“Da la impresión de que a los críticos con los aerogeneradores les da vergüenza reconocer que su problema es estético”

César Rendueles presenta en Xixón y Uviéu "Comuntopía, una reflexión sobre las posibilidades democratizadoras de la transición ecológica.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Al filósofo asturiano César Rendueles “lo nacieron” en Girona en 1975, pero su biografía está ligada fundamentalmente a dos ciudades. Xixón, donde se se crio y formó, y Madrid, ciudad en la que ha vivido la mayor parte de su vida adulta. En los últimos tiempos compagina su trabajo de investigador en el CSIC con una ya dilatada carrera literaria como ensayista, y una no menos desdeñable actividad tuitera, muy tendente a meterse en todo tipo de charcos, polémicas y controversias. Esta semana presenta su último libro “Comuntopía. Comunes, postcapitalismo y transición ecosocial” (Akal, 2024) en Asturies. El jueves 13 en la Escuela de Comercio de Xixón con la Sociedad Cultural Gijonesa, y el viernes 14 en El Manglar de Oviedo/Uviéu con Ecoloxistes n´Aición. Ambos actos serán a las 19h.

¿Qué es un bien común?

En su sentido más restringido los comunes son bienes y recursos de propiedad o gestión colectiva. Por ejemplo, pastos, bosques, agua, caminos, bancos de pesca… Lo que diferencia los comunes tanto de la propiedad privada como de la propiedad público-estatal es que están regulados por instituciones colectivas abiertas a la participación. Han existido en muchísimas sociedades precapitalistas y han recibido toda clase de nombres: commons, tequio, procomún, minga, andecha, auzolan… A día de hoy siguen existiendo en muchos lugares del mundo, también en España, aunque ocupan una posición subordinada respecto a otras formas de propiedad.

¿Qué nuevos bienes comunes han nacido en las últimas décadas?

Es una pregunta muy interesante y difícil de responder. Lo que ha pasado en las últimas décadas es que se ha ampliado mucho el uso de la terminología de los comunes, que ahora se aplica a realidades que antes no se consideraban como tales. Por ejemplo, a menudo llamamos bien común al resultado del trabajo colaborativo que se da en las redes digitales y que ha producido una gran cantidad de cultura libre: software y hardware, obras de referencia como Wikipedia, conocimiento científico… Desde la teoría de los bienes comunes es un uso de la expresión un poco abusivo, pero creo que responde a una expansión del término motivada políticamente y que en sí misma no tiene nada de malo. También hemos empezado a llamar bienes comunes a servicios públicos como la sanidad, sobre los que, en realidad, sus usuarios tienen poca capacidad de intervención, porque los procesos de privatización que están experimentando los servicios públicos se parecen mucho a las dinámicas de acumulación por desposesión que acabaron con muchos comunales en los inicios del capitalismo. Por último, también se están creando nuevas categorías, como los bienes comunes naturales, que tampoco coinciden con la conceptualización tradicional y más estricta de los comunes pero que no por eso deja de ser muy interesantes.

César Rendueles. Foto: David Aguilar Sánchez

¿En qué consistiría esa Comuntopía de la que hablas en el libro?

El título juega con la ambigüedad de la palabra utopía, como un horizonte deseable pero también como una quimera que puede llegar a convertirse en una pesadilla. Un poco es el reflejo de mi propia bipolaridad política, creo que bastante habitual. En abstracto soy muy partidario de las maquinarias de guerra públicas capaces de promover cambios a toda velocidad. Pero en cuanto entro en contacto con las estructuras burocráticas realmente existentes me entran ganas de huir a una ecoaldea. Y, al revés, en abstracto soy muy partidario de la participación deliberativa, pero a las dos horas de asamblea rezo por una dictadura burocrática que ponga orden y se deje de chorradas. Más en serio, creo que los movimientos emancipadores siempre han vivido instalados en esa tensión entre la necesidad de eficacia técnica y democracia participativa y no creo que haya una solución sencilla.

“En abstracto soy muy partidario de la participación deliberativa, pero a las dos horas de asamblea rezo por una dictadura burocrática que ponga orden”

Planteas la transición ecológica como una oportunidad para profundizar en la democratización de la sociedad y de la economía, pero la sensación de mucha gente es que la transición ecológica es una imposición de las elites y encuentra en los partidos de derechas un aliado frente a normativas que le parecen injustas.

La transición ecológica es un imperativo colectivo que tiene que ver con evitar la destrucción de la civilización. Suena dramático pero cualquier descripción más amable es simplemente pensamiento desiderativo. La peor transición ecológica es infinitamente mejor que ninguna. Entre otras cosas porque la crisis ecosocial afecta muchísimo más a quien menos dinero y poder tiene. Dicho esto, es evidente que las élites están económicas y políticas están maniobrando para que los procesos de adaptación y cambio ecológico no disminuyan su poder sino que lo incrementen. Pero de ahí a atribuir sin más a la derecha la transición ecológica hay un abismo. Especialmente en un país en el que un gobierno del PP asombró al mundo con el impuesto al sol. La transición es un proceso de cambio social complejísimo que afectará de distinta manera a todos los ámbitos de nuestra vida. Se van a dar cada vez más conflictos, alianzas y equilibrios poco coherentes entre distintas facciones del capital, entre diferentes grupos de las clases populares… Que la transición sea una oportunidad para la democracia y la igualdad depende de que sepamos construir un bloque histórico comprometido con esos valores a partir de esa amalgama social contradictoria. Entiendo que a mucha gente le generen un fuerte rechazo las alianzas monstruosas, por ejemplo, con las empresas energéticas que están implantando las renovables en nuestro país o con la Comisión Europea. A mí también. La cuestión es si disponemos de una alternativa factible y lo suficientemente rápida. Necesitamos que la descarbonización se produzca hace veinte años, no dentro de diez.

César Rendueles. Foto: David Aguilar Sánchez

Con respecto al despliegue de las eólicas te has posicionado muy a favor de hacerlo lo más rápido posible. No todo el mundo en el ecologismo y la izquierda lo comparte. Consideran que el reparto de la transición ecológica es muy injusto y que el medio rural paga los platos rotos del proceso. ¿Cuál debería ser la prioridad del movimiento ecologista en este momento?

Como decía, necesitamos un proceso de descarbonización muy, muy rápido. Y las cartas que tenemos para jugar esa partida son exactamente las contrarias de las que nos gustaría tener. De hecho, la implantación masiva de renovables ha sido una reivindicación histórica del movimiento ecologista. Lo que espero de quienes se oponen al despliegue de la eólica y la fotovoltaica es, para empezar, que hagan una evaluación seria y no dogmática de cuáles son esos “platos rotos”. Alguna gente está hablando del impacto paisajístico de los aerogeneradores utilizando terminología, como “zonas de sacrificio” o “colonialismo”, que se creó para hablar de agresiones, asesinatos, desplazamientos de población o destrucción masiva de recursos necesarios para la vida. Me resulta casi ofensivo. Da la impresión de que a los críticos con los aerogeneradores les da vergüenza reconocer que su principal problema es estético y necesitan adornar su reivindicación con retórica inflamada. Se están difundiendo toda clase de bulos y datos manifiestamente falsos para cuestionar la implantación de renovables, así como imaginando conflictos inexistentes con la agricultura. Desde luego, debemos luchar para que el impacto paisajístico de las renovables esté repartido y que las regiones que más consumen hagan un esfuerzo mayor en ese sentido. Lo que ocurre es que una vez que se asume la lógica del agravio, cualquier reparto se vuelve imposible porque siempre te va a parecer que hay alguien que se está aprovechando de ti. Durante años hemos oído a gente escandalizada, con toda la razón, de que en Madrid o el País Vasco, auténticos agujeros negros energéticos, no se desplegaran renovables. Bien, ya hay planes para instalar fotovoltaica en zonas de Madrid como Mejorada del Campo, a 25 kilómetros de la Puerta del Sol. Y ya hay oposición vecinal y ecologista a esa instalación de gente que considera, de nuevo con razón, que los municipios del sur de Madrid han sido históricamente maltratados respecto a los del norte. Al final parece que el único lugar legítimo para instalar placas fotovoltaicas es un parterre del Barrio de Salamanca. Más en serio, si parte del ecologismo se suma a esa lógica del agravio maximalista está renunciando a cualquier posibilidad de modular la implantación de renovables para conseguir el mínimo impacto ambiental y socializar parte de los beneficios. Por ejemplo, hace un par de meses las cinco principales organizaciones ecologistas de nuestro país propusieron la creación de un fondo público para el desarrollo socioeconómico en zonas con energía eólica marina. Creo que ese sí es el camino a seguir.

En contraste con la fortísima renovación del movimiento feminista veo un movimiento ecologista que se ha quedado a medias. Sigue siendo un movimiento muy envejecido y bastante minoritario si lo comparamos con el feminista.

Bueno, el movimiento feminista no hace mucho estaba prácticamente en coma y muy envejecido. Mucha gente no se acuerda pero durante la acampada del 15M de Sol se arrancó una pancarta feminista y la asamblea rompió a aplaudir. En esos años había más gente que se autodefinía como comunista que como feminista. Y poquísimo tiempo después vivimos un tsunami feminista protagonizado por gente muy joven que ha cambiado el sentido común de este país. A veces los procesos de cambio político son muy rápidos y convulsos. Es verdad que el movimiento ecologista más organizado está envejecido y un poco atascado. También lo es, pienso, que hay una nueva generación de gente muy joven que ha entrado con mucha fuerza en el ecologismo y que justo antes de la pandemia hizo una demostración de músculo político importante.

Lo último. La paradoja de los últimos añs en España es un boom de producción cultural de izquierdas acompañado de un estancament cuando no bajada de las expectativas de las izquierdas. ¿Corremos el riesgo de una izquierda académica desconectada de la gente común?

No estoy muy seguro de que haya habido un boom de producción cultural de izquierdas. Ha habido un crecimiento considerable del ensayo de izquierdas pero lo que pasa es que el listón estaba por los suelos. No veo que algo parecido haya ocurrido en el campo del cine, el teatro o la música. Y, si te soy sincero, no creo que el desembarco de la izquierda académica en la política durante el ciclo reciente haya sido particularmente positivo, por decirlo suavemente. A lo mejor un poco más de desconexión nos venía bien a todos.

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