En la mesa, un cachopo del tamaño de una tabla de planchar. Alrededor, tres amigos con hambre, una sidra y muchas preguntas sin responder. Uno de ellos lanza la primera cuestión: “¿De verdad esto es lo más asturiano que podemos ofrecer?”. El segundo: “¿Está el cachopo sobrevalorado… o simplemente sobrealimentado?”. El tercero tan solo empieza a comer.
El cachopo, esa mole dorada rellena de jamón y queso, ha pasado en pocas décadas de ser una receta de aprovechamiento a convertirse en emblema nacional de la cocina asturiana. Con premios, rankings, influencers, pizzas congeladas, camisetas, eventos y hasta una “Guía del Cachopo” que organiza anualmente el certamen al Mejor Cachopo del Mundo. En 2025 el galardón se fue a Madrid, a un restaurante regentado por un asturiano. Pero ¿no hay algo en todo esto que nos chirríe?
A favor y en contra: los dos Davides
“A ver, si me dices que el cachopo ye el plato representativo de la cocina asturiana, pues no. Hay otros que lo son más, que tienen más historia, más fondo”, dice David Castañón, coautor del blog Les Fartures. Y añade: “Pero como cocina de aprovechamiento a la que se supo dar una vuelta y acabar en la portada, oye, pues me parece bien”.
La historia oficial dice que el plato nació en Oviedo, allá por los años 40, como una forma de sacar partido a filetes de carne no del todo tiernos. Se les metía jamón y queso, se empanaban, y listos. Cocina sencilla, eficiente y con algo de ingenio. “Ahora los gurús dicen que hay que empapar la carne en leche antes de cocinarla. Eso en Asturias se lleva haciendo toda la vida”, comenta Castañón.

Además, como curiosidad lingüística con carga de queja, Castañón añade un detalle: “Cachopu, es una palabra asturiana. En etimología, cachopu es un tronco hueco donde se meten cosas. Y claro, de ahí deriva el nombre del plato. Lo curioso es que ahora ya aparece en la RAE, pero como “cachopo”. Como siempre, copiándonos las palabras sin poner de dónde vienen”.
En cualquier caso, del plato humilde al cachopo de 40 euros hay un trecho. Y para David Remartínez, periodista gastronómico y autor del libro “La Puta Gastronomía”, ese trecho huele a pose y a despropósito. “Estamos cobrando el cachopo como si fuera bugre (bogavante). Más caro que un pez fresco sacado del mar, faenado en bajura y cocinado con mimo. No tiene sentido”. Lo que para Castañón puede ser una puerta de entrada a la cocina asturiana, para Remartínez es un atragantamiento de marketing: “Hemos convertido el cachopo en souvenir. No en símbolo gastronómico”.
El plato que tapa a los demás
Y ahí está el punto de fricción. Ambos defienden la diversidad y calidad de la cocina asturiana. Ambos quieren que se hable de los quesos, del bugre, del pote de castañas, de les llámpares. Pero mientras uno celebra el cachopo como un divertido aliado que engancha al comensal joven, el otro lo señala como un “tapón” que impide mirar más allá.
Parece que donde la fabada es relato, el cachopo es scroll
Parece que donde la fabada es relato, el cachopo es scroll. Su rotundidad lo ha convertido en estrella Michelin de los likes. Exagerado, barato (no siempre), compartible, instagrameable: el cachopo no exige narrativa, sino foto. Y eso, en plena era del hambre visual, es dinamita.

Remartínez lo resume con desdén: “¿Vamos a hacer bandera de cómo empanamos un filete? Es como intentar que el pollo al ajillo represente a una región. No tiene sentido”. Y lanza su alternativa sin dudar: “Les llámpares. Ahí tienes un producto único, con historia, con sabor, con identidad”.
Castañón, por su parte, aporta su visión desde el contacto con los bares y chigres: “Claro que está bien que haya cachopos, pero pongamos también bugre del Cantábrico o merluza de aquí. Que la carta no parezca una tómbola de feria”.
Hazaña carnívora y testosterona empanada
“Cuando éramos guajes en Avilés, salíamos en pandilla y nos íbamos a por cachopos. Y una de las cosas que hacíamos era ver quién lo acababa antes. Era competición pura”, recuerda Castañón. Una frase que conecta con esa idea de que el cachopo tiene algo de plato masculino: desmesurado, desafiante, competitivo, viril. “Cualquier plato de carne roja es un plato bárbaro. Y todo plato bárbaro es, por defecto, machista”, sentencia Remartínez, quien ve en el cachopo una extensión del mundo del chuletón, el Ribera caro, la foto con bandera y la masculinidad que cocina poco, pero pontifica mucho.
La escena se reproduce en redes sociales, donde el cachopo se muestra como reto, como hazaña: “¡Me comí este bicho yo solo!”, “el más grande de Asturias”. Hasta ahora ningún poeta lo ha comparado con el amor materno, pero muchos foodies lo han celebrado como si fuera la Santísima Trinidad empanada.

“Si tan bueno ye, ¡no lo hagas tan grande!”, insiste Castañón. “El exceso es delicioso…”, decía Óscar Wilde. El camarero con ganas de cerrar añadió el resto: “Hasta que deja de serlo”.
Un plato que ya no necesita apellidos
Y lo cierto es que fuera de Asturias, el cachopo ya no necesita apellidos. En Madrid, en Sevilla, en Zaragoza, hay concursos, menús, versiones, cachopinos y hasta pizzas. “Ya no es nuestro. Se lo han apropiado. Asturias va a tener que asumir que el cachopo ya no le pertenece”, dice Remartínez. Y es difícil discutirlo. Porque empanar un filete de ternera con queso y jamón puede que sea tan universal como llevar tortilla a la piscina.
La fabada tiene libros. El cachopo, influencers. La fabada tiene relato y ritual. El cachopo, impulso y clic. Y mientras el 83,3 % de los asturianos sigue viendo la fabada como su plato identitario, el cachopo ocupa portadas, gana concursos y tapa la carta como un edredón.
Al final, en la mesa del principio, los tres amigos han terminado de comer el cachopo. El que no había dicho nada, mira los restos y, mientras duda si pedir de postre un arroz con leche o una tarta de la abuela, sentencia: “El cachopo no es el problema, sino pensar que solo con él vamos a comernos el mundo.”



























