Los jóvenes (y los bares) que no le gustan a la policía

De un mes para acá son constantes las redadas y el hostigamiento de la Policía Nacional a diversos locales ovetenses con clientela underground y alternativa

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Quien le desate las manos al monstruo tendrá que encargarse luego de sus destrozos. Un año de estado de alarma, si bien con unos meses de paréntesis, pesa en el estado anímico de una población ya convencida de su indefensión e impotencia. Los límites de lo tolerable se ensanchan de forma sibilina pero incesante. La excepcionalidad cala también en la rutina de los cuerpos policiales, muy cómodos en su papel de garantes y defensores ya no solo del orden, que empieza a parecernos una aspiración caducada, sino de la misma supervivencia y salud de los ciudadanos. Estado de alarma jurídico, excepcionalidad psicológica e histeria higiénica y securitaria: para la policía, como cambiar una cama de 90 por otra de 180. 

Claro que los protocolos democráticos, el escrupuloso respeto por la legalidad y el aura de salvabuelas le siguen siendo muy caros a los cuerpos policiales, aunque sea solo de cara a la galería. De algo tienen que vivir en La Sexta, además de llamar irresponsables a los ciudadanos. Las simpatías que se ganaron los azules durante los meses de confinamiento con los dichosos aplausos, todos rendidos a su labor y abandonándonos en sus manos, no deben dilapidarse con torpeza. Su legitimidad para obrar con manos libres viene a su vez respaldada por las declaraciones de nuestros gobernantes, toda vez que su cinismo e ineptitud no les deja más opción que amenazar a la ciudadanía mostrando la nutrida plantilla policial de la que disponen para hacer cumplir sus órdenes. Así nuestro ministro del Interior esta misma semana, recordándonos los 65.000 policías desplegados para evitar desplazamientos en Semana Santa.

Los límites de lo tolerable se ensanchan de forma sibilina pero incesante

Este empoderamiento policial se ha dejado notar estas últimas semanas de forma especialmente odiosa, incomprensible y desproporcionada en la ciudad de Oviedo. De un mes para acá son constantes las redadas y el hostigamiento de la Policía Nacional a diversos locales de la capital asturiana. Se admiten hipótesis: ¿afán recaudatorio para cebar los ingresos estatales desviando los salarios de la juventud precaria forzando una multa por H o por B?, ¿órdenes de Delegación de Gobierno, o tal vez de más arriba?, ¿un inoportuno revival de la guerra contra las drogas?, ¿ojeriza a la clientela underground y alternativa que frecuenta estos lugares?

Hostigamiento de baja intensidad…

En todos los casos se trata de la Unidad de Prevención y Reacción (UPR), una brigada especial cuyo cometido parece limitarse ahora a confiscar los tres o cuatro porros que pueda tener alguno de los clientes. Es posible que tanto los agentes como sus mandos fuesen muy conscientes de la insignificancia de los delitos que podían pillar. Pese a todo, se destina con ese fin un dispositivo desmesurado de agentes coléricos que entran a gritos y de muy malos modos en bares de Otero y del Oviedo Antiguo. Ninguno de esos locales está asociado a la patronal hostelera OTEA ni encaja con el Oviedo turístico de postal y filtro instagramer que interesa promover en ciertos sectores.

¿Afán recaudatorio?, ¿órdenes de Delegación de Gobierno?, ¿ojeriza a la clientela de esos locales?

Me refiero a La Raposa, en la calle Carpio; la Lata de Zinc, en el barrio de Otero; y otro bar de la zona antigua que prefiere permanecer en el anonimato. El primero de ellos, situado en un lugar visible en una calle de mucho tránsito, viene sufriendo un acoso más o menos discreto y de baja intensidad, pero también continuado:

“Tenemos un juicio por un exceso de aforo que se inventaron y nos piden 6000 euros de multa. Hemos tenido policías de la UPR uniformados quitando pegatinas con mensajes de izquierdas de al lado de la puerta del bar, y también sacando fotos de los bares que teníamos puestos los carteles de la concentración por Pablo Hasel. Se bajan del furgón y me mandan cerrar el bar quince minutos antes de la hora, y con tonito desafiante. Es un cúmulo de pijadas, a veces más suaves, a veces más bruscas, para ver si saltas. Saben que a la mínima pueden actuar y su palabra es prueba. Y es un agravio comparativo, porque de toda la calle solo vienen a La Raposa”.

Y Operación Relámpago

Los otros dos, locales algo más apartados y con pocos testigos, se prestan más a una Operación Relámpago para que los muchachos de la UPR no pierdan el tono guerrero en estos meses de calma chicha. Así lo relata el comunicado emitido por la Lata de Zinc para dar su versión de lo acontecido el domingo 13 de marzo:

“Uno de ellos directamente se dirige a una persona que estaba liándose un cigarro en una mesa y le ordena colocarse bien la mascarilla (…) Cuando se dispone a levantarse para ir a fumar con la distancia de seguridad, varios agentes se abalanzan sobre ella y la reducen a porrazos. Otra persona se acerca para mediar y también es reducida e inmovilizada con técnicas que creemos que son desproporcionadas y de dudosa legalidad, hasta el punto de hincarle la rodilla en el cuello.

Estas dos personas esposadas con violencia son apartadas y comienzan una serie de intimidaciones individuales y mucha provocación. Burlas y risas ante la ansiedad provocada, identificaciones mesa por mesa (algunas con lectura de antecedentes en público) y amenazas de multas por causas injustificadas”.

Casi idéntico manual de instrucciones se aplicó el día anterior en el tercero de los locales, con un despliegue de unos diez agentes. En este caso se cambiaron los detenidos por multados, y los porrazos por un perro rastreador y un exhaustivo registro de todos los presentes. Ese clima de terror psicológico-gritos, amenazas, órdenes contradictorias- que tan grato les resulta generar a algunos policías al tratar con ciudadanos que no han cometido ningún delito, pero que se encuentran a su juicio en el lugar indebido.

Mientras tanto, uno de los agentes anotaba los datos de los identificados con un bolígrafo de Vox. Al marcharse, el que estaba al mando se dio la vuelta para “agradecer la colaboración” de todos los presentes. Me consta que no obtuvo toda la colaboración que hubiese deseado. Los monstruos, aunque bravos, son también torpes para los trabajos delicados.

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