“En la primera selección para ir a Gaza hubo 38.000 voluntarios para 500 plazas, hoy, sin haber abierto convocatoria, ya son 150.000”

Eduard Lucas, sindicalista catalán y miembro de la Global Sumut Flotilla, relata su viaje y detención en Israel.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Eduard Lucas (Barcelona, 1967) es trabajador sanitario y responsable de la Secretaría de Relaciones de la IAC, la Intersindical Alternativa de Catalunya, y miembro de la Global Sumut Flotilla. Desde hace años, participa en iniciativas internacionales que buscan romper el bloqueo sobre Gaza y denunciar las violaciones de derechos humanos del Estado de Israel. Esta semana estuvo en Xixón invitado por Asturies con Palestina para hablar de ello.

Antes de hablar del viaje, Lucas aclara una confusión habitual: “Una cosa es la Global Sumut Flotilla y otra la Flotilla de la Libertad. Son distintas, aunque a menudo se mezclan”. La segunda nació en 2007, lanzando barcos hacia Gaza hasta que, en 2010, el ataque al Mavi Mármara —donde murieron diez personas y treinta resultaron heridas por el ejército israelí— detuvo su avance. “Fue un ataque terrorífico”, recuerda. “En 2018 se reanudó la travesía, y desde entonces seguimos con el mismo objetivo.”

Foto: David Aguilar Sánchez.

La Global Sumut Flotilla, explica, surge de la coalición de cuatro organizaciones internacionales, herederas del espíritu de la Marcha al Cairo. Desde Cataluña, Lucas coordinaba una de las delegaciones del Estado español. “Había varios puntos de partida —Túnez, Sicilia, Grecia—, pero nuestra travesía comenzaba en Barcelona.”

A partir de ahí, el sindicalista catalán relata un viaje que combinó el coraje y la denuncia, una travesía marcada por la esperanza, la represión y la convicción de que la solidaridad no conoce fronteras. “Nuestro testimonio no es para contar lo mal que lo pasamos —dice—, sino para evidenciar lo que Israel hace a diario con el pueblo palestino”, dice antes de comenzar su relato.

¿Qué momentos te marcaron más durante la travesía?

La perseverancia de la gente. Los barcos eran precarios y muchos activistas no tenían experiencia en navegación, pero nadie se rindió. Recorrimos 1.700 millas entre Barcelona y Gaza con la convicción de que era necesario resistir. Vivimos ataques con drones, explosiones, amenazas de fuego real, advertencias de que hundirían nuestros barcos. La tensión era constante, pero también lo era la determinación.

“La movilización internacional impidió que la respuesta israelí fuera aún más violenta, aunque ganas no les faltaban.”

¿Os habíais preparado para ello?

Sí. De los 38.000 voluntarios, solo 500 pudimos embarcar. A todos se nos formó en respuesta no violenta y seguridad. Veníamos de una experiencia dura en Malta, donde drones israelíes dispararon misiles sobre aguas internacionales. Sabíamos que el fuego real era una posibilidad y que podían hundirnos.

Tras el abordaje, más allá de la tensión, parece que lo peor vino después, cuando llegasteis a tierra. ¿Cómo fue la experiencia?

Creo que todo fue mitigado por la presión popular. La movilización internacional impidió que la respuesta israelí fuera aún más violenta, aunque ganas no les faltaban. Durante el abordaje, los militares iban aleccionados. Inutilizaron nuestras cámaras, colocaron las suyas, nos ofrecían agua solo para grabarse haciéndolo. Todo era un montaje propagandístico. En el puerto, la policía fue mucho más agresiva. No se puede hablar de tortura, pero sí de malos tratos, de violencia gratuita y absurda. Nosotros éramos privilegiados, blancos, europeos, con la presión mediática de fuera. Por eso no hicieron lo que hacen cada día con los palestinos.

¿Llegó a haber golpes?

Sí. Desde el momento en que nos bajaron de los barcos, hubo empujones y manotazos. Nos sentaron en el suelo durante horas. A Greta Thunberg la pusieron de cara a la pared con una bandera israelí rozándole la cara, como si tuviera que jurarla. Era grotesco. Cuando llegó el ministro de Seguridad, nos llamó terroristas. Los más de 300 presentes gritamos “Free Palestine” y “Genocida”. Entonces nos ataron con bridas durante horas.

¿Qué ocurrió después?

Nos quitaron pertenencias, abrieron nuestras bolsas sin estar nosotros presentes y tiraron relojes, anillos, objetos personales. Pretendían que firmáramos un documento reconociendo que habíamos entrado ilegalmente en Israel. Nos negamos. Habíamos sido secuestrados en aguas internacionales.
Nos vendaron los ojos, cortaron los cordones de los zapatos y nos subieron a autobuses para prisioneros. El viaje duró cinco horas, con el aire acondicionado al máximo. Pasamos frío y miedo.

“Eso demuestra lo que es Israel: un Estado que se llama democrático, pero que no actúa como un Estado democrático.”

¿Y cómo fue la estancia en prisión?

Las celdas eran para ocho personas, pero en la nuestra metieron trece. Dormíamos en el suelo. Encendían las luces cada dos horas, paseaban con perros, hacían ruido. Todo estaba pensado para no dejarnos dormir. No nos permitieron salir ni ducharnos en los días que estuvimos allí. Lo más grave fue que negaron medicación a personas enfermas. Un compañero irlandés llevaba dos días sin insulina y empezó a tener problemas graves de salud. Quienes no estaban en huelga de hambre se unieron a ella hasta que le dieron la medicación. Eso demuestra lo que es Israel: un Estado que se llama democrático, pero que no actúa como un Estado democrático.

¿Pudisteis tener contacto con un juez o con representantes legales?

Tuvimos una vista preliminar con un juez correcto, con traducción simultánea. Pero en mitad del interrogatorio entró la policía y dijo que se había acabado. El juez se opuso y le respondieron: “Aquí las cosas terminan cuando lo decimos nosotros”. Esa misma noche nos trajeron documentos para firmar de nuevo que habíamos entrado ilegalmente. Nos negamos. Llevaban un cabreo monumental.

Foto: David Aguilar Sánchez.

¿Qué otras irregularidades observasteis?

Firmaban por nosotros. Falsificaban las firmas de quienes se negaban. Está documentado.

¿Y la visita del cónsul?

Fue patética. Estuvimos cuatro o cinco días presos hasta que apareció. Dijo que había llegado el viernes, pero no le habían dejado entrar. Le pregunté si había protestado internacionalmente y me contestó que allí las cosas eran así, que había que ser prudente. A los seis minutos entró un policía y le dijo que se acababa la visita. Y el cónsul obedeció. Le dije: “¿Pero qué haces? Eres el cónsul, y este tipo solo es un policía”. Eso muestra la pleitesía con un régimen atroz. Si a nosotros nos trataron así, ¿qué no harán con los palestinos? Se filtró un vídeo que mostraba a soldados israelíes agrediendo sexualmente a un detenido palestino — entre los hechos está la sodomización denunciada — y la fiscal militar que lo hizo público tuvo que renunciar ante la presión.

“Si con 500 personas y 44 barcos ya les generamos un problema, quizá debamos duplicar o triplicar.”

Hay quienes critican la flotilla por ser simplemente simbólica o provocadora. ¿Qué responderías?

Nos llamaron turistas, que hacíamos un crucero por el Mediterráneo y que estar siete días presos era como estar en un resort. Pero eso forma parte del intento de ridiculizar lo que hacemos. Si alguien cree que es simbólico, bien. Pero si lo dice desde el sillón, participando con su silencio en el genocidio, no me merece respeto. No llegamos a Gaza, es cierto, pero contribuimos a una contestación mundial potentísima. Y eso era lo importante: poner el foco donde debía estar, en el pueblo palestino. Hablar de paz sin palestinos y mientras se siguen matando palestinos no tiene sentido. Nuestra obligación es seguir diciendo basta hasta que Palestina sea libre.

También se quiso arrojar sombras sobre la financiación. ¿Cómo se financió la flotilla?

Con transparencia total. A través de donaciones donde cualquiera podía contribuir. Las aportaciones fueron significativas y nos permitieron adquirir los barcos. Todo con trazabilidad. A medida que la gente veía que era posible, más personas se sumaban.

Y ahora que el conflicto sigue, ¿crees que podría haber una nueva flotilla?

No hay muchas alternativas. Intentamos entrar por tierra, por mar… y siempre nos bloquean. Más allá de la tierra, solo queda el mar. Así que sí, valoramos repetir la flotilla, incluso con más ambición. Si con 500 personas y 44 barcos ya les generamos un problema, quizá debamos duplicar o triplicar. Imaginad lo que puede pasar cuando seamos miles.

¿Hay gente dispuesta a asumir ese riesgo?

Sí. En la primera selección hubo 38.000 voluntarios para 500 plazas. Hoy, sin haber abierto convocatoria, ya son 150.000. Mucha gente perdió su trabajo o su oportunidad de oposiciones por participar. Y, aun así, están dispuestos a volver. Eso demuestra que la conciencia sobre el genocidio está creciendo.

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