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Opinión

En Galicia morimos menos. En Galicia morimos mejor.

Somos una tierra de costumbres. Nos gusta que nos gobierne el Partido Popular. Fidelidad a un partido, a una camiseta.

Foto: Xaime Fandiño

Un fantasma recorre Galicia. La gestión política es intrascendente. El auge de la extrema derecha también. Somos una tierra de costumbres. Nos gusta que nos gobierne el Partido Popular. Algunos usarían el calificativo de conservadores, pero la cosa va más allá. Fidelidad a un partido, a una camiseta.

Nunca dejaríamos que nos gobernase un socialismo engalanado de rojo carmín. No nos representa. El azul del Atlántico nos confiere fiereza, cierta mística y mucha identidad. Ahora que llega el verano y veo fotos de ese Mediterráneo lleno de gente apretada (que el Covid19 me perdone), paellas sin socarrat por la urgencia de la cola y gente torrándose al sol, pienso que no podría soportarlo. No estoy preparado para ello. Decía un amigo ayer en Facebook que el Mediterráno es una charca apacible, de Algeciras a Estambul, llena de africanos muertos, microplásticos e hitos de reproducción social (esto último ya es mío, que no voy a cargar a los amigos con mis penas generacionales).

Marea Atlántica de A Coruña. Foto: Marea Atlántica.

Volviendo al azul. La Marea Atlántica lo intentó. Crear una identidad nacionalista bañada de atlantismo. Saboreamos las mieles de la renovación política. Entramos en el top 5 de las ciudades del cambio. La emigración retornada, las redes sociales y una generación de jasp de izquierda viajada nos hicieron estar ahí. Pero el sueño de una noche de verano se apagó. Como se apagan los amores veraniegos, las pasiones fugaces y los sueños de revolución.

Me centro. Yo a lo que había venido era a hablar de la campaña, el voto atávico y de que la muerte nos sienta tan bien. Un debate televisado viene siendo una escenificación de estrategias previstas. Desde que Beiras salió de cuadro, la improvisación política ya no nos acompaña. Nadie se atreve a sacar un zapato a escena en el Parlamento. La cosa ha perdido fuelle, y los políticos se conforman con sacarse los colores con ampliaciones 500% de tuits enrevesados y alguna que otra pullita de dudosa moral.

Cartel de Castelao para el referéndum del Estatuto del 28 de junio de 1936.

Lo de Beiras sí que era savoir faire. Han pasado ya 27 años de aquel día en que Fraga le recriminó que sus maneras le recordaban al zapateado de Nikita Kruschev en la Asamblea General de Naciones Unidas de 1960, defendiendo las políticas de la URSS, y el líder nacionalista le respondió blandiendo un zapato en mano, a la manera que una novia orgullosa blande un ramo el día de su boda, o que un zapatista enseña su fusil de madera de ceiba y gatillo de plexiglás.

Xosé Manuel Beiras en 1993 en el parlamento gallego.

Pero ahora que no tenemos a Beiras en la pole position de lo representativo, el espectáculo político carece de emoción. El lunes pasado (lunes 29) el debate de los líderes gallegos fue insulso, intrascendente. Todo el pescao vendido me atrevería a decir. Una semana después, el único dato que mi memoria (frágil) ha conseguido retener, es el de que durante la crisis del Covid19, en Galicia murieron 619 personas. Cierto es que aquí la muerte se vive con pasión. Los ritos funerarios son uno de nuestros fuertes. Si tuviera que elegir tres, diría el marisco, el conxuro de la queimada y la muerte como agregador social. Nos acompañamos en el dolor, la celebramos con rictus trascendente y porelamordedios deja a la abuela que que se agarre al luto perenne de la negritud textil. Con todo esto quiero decir, 619 muertos en Galicia son 619 ceremonias de despedida. Y aunque el maldito virus nos haya robado la posibilidad del adiós pertinente, en este caso más que nunca, la procesión va por dentro.

Procesión de los ataúdes en la Romería de Santa María de Ribarteme (As Neves, Pontevedra). Foto: Turismo Rías Baixas.

Pero no solo celebramos la muerte. Nos aferramos a la vida. Ourense es la segunda provincia más envejecida de España. Celanova triplica el índice de centenarios de Okinawa, celebre por su longevidad. Digamos que aquí nos jactamos poco pero vivimos mogollón. Y no a base de dietas estrictas, limpiezas de sangre ni renuncias épicas. Vivimos mucho a base de bien. Churrasco, barrantes y caldo. Desafío coronario wins.

Estamos tan del lado de la muerte, que hasta una de las procesiones más célebres del verano en Galicia, la de Santa Marta de Ribarteme en As Neves, consiste en cargar durante kilómetros a sacrificados penitentes que se meten dentro de féretros y son cargados a hombros por los suyos para pedirle a la santa una pronta recuperación. Este muerto está muy vivo, versión reality rural.

Feijoo en campaña electoral. Foto: PP.

Resumiendo. Algunos podrían pensar que la sempiterna sucesión de gobiernos en derechas en Galicia es un signo de muerte social, de condena al Thanatos ideológico. Pero nada más lejos de eso. Jugamos con la muerte para tenerla de nuestro lado. La muerte política es nuestra revancha. Este domingo, después de una campaña extraña, de mítines enjutos, de brotes de coronavirus, de silencios ideológicos, en Galicia volvemos a votar. Volverá a ganar el Partido Popular. Sacará mayoría absoluta. Porque más vale Feijóo conocido, que neofascismo por descubrir.

Xaime Fandiño
Escrito por

Quiso ser cocinero pero una cámara se cruzó en el camino. Dire de foto, morroputa, periodista en vacaciones y enamorado del agit-prop

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