El año pasado hizo cincuenta años de la muerte de Franco, y este 2026, los hace del año que España vivió, a la vez, sin Franco y sin democracia; regida por desbordadas autoridades tardofranquistas que tenían claro que la dictadura no podía durar, pero se resistían a demolerla con la celeridad que reclamaba la oposición antifranquista. Se aflojaba algo la correa, pero seguía apretando; y la oposición apretaba a su vez. 1976 fue el año en que se unió toda en una sola organización: Coordinación Democrática.
Dos gallos en el corral
Resultaba CD de la unión de las dos grandes plataformas que venían funcionando. Por un lado estaba la Junta Democrática, creada en 1974 y encabezada por un PCE que buscaba —recuerda Manuel García Fonseca, el Polesu— «salirse de la militancia de siempre, acercarse a las clases medias y lograr plataformas más amplias». El Pole recuerda de sí mismo que: «Una de las razones por las cuales yo estuve en el PCE era que me usaban —lo digo en el mejor sentido, ¿eh?— para servir un poco de puente con otra gente; gente de clases medias progresistas que estaba en una actitud antifranquista, pero que ni siquiera, muchas veces, eran claramente republicanos».
De sumar fuerzas se trataba, y, poco después que la Junta, había nacido la Plataforma Democrática, organizada al año siguiente a modo de respuesta por el pujante PSOE, y cuyo manifiesto fundacional asturiano enumeraba una serie de principios de los que el primero era el de estar «contra la continuidad de la dictadura franquista en la monarquía de Juan Carlos y por el establecimiento de un régimen de libertades que solo serán posibles mediante la unión y la lucha del pueblo español». Uno de los partidos coaligados con el PSOE era el Movimiento Comunista, que tomó esa decisión, en lugar de ir con el PCE, por los motivos que así recuerda Cheni Uría: «El PSOE apenas tenía gente, ni cuadros, ni política, y por lo tanto era muy maleable; aceptaba todo lo que se le planteaba, no había grandes dificultades. Discutir con el PCE era un hueso más duro de roer».

Había ya dos gallos en el corral de la izquierda. A un lado, el gran partido del antifranquismo, el PCE; al otro, un PSOE que había sido pequeño al lado de los comunistas (un dato: el PSOE tenía un solo liberado, Felipe González, en un momento en el que el PCE tenía cien), pero que iba hinchándose gracias al carisma de González, el modelo de los partidos socialistas europeos y cuantiosas ayudas exteriores, sobre todo alemanas. Pero la situación obligaba a coaligarse, sobre todo, tras la matanza de Vitoria del 3 de marzo, cuando una huelga pacífica en defensa de aumentos salariales acabó con cinco muertos y un centenar de heridos. Y de ello nació en la primavera de 1976 Coordinación Democrática, que sería más conocida como la Platajunta. A la creación de la española le sucedieron las regionales. Y el 3 de junio nacía en la Facultad de Derecho de Oviedo la asturiana. La fundaban el PCA, el PSOE, Izquierda Democrática (ID), Democracia Socialista Asturiana (DSA), Reconstrucción Socialista de Asturias (RSA), el Partido del Trabajo (PTE), el Movimiento Comunista de Asturias (MCA), un así llamado Grupo Independiente y los sindicatos USO, UGT y Comisiones Obreras.
La táctica y la escolástica
Había que juntarse y la variopinta izquierda antifranquista se juntaba, pero nunca fue aquella una relación fácil. Desde el PCE recuerda Manuel García Fonseca, El Polesu, que «coordinarse con el PSOE era muy difícil, porque una parte del PSOE no quería para nada juntarse al PCE, y no lo necesitaba. Sabían que, con el apoyo de Alemania y demás, ellos eran los que tenían peso político frente a lo que quedaba del franquismo. Para el PCE, lograr un pacto con el PSOE era un triunfo, lo considerábamos así, pero para el PSOE, de ninguna manera, y siempre buscaba excusas para alargarlo, distanciarse o poner dificultades».



Aquella plataforma de plataformas, cuando por fin se constituyó, tenía que negociarlo todo, cada detalle. Lo recuerda Pedro de Silva —entonces en Democracia Socialista Asturiana— en sus memorias recién publicadas, Lo que queda a la espalda, donde evoca las reuniones de coordinación que solían celebrarse en el estudio del arquitecto Ramón Fernández-Rañada, en la calle Fruela. Reuniones que «podían terminar de madrugada» y en las que «se discutía sobre todo el texto de comunicados, más que sobre acciones concretas, quedando a veces encasquillados en una palabra, como si fuera una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU o del Sacro Colegio». El representante de DSA en aquellos encuentros era, al principio, el propio De Silva, que acabó cansándose de «aquella escolástica» que le «aburría muchísimo». Y entonces el pequeño partido decidió cambiar de representante: pasó a serlo la profesora universitaria Lola Mateos. Lola a la que —recuerda el expresidente— «como veterana de la Facultad de Letras sesentera quería todo el mundo». Y con la que «el problema era que por esa misma empatía universal suya se ponía facilona, y a veces daba por bueno un texto del MCA o del Partido del Trabajo que metía miedo. Ella lo firmaba todo y luego, como también la queríamos tal como era, no podías reñirla».
El hielo lo rompían, cuando había que romperlo, algunas figuras dialogantes, con don de tiendepuentes. Lo tenía, por ejemplo —recuerda Cheni Uría—, José Luis Iglesias Riopedre, en aquel entonces en el PCE, «un hombre muy dialogante y de fácil acceso». Y lo tenía Rañada: «un hombre que facilitaba mucho las cosas; que hacía de líder, de figura más respetada en aquellas reuniones». Uría también recuerda que, por la parte de Comisiones Obreras y el PCE, lo fácil o lo difícil que resultara negociar con ellos «dependía de quién fuese el interlocutor. Cuando el representante era Juanín [Muñiz Zapico], era más fácil llegar a acuerdos; pero cuando llegaba Gerardín [Iglesias], aquello era un hueso más duro, porque además Gerardín, por su jerarquía, mandaba no solo en Comisiones, sino también en el PCE, así que cuando Gerardín Iglesias hablaba, Riopedre callaba».
Las duplicidades también se daban a veces en la constelación socialista, entre el PSOE y la UGT. Cheni recuerda con humor a Marcelo Palacios, que a veces acudía a los encuentros en representación del partido y a veces en la del sindicato, y a quien «un rapaz de la LCR que venía de fuera y que hablaba con la egue le decía: Magcelo, ¿hoy qué vienes, con la gogga del PSOE o con la gogga de la UGT?».
La Platajunta en la calle
La Platajunta no dejaba de ser la traducción formal de lo que ya se daba de facto en la calle, en manifestaciones que empezaban a ser bastante multitudinarias, para tratarse de acciones prohibidas y reprimidas con dureza por la policía. A ellas concurrían todos los partidos que luego conformaron CD. En enero de 1976 había tenido lugar en Oviedo una emblemática: la del paseo de los Álamos, el 17 de enero. Una convocatoria pacífica para solicitar «Amnistía y Libertad», que las autoridades prohibieron y la Policía Armada disolvió violentamente, pero todo el mundo consideró un éxito de la oposición. Era —recordaba Fernández Rañada— «la primera manifestación clandestina culminada con éxito en Asturias desde la Guerra Civil». Contó con entre seiscientos y dos mil manifestantes: cualquiera de las cifras tenía mucho mérito en aquellas condiciones.

Todo se había organizado con minuciosidad, en una reunión de la comisión de enlace entre la Junta y la Plataforma en el estudio de Rañada, a la que asistieron José Luis Iglesias Riopedre por el PCE; Alfredo Álvarez Augusto, por el PTE, y Fernández Rañada como independiente, en representación de la Junta, y Pedro de Silva, Cheni Uría (MC) y Suso Sanjurjo (PSOE) por la Plataforma. Se acordó el itinerario: partir del paseo de los Álamos a las seis de la tarde y subir por Toreno hasta la plaza de España, donde se entregaría un escrito al gobernador civil y se leería otro a los manifestantes, que se disolverían seguidamente. Tendría una cabecera de veinte personas, diez de la Junta y diez de la Plataforma: Alfredo Álvarez Augusto, Francisco Casariego, Ramón Cavanilles, Paz Fernández Felgueroso, José Luis Iglesias Riopedre, Juan Muñiz Zapico, Daniel Palacios, Gerardo Turiel de Castro, José Luis Marrón y Ramón Rañada, por la Junta, y Pedro de Silva, Cheni Uría, Lola Mateos, Sergio Morán, Antonio Masip, Alfredo Liñero, Minervino de la Rasilla, por la Plataforma. Y la convocatoria se mantendría aunque no fuera autorizada.

Toda esa gente se reuniría en la cafetería Rialto a las cinco y media. Cada uno de ellos ignoraba, como medida de precaución, quiénes eran los demás; y cuando se reunieran, saldrían de la cafetería a las seis menos cinco, cruzarían la calle Uría hacia Milicias, regresarían a Uría por el Pasaje y entrarían en los Álamos por el semáforo situado delante de Navarro Óptico. Los manifestantes se encontrarían dispersos por la calle Uría, plaza de la Escandalera y Campo San Francisco: en cuanto vieran a los encabezantes cruzar el semáforo, se arremolinarían en torno a ellos. Para servicio de orden y otros aspectos de carácter técnico actuaron las infraestructuras del PC y del MC.
Sorpresa y escorribanda en los Álamos
Rañada envió la solicitud de autorización al Gobierno Civil y recibió la negativa como respuesta, pero, tal como estaba previsto, la manifestación no dejó de organizarse. Los pasos aprobados se dieron con rapidez y sorprendieron a la policía, pero en cuanto esta se repuso de la sorpresa, envió un Land Rover a interceptar el paso y ordenar a los manifestantes que se dispersaran. Por supuesto, no les hicieron caso, y recibieron los palos de los grises de rigor. Se dispersaron, ahora sí, pero convencidos de haber tenido éxito. El Polesu recuerda que «tuvimos que librarnos cada uno como pudimos y yo me fui escapando por el parque con Ramón Cavanilles, que era una persona muy experta». Así era aquella oposición que hermanaba a todos los dignos en el combate contra el fascismo: Cavanilles —recuerda García Fonseca— «era un aristócrata del que Gerardo Iglesias o yo mismo nos hicimos muy amigos».
Se vivía peligrosa y excitantemente y a veces se prolongaban los debates de la escolástica, pero cuando hacía falta, se actuaba con rapidez
Se vivía peligrosa y excitantemente y a veces se prolongaban los debates de la escolástica, pero cuando hacía falta, se actuaba con rapidez. Ignacio Gracia Noriega recordaba de aquella manifestación, en la que también estuvo, que, al producirse la dispersión, Rañada encontró a Juan Cueto en la calle y entre los dos redactaron un escrito de protesta al gobernador civil, que Cueto dictó y Rañada copió con letra de palo al dorso del comunicado mecanografiado que desautorizaba la manifestación: «[…] En vista de las detenciones a que la incontrolada y provocativa actuación de la fuerza pública ha dado lugar motivando a la vez alteraciones de las que sólo V. E. es responsable, hecho que no ha sucedido en otras ciudades españolas, hemos optado por enviarle por correo certificado este documento que, vista su actuación, remitiremos también a los medios de comunicación social». Como quienes deberían firmarlo no se encontraban a mano, Rañada falsificó las firmas de Juan Muñiz Zapico y José Luis Marrón.
España fue una fiesta
Había miedo, pero también alegría; la España libre de Franco empezaba a ser una fiesta. A lo largo de aquel año, siguieron produciéndose grandes movilizaciones en pos de la «ruptura democrática». El verano conocería las movilizaciones más impresionantes de la Transición asturiana. Seis mil participantes tuvo el 22 de junio la manifestación en pro de la autonomía regional convocada por Conceyu Bable; una convocatoria que volvió a poner en aprietos a aquella Platajunta cogida con alfileres. El asturianismo y el «bable nes escueles» no seducía a todo el mundo o al menos eso recuerda Cheni Uría: «En favor estábamos la DSA y nosotros, y en contra la dificultad grande siempre venía del PCE, muy reacio a todo este tipo de cosas». En todo caso, la manifestación acabó haciéndose. Y menos de un mes más tarde, convocaba a veinte mil personas la que reclamó amnistía para los presos políticos y libertades democráticas sin exclusión. Diez mil por esos mismos días otra convocatoria de los obreros del metal, exigiendo libertad sindical y amnistía laboral.


Más tarde, a mediados de agosto, y en otro registro, sería un éxito el V Día de la Cultura, en la campa gijonesa de los Maizales, una fiesta popular y reivindicativa con participación de simpatizantes de todos los partidos y sindicatos de izquierda, vigilados de cerca por la Policía Armada y la Guardia Civil, que no llegaron a intervenir, y que tuvieron que escuchar el manifiesto escrito y leído por Juan Cueto, crítico con la cultura oficial derechista y que reclamaba una cultura alternativa, popular y democrática, en el marco de una Asturias autónoma.
Ninguno de los partidos había instalado caseta propia, de resultas de un acuerdo previo, pero había banderas republicanas por todas partes. Todo parecía posible aquel verano del setenta y seis, y algunas cosas lo fueron.



























