El otro día, en Twitter, Kikollan publicaba un hilo sobre algo que, a priori, suena contraintuitivo. España es en conjunto, un país con amplias zonas vacías… pero sus ciudades están entre las más densamente pobladas de Europa. Concretamente, 37 de las 50 manzanas más densamente pobladas del continente están aquí. Somos un país vacío que vive apretado, y lo hacemos, sobre todo en pisos, el 66 % de la población española vive en ellos, frente al 47 % de media en la Unión Europea.
El estudio en el que se apoya divide el territorio en cuadrículas de 1 km². España, con sus 505.000 km², arroja una densidad media de 93 habitantes por cuadrícula, el problema es que esta cifra mezcla zonas habitadas y despobladas y realmente solo el 13 % de las cuadrículas españolas están realmente ocupadas. Si miramos solo ese territorio habitado ( 65.650 km² ) la densidad real se dispara hasta 737 habitantes por km². El resultado, somos uno de los países con menor densidad media de Europa, y al mismo tiempo uno de los que más se aprietan en las zonas donde realmente vive gente. Por poner un pero que Kikollan no ha reflejado en su hilo, es que estos datos corresponden a 2011, así que es probable que, en 2025, la desigualdad entre vacío y saturación sea aún mayor.

Si trasladamos esto a Asturies, el panorama es todavía más acusado. El Área Metropolitana Central de Asturias (AMCA) agrupa 18 municipios ( la conurbación Xixón-Uvieu-Avilés junto a Siero, Mieres, Langreo…) y concentra tres cuartas partes de la población en una fracción mínima del territorio. Según el IDEPA, en ese 14 % de superficie regional viven 799.787 personas, es decir, el 79 % de toda la población asturiana.
Si afinamos el zoom, las cifras son terribles, en Xixón, Laviada alcanza los 42.099 hab/km², L’Arena 37.758 y El Llano 37.398. En Uvieu, Argañosa llega a 35.067, y en Avilés, Las Meanas a 32.499. Densidades superiores a grandes capitales europeas a escasos kilómetros de concejos como Degaña o Ibias, que no llegan ni a cinco habitantes por km².
Este patrón se repite en todo el país, núcleos densos rodeados por un interior cada vez más vacío. No es un fenómeno exclusivamente español, pero aquí adquiere un matiz singular, ciudades medianas y grandes, junto con sus áreas metropolitanas, absorben población y empleo a costa de un tejido rural que se va debilitando año tras año.
“Romper esta dinámica no es imposible, pero exige una batería de políticas integrales y sostenidas en el tiempo”
Pero cual es la razón de que en España vivamos apretados en ciudades que no podemos permitirnos cuando tenemos territorio más que suficiente. Lo lógico es pensar que vamos donde hay trabajo y que por eso nos concentramos en las urbes, pero realmente ¿vivimos donde está el trabajo o el trabajo está donde vivimos? quien sigue a quien?
La relación es bidireccional, aunque en España parece predominar el primer movimiento, nos movemos hacia donde están los empleos. Las economías de escala hacen que las ciudades ofrezcan mejores salarios, más oportunidades y redes profesionales más amplias. A su vez, la concentración de población atrae empresas por el acceso a talento, clientes, proveedores y la nunca desdeñable cercanía al poder político, y así se retroalimenta un círculo que, además afecta a uno de los grandes males de nuestro tiempo, el acceso a la vivienda, que con la oferta superada por la demanda y la avaricia del rentismo que ve negocio en chupar la sangre de la clase trabajadora vía alquileres locos, desemboca en gentrificación y precios inasumibles.
Romper esta dinámica no es imposible, pero exige una batería de políticas integrales y sostenidas en el tiempo, entre ellas:
Teletrabajo estructural y de calidad: hace falta una legislación y una cultura empresarial que permitan que profesiones que puedan hacerlo, puedan desarrollarse desde cualquier punto del país.
Descentralización administrativa real: sacar organismos públicos y agencias estatales de las capitalidades, especialmente de Madrid, ayudaría a redistribuir el empleo y vertebrar el territorio.
Descentralización económica y productiva: incentivar que empresas y centros de innovación se instalen en ciudades intermedias y zonas rurales con potencial.
Movilidad regional eficaz: trenes de cercanías rápidos y frecuentes, conexiones interurbanas eficientes y asequibles, y un modelo de transporte competitivo en tiempo y precio.
Plan de vivienda vinculado a la dispersión poblacional: si queremos que la gente viva fuera de las grandes ciudades, hay que garantizar oferta de vivienda asequible y de calidad en esos lugares, junto con servicios básicos que eviten la dependencia total de la urbe.

España tiene espacio de sobra, pero la concentración actual no es inevitable, es el resultado de décadas de decisiones políticas, económicas y urbanísticas que han favorecido la centralización. Revertirlo no es rápido ni fácil, pero seguir así significa perpetuar condenar a unas zonas al abandono y a otras a la saturación, porque no hay nada intrínsecamente malo en querer vivir en ciudades. Las urbes concentran cultura, servicios, oportunidades y comunidad. Son espacios donde la vida se condensa y se multiplica. El problema aparece cuando las políticas públicas no anticipan ni corrigen los efectos secundarios de esa concentración, porque cuando todos queremos vivir en los mismos lugares, lo que queda fuera se vacía. Y no hablamos solo de pueblos, sino de comarcas enteras, de ecosistemas sociales, de redes de cuidados, de memoria colectiva.
El verdadero problema no es vivir apretados, sino hacerlo por obligación y no por elección. España necesita una política territorial que vaya más allá de administrar lo que ya existe, que se anticipe a lo que viene y se atreva a imaginar lo que podría ser, un proyecto que entienda que el equilibrio no se logra moviendo población como si fueran fichas de Risk, sino garantizando que residir en cualquier punto del país sea viable, digno y deseable. Porque si no lo hacemos, el país seguirá encogiéndose hacia sus centros mientras los márgenes se difuminan encogiendo su futuro y el de todos.



























