Casi quinientos días sin el médico Hussam Abu Safiya

El hospital en el que trabajaba este médico, uno de los últimos activos en ese momento al norte de Gaza, quedó inutilizado tras el asalto del ejército.

Recomendados

Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

El doctor Hussam Abu Safiya, director del hospital Kamal Adwan en Gaza, fue secuestrado por el ejército de Israel el 27 de diciembre de 2024 mientras trabajaba. Se había negado a evacuar el centro médico y abandonar a sus pacientes. Desde entonces está sometido a tortura diaria, aunque ya antes de su secuestro, en octubre de ese mismo año, los sionistas le habían causado el mayor daño imaginable al asesinar a su hijo. El hospital en el que trabajaba este médico, uno de los últimos activos en ese momento al norte de Gaza, quedó inutilizado tras el asalto del ejército. Todos los hospitales son, según las IDF, escondites de Hamás. Desde su secuestro, junto con más miembros del personal sanitario además de pacientes, Amnistía Internacional solicita incansable su liberación.

Hussam Abu Safiya es pediatra (según Israel, coronel de Hamás), pero no será él quien pueda ocuparse del pequeño Jawad, un bebé retenido por el ejército de ocupación israelí durante horas y devuelto a su familia con signos de tortura según los informes médicos. El niño iba con su padre que, según sus secuestradores, que niegan las torturas, es, cómo no, miembro de Hamás. Por eso le dispararon y, quizá, las esquirlas de los disparos hirieron al pequeño, pero fue sin querer, el ejército más moral del mundo no rozaría un solo cabello de un bebé.

El doctor Hussam Abu Safiya, que se ocupaba de aliviar el dolor de las niñas y los niños gazatíes, hace casi quinientos días que está en manos de monstruos. Es imposible imaginarse su sufrimiento y el de su familia, por más que queramos ponernos en su lugar. En esos quinientos días cualquiera de nosotros habrá hecho mil cosas distintas, habrá tenido días buenos y malos, o muy buenos y malísimos, pero habremos dormido en camas limpias, habremos dado más de un abrazo, a lo peor hemos perdido a alguien, o hemos pasado alguna enfermedad, pero no nos habrán dejado desatendidos y tirados en el suelo de una celda, nos habremos despedido de amigos y de familiares unas cuantas veces y, aunque sabemos que alguna será la última, esa no fue. Y cuando llegue ese momento, por difícil que sea, no será a punta de pistola, no será para caer en manos de la mayor bestia que vieron los tiempos. Casi quinientos días, uno detrás de otro, lleva Hussam Abu Safiya en manos de unos sádicos que viven para matar, no se entiende de otra manera que se hayan especializado en médicos y hospitales, niños y colegios. No podemos imaginar qué son esos casi quinientos días.

Y como en Gaza, así en Líbano: de nuevo el personal sanitario es el objetivo, y niños, familias enteras. Y periodistas: los genocidas se ceban también con quienes están documentando sus atrocidades y los van matando uno detrás de otro con una precisión macabra.

Qué desgracia y qué vergüenza que los mismos que desde periódicos, púlpitos, partidos políticos y todo tipo de tribunas dejan pasar sin denunciarlo este goteo infame de muertes, ignorando a los vivos torturados por la Cosa genocida, lloren lágrimas de cocodrilo porque una mujer ha decidido que no quería seguir soportando una vida consumida por dolores físicos y psíquicos. No les importa a estos fariseos que Trump y Netanyahu bombardeen un colegio de niñas, si hace falta se suman al bulo de que fue el propio Irán quien lo bombardeó, pero si alguien decide que no quiere seguir con su vida, ahí sí tiene esta jauría de desgraciados su propia opinión, inmediata e irreflexiva, y creen que a alguien le importa.

Me atrevo a decir que quienes solicitan la eutanasia tienen todos ellos muchos más motivos que Sócrates para querer acabar con su vida, pero la decisión del uno se respeta, la del resto no. Para quien no esté al tanto de las últimas noticias, les recuerdo que Sócrates pudo huir de la cárcel, pero no quiso y eligió quedarse en Atenas y beber la cicuta. Parece que Sócrates no sólo sabía que no sabía nada, sabía también qué hace que una vida merezca la pena ser vivida y, meditadas sus propias circunstancias, eligió. Bueno, pues el resto de los mortales tenemos el mismo derecho. Hay situaciones muy difíciles en las que no hay escapatoria de la cárcel, situaciones mucho más complicadas que la que le tocó vivir a Sócrates y en las que seguir adelante o no es una decisión personal, diría que sagrada, muy por encima de lo que todos los tribunales humanos y divinos pudieran dictaminar. Como mejor estamos los demás es callados. Ante lo que no se puede callar es ante crímenes de lesa humanidad como es un genocidio, como es tener ya casi quinientos días sometido a tortura a un pediatra sólo por ser palestino. A él y a miles como él. Ya se ha dicho, pero me sumo y lo repito: no estaríamos donde estamos si se hubiera arrestado a Benjamín Netanyahu, como solicitó la Corte Penal Internacional el 21 de noviembre del 2024 por crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad, un mes antes de que el doctor Hussam Abu Safiya fuera secuestrado.

La eutanasia es un derecho y todo lo que no sea la voz de quienes la solicitan debería ser silencio. A quienes hay que denunciar a voz en grito es a los que se enriquecen con las guerras, a la Cosa genocida y a sus cómplices.

Actualidad

spot_img