hay una limitación que se debe de aplicar a la inmigración y hablaba directamente de los islamistas: la aceptación de la democracia, el laicismo y los derechos humanos. Esa triada que está en el espíritu europeista, el de la tradición humanista, no en la Europa de los mercaderes.

Muchos conservadores se rebelan contra lo que consideran superioridad moral de la izquierda, aunque más bien se trata de sus propios complejos. Sí hay en cambio superioridad moral de la democracia y los derechos humanos frente a la dictadura y la barbarie. Pero habrá que demostrarla con hechos, con prácticas, con políticas, con reformas. Porque ahora mismo la democracia, en lo que respecta a credibilidad ante la ciudadanía, está en inferioridad. Y eso es una bomba de relojería, que ya lleva un tiempo activada. Desasosiega pensar que cada vez queda menos para desactivarla.

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