Aunque el ritmo al que en todas partes se está empezando a condenar el genocidio es, por fin, muy rápido, y esperemos que incluso un poco eficaz, todavía hay espacio para las hienas negacionistas. Desde los que se enredan en que si lo dice o no lo dice un tribunal, en que si no basta con que lo diga la ONU y que lo tiene que decir quien yo diga, hasta los que lo ven y lo saben perfectamente, pero no les importa porque no tienen un mínimo de humanidad ni de decencia. Porque es evidente que hay gente que sabe lo que está pasando en Gaza y les da igual, que incluso se permiten hacer bromas sobre ello. El difunto Charlie Kirk contaba, ante un público que se partía de risa, una historia graciosísima: “antes, si un gay iba a Gaza seguro que lo tiraban desde una azotea, pero ahora ya no pueden tirarlo porque no quedan edificios altos”. Hay que ser un desalmado para bromear con el hecho de que el ejército genocida de Israel se ha propuesto borrar Palestina del mapa y derriba todos y cada uno de los edificios de Gaza, esta semana un hospital infantil, para que no perdamos la capacidad de espanto. Pero Charlie Kirk era así de dicharachero, lo contaba entre risas y su público se partía. Y de paso se refería a otra de sus obsesiones, los gays.
Conozco a este hombre tan poco como la mayoría de ustedes, supongo. No sabía que existía hasta que dejó de existir, pero a partir de lo que se ha escrito sobre él y de alguna intervención suya que he podido escuchar, me da la impresión de que era un poquitín misógino, homófobo, islamófobo y racista. Aunque igual me equivoco porque no lo conocí y hablo a lo tonto. También sé que decía que “las armas salvan vidas” y esta frase sí que, dadas las circunstancias (sobre las que él habría hecho un chiste, pero yo no), me pareció digna de reflexión. De hecho, me hizo pensar inmediatamente en Creso, rey de Lidia.
En Delfos había un oráculo de Apolo al que los griegos, pero también gente poderosa de otros muchos lugares del mundo, acudía cuando tenían dudas sobre cómo actuar en asuntos que les interesaban especialmente. El problema que se planteaba con demasiada frecuencia era que la respuesta del oráculo, que el dios transmitía a través de la Pitia, solía ser ambigua, ese tipo de frases a las que mi madre hubiera respondido con un “como si me llames aparte y no me dices ná”. El malentendido más famoso provocado por un oráculo fue el que tuvo como protagonista a Creso.
Creso gobernaba el rico reino de Lidia en la primera mitad del siglo VI a.C. Su esplendor era proverbial, pero a Creso no le bastaba y deseó apoderarse del imperio persa, a cuya cabeza estaba Ciro. El poderío persa era también impresionante, de modo que Creso quiso asegurarse antes de enfrentarse a él y envió emisarios a Delfos a preguntar si debía entablar o no una guerra contra Ciro. La respuesta del oráculo fue esta: “Si llevas a tu ejército contra los persas, destruirás un gran imperio”. Feliz y confiado, Creso puso en marcha la maquinaria de guerra y destruyó un gran imperio, efectivamente: el suyo.
¿Mintió el oráculo? Claro que no, nunca lo hacía. Muchas de las afirmaciones de Charlie Kirk no tienen más origen ni fundamento que el odio que parecía sentir hacia todo lo que no fuera él y su entorno, pero esa frase sentenciosa, “las armas salvan vidas”, pregonada con la certeza de quien ha consultado a un oráculo, no me digan que no da que pensar en boca de alguien como él.



























