La difícil vuelta a casa. Odiseo y Christopher Nolan.

Los saharauis llevan mucho más tiempo que Odiseo queriendo volver a casa y es una gran injusticia que se les haya despreciado precisamente en esta película que se basa en un regreso.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Jonathan Shay es un conocido psiquiatra norteamericano, especializado en el tratamiento de veteranos de guerra, que se hizo muy famoso con su libro Achilles in Vietnam. Combat Trauma and the Undoing of Character, 1994 (Aquiles en Vietnam. El trauma del combate y la desintegración de la personalidad). Este fue, hasta donde sé, el primer estudio en el que se utilizó al personaje de Aquiles y, más en general, la épica homérica, para tratar de entender el síndrome de estrés postraumático. Shay recogía en su estudio testimonios de veteranos de guerra que decían no reconocerse en las barbaridades que habían hecho en campaña, (“Miro atrás, miro atrás todavía hoy, y me horroriza en qué me convertí. Lo que era. Lo que hice. Miro como si hubiera allí otra persona. No era yo, algo se apoderó de mí”). Del duelo de Aquiles por la muerte de Patroclo, de su lamento inconsolable, de su sentimiento de culpa, decía Shay que encontraba un eco recurrente en los pacientes tratados por él. Años después publicó Odysseus in America. Combat Trauma and the Trials of Homecoming, 2002 (Odiseo en América. El trauma del combate y las dificultades del regreso a casa), donde analizaba más específicamente el problema de la integración de los ex-combatientes en la vida civil.

Shay decía que en la épica homérica encontraba unas prácticas más efectivas para el tratamiento del duelo y el trauma, en este caso el de los combatientes, que las que se observaban en la actualidad. Así, a Odiseo, cerca del final de su largo regreso y justo antes de llegar, por fin, a Ítaca, los feacios lo acogían y lo curaban escuchándolo y dejándolo llorar. Palabras y lágrimas fueron su terapia.

El Odiseo de Christopher Nolan es un ejemplo claro de interpretación del héroe griego en esta clave, la del guerrero traumatizado por su experiencia, por su propia brutalidad en el campo de batalla, un Odiseo en la línea del que ya habíamos visto en The Return, la película de 2024 dirigida por Uberto Pasolini y con Ralph Fiennes como Odiseo y Juliette Binoche como Penélope. De paso diré, a quienes criticaron la decisión de Pasolini de prescindir de todo el panteón griego en su película, que quién necesita dioses teniendo a Ralph y a Juliette. Ya quisiera la Atenea de Nolan, que no es apenas una diosa y que encarna el trauma de Odiseo en la figura de una muchacha, una de las muchas que fueron botín de los griegos en Troya.

No es extraño que estas interpretaciones de Odiseo se impongan teniendo en cuenta que la guerra nos rodea, que el problema de los soldados víctimas de estrés postraumático está siempre de actualidad, pero me resulta difícil sentir empatía, no digamos por el Odiseo homérico, sino, en la vida real, por quienes quedan traumatizados, no por aquello que sufrieron, sino por aquello que, consciente y voluntariamente, hicieron. Con excepciones, claro, como el inolvidable Septimus Warren de la novela de Virginia Woolf Mrs. Dalloway, un veterano de la I Guerra Mundial que no deja de tener alucinaciones con la muerte en combate de su amigo Evans. Septimus queda atrapado, desorientado, destrozado mentalmente en ese mismo momento y nunca regresa del todo, aunque vuelva a casa antes que Odiseo.

Un momento de la película.

Las Sirenas de la película de Nolan son, para mí, uno de sus aciertos y contribuyen a construir esta imagen de un Odiseo atormentado por su experiencia en Troya. Le cantan lo que más le duele oír, cómo ha arrastrado a tantos a la muerte y cuál es la razón íntima por la que no quiere, o no puede, volver a casa. De aligerarle la carga que arrastra consigo y le impide regresar a Ítaca se encarga Calipso, un personaje en el que Nolan funde tres episodios homéricos muy diferentes (el protagonizado por la propia Calipso, el de los lotófagos y el de los feacios) para desgracia de la pobre maga a la que Odiseo le pide explicaciones del “tiempo perdido” como si se hubiera equivocado de película y fuera Matthew McConaughey haciendo cuentas en Interstellar. Los años que Odiseo pasó con ella los pasó porque quiso, como cualquiera puede entender, y él solito, sin necesidad de comer loto, se olvidó de Penélope muy convenientemente. El personaje de Calipso, que en Homero podemos imaginar tan divino como Charlize Theron, sale muy malparado en la versión de Nolan, como suele pasarles a casi todos los personajes femeninos de sus películas, qué se va a hacer.

Pero, para decir toda la verdad, a Calipso Nolan la traiciona dos veces, la primera fundiendo en ella estos tres episodios que he dicho y la segunda, y sobre todo, situando su hogar en Dajla. Todo lo que cualquiera pueda decir, siempre muy subjetivamente, de los aciertos y desaciertos en la película, todas las observaciones tiquismiquis de si esto o aquello era así o asá en Homero, todo es discutible y no tiene ninguna importancia. Cada uno lee a los clásicos como quiere y hay que insistir en que no se estropean si viene alguien que no sea un intelectual y los “lee mal”, como temían algunos personajes de Amanece, que no es poco (y muchos filólogos de ayer, hoy y siempre). Pero, ¿qué necesidad había de rodar en los territorios ocupados del Sáhara? Esto sí se le puede reprochar a Christopher Nolan con toda su dureza.

No sabemos dónde estaba la isla de Calipso. Además, para el caso que le hace Nolan a Homero en este episodio concreto, le servía cualquier playa, ¿qué necesidad tenía de irse a un territorio ocupado por Marruecos en el Sáhara Occidental? El FiSahara (Festival Internacional de Cine de Sáhara) ha emitido un comunicado llamando a boicotear la película, denunciando, con toda la razón, que se invisibiliza deliberadamente que se ha rodado en territorio ocupado. Yo la he visto, pero no quería dejar de mencionar este hecho porque creo que quien tiene, como Christopher Nolan, una enorme presencia mediática debería aprovechar para denunciar las injusticias o, al menos, debería evitar cometerlas de una manera tan gratuita.

Los saharauis llevan mucho más tiempo que Odiseo queriendo volver a casa y es una gran injusticia que se les haya despreciado precisamente en esta película que se basa en un regreso, un nostos, como se diría en griego, de donde viene nuestra “nostalgia”, el dolor de no poder regresar. Le agradezco a Gemma Arbesú que lo recuerde siempre, incansablemente, y que me lo haya recordado ahora a mí.

Nadie estropea la Odisea de Homero la lea como la lea, la lleve a la escena, al cine, al comic o a la ópera como le apetezca. Tampoco voy a estropear yo la entretenida película de Nolan viendo en ella al héroe equivocado si hablamos de víctimas de estrés postraumático (sería entonces Casandra su protagonista, no Odiseo) y lamentando que el director se haga eco al inicio y al final de la película de la interpretación racionalista del mito (la expedición a Troya no fue motivada por la belleza de Helena, sino por el deseo de conquistar las riquezas del reino de Príamo) mientras se muestra insensible ante las víctimas y consecuencias todavía vivas de nuestro propio colonialismo e imperialismo.

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