Y el resto es silencio

Solo desde la indigencia intelectual y la miseria moral se puede tratar de sacar provecho político  de un crimen como el de Olivia.

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Silvia Cosio
Silvia Cosio
Fundadora de Suburbia Ediciones. Creadora del podcast Punto Ciego.

La primera reacción ante un acto tan brutal como el del asesinato de la niña Olivia a manos de su madre es el silencio, un silencio pesado, pegajoso. Luego te inunda la pena y la indignación y por último la necesidad de encontrar respuestas. Que una madre asesine a su hija contradice todas las certezas que creemos tener, nos golpea en el estómago, nos resulta repulsivo. No hay explicación que nos pueda convencer ni consolar. Es el mal absoluto, queremos que esa persona sea castigada, apartada del resto, queremos señalarla y que sienta la vergüenza y el horror de lo que ha hecho. Queremos que lo pague y en nuestro afán de venganza nos convertimos en masa, en turba, en un ser sin cabeza ni nombre ni razón,  solo pura rabia y dolor.

Es muy difícil mantener la cabeza fría cuando nos golpea, aunque sea de refilón, un asesinato, sobre todo cuando la víctima es un niño o una niña. Pero como sociedad estamos obligados a mantener la cabeza fría. Nos toca tomar aire, pensar antes de hablar, no dejarse llevar, intentar aislarse del ruido de la prensa que aprovecha el tirón mediático para ganar clicks, y sobre todo poner sordina al griterío de quienes encuentran en un hecho tan terrible y casi inconcebible la oportunidad de oro para sacar provecho personal y político.

“Nos toca tomar aire, pensar antes de hablar, no dejarse llevar, intentar aislarse del ruido de la prensa que aprovecha el tirón mediático para ganar clicks”

En este juego de suma cero al que nos tienen acostumbradas las nuevas derechas un crimen como el de Olivia siempre lo van a acabar usando para tratar de enredar y así imponer su  agenda política e  invalidar la violencia de género y la violencia machista, y de paso  también echar más combustible a su cacería perpetua contra la Ministra Montero.

Pero es precisamente en estos momentos cuando tenemos que hacer todo lo posible para no vernos arrastrados por la corriente reaccionaria. Porque el machismo y el patriarcado son un constructo social del que participamos todos y todas de una manera u otra y que siempre aprovecha cualquier resquicio para hacerse fuerte. Reconocer la violencia de género, luchar contra ella y proteger a las mujeres nunca ha implicado negar que las mujeres también podamos ser victimarias.

Que las mujeres, cis y trans, al igual que la infancia, estemos sometidas a un nivel específico de violencia, violencia que tiene su origen en nuestra propia condición y que, por tanto, las autoridades estén obligadas a reconocerla para así poder implementar medidas especiales que garanticen nuestra seguridad y nuestras vidas, no es contradictorio con la evidencia de que nosotras también seamos capaces de ejercer violencia, de que podamos ser fuente de dolor y abuso. El feminismo nunca ha negado el impacto ni las consecuencias terribles de la violencia que pueden ejercer algunas mujeres contra otras mujeres, hombres o contra la infancia.

Solo desde la indigencia intelectual y la miseria moral se puede tratar de sacar provecho político  de un crimen como el de Olivia y usarlo, además, para negar la existencia de la violencia de género y así invisibilizar sus consecuencias. Pero los datos son tozudos y en los últimos veinte años más de mil mujeres han sido asesinadas por su condición de mujer y en nueve años 47 niños y niñas han muerto a manos de su padres. El asesinato de la niña Olivia a manos de su madre debería abrirnos los ojos sobre lo vulnerable y desprotegida que está la infancia todavía en España y abrir el debate del arraigo de la mentalidad patriarcal, de la que muchas mujeres todavía no nos hemos liberado, que entiende que los hijos y las hijas son propiedad de los padres y las madres. Una mentalidad de la que también participan las instituciones y la Justicia que convierten las batallas judiciales por las custodias en auténticas odiseas e infiernos burocráticos en los que el interés del menor no se suele tener en cuenta. Como también deberíamos estar hablando de salud mental y de la condena por malos tratos a su pareja, sin que nada de esto le reste el menor ápice de responsabilidad a la asesina.

Una foto familiar

No me siento cómoda con el término “violencia vicaria”, esa violencia que los maltratadores ejercen sobre sus hijos e hijas para castigar a sus parejas, no porque no me parezca violencia de género, que lo es, sino porque el término “vicario” implica una concepción subordinada de los hijos y de las hijas. Y esta subordinación de las necesidades y las vidas de la infancia está en el origen del asesinato de Olivia.

Es hora de poner las necesidades de la infancia en el centro, y aceptar las violencias sistémicas de las que son objeto. Al hacerlo estaremos contribuyendo a seguir construyendo una sociedad no solo más igualitaria, sino también mucho más vivible y agradable. Para ello es indispensable que no nos dejemos arrastrar por el griterío y los intereses de aquellos que solo buscan mantener sus privilegios y prejuicios intactos. Y el resto es solo silencio y dolor.

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