Hace ya bastantes años, recién llegada a este país, a una amiga mía le recomendaron que se hiciera una mamografía. Mi amiga era muy reacia a las intervenciones de la medicina
convencional, pero aquella vez acabó aceptando esta recomendación y pidió cita para hacer el mamograma. Estaba mi amiga en la sala de rayos X, con la teta incrustada en la placa de plástico para iniciar el procedimiento, cuando una mujer del personal administrativo entró en la sala a interrumpir la mamografía que iban a hacerle porque el seguro médico que mi amiga tenía no cubría la prueba. La enfermera retiró el panel de plástico de la teta de mi amiga, ella se cubrió pacientemente con la bata que le habían dado y volvió a las cabinas donde había dejado la ropa a vestirse. Cuando me lo contó, yo no daba crédito a aquella historia, preguntándome incluso si sería verdad. Lo era. En abril del 2004, el día que mi segunda hija iba a nacer mediante una cesárea programada, mientras el equipo que iba a atenderme preparaba todo en la sala de partos, decidieron llamar al seguro médico que me ofrece el trabajo para asegurarse que de que cubriría los costes de la anestesia. Fue una llamada rápida, y se resolvió en tan poco tiempo que a los veinte minutos ya tenía a mi hija en brazos, pero no sé qué hubiera sucedido si la aseguradora se hubiera negado a pagar al anestesista.
No debe haber ni una sola persona en este país que no tenga una anécdota que
contar relacionada con el sistema de salud de los Estados Unidos. Unas mucho peores que
otras; algunas realmente siniestras, difíciles de creer para quienes viven en países con un
sistema de salud pública universal. Días antes de las navidades, fui a una pescadería que
abrieron no hace mucho en el barrio donde vivo a comprar marisco para hacer una sopa.
Llegaban mis hijas de Barcelona y París y quería preparar una cena que replicara, en cierta
medida, las que mi madre suele hacer cuando yo vuelvo a Asturias. El dueño de la
pescadería es un señor mexicano del estado de Michoacán que trabajó durante mucho
tiempo en Citarella, un supermercado de lujo que fue fundado a principios del siglo XX por
Mike Citarella y que tiene su principal enclave en el Upper West Side de Manhattan. Poco
tiene que ver la población de este vecindario de clase media alta con la población
principalmente dominicana de Inwood, en el que este hombre abrió su negocio hace tres
años. Le pregunto cómo le va y, mientras me limpia la lubina y va pesando los langostinos y los mejillones me cuenta que le va más o menos bien, en realidad no tan bien como quisiera porque el pequeño comercio tiene los días contados en la ciudad de Nueva York, el precio del pescado y del marisco es escandaloso y la gente no tiene la misma costumbre de comer pescado que tenemos, por ejemplo, en España. Pero este hombre y su mujer son emprendedores, tienen también una pizzería en el Bronx, y van ingeniándoselas para seguir adelante y buscar rutas que les permitan criar a sus tres hijos, darles una educación si quieren estudiar y reconocer al final del día que emigrar fue la decisión correcta. El hombre entiende que así es como tiene que ser y evita quejarse sin necesidad, hasta que la necesidad de quejarse es realmente inevitable. Me cuenta entones que la salud de su esposa no es buena, que tiene el útero lleno de quistes, el vientre hinchado como si estuviera embarazada y que en ninguna clínica ni hospital la atienden por la falta de seguro médico. Llevan meses picando a puertas que no se abren, solicitando ayudas que no les dan, y viendo cómo el bienestar de esta mujer se deteriora de un momento al otro. No quiere hablar de eso pero habla, y repite con una tranquilidad llena de inquietud que son veinticinco años trabajando de sol a sol en esta ciudad, y pagando impuestos que el gobierno de los Estados Unidos usa como le da la gana para que ahora ningún médico quiera atenderlos. Asusta reconocer el profundo nivel de desamparo que se puede tener en un país que emplea su ejército para expoliar los recursos del mundo, y el sistema educativo y de entretenimiento para convencer a sus ciudadanos de que este es el lugar más libre y democrático del planeta.
En pocos años –cuando cumplan 26– mis dos hijas podrían quedar absolutamente
desprotegidas si no consiguen un trabajo que incluya los beneficios que muchos de los
trabajos que desempeñan a esa edad no incluyen. Buena parte del personal de hostelería
está formado por jóvenes recién licenciados en carreras artísticas que necesitan trabajar en lo que sea para empezar a saldar las deudas que contrajeron en la universidad, y para tener unos ingresos mínimos que les permitan pagar la renta del mes y cubrir los gastos diarios más elementales. Pero el trabajo de hostelería no ofrece seguro médico y estos jóvenes que cruzan de un día al otro el límite de edad para quedar cubiertos por los seguros de sus padres se ven obligados en ocasiones a interrumpir bruscamente tratamientos médicos y a buscar alternativas que no lo son, como fumar marihuana para reemplazar los antidepresivos a los que ya no tienen acceso. No me lo invento. Es una anécdota más de las muchas anécdotas relacionadas con el sistema de salud que uno va coleccionando, sin mayor esfuerzo, en este país.
Se dice que al personal sanitario lo entrenan para curtirse en el ejercicio de su
profesión y no mostrar su vulnerabilidad ante lo que cada día ve y no debiera ver. (Igual
que a los soldados que envían a las guerras a matar gente inocente). Lo decía una enfermera que ha visto morir a más de un paciente por no haberle administrado el medicamento que necesitaba cuando el seguro, que se lucra con la enfermedad de los seres humanos, no lo costea. El tema de los medicamentos es un capítulo aparte de esta misma serie. Desde hace años, cada vez que viajo a Asturias le traigo insulina a una amiga mía porque con el descuento del seguro en los Estados Unidos y sin el descuento del seguro en España, la diferencia de precio entre un país y otro es de aproximadamente 150 euros. La tendencia a no recetar genéricos también ha aumentado, o la tendencia a recetar medicinas nuevas que no aún no los tienen y que el seguro –y la historia se repite– se niega a pagar. 1000 dólares al mes le costaba a otra amiga mía un tratamiento que venden en las farmacias españolas por 40 euros. 500 dólares una crema para el acné; 500 también por unos estabilizadores del estado de ánimo que el seguro español cubre totalmente. No hay ninguna necesidad de seguir contando y, además, historias mucho más
inquietantes y turbias han estado circulando en los últimos días en la prensa digital y en las redes sociales. ¿Quién va a pensar, entonces, que Luigi Mangione es un criminal?
Todavía no conozco a nadie que no haya simpatizado con él y no sé de ninguna persona que no sea capaz de entender que haya actuado como lo hizo. Los argumentos son tan predecibles que podemos obviarlos y los códigos para interpretar este arrebato de justicia de Mangione humanamente universales. Basta ver el apoyo que ha recibido una persona que, realmente, lo que menos necesita es dinero para poder defenderse. Pero los gestos simbólicos también cuentan. Y que se abra un espacio para decir todos en coro lo que se siente y se piensa, lo mismo. Y por eso, al escribir esto que no es noticia, ni siquiera opinión, sino simplemente un desahogo, me uno desde mi coraje individual a ese coro.





























