Encarna Lago, gestionando desde la brecha

La gerente de la Rede Museística Provincial de Lugo nos habla de autoridad compartida, de inclusión y de cambiar el relato incorporando las micromiradas y los microrelatos para visibilizar nuevos espacios de transformación social.

Recomendados

Elena Plaza
Elena Plaza
Es periodista, formadora en cuestiones de género, contadora de historias y enredada entre ruralidades.

Encarna Lago González tiene cuerda para rato. Pero no es una cuerda cualquiera, no se trata de un discurso vacío. Lo que pasa es que las ideas, el discurso, se le agolpa en la boca y en la mente. La desborda. Son muchos años para contar todos los proyectos, el gran remodelaje que supuso la creación por la Diputación de Lugo de la Rede Museística Provincial de Lugo que apostó por trabajar desde la raíz, desde la garrocha, poniendo a las personas en el centro, trabajando Territorio-Patrimonio-Comunidad. No en vano esta mujer con remango es la gerente de esta especie de red de redes que ha revalorizado los cuatro museos que representan las identidades de la provincia lucense: la capital con el Museo Provincial en la capital, la mariña con el Museo Provincial do Mar, el interior con el Pazo de Tor y el Museo Fortaleza de San Paio de Narla.

Hija de emigrantes a Barcelona (su madre es de Fonsagrada y su padre das Nogais, se asientan en Pedrafita do Cebreiro a su vuelta), hizo un triple viaje: el que la lleva de Cataluña a Lugo, para desandar el camino y estudiar en la ciudad catalana y devolverla, finalmente, a la provincia gallega.

Su último proyecto, ‘SoTERRAdas: a vida tralos mantelos, da fortaleza ao pazo’, saca a la luz los espacios habitados por las criadas, bajo la tierra, en los subterráneos del Pazo de Tor. Dice que normalmente los museos nos cuentan de los espacios de poder, y que ya es hora de hablar de las invisibilizadas.

Mi whatsApp salta cada poco con mensajes y fotos que me envía Encarna desde que hablamos por primera vez durante las jornadas Nía en el noroccidente asturiano. Está emocionada con este nuevo trabajo, con los descubrimientos que han ido encontrando mientras le daban forma, como las pinturas en la pared de una niña que, con 9 años, la pusieron a servir. Los dibujos son auténticos trabajos etnográficos de la época. Hoy en día esta mujer vive y a ella le han dedicado una habitación, soterrada en la historia, como la de tantas otras.

Encarna ha tenido contacto en su vida laboral con aquellas otras personas que no figuran en la visibilidad. Comenzó trabajando en un psiquiátrico, donde afirma que le marcó “lo social”. Trabajó como responsable de Educación en el Museo de Lugo, del que luego sería gerente. De esa relación con lo social viene motivada la donación del Pazo de Tor como herencia por una señora a la Diputación, y el Provincial do Mar, hasta entonces gestionado por la asociación de vecinos Cruz da Venta que la conocían. Y así nace, a grandes rasgos, la Rede Museística Provincial de Lugo.

La gallega le ha imprimido un carácter social a esta red con un modelo como educadora e interesándose por el discurso: “Ya desde el primer momento éramos referente por nuestro modelo educativo diferente, no era la típica visita guiada”. Como dice, parece que los artistas tienen que estar muertos o venir de una comunidad financiera para estar en un museo, “y yo lo que hago es entrar en contacto con los artistas”.

La gerente de la Rede Museística de Lugo en el auditorio de la Casa de Cultura de Tapia, durante las jornadas Nía. Foto: David Aguilar Sánchez.

Su mirada hacia lo social le hace trabajar, a ella y su equipo, por una red de museos accesible desde un punto de vista físico, cognitivo y vivencial. Así colocaron, cuenta como anécdota, en colaboración con lo que ahora es COGAMI (la Federación de Personas con Discapacidad), una rampa de acceso al museo de Lugo, con nocturnidad y alevosía, ya que ni Xunta ni Diputación se ponían de acuerdo entre ellos por ser un edificio protegido. Cinco años estuvo la rampa provisional hasta que se acondicionó de manera oficial. El afán educativo e inclusivo también la ha llevado a trabajar con colectivos en riesgo de exclusión social de toda índole, como ir a la cárcel, o crear un puesto de trabajo para una persona invidente y aportar esa otra mirada al recorrido de uno de los museos.

La sostenibilidad económica del proyecto marcaba y “eso hizo que en vez de quejarme, vimos oportunidades para generar alianzas con museos más grandes nacionales e internacionales”, como el Thyssen o el de León. “La excusa no es el presupuesto, sino los valores. La cultura no es gratuita y hay que aprender a gestionar desde la brecha. Como gestora me interesa que la gente no vea tanto colecciones como el testimonio humano porque siempre hay un vínculo  humano, no hay que cosificar”, defiende.

Los proyectos que llevan a cabo perduran en el tiempo: se analizan y se trata de mejorar. Se busca que tengan un calado a largo plazo. “Una institución no se cambia porque hagas actividades, sino cambiando el discurso, incorporando micronarraciones y micromiradas y que la gente se plantee que son realidades que están ahí”, señala, porque el discurso gira en torno a la etnia, la clase, el género y la discapacidad; “el feminismo de Nancy Fraser es en el que nos basamos”. También está la apuesta por la proximidad, por el kilómetro 0, por poner en valor la industria, en un sentido amplio, de la provincia.

Para Encarna los museos son “espacios de transformación, pueden ayudar a cambiar la vida de las personas, no son un photocall”. Habla de derechos humanos, del derecho al acceso a la cultura, que hay que entender la raíz, la identidad, ver al museo como un medio de comunicación. “Las instituciones somos personas y los cambios cuestan, pero hay que hacerlos. No son de un día para otro y supone diluir egos. Hay quien puede creer que juegas a la política, pero si ahora suprimiéramos los programas de colaboración con los diferentes colectivos, estos se enfadarían”.

Se muestra crítica con lo que denomina “trabajos de cosmética”, aquellos que se hacen para aparentar. Ella busca el poso del aprendizaje para que acabe siendo inclusivo y llegar a otro paso, que supone la igualdad.

“La ética es un valor individual y la técnica no depende de una carrera universitaria. Cuando me hago cargo del museo yo no estaba preparada e hicimos un plan de formación que sigue abierto, y analizamos los puestos de trabajo”. Cuenta que no contaban con las nuevas tecnologías y en el año 2000 soñaba con el museo virtual: “somos uno de los primeros museos de Galicia en tener página web y redes sociales. No es la importancia de ser las primeras, sino el porqué: la herramienta para conectar con la gente, cómo desde lo propio nuestra comunidad es más grande. Y según nos formamos nosotros, lo abrimos a más gente”.

En esta apertura del museo invitan a la comunidad científica, la infantil, la sénior… “La científica pone excusas para cambiar el relato. Esto no es hacer una exposición un día, sino cambiar la forma de entender y ver el museo”. Hace la similitud de hacer una autopsia a un muerto, de crear minifundios de documentación que se guarda en cajones y que no llega, y cuesta poner a las personas en el centro: la clave de la Museología Social. “Ven cosas, no personas, y yo trato de cambiar esa mirada, mirar con la mirada que apuesta por las otras, los otros, les otres”, describe.

Encarna sostiene un mantelo, prenda de la indumentaria tradicional femenina gallega. Foto: David Aguilar Sánchez.

Habla de la “autoridad compartida” como modelo de gobernanza, no como dejación, sino como elemento enriquecedor “porque el poder te absorbe y necesitamos escuchar a las personas, necesitamos tejer redes constantemente”.

En ese cambiar el relato apuesta por acabar con los monólogos para contribuir a un museo crítico. Entiende este espacio como multicanal, multiterritorial, donde se recuperan historias no contadas con la dignidad de los y las informantes. Lo entiende como la banda de jazz, donde cada cual aporta lo mejor que sabe, “pero el mundo está preparado para una orquesta sinfónica, donde todo el mundo toca la misma partitura”.

Para Encarna Lago el museo regenera, crea territorio, forma parte de la innovación social para dar alas a las personas, lo que “nos da derechos. Por ejemplo, en una provincia eminentemente rural como la nuestra, hemos trabajado por el derecho a la cultura. Es un trabajo donde recolectas después de mucho sembrar. Como conseguir hacer accesible la muralla de Lugo con la instalación de un ascensor, eso es innovación territorial en una provincia con un gran envejecimiento de la población”. Con su humor característico que trasluce la crítica, señala que “no hay que confundir el rigor científico con el rigor mortis.

“La diferencia entre una soñadora y una gestora es tener un plan”. Y en él lleva trabajando 23 años.

Actualidad

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí