Dicen que cuando el diablo no tiene qué hacer con el rabo se espanta las moscas, así que durante las Navidades muchos ayuntamientos compiten para ver cuál es capaz de tupir con más adornos luminosos el tejido urbano, y sus regidores se vanaglorian de superar cada año el elevado listón de las últimas pascuas, convencidos –no sin motivo– de que la resplandeciente fronda contagia brillo a su gobierno. El asunto se acompaña de una liturgia que tiene uno de sus hitos en el acto inaugural –calco quizá de los lanzamientos de cohetes espaciales–, ese momento solemne en que con asistencia de público el señor alcalde aprieta el botón de encendido y obra el milagro de mostrar a la altura de las farolas una réplica del espacio sideral, un firmamento del que penden miríadas de bombillas que dibujan atavíos de árbol de Navidad y figuras de belén. En calles, plazas y rotondas, desde el centro de las ciudades a la periferia, aunque con una intensidad decreciente –a mayor lejanía, más realismo–, un mundo de fantasía envuelve como en papel de regalo la contaminada atmósfera. El suceso se remata con exhibición pirotécnica y conciertos musicales.
Esa sobreactuación lumínica es, sin embargo, del gusto de los ciudadanos que se echan en masa a la calle a disfrutar de un espectáculo cuyo fulgor parece provocarles descargas de endorfina y alienta en ellos una acusada vocación por la fotografía. Bajo el tendido, multitud de viandantes apuntan con el móvil al alumbrado, enfocan y disparan, animados por el deseo de coleccionar imágenes de esa conjunción astral que tanto solaz les procura; y por sobre los villancicos y el rumor de la vía pública, alzan su sonido los clics de las cámaras, como repitiendo una y otra vez Me gusta, Me gusta, Me gusta. El efecto virtuoso de ese exceso en pasajeras luces de la ciudad no se limita a suscitar el júbilo de vecinos y visitantes sino que dignifica su pasivo rol de espectadores, dándoles ocasión de cultivar su talento artístico, y consigue además –lo que no es cuestión menor– que los comercios multipliquen sus ventas y los clientes abarroten las cafeterías. Lo que parecía un esfuerzo presupuestario inútil –seguramente con menoscabo de necesidades públicas más acuciantes– acaba convirtiéndose por el efecto multiplicador de la economía en fuente de dicha y lucro.
Esa sobreactuación lumínica es, sin embargo, del gusto de los ciudadanos que se echan en masa a la calle
Cabe observar que con estas y otras iniciativas los ayuntamientos van mudando el objeto de su actividad y, junto a la prestación de servicios básicos –a veces, desplazándolos en la lista de prioridades–, dedican cada vez más recursos a divertir a los ciudadanos y ocupar su tiempo de ocio no tanto con actividades culturales como con saraos que en el conjunto de sus relevantes cometidos cumplen una función retórica. Esa metamorfosis de Administración pública en comisión de festejos quizá sea reflejo de una mudanza en los grupos sociales más influyentes en la vida local. Sin merma del peso que los constructores tienen en la gestión, hace tiempo que adquieren protagonismo los empresarios de hostelería, cuyas agrupaciones patronales frecuentan las páginas de los periódicos como creadoras de opinión y dejan su impronta en muchas decisiones municipales. Si unos hacen crecer a las ciudades en extensión y altura, otros ocupan calles y plazas con sus terrazas, inventan efemérides gastronómicas y reclaman para sí un expansivo papel en los festejos. Incluso hay corporaciones que no tienen el menor empacho en incluir en su organigrama una concejalía de hostelería. Con todo el respeto al digno oficio de servir copas y viandas, resulta cuando menos desconcertante que el grupo social más influyente en el devenir de las ciudades –algunas, incluso amantes de la lírica– sea el ramo de hostelería, de modo que abandonados a esa inercia bien cabría temer que a los adjetivos que engrandecen sus títulos –noble, leal, benemérita y todas esas cosas– haya que añadir también el de beoda. Se trata, pues, de un deriva que concentra la actividad municipal en la retórica, la especulación inmobiliaria y la hostelería, quizá pensando en un ciudadano más deseoso de circo que de pan.



























