Hay una forma muy cómoda y profundamente engañosa de analizar lo que ocurre en Ceuta por parte de la derecha, reducirlo todo a una crisis migratoria. Hablar de mafias, de vallas, de devoluciones o de políticas de asilo. Eso sí, de Marruecos, ni una palabra. Les reto a buscar un solo tuit de Abascal en el que culpabilice a la autocracia alauí de lo que está pasando.
Es un debate interesado, por supuesto. Tampoco cabe esperar de una derecha cipaya que los intereses de España estén por encima de los personales. Sin embargo, cuando hablamos de Ceuta no estamos debatiendo sobre una simple ciudad, sino sobre uno de los puntos geoestratégicos más sensibles del Mediterráneo.
Uno de los grandes males de España es ese complejo de inferioridad internacional que nos lleva a interpretar cualquier problema desde una perspectiva estrictamente doméstica. Y este no es un conflicto puramente español, ni obedece a una simple causalidad puntual con el Reino de Marruecos.
Por eso resulta absurdo desvincular el asalto del otro día de una estrategia multilateral que, no por compleja, deja de tener todo el sentido.
Por un lado, la posición del Gobierno de coalición y en especial la figura de Pedro Sánchez como contrapunto a Donald Trump, ha situado a España en la diana de Washington. Posturas como la condena sin paliativos del genocidio israelí, el respaldo a los socios europeos frente a las bravuconadas contra Dinamarca por Groenlandia, o la negativa a ceder al chantaje del 5% en gasto militar han escocido en la Casa Blanca. De la mano de Estados Unidos llega un Israel abiertamente hostil, dispuesto a castigar diplomáticamente a Madrid por su liderazgo en el reconocimiento del Estado palestino.
Y en el centro del tablero está el Marruecos de Mohamed VI, especialista en pescar en río revuelto. Rabat ejecuta una estrategia de largo recorrido y desgaste continuo sobre Ceuta, Melilla e incluso Canarias; una política de hechos consumados incrustada en el viejo e irrenunciable ideario del Gran Marruecos, cuyo horizonte imperial abarca el Sáhara Occidental, zonas de Argelia, Mauritania y los territorios españoles en África.
Hoy los intereses de los tres países convergen. Por un lado, Estados Unidos con la intención nada disimulada de generar fricciones entre los socios comunitarios para debilitar a la Unión Europea, utilizando a Israel como socio de choque y lobby de presión. Por el otro, un Marruecos que encuentra la cobertura geopolítica perfecta para tensionar la frontera con el chantaje migratorio. No conviene olvidar que Marruecos ha sido un aliado clave para Washington desde hace dos siglos ya que fue el primer país en reconocer la independencia estadounidense en 1777. Una sintonía histórica que se ha blindado en los últimos años tras los Acuerdos de Abraham y la alianza triangular con Tel Aviv.
Detrás de esta crisis late también el despliegue financiero de una red internacional de extrema derecha empeñada en imponer su agenda. Todo esto es lo que nos ha llevado a la tensión vivida estos días, que ha acabado en tragedia con más de 70 personas ahogadas pero que aún podría haber sido mucho peor. Porque no seamos ingenuos, no pocos actores esperaban que el Gobierno español picara en el anzuelo y la crisis se resolviera con el ejército disparando en la valla contra las personas que cruzaban. Esa era la foto que buscaban e incluso personas relevantes del gobierno estadounidense amenazaban con intervenir si eso sucedía.
Al no conseguir esa masacre, la operación ha sido un éxito solo parcial, pero suficiente para dejar al desnudo la fragilidad de la Unión Europea. Países como la Italia de Meloni, Finlandia o Dinamarca (sorprendente esta última, después de que España se posicionara firmemente a su lado frente a las pretensiones de Trump sobre Groenlandia) no han tardado en exigir la suspensión del espacio Schengen para España ante la supuesta “invasión migratoria”. Un movimiento que ha obligado al Gobierno español a solicitar una reunión de urgencia de los ministros del Interior de la UE para abordar la crisis de Ceuta.
En esta ocasión ha sido Ceuta, pero debemos mirar más allá. Que España sea el Estado soberano que controla la puerta de entrada al Mediterráneo es algo que no entusiasma en Washington. Esto ha sido tan solo un aperitivo de lo que nos espera a la izquierda conforme se acerquen las Midterms estadounidenses y sobre todo, las próximas elecciones generales. Los ataques y la guerra híbrida no vendrán únicamente del exterior; la derecha conservadora española, que lleva desde los tiempos de Napoleón anteponiendo sus intereses de clase a los de la patria, está encantada de servir como ariete contra su propio país. Porque quien siga pensando que esto es una simple operación contra Pedro Sánchez, en lugar de un ataque coordinado contra la soberanía española y la democracia, es que aún no se ha enterado de qué va esta película.



























