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Jesús Lizano: mamífero, poeta y místico

Se cumplen cinco años de la muerte de Jesús Lizano, poeta singular y poderosísimo marginado del canon oficial

El poeta Jesús Lizano 1931-2015) Foto: Noelia Pérez

Hubo un Jesús Lizanoel de la barba valleinclanesca, la ropa vieja, los zapatos rotos, el temperamento áspero y el carácter atrabiliario–al que no le importaba desaparecer y ser olvidado. Ese era solo uno de los que formaban el Colectivo Jesús Lizano, uno que murió a los 84 años el 25 de mayo de 2015. Hubo otros muchos compartiendo su cuerpo: el poeta torrencial y metafísico, el místico libertario, el recitador magnético que abarrotaba teatros y ateneos, el niño grande y melancólico, el humorista cándido, el furioso azote del poder literario o el pensador tempestuoso. Ese que nació en Barcelona en 1931 donó su cuerpo a la ciencia y dejó clara su voluntad de no recibir sepultura ni tener lugar de culto para sus restos. Solo le importaba que sobreviviese su obra.

“Me gustaría que se olvidase al personaje y perdurase su obra”, anhela también David Lizano, el único hijo del poeta catalán, “querría que se le reconociese como uno de los grandes poetas del siglo XX, y si no está en ese lugar es porque él mismo hizo todo lo posible por no alcanzarlo”. ¿Se puede, entonces, separar al personaje de la obra? Jesús Lizano vivió por y para su poesía con una dedicación y una vehemencia difícilmente parangonable. Fernando Sánchez Dragó, que lo rescató de la marginalidad llevándolo a recitar en 2002 a su programa “Negro sobre Blanco”, admite no haber conocido jamás a un poeta tan entregado a su obra como Lizano: “Era único, el sumo sacerdote de una religión con pocos fieles. Su entrega era total, casi monástica”.

Los padres del poeta fueron dos primos–él era Jesús Lizano Lizano–del pueblo aragonés de Belchite, arrasado luego en la guerra civil, que emigraron a Barcelona. De su padre sabemos que era barbero; de su madre, recuerda David Lizano, “que era muy compleja y tenía una relación muy muy difícil con mi padre”. La infancia de Jesús fue dura, marcada por la guerra y la escasez. “Era muy inteligente, pero muy atormentado ya desde niño”, cuenta su hijo.

Estudió Filosofía y Letras y empezó su aventura poética, como le gustaba llamarla, con un verso al que volvía continuamente en sus últimas obras: He descubierto tierra. Con su segundo libro y con solo 26 años gana el prestigioso Premio Boscán, cuya edición anterior había ganado José Agustín Goytisolo y Caballero Bonald la posterior. Trabaja durante unos años como profesor de filosofía de instituto, haciéndose llamar Antiseñor Lizano y aprobando a todos los alumnos desde el primer día de clase. Su heterodoxia académica chocó con la institución y abandonó la docencia para emplearse como corrector de estilo en la editorial Vicens Vives.

“Se fue desengañando de todo porque odiaba los dogmas, la doctrina y lo recto”

“Jesús fue un buscador toda su vida”, dice su amigo el poeta Antonio Orihuela, “primero en los grupos cristianos y luego en las células comunistas. Se fue desengañando de todo porque odiaba los dogmas, la doctrina y lo recto. Y en ese caminar descubrió la anarquía”. Tanto trajín existencial y político a contracorriente de la evolución ideológica natural–radicalismo de juventud, conservadurismo de madurez–quedó reflejado en sus versos.

El Capitán

no es el capitán.

El capitán

es

el Mar

El investigador Pablo Carriedo Castro aprecia una primera etapa de “existencialismo cristiano” con una clara influencia de León Felipe, muy patente en su poema Los picapedreros. Pasa una breve fase de “humanismo marxista” de corte social y terminó, a principios de los 70, asentándose en el mundo libertario para desarrollar un sentimiento poético y espiritual que le acompañará hasta la muerte. A casi un libro por año durante décadas Lizano fue refinando, en palabras de Orihuela, “un misticismo libertario, ese discurso tan hermoso que no es extraño en la contracultura o en poetas como Gary Snyder, Thomas Merton o Ernesto Cardenal, pero que nadie lo ha dicho tan bonito como lo decía Jesús”.

Tal vez por herencia de su madre, Jesús Lizano era una persona de trato complicado, como apuntan sus conocidos. “Era muy ególatra y ponía las cosas difíciles a la gente que tenía cerca”, reconoce su amigo y también poeta David Castillo. “Podía ser muy tierno y a los quince segundos ser un bárbaro desatado. Tenía un carácter muy extremo”, recuerda Sònia Turón, miembro de la Fundación Anselmo Lorenzo, que custodia el archivo personal del poeta. “Era como un niño grande: adorable, como todos los niños, pero lleno de manías y de tics”, dice Antonio Orihuela. “Era una persona hipersusceptible y muy singular. Necesitaba sufrir para crear, y él mismo creaba esas situaciones”, según su hijo.

Y no me gustan las personas rectas,

el mundo recto,

las ideas rectas;

a mí me gustan las manos curvas,

los poemas curvos,

las horas curvas:

¡contemplar es curvo!

Sus hábitos eran también desordenados, era descuidado con la higiene y la imagen personal e inflexible en sus opiniones. “Era muy categórico en la defensa de lo que hacía y lo defendía a capa y espada. Las pocas veces que nos enfadamos fue porque yo no veía algo igual que él”, explica el productor cinematográfico Edmon Roch, amigo del poeta, “pero había también un Jesús lúdico, juguetón y soñador al que le gustaban Groucho Marx, los globos y los caballitos”. Su casa, dicen sus amigos, llena de papeles, cerámicas, juguetes viejos y máquinas de escribir estropeadas, era un reflejo de la caótica personalidad de Lizano. “Le gustaba regodearse en esa imagen, formaba parte de su atrezzo”, piensa David Castillo.

Esa inflexibilidad suya pudo ser uno de los motivos por los que no alcanzó en vida el reconocimiento que creía merecer. Durante décadas se autoeditó sus propios libros sacando dinero de los ahorros familiares. “No quería mancillar su obra ni hacer ninguna concesión”, rememora Edmon Roch, “le habría entusiasmado llegar a la gente de forma masiva, pero no se dejaba querer”. Entre 1981 y 2008 fue publicando sus quince virulentas Cartas al poder literario, en las que carga las armas, dando nombres y apellidos, contra los mandarines del mundo cultural. En ellas se deja ver el punto ególatra de Lizano, convencido de que se silencia su obra por envidia o por maldad y que se tiene a sí mismo como “el único escritor que denuncia que la cultura está en manos del poder”.

Al final de su vida, a raíz de su aparición en el programa de Sánchez Dragó, consiguió parte del reconocimiento que tanto anhelaba. Sus libros se agotaron y empezaron a llamarle para recitar por España. “Mi padre pasó una época dorada después del programa y se sintió reconocido tras cincuenta años de trabajo. Eso le llenaba y le ayudó mucho. Fue muy importante para él”.

“Al recitar se transformaba, se sentía el centro del mundo”

En menos de treinta minutos Lizano demostró su formidable capacidad para sobrecoger, emocionar y hacer reír al público. “Al recitar se transformaba, se sentía el centro del mundo”, dice su hijo. “Recitaba maravillosamente”, según Orihuela, “nadie quería recitar con él, porque sabían que hacían el ridículo. ¿Quién subía a un escenario después de Jesús? No tenía sentido. Su poesía es muy empática, no te puede ser indiferente. Es imposible no caer rendido ante ella”.

“Las contradicciones definen muy bien al personaje”, opina Castillo, “tenía una actitud muy rompedora, pero su poesía es clásica. Era un genio en el soneto y un grandísimo poeta de la tradición barroca española. Le gustaban Quevedo, Cervantes, San Juan de la Cruz, Sor Juana Inés de la Cruz, Berceo…Tenía esa sencillez de la clarividencia, una poesía diáfana que combinaba claridad y profundidad. Es un milagro, un poeta extraordinario”. El ingenioso libertario Lizanote de la Acracia, como se hacía llamar.

Yo veo mamíferos.

Mamíferos con nombres extrañísimos.

Han olvidado que son mamíferos

y se creen obispos, fontaneros,

lecheros, diputados. ¿Diputados?

Yo veo mamíferos.

Edmon Roch quedó deslumbrado con los primeros libros de Lizano, “una poesía clásica de una genialidad y un brillo de lenguaje tan extraordinario que es imposible no quedar enamorado. Además es tremendamente actual. Lo lees hoy y es muy fresco”. De la abultadísima obra de Lizano (dos volúmenes de 700 páginas cada uno en la antología editada por la Fundación Anselmo Lorenzo) se pueden rescatar decenas de poemas sensacionales: Novios, Mamíferos, Poemo, Las ratas, Coven Garden, El prisionero del tiempo, Las personas curvas, Soneto a la mierda, Los caballitos

No ocurre lo mismo con sus prosas, mucho más confusas y redundantes. “Para él su obra filosófica era igual de importante que sus poemas”, señala Roch, “su pensamiento parte de unos conceptos muy estimulantes, pero su forma de expresarlo no es tan perfecta”. Lizano, que tenía amistades lo mismo con punks anarquistas que con monjes de Monserrat, desarrolló su obra sobre la contradicción de ese misticismo libertario que aunaba rebeldía y contemplación: Mi mundo no es de este reino, escribía.

“Ojalá se redescubra a Jesús”, suspira Orihuela, “este país está lleno de bocazas que hacen una poesía horrorosa, y gente como Jesús permanece en la penumbra”. Sus palabras siguen vibrando, “y más en estos tiempos donde nos miramos como apestados los unos a los otros”. ¡Ah, si saliéramos a la calle y nos viéramos novios, nos sintiéramos novios!

Bernardo Álvarez
Escrito por

Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

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