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Opinión

Juvenofobia, otro virus que se extiende por Asturies

¿Son, como señala nuestro gobierno, los jóvenes los culpables de los rebrotes? ¿O es más fácil poner el foco en ellos que apretar a ALSA o invertir en residencias y profesorado?

Adrián Barbón, Xunta Xeneral. FOTO: Iván G. Fernández

Finales de junio. Un viaje en taxi camino de la estación de Uviéu. Un joven de unos 18 años y su madre, ya mayor. Van al pueblo. Durante el trayecto ella se desata y ataca a la supuesta irresponsabilidad de los jóvenes: “no llevan mascarilla, hacen botellón”. Él agacha la cabeza, sigue en silencio. El taxista, atento, empieza a interceder en favor de los jóvenes. El joven le mira y, poco antes de llegar al destino, se desata, molesto, y señala que no es verdad lo que su madre dice: “Sí que llevamos mascarilla”, grita, apuntando a varios peatones jóvenes que caminan por la acera. Todos la llevaban.

Una anécdota que me contaba ese taxista a colación de los titulares que estos días abrían los medios de comunicación, tras diversas declaraciones del presidente del gobierno asturiano: “Hay que prohibir los botellones”, “tenemos que controlar el ocio nocturno o nuestras reuniones familiares”, “los turistas deben respetar nuestras normas”. ¿Son, como señala nuestro gobierno, los individuos los culpables de los rebrotes? ¿Tiene que ver con un comportamiento relajado de los jóvenes? O, por el contrario, ¿estamos ante eventos que, además de la responsabilidad individual, tienen causas estructurales?

¿Son, como señala nuestro gobierno, los individuos los culpables de los rebrotes?

Volvamos atrás. Durante la segunda quincena de junio se tomó una decisión trascendental. Relajar restricciones en el control del coronavirus para fomentar la movilidad de viajeros. Era lógico: Durante décadas se apostó porque España fuera un país cuya economía girara en torno al turismo de sol y playa y no en un sector productivo digitalizado y con alto valor añadido. Si el campo francés recibía subvenciones y Alemania desarrollaba empresas tecnológicas, nosotros éramos la reserva turística europea. Proteger la economía y a nuestro sector turístico necesitaba fomentar la movilidad de turistas y la vuelta a la normalidad hostelera. Madrid y Catalunya llevaban la delantera y eliminaban, por motivos económicos, sus restricciones antes de completar la fase 3 y, por tanto, sin haber arrinconado al virus. Asturies era entonces la primera, casi única, comunidad que pasó un ciclo completo de 14 días sin coronavirus. Ahí llegaría la publicidad de nuestra tierra en los medios de comunicación como “destino turístico sanitario”, se intentaba crear una Marca Asturias: “Ven a Asturias, libre de Covid”.

Entrada del HUCA. Foto: Iván G. Fernández.

Primera conclusión: En Asturies vencimos al coronavirus. Apostamos, todos y todas, por cuidar la salud, porque sin salud no hay economía. Los nuevos casos ya no vendrían de dentro sino de fuera. Y así fue. Del análisis de casos recientes encontramos dos patrones: Primero, positivos que llegaron a Asturies como turistas desde otros territorios, en avión, autobús o coche particular. Segundo, asturianos que volvieron de estancias o vacaciones en otras comunidades autónomas o países que no habían erradicado el COVID-19. ¿Se puede combinar turismo con erradicación del virus? Es difícil, pero hay países, como Islandia, que lo están intentando, obligando a la realización de una prueba PCR a la llegada a su aeropuerto. 

Segunda conclusión: Son las políticas públicas de los gobiernos, en vez de decisiones individuales, las que más van a influir en la extensión del virus. Demos algunos datos. Las aglomeraciones de alumnos en las clases incrementan el riesgo de contagios. El número de alumnos por aula asciende hasta 33 en bachillerato y 27 en secundaria, el mismo que antes de la pandemia. Los sindicatos han reclamado un incremento de profesorado, pero el gobierno asturiano se ha negado rotundamente. ¿Saben que cada brote en un instituto puede obligar a confinar un barrio entero? ¿Facilita o reduce la extensión del coronavirus una vuelta al cole con clases masificadas?

Foto: Pablo Lorenzana

Sigamos. El control del transporte inter-urbano de viajeros depende del gobierno autonómico, por medio del Consorcio de Transportes de Asturias. Con la nueva normalidad ALSA redujo frecuencias de autobuses y cerró taquillas de venta de billetes. El resultado ha sido aglomeraciones en las estaciones y en los propios autobuses, acumulando 2.500 reclamaciones. No hay que ser un epidemiólogo para saber que eso incrementa los riesgos de contagio y que, principalmente, estos riesgos se ceban en las clases trabajadoras, en jóvenes  o en pensionistas, que utilizan en mayor medida el autobús. ¿Por qué el gobierno no ha exigido a las empresas de autobuses, que reciben 6 millones anuales en subvenciones, que cumplan la ley y eviten masificaciones?

Estación de autobuses de Oviedo/Uviéu. Foto: Iván G. Fernández.

Si algo demostró el virus es la importancia de la sanidad pública. Y el contraste en la actuación sanitaria en Asturies frente a otras comunidades autónomas es evidente. Una sanidad asturiana construida por las luchas de generaciones anteriores, donde la presión de profesionales y del movimiento obrero frenó algunos de los recortes y privatizaciones e impulsó presupuestos sanitarios expansivos. No en todas las comunidades autónomas se optó por esa vía, es justo decirlo. Pero, a pesar de los brotes verdes, mal haríamos recreándonos en el triunfalismo. 

Expertos y profesionales han señalado que este verano debemos reforzar el sistema sanitario y socio-sanitario ante una segunda ola de la pandemia. ¿Lo hemos hecho? Aún no. Contamos con la menor tasa de rastreadores del estado y no hemos incrementado la capacidad de realizar PCRs, clave en la detección temprana de coronavirus. En las residencias de mayores ha fallecido el 70% de los contagiados por COVID-19 en Asturies, pero el personal sigue siendo insuficiente y parte de las residencias privadas siguen en manos de fondos buitre. No contamos con un plan de cómo abordar el incremento de la lista de espera para operaciones, especialistas o pruebas diagnósticas, el descontento crece ante la teleasistencia en centros de primaria o el cierre de consultorios periféricos; y requerimos más psicólogos ante un potencial segundo confinamiento. ¿Les parece cara la inversión social o en sanidad? Prueben a calcular el coste de cada semana de parálisis de nuestra economía o del cese de la actividad no esencial (operaciones, consultas, pruebas) en nuestros hospitales para afrontar el COVID-19.  

Manifestación en defensa de los servicios públicos convocada por el Plan de Choque Social. Foto: Pablo Lorenzana.

Parece de sentido común el transformar los aplausos a nuestro personal sanitario en políticas públicas. Por eso sorprende lo dicho recientemente por el gobierno asturiano, que es, precisamente, lo contrario: “la pandemia es una oportunidad para recortar el número de trabajadores públicos, no reponiendo las jubilaciones”. En vez de aprovechar estos meses para reforzar nuestro estado del bienestar, se propone recortarlo. Mientras, los excesos continúan y pagaremos en plena pandemia 47 millones de euros por la fallida operación de suelo logístico en la Zalia. 

El coste de mascarillas mensuales para una familia de 4 miembros oscila entre los 90 y los 150 euros

Volvamos a las mascarillas, parte central de la prevención. El ayuntamiento de Oviedo ha pedido que se delate a quien no lleve mascarilla en la calle. Mientras debatimos sobre el uso de mascarillas, no lo hacemos sobre las políticas públicas que la administración debe realizar. Un ejemplo: El coste de mascarillas mensuales para una familia de 4 miembros oscila entre los 90 y los 150 euros, una cantidad inasumible para algunos sectores vulnerables, que reutilizan mascarillas por más tiempo del recomendable. ¿Debemos delatarles u ofrecer la gratuidad de las mascarillas? 

Tercera conclusión: Si las causas principales son estructurales, culpar a los jóvenes de los rebrotes es profundamente irresponsable. Fueron los mismos que pagaron con emigración y precariedad la factura de la crisis de 2008 y que en ésta cumplieron con el confinamiento para proteger a sus familiares. Muchos, médicos y enfermeras residentes o estudiantes, acudieron a reforzar hospitales y residencias antes de ser, en muchos lugares, despedidos, y otros están ocupados en los trabajos más expuestos (en funciones de reparto, atención en tiendas y supermercados, hostelería…). ¿Es más fácil poner el foco en la juventud que apretar a la familia Cosmen, dueña de Alsa, o que invertir en profesorado? La juvenofobia (efebifobia) es injusta y abre una brecha entre generaciones que hemos de cerrar. No se alarmen. No es nada nuevo: “La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar”, decía Sócrates hace milenios.

Adrián Barbón y los reyes en su visita a COGERSA. Foto: Casa Real.

Buscar a quien imputar las consecuencias tiene su utilidad: evita que los gobernantes asuman la responsabilidad sobre las decisiones que toman (y las que no toman). Hagan la prueba del algodón: ¿Se habla con la misma firmeza por twitter a los turistas que nos visitan que a Aucalsa, que ganará 3.500 millones de euros a costa de quienes cruzan el peaje del Huerna para entrar y salir de Asturies? ¿Se alza tanto la voz para pedir responsabilidad a la juventud que para exigir la intervención pública en la industria asturiana, librarla de fondos buitre y garantizar un empleo que evitará la emigración de las próximas generaciones de jóvenes? 

La pandemia se extiende influida por el factor humano, por nuestras acciones. No se puede erradicar el virus si no ponemos todos y todas de nuestra parte. Pero la responsabilidad también es política. Son decisiones desde las administraciones las que sientan bases estructurales para limitar la extensión del virus: Controlar los contagios que provienen del turismo, aumentar la seguridad en el transporte público, reducir el número de alumnado por clase, dotar de medios a las residencias de personas mayores, asegurar mascarillas para sectores vulnerables, reforzar nuestro sistema sanitario para prevenir y detectar antes los rebrotes… son acciones urgentes que pueden ser tomadas por nuestros dirigentes políticos. A no ser que prefieran lavarse las manos, pero no precisamente para eliminar el COVID-19.

Daniel Ripa
Escrito por

Es psicólogo social, diputado y secretario general de Podemos Asturies.

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