Un funeral borbónico

¿Qué sucedería si Juan Carlos falleciera en este mismo instante? ¿Qué haría su hijo Felipe?

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

El tílburi arrastraba el féretro con la solemnidad negra y funeral que venía reclamando el Emérito recostado entre jequesas sobre las dunas del desierto. Comprendí de pronto que la visualidad exasperante de nuestra democracia en este primer tercio de siglo se sustancia en esperpento y barbarie. Juan Carlos de Borbón, comisionista y rey viejo, representaba la humillante resignación de un pueblo que veía a un vividor expresar su último acto político con un gesto lacerante y sardónico cubierto por la bandera roja y gualda que tapaba su ataúd. Los caballos negros tiraban del tílburi por la Castellana ante la fragmentada vida social de los españoles que se abría a izquierda y derecha entre aquellos que estaban a favor de la memoria del monarca y los que exigían, incluso muerto, que no acabara en el pudridero de El Escorial sin dar antes las debidas explicaciones.  Allí estaba su hijo, el rey nuevo, inhiesto, triste y derrotado, las infantas con su exotismo zoológico, como dos jirafas, sus nietas como dos meninas, y el rostro clásico, adusto e inerme de Sofía, tan desarmante y austera como una diosa griega.

Juan Carlos I y Felipe VI, durante un desfile militar. Fuente: Creative Commons

En ocasiones me da por pensar qué sucedería si Juan Carlos falleciera en este mismo instante. Un centenar de periodistas y políticos españoles sacudirían las redes sociales aportando el dato minutísimo de su fallecimiento. Llegaría el huracán de la Historia después para jugar y juzgar a todos sus personajes. Se volvería a emitir la tragicomedia de la Transición, se recordarían los sonidos pedregosos del 23F, se abusaría nuevamente de un heroísmo falso y desdichado que se había quedado acartonado como el papel de los periódicos guardado en los sótanos de las hemerotecas. Felipe González realzaría el sacrificio del monarca, Aznar invocaría la unidad de España. Son las dos efigies de una España rota, enterrada y resucitada. Las amantes del emérito levantarían nuevamente la ceja y el colgajo de una pierna, como un mal ensayo para una película erótica que no ha resistido el paso del tiempo. Entre la multitud, la confusión de generaciones, la masa negra de fascistas, la masa roja y republicana, elevando los estandartes, el ruido popular de los jóvenes creyendo que el paso del tílburi negro por la Gran Vía ante sus ojos es el paso de la Historia, adaptada a un musical de Broadway que interrumpe la grisalla de los días que no fueron y aquellos que se quedaron para siempre ocultos en un expediente clasificado.

“Si hoy falleciera el Emérito, ¿debería ser despedido con todos los honores de un Jefe de Estado?”

Me pregunto si Juan Carlos merece honores de Estado. A veces lo hago como ejercicio intelectual. Una sencilla discusión en torno al valor de la figura de alguien que ha perdido el honor, aunque de facto, lo siga manteniendo. La discusión es oportuna. Si hoy falleciera el Emérito, ¿debería ser despedido con todos los honores de un Jefe de Estado? Ya sabemos lo que cuesta España, lo que vale nuestro país, que está en vísperas de navidad y en vísperas de las rebajas: 67 millones de euros, un AVE en el desierto, bastante dinero en paraísos fiscales, la pastizara que los financieros le chalanearon para montar un Valle-Inclán apresurado y malo.

Pero sigo sin saber si Juan Carlos merece un funeral de Estado. Me dejo llevar por la escena que no es y que puede ser todavía. ¿Debería su hijo Felipe retirarle todos los honores para evitarnos el bochorno borbónico antes de que se muera? La pregunta, mórbida, perversa, acude y me sacude la mente todos los días, como una gimnasia a la que uno se somete para mantener la moral en forma.

Discurso de Felipe VI sobre Catalunya, con el retrato de Carlos III de fondo. Fuente: Casa Real

La Transición ha sido una larga duda entre la muerte de Franco, la democracia débil y apuntalada por la izquierda y el esperpento de Tejero. Cuando se cumplen 43 años de Constitución, volvemos a las dos Españas, con la investidura legítimamente escarpada de Pedro Sánchez reunida en fragmentos de izquierda y esos chicos listos del Partido Nacionalista Vasco. La derecha exacerbada y juancarlista de nuevo cuño saldrá a la calle a defender un fantasma sin honor que ya no simboliza la unidad de nada.

“La derecha exacerbada y juancarlista de nuevo cuño saldrá a la calle a defender un fantasma sin honor que ya no simboliza la unidad de nada”

Somos esperpénticos y queremos ser democráticos. Eso es todo. Lo de Suiza y Londres el otro día ha sido la última tragicomedia que se improvisa, por ahora, en la historia natural de España. Digo historia natural porque parece que Historia propiamente dicha no tenemos. Y si no, que se lo pregunten a Mariano Rajoy que lo negó todo el pasado lunes en el Congreso, ante las risas de los parlamentarios. Después regreso a la imagen del Emérito. Este país arrastra la sombra de un viejo rey manirroto y follador al que todas las noches se le presenta el fantasma de un elefante muerto con un disparo entre ceja y ceja, quizá será Ganesha, el hijo del dios Shiva, reclamando su venganza. Ay.

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