“La reconversión industrial fueron ocurrencias, improvisaciones y paternalismo”

Alberto Rubio, secretario general de CCOO entre 1996 y 2005, repasa una vida ligada a la política y el sindicalismo.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

Los curas redentoristas del colegio de Astorga al que lo enviaron a estudiar de niño llamaron un día, preocupados, a los padres de Alberto Rubio (Pola de Laviana, 1953): el chaval debía de tener algún problema de visión, porque pintaba los ríos negros, en lugar de azules. Explicó entonces el progenitor a los curas que su hijo veía perfectamente: el problema era que no había conocido ríos de otro color. El que sería secretario general de Comisiones Obreras de Asturias entre 1996 y 2005 se crio entre castilletes y campanadas a muerto, en una sociedad de cuyo abanico la hulla, su extracción, era el clavo. Nos cita Rubio en una cafetería de La Pola donde charlaremos de aquella infancia, de aquel paisaje de barriadas y escombreras; y, después, de su larga trayectoria sindical vinculada a Comisiones Obreras, sindicato del que siempre reivindicó el carácter sociopolítico y en el que fue una voz pertinazmente crítica, alzada contra las decisiones de tres sucesivos secretarios generales —Gutiérrez, Fidalgo, Toxo— de los que bromea que debían de tener su retrato colgado en casa, y usarlo para practicar el tiro con arco. De Sordo habla bien, aunque no es optimista con respecto a un momento en el que el sindicalismo tiene pendiente una reconversión profunda, que lo adapte a un mundo del trabajo atomizado, precarizado, profundamente distinto del fordista, pero no logra abordarla.

Alberto: naces en 1953. ¿Aquí, en La Pola? ¿O en algún pueblo del concejo?

Aquí, aquí.

Familia minera.

Mi padre, mi abuelo… Vivíamos en la barriada Fontoria. Me crie con mis abuelos. Mi padre, de aquella, trabajaba en el Pozo Carrio; y mi abuelo, en la serrería que había al lado, y que no sé si entonces se llamaba Pozo Barredos. De bien guajín, marcho para el colegio de los redentoristas en Astorga. Ya sabes cómo era aquello: venían los curas y te quitaban una boca de comer. El colegio está al final de Astorga, en un sitio en el que después descubrieron una cosa romana.

Foto: David Aguilar Sánchez

Lo conozco. Ahora es un hotel.

¿Es un hotel, ahora? Hostia. Yo tuve curiosidad por ir cuando fui a la mili, y recuerdo entrar y parecerme que los techos eran muy bajos. Estuve allí hasta los catorce o quince años y luego volví a Laviana y me incorporé al instituto, donde tuve que repetir lo que era quinto, porque los estudios eclesiásticos aquellos se tenían que homologar.

¿Cómo era aquella cuenca minera; aquellas comarcas en las que todo giraba en torno a la mina? Había aquella canción: «Los mineros del Fondón,/ todos lleven boína,/ con un letreru que diz:/ “Todo sale de la mina”».

Pues imagínate que, en aquel colegio de curas en el que yo estaba, yo pintaba los ríos negros, y un día llamaron a mi padre diciendo que tenía que llevarme a un médico o algo, porque debía de tener algún problema. Mi padre les explicó que el problema que yo tenía era que no había conocido los ríos azules. Los ríos de la cuenca bajaban negros. ¿Laviana? Pues un sitio de escombreras, de barriadas… Sama, que era un poco la ciudad burguesa, estaba menos contaminada, pero el resto del Nalón era mina, mina, mina; aunque es cierto que en la zona alta todavía se daba mucho el minero-ganadero. Cuando había grandes broncas, huelgas, etcétera, los inmigrantes de Andalucía, Galicia, León, etcétera, que había de aquella las pasaban putas, pero el que todavía tenía una pata en el pueblo y tenía su vaca, su gochu, su huerta, lo soportaba mejor. Recuerdo también mucha vida en la calle; algo muy parecido, diría yo, a lo que ahora son los barrios de inmigrantes de cualquier sitio: la tienda que te presta, el economato…

Mucha precariedad pero un fuerte sentido de comunidad, ¿no es así?

Exactamente. Mucha integración, mucha unión. Muchos muertos, también; aquellas campanadas de «se mató alguien en la mina». Y mucha bronca. Cuando las huelgas del sesenta y dos, yo era un criín, pero me acuerdo de las hostias delante de las iglesias, o de la policía entrando por las casas a buscar a la gente, que es algo que todavía pasó en León hace pocos años. Ese tipo de cosas formaban parte de la normalidad. La normalidad era que hubiese muertos, follones y palos. Por allí andaban también los famosos curas progresistas, que habían aparecido con una orientación diferente al cura tradicional de siempre, que venía a castigarte con el Infierno. Aquí hubo un par de ellos: en Barredos, creo que también en El Condao… Gente que ofrecía la iglesia y la misa para que la gente reivindicara sus cosas.

¿Tu familia estaba politizada?

No, para nada. Mi abuelo era vigilante general, cuando las minas privadas, y era un capo: tenía uno de esos bancos con tu nombre en la iglesia. La familia de mi abuela sí lo había estado algo: ella tuvo un hermano fugáu. Pero debido a eso, a ella hablarle de política era mentarle la bicha. Así que yo no mamé eso en mi casa; todo lo contrario: recuerdo broncas de mi padre por verme leer tal o cual revista. «¡Vas a hundirnos!», ese tipo de cosas. Todavía en los ochenta, en un momento dado en el que, para acabar con una huelga general que habíamos convocado, al delegado del Gobierno de aquella, no recuerdo quién era, no se le ocurrió otra cosa que mandar que detuvieran a los secretarios generales de cada sitio, cosa que para nosotros fue el descojone, y la radio empezó a zumbar con aquello, recuerdo a mi abuela diciéndome: «¡Ay, nenu, salte de estos rollos, ya te dije que…!».

Alberto Rubio. Foto: David Aguilar Sánchez.

¿Eran más bien de derechas?

Yo no diría ni que fuesen de derechas. Eran simplemente gente criada de otra manera, atemorizada. Yo me politizo por…, no sé como decirte, un gen. Igual que cuando aparece alguna desgracia por la tele hay gente que se conmueve y gente a la que no le dice nada. Pues tú, de guaje, estás en el instituto, están los mineros en huelga y tú estás montando un comité de solidaridad, haciendo pintadas… Tienes esa disposición.

De niño, ¿tenías claro que estabas abocado a ser minero?

No, no, para nada. Para nada. De hecho, pudiendo haber librado la mili, la hice entera, porque mi aspiración era hacer otra cosa. Empecé muchas cosas: graduado social, etcétera. Lo que pasa es que me incorporo rápidamente a la vida político-sindical. Cuando entro en la mina, ya estoy militando en Comisiones Obreras, y más tarde me incorporo a la ORT.

¿Cómo se produce tu entrada en esas dos organizaciones?

Entrar en Comisiones Obreras, de aquella, era pagar la cuota aquella del movimiento internacional y poco más. Había comisiones obreras por todos lados y aquello era un movimiento sociopolítico que casi no era ni clandestino, sino que está admitido por el Vertical. Se hacían asambleas, por ejemplo en La Collaona, y te decían, tú eras un guaje de dieciocho o diecinueve años: «Estate en el puente de Barredos con la revista La Codorniz». Tú te plantabas allí y de repente llegaba un coche, paraba a tu lado y te metías con tres fulanos a los que no conocías de nada y que bien podían ser de la policía y follarte. A mí nunca me ocurrió; siempre acabé en el sitio donde había que acabar. Más tarde es cuando se celebra la asamblea aquella en Barcelona y se decide la afiliación; formalizarse como sindicato. Mi juventud, en aquellos momentos, me decía que no; que aquello era un movimiento sociopolítico y asambleario; y convertirlo en un sindicato, una traición y la madre que lo parió. En ese momento es cuando aparece en mi vida la ORT. Yo había empezado a trabajar en el Pozo Samuño, y conocía a gente que estaba en ese ámbito. Permanecí allí hasta que montaron el famoso Sindicato Unitario.

Háblame de esa militancia.

Teníamos una asociación que se llamaba El Raitán y que pertenecía a Amigos de la Naturaleza: una manera de poder reunirte sin que viniera alguien a tocar los huevos.

En la línea de la Sociedad Cultural Gijonesa, Amigos de Mieres, etcétera, ¿no?

Sí: el entrismo aquel. Una pantalla cultural para poder reunirte. Pues bueno, había un local en Barredos; la ORT igual tenía doscientos militantes. Recuerdo una huelga en la que hubo encierros en las iglesias, entre ellas la de Barredos, y otro en el Pozo Carrio. El único que había tenido efectividad había sido el de Carrio, y decidimos decir a los que estaban por las iglesias que vinieran para el Pozo Carrio. Esa asamblea la controlaba la ORT; éramos todos guajes. Y la asamblea me nombró a mí como el encargado de ir a las iglesias a decirle a la gente que saliera; que había gente pasándolo mal en la mina, sin comer, y que lo concentráramos todo en Carrio. Me encontré desde iglesias en las que me dijeron que la gente estaba durmiendo y no podía hacer la asamblea hasta otras en las que dejaron a decir que yo era un infiltrado de la policía o cosas así, y otra en la que salió Manuel Nevado Madrid, a quien conocí así, a ponerme a caldo, pero luego vino a decirme: «Chaval, tienes un par de cojones: tú puedes ser un buen sindicalista». Nunca me apeteció más pegarle una patada en los cojones a nadie (risas).

El Sindicato Unitario lo monta gente de la ORT que se sale de Comisiones, ¿no?

Sí. Aquel mismo día, yo dejé la ORT. Fui al Pozo Samuño y me afilié a Comisiones. De aquella te daban unos carnés con una mano rompiendo una cadena, haciendo el signo de la victoria; no sé si había que poner veinticinco pelas. Empecé a trabajar en una comisión obrera. Previamente, yo había estado en otra controlada por la ORT, pero no nos conocíamos. Aparecían pasquines por la mañana y nos preguntábamos quién los había tirado, y ellos lo mismo, hasta que los del PCE se dieron cuenta de que éramos nosotros y nos putearon un pelín. Las cosas funcionaban un poco así; siguen funcionando así en la izquierda, desgraciadamente.

Empiezas a trabajar en 1972 en el Pozo Samuño, más tarde pasas al Carrio, más tarde a los economatos de Hunosa. ¿Cómo es esa experiencia laboral; cuáles son tus tareas?

Estuve de ayudante minero y luego en el economato, pero bueno, a trompicones. En Samuño estuve once años y, de esos once, igual estuve tres en huelga, uno entero castigado… Trabajar, trabajé poco. En el Carrio ya empiezas a gastar las vacaciones para hacer historias y luego es cuando aparece el tema de las horas sindicales. Yo, antes de entrar en cargos ejecutivos en Comisiones Obreras, formé parte de un colectivo que tuvo un éxito tremendo en las cuencas y fuera de ellos, que se llamaba Colectivo de Mutualismo Laboral. Nos dedicábamos a arreglar pensiones y a prestar asesoramiento en Sama y en locales de Comisiones. Acabamos consiguiendo extenderlo al conjunto del sindicato, y yo lo recuerdo como la mejor vivencia que tuve, porque era como muy limpio, entendiendo limpio desde el punto de vista de que no estaba contaminado de otra cosa que no fuera convertir reivindicaciones de la gente en cosas reales. Volviendo a tu pregunta sobre mis vivencias laborales, yo nunca tuve vocación de minero, no me gustaba para nada. Lo del economato aparece cuando hacen una especie de oposición, me presento —ya estaba liberado de aquella— y saco una plaza en la que estuve intermitentemente años. Luego, seguía cobrando de la empresa, pero ya no volví a trabajar.

Tus responsabilidades sindicales en Comisiones Obreras empiezan en 1981, cuando te haces cargo del secretariado de Relaciones Institucionales e Internacionales de CCOO de Asturias. ¿Cuáles eran esas relaciones; en qué consistía el cargo?

Eran los albores de nuestro contacto con la democracia: los gobiernos, los ayuntamientos… Lo de las relaciones institucionales consistía en ir abriendo caminos y rompiendo puertas. Yo ya las había empezado a romper con aquello que te contaba del mutualismo laboral. Ibas con un montón de casos al Instituto Nacional de Previsión, hablabas con el delegado, te decían que tenías que hacer cola, que qué nos creíamos, y a lo mejor acababas saltando por encima de una ventana. Ahora eso ya no lo podías hacer, pero seguía tratándose de que Comisiones Obreras fuera haciéndose un nombre. El respeto ya nos lo habíamos ganado, no solo por la fama que teníamos de ser muy combativos, sino porque éramos serios. Si llegábamos a acuerdos, respetábamos los acuerdos; y si no, pues la montábamos. Ahora se trataba de consolidar eso. En cuanto a las relaciones internacionales, consistían en tomar contacto con sindicatos que tenían una afinidad con nosotros. La Conferencia Sindical de Comisiones Obreras, con Marcelino Camacho de secretario general, lo que buscaba era regiones de Europa que se asemejaran en alguna cosa. Nosotros hablábamos con la Lorena, donde hay mucha mina; con los Abruzzos, con los que no sé por qué estuvimos, porque ni había mina ni hostias en vinagre; con la gente de Southampton, con otros de Portugal… Buscábamos subvenciones para hacer encuentros, íbamos, venían… Aquello fue el embrión de cosas muy importantes que se hicieron posteriormente en Asturias, y que, siendo secretario general, yo desarrollé incluso con países del continente americano. Recuerdo viajes allí que te quitaban las ganas de reivindicar nada aquí: «¿De qué me voy a quejar yo, viviendo como vive esta gente?». Bueno, eso en quince días se te quitaba. Fíjate: me estoy acordando de que, en aquel momento, era cuando lo de Lech Wałęsa, y vino aquí un fulano.

¿Un militante de Solidarność?

Sí, sí. Era Triqui secretario general, y vino la tele. El fulano se llamaba Kowalewski, y nos dijeron que querían unas imágenes con él. Pues nada: nos bajamos los tres, el secretario general, el de relaciones internacionales y Kowalewski, y en esto la tele nos dice que lo que quiere es que vayamos detrás, como si fuéramos gente (risas).

Salir de extras.

Sí, sí (risas).

¿Qué tal era esa relación entre un sindicato más o menos vinculado al Partido Comunista de España y una organización anticomunista que luchaba por hacer caer uno de los regímenes socialistas de Europa del Este, pero que no dejaba de ser otro sindicato, nacido en los astilleros de Gdansk? Revisando ejemplares de Mundo Obrero de aquella época, hace años, recuerdo sorprenderme de encontrar artículos mostrando simpatía hacia Wałęsa y Solidaridad.

Mira, en el mundo sindical y en el político hay muchas veces en que te lleva la ola. Te encuentras nadando en una ola que no te gusta, pero en la que navegas, porque sabes que, si te sales de ella, te quedas absolutamente fuera de cualquier tipo de control de la ola. Si estás dentro de la ola, sabes que no le vas a cambiar el ritmo, pero que al menos vas a enterarte de qué va. El tema de Solidaridad, igual que otros posteriores de la minería de los que se podría hablar, tenía que ver con eso. El PCE, Comisiones, tenían una línea de «tenemos que ser creíbles» que casi acababa consintiendo en pedir perdón. Había que demostrar de alguna manera que nosotros no éramos tal y cual. Lo ves también ahora con el tema de Putin y Ucrania. Si tú y yo nos ponemos a hablar de ello, seguramente tengamos una conversación bastante diferente a la que hay en los chigres: pondremos sobre la mesa los claros y los oscuros que hay en los dos sitios; nos saldremos del blanco o negro. Pero fuera de esa conversación, tienes que elegir. Con Solidaridad pasaba eso. Era negro o blanco igual que ahora lo de Rusia es negro o blanco y no puedes poner pegas y, dependiendo del sitio, no puedes decir que ojo con los movimientos de ultraderecha de Ucrania, u ojo con la oligarquía rusa. Tienes que elegir y eliges. En aquel momento se eligió decir: mire, esto es un movimiento sindical, y sí, está controlado por la Iglesia en muchos aspectos; y sí, tiene un sentimiento anticomunista clarísimo; y sí, tiene una vía de apuesta por lo que pasó posteriormente en todos países, pero… Tú podías tener el sentimiento íntimo de «cago en Dios, ¿qué pasa aquí?», pero la elección era esa. Pues bueno, lo de las relaciones internacionales iba de todo esto. También fue el embrión de algo que desde mi punto de vista no sirve para mucho, que es el CES, la Conferencia Europea de Sindicatos. Fundamentalmente, se trataba de conjugar vivencias. Con la superestructura, reuniones en Bruselas, se entendía Comisiones Obreras Confederal; lo nuestro era buscar las relaciones por abajo. Hablabas con la gente de la CGT, que era un sindicato muy de base, muy como nosotros; con la CGIL, que era todo lo contrario, muy de superestructura… Los sindicatos alemanes, en cambio, no querían saber nada de nosotros.

Alberto Rubio. Foto: David Aguilar Sánchez.

¿Por qué?

Eran los tiempos de la socialdemocracia potente, y trataban mucho más con la UGT o incluso con USO que con nosotros, que teníamos esa fama de ser el sindicato del PCE.

En aquellos años se produce en Comisiones, primero como corriente interna, la escisión que acaba convirtiéndose en la Corriente Sindical d’Izquierda. ¿Cómo lo vives, cómo lo vivís?

Se vivió muy mal. Pasó lo que pasa siempre en estos casos: se generan un montón de desencuentros de los que unos son de carácter real y otros no tanto, sino más buscados. Una vez se produce una separación, ambos aparatos se meten en una dinámica de «como me puteas, te puteo». La historia de la izquierda, en fin. Se vive mal, y yo lo vivo peor, sin entender muy bien lo que pasaba. Yo siempre me presenté a todo lo que me presenté, no ya con el programa de la Corriente Sindical de Izquierda, sino defendiendo ese sindicato asambleario sociopolítico que a mí me parece que se lo empezó a cargar Antonio Gutiérrez, se lo cargó definitivamente Fidalgo, y lo remató el gallego. Nosotros imprimimos siempre una manera diferente de ver el sindicato que nos creaba muchos conflictos a nivel personal, pero no buscando nunca los desencuentros, sino solamente los encuentros, manteniendo la comunicación con la otra parte.

¿Transformar el sindicato sin salirse de él?

Exactamente. Pero aquí había otro sentimiento. Yo mantengo buena relación con Morala, y la mantengo con Cándido. Cándido estuvo conmigo en la mili, donde yo era cabo primero. Nada más que lo veo, lo conozco; los asturianos cuidábamos de los asturianos. Un día, Cándido… Qué hijo de puta (risas). Un día, había que hacer no sé qué servicio, y el cabrón de él fue, pidió una cerveza y unos cacahuetes, se puso en medio del cuartel a beberla y a comérselos mientras todo dios estaba haciendo algo y, cuando el primer mando que llegó por allí le preguntó qué hacía, le dijo que lo había autorizado yo. Todavía es el día de hoy que me toca los cojones cada vez que me ve: «¿Te acuerdas de la que te armé?» (risas). Pues bueno, mantengo buena relación con ellos. Pero creo que se envolvieron en un bucle permanente del que no salía hacia fuera ninguna idea que no fuese que, si estos dicen «so», nosotros decimos «arre». De hecho, estamos hablando de cuarenta años y la Corriente sigue siendo lo que era en aquel momento. Ni evolucionaron, ni dejaron de evolucionar; son una cosa que está fundamentalmente en Gijón. Tuvo en su momento alguna vinculación con la minería, algún delegado y tal, pero nunca fue a ningún lado y, de hecho, una parte importante de la gente con la que empezaron fue regresando a Comisiones Obreras. Mira, te cuento una cosa que tiene que ver con esto de la Corriente Sindical d’Izquierda.

Alberto Rubio. Foto. David Aguilar Sánchez

A ver.

El sector crítico de Comisiones Obreras gana, ganamos, en Asturias el congreso en 1996. Hasta ese momento, los últimos Primeros de Mayo habían venido languideciendo hasta el punto de que la Unión General de Trabajadores había llegado a plantear a Comisiones Obreras que la manifestación se convirtiera en una especie de fiesta, con una mínima manifestación, dado el poco éxito que había. Nosotros, ese sector crítico, y yo como secretario general, nos propusimos, después de esa victoria, recuperar el Primero de Mayo a partir de lo que nosotros entendíamos que era la unidad de acción, y lo conseguimos. Conseguimos que todo el movimiento sindical y obrero de Asturias hiciera un Primero de Mayo unitario. Pero unos años después, se descolgó la Corriente Sindical d’Izquierda. Querían mantener su feudo y hacer la manifestación siempre en Gijón.

De 1984 a 1996, eres secretario de la Unión Comarcal del Nalón.

Estaba en el secretariado. Tenía mis desencuentros, ya en aquel momento, con el compañero Triqui, que murió hace cuatro o cinco años. Y en esto, apareció una oportunidad para él que al mismo tiempo era una oportunidad para mí. Se ganan las elecciones sindicales en Hunosa y a él, que era el secretario general de la Unión Comarcal del Nalón, se lo llevan para Hunosa. Ese puesto queda libre, me lo vienen a proponer los de Hunosa, y el propio Triqui me dice: «Tú aquí estás desaprovechado», estas cosas que se dicen. Pactamos mi dimisión y me vine para el Nalón. Y sí, hasta el noventa y seis. Pasé casi toda mi vida sindical en esta cuenca.

Mantienes durante años una suerte de pulso con Laudelino Campelo, el hombre del SOMA.

No nos llevábamos demasiado mal; lo que pasaba era que él tenía ideas muy conectadas con ese sindicalismo que no tenía nada que ver con lo que nosotros pensábamos; un sindicalismo sin nada que ver con la base, sino consistente en buscar una subvención del Ayuntamiento, en que en La Matona se haga un campo de golf… Estas cosas de ellos, ¿no? De hecho, a Laudelino alguna vez le dije: macho, estáis bordeando la ilegalidad, os van a pillar en algo. De hecho, tiempo después, los pillaron. Nosotros éramos una estructura sindical horizontal, y ellos eran una estructura vertical. Estaban a las órdenes del SOMA-UGT; y nosotros, por utilizar esos términos, no estábamos a las órdenes de la minería; ni siquiera de la Unión Regional. Comisiones Obreras tiene compromisos internos organizativos basados en una democracia participativa potentísima. Había organismos de dirección fuertes, y Alberto Rubio, secretario de la Unión Comarcal del Nalón, era una figura importante; pero no lo era yo, sino que lo era el de Comisiones, porque controlábamos el resto de los sectores que no eran la minería. A mí me tocó hacer once huelgas generales, y muchas de ellas se convocaron en contra de la minería; de los pactos que se estaban firmando con la minería, e incluso de la propia Unión Regional, que no se atrevía a echar un pulso a los sindicatos mineros. Nos tocó, desgraciadamente, echar muchos pulsos de ese tipo, y evidentemente, en esos pulsos estaba Campelo. En lo que tenía que ver con reindustrialización, con reivindicaciones fuera del marco de la minería, generalmente no teníamos problema (bueno, Duro Felguera), pero ellos, normalmente, no entraban a hablar de ningún sector que no fuera la minería. Nosotros sí. Yo me creía a pies juntillas eso de lo sociopolítico, y lo practicaba. Y eso nos generaba problemas con Campelo, con Pedro Castillejo posteriormente… El SOMA decidía no sé qué y automáticamente había que convocar una huelga. Era como: «¿De qué vas, tío?». O: «Sí, tío, pero así no». Éramos estructuras absolutamente diferentes, no teníamos nada que ver. A Campelo lo había puesto el SOMA a dirigir la Unión Comarcal de UGT y tampoco a su secretario general de aquella en Asturias, Lito, le interesaba para nada tener estructuras territoriales potentes, ni quería conflictos con Villa.

Por Villa iba a preguntarte. Villa fue todopoderoso. ¿Cómo os afectaba en Comisiones ese todopoder, cómo lo percibíais? ¿Cómo era aquel sultanato corrupto que Villa llegó a detentar en las cuencas y en toda Asturias? ¿Sabíais ya de aquella corrupción, la veíais, era un secreto a voces?

Marcelino Camacho, en una fiesta de Perlora que organizaban los pensionistas, ya salió denunciando aspectos de corrupción. Se veía venir. La gente nuestra que estaba en el tema del Montepío tenía que estar viendo esas cosas.

Cuando se destapó todo el asunto de los millones de euros debajo del colchón, hubo quien se sorprendió en el sentido de que sabía que a Villa le gustaba demasiado el poder, pero no que le gustara demasiado el dinero.

Era lógico que la gente pensara eso. Villa era la persona más frugal, más espartana, que yo conocí nunca. Nosotros éramos más normales. A veces, por ejemplo, coincidíamos en Madrid para alguna reunión en el ministerio. Y nosotros llegábamos a Madrid y decíamos: oye, vamos a cenar al no sé qué. Pero él a lo mejor comía un poco de lechuga, y además veías que tenía al resto mirando para él; y si él comía lechuga, todo dios en su grupo comía lechuga. Aquel lugarteniente suyo, Postigo, sí era altanero, se le veía que aquello le gustaba, presumía de la casa y del piso y del coche. Pero Villa nunca fue así; no tenía esa cosa del nuevo rico. Y en ese sentido, a mí sí me sorprendió. Yo sabía de sus roces con la ilegalidad, los había visto durante años, y sabía de esa comunión institucional que hacía que el SOMA fuera superpoderoso económicamente, y lo del Montepío, desde luego, no olía bien. Pero lo de la pasta no lo daba el personaje. Un día descubres eso y además descubres lo idiota que fue, y te das cuenta de que igual no era tan inteligente como te pasaste años pensando.

“Con las grandes frases y las grandes cosas no llegas al paisano que tiene un problema inmediato”

¿Cómo fue la experiencia de verse desbordados por el SOMA, cuando la UGT apenas había estado presente en las movilizaciones contra la dictadura?

Fíjate, cuando hubo las primeras elecciones en Hunosa, yo presenté en Samuño al candidato de la UGT, igual que lo hicieron otros compañeros, diciendo: «Compañeros, quiero deciros que hay otro sindicato de clase que se llama UGT, y que este es el que se presenta». De aquella elegías veintisiete en Samuño, y sacamos nosotros veintiséis y ellos uno o algo así. Más tarde, hay un antes y un después cuando se presenta a la secretaría general de Hunosa Enemérito Álvarez Miranda, que luego fue concejal gobernando IU en Langreo. Fue por la época yo me fui a la Unión Comarcal del Nalón. Nosotros creíamos que íbamos a ganarlo todo, porque habíamos sido el sindicato del final de la dictadura, el de la Transición, el sindicato potente, el que tenía afiliados, el que hacía cosas, el que arreglaba, el que se relacionaba con la empresa, y el UGT, el SOMA, prácticamente no existía. Bueno, pues las perdimos. Nos sacaron un delegado.

¿Qué tal tu relación personal con Villa?

Cogí confianza con él a raíz de una hernia discal de la que me operaron; yo ya era secretario general de Asturias. Él me recomendaba al chino y al coreano que hacía no sé qué y no sé cuánto. La relación sindical venía de antes, obviamente. La primera comunicación que tuve con él fue por el tema del montepío, estando yo en la Unión Regional. Deciden presentarme a mí como vicepresidente y que renegocie unos estatutos, y lo hago, pero —supongo que la juventud tendría que ver— cuando yo decía una cosa, pasaban de mí y seguían a lo suyo. Llegó la hora de refrendar el asunto y Villa levantó la mano y dijo: «En nombre de UGT, me declaro de acuerdo con estos estatutos». Seguidamente, la levanté yo y dije: «En nombre de Comisiones, declaro que vamos a votar en contra». Y entonces conocí al Villa este que te viene muy dialogante y de muy buen rollo, «pero hombre, Alberto, no sé qué, no sé cuánto», y te putea por el otro lado. Luego te encontrabas con que, no sé, hasta Gabino de Lorenzo te hablaba en función de lo que Villa le había dicho por teléfono. Estando yo aquí, la asociación de comerciantes iba a tener una reunión con ellos para no sé qué y le preguntaban a Campelo cómo me tenían que tratar. Ese tipo de cosas. Pero bueno, la verdad es que, por lo general, a mí me la sudó bastante el SOMA-UGT. Pasé mucho de ellos. En el Nalón, nosotros teníamos nuestra propia identidad, nuestro propio discurso, nuestra propia manera de ver las cosas, y cuando pasé al nivel Asturias, igual. Recuerdo decirle a [Antonio González] Hevia, que era el compañero en la minería: «Mira, los trabajadores de la minería, entre el original y la fotocopia, siempre votan el original. Si haces un sindicalismo que es el mismo sindicalismo que hace el SOMA, no vas a rascar nada».

¿Había esa tentación de copiar el modelo SOMA?

Sí, sí, la hubo. Yo a Hevia, después, le tomaba el pelo con una cosa. Siendo yo secretario general, nos reuníamos Tini Areces, el consejero equis, [Eduardo] Donaire y yo y había fotos en las que cortaban a Donaire, porque él era el secretario general de la Unión Regional de UGT, pero el que tocaba los huevos era yo. A lo mejor veías ahí una mano cortada, y era la de Donaire. Pero cuando salían las fotos de la minería, con Villa y demás, la mano cortada que se veía era la de Hevia. Le decía: «Mira, esto es lo que hay, esto es lo que pinta cada uno».

En 1986, formas parte de la lista asturiana de la primera Izquierda Unida, con el Pole en cabeza. No sales elegido.

Me metieron ahí de relleno; me acuerdo de las fotos con Nebot: «ponte para acá, ponte para allá», tal. Yo de aquella tenía barba; parecía un delincuente o que tenía más pinta de haber venido del País Vasco que de estar por aquí (risas). Normalmente, estando en la ejecutiva de Comisiones Obreras y siendo militante del PCE, formabas parte del Comité Central de aquí de Asturias. Primero formé parte del comarcal. Aprendes la de dios. Lo bueno, lo malo, y lo regular. Si eres una persona esponjosa, aprendes, te nutres; y al lado de aquella gente, Horacio, Ángel León, etcétera, imagínate. Incluso desde el desacuerdo que podía tener con ellos, me aportaron muchísimas cosas. Pero mi militancia siempre fue muy sindical. Siempre pensé que lo importante era entender las prioridades y los momentos. Si tú me vienes a mí con un dolor de muelas y yo te empiezo a hablar del cáncer, no me vas a escuchar. Primero tengo que arreglarte el dolor de muelas y luego hablarte del cáncer. En política, muchas veces, estás permanentemente hablando del cáncer, del cáncer, del cáncer, y no llegas a la gente; no traspasas esa capa de grasa que son las prioridades de la gente; no la haces permeable a tu ideología. Con las grandes frases y las grandes cosas no llegas al paisano que tiene un problema inmediato. Y a mí esa manera de pensar me la daba más el sindicalismo que la política.

Foto: David Aguilar Sánchez

¿Consideras que el sindicalismo te pega más a la realidad?

Sí. Piensa que yo vengo de un colectivo en el que ibas con los paisanos a la Seguridad Social para que cobraran la pasta. No era como ahora, que te llega… De aquella, ibas con el paisano. Había cajas en la Institución Nacional de Previsión, en mutualidades, etcétera; y agarrabas al paisano y le decías: «Toma este papel, y vete ahí a que te paguen». Y el paisano agarraba a lo mejor cincuenta mil pesetas. Vienes de ahí, ¿no? Y te resulta muy fácil engarzar con las reivindicaciones de un tipo más normal. El despedido, la viuda… El sindicato tiene capacidad de solucionar estas cosas. Partes de ahí y, luego, si tú crees en el sindicalismo de clase, crees, evidentemente, también en la política, y crees que tu sindicato no es algo que esté solo para reclamar determinadas cosas, sino… No sé, por decirte algo: yo me reunía con la gente de sanidad y les decía «tíos, estáis confundidos en una cosa. Tu federación se tiene que ocupar, evidentemente, de las reivindicaciones que tienen los trabajadores de la federación, pero existe una cosa que se llama sanidad pública, y de esa sanidad pública no puedes ocuparte tú solo; tengo que ocuparme yo también, porque yo represento a otros sectores, y tengo una visión más amplia que la tuya».

No quedarse en las cuestiones gremiales.

Exactamente. Ese fue, yo creo, el principal desencuentro que yo tuve y sigo teniendo con mi sindicato: ver que se perdiera la parte sociopolítica. La sanidad pública, la educación pública…

La utopía.

Eso es. Fíjate, a mí me dicen Estado de las autonomías y digo: sí, claro, lo tengo clarísimo, pero mira, la seguridad social, la sanidad, las pensiones y la educación, yo lo centralizaría. Descentralizaría la gestión, pero no tendría diecisiete seguridades sociales. Lo vimos con la pandemia hace cuatro días. ¿España federal? España federal, por supuesto, pero haciendo leyes para todos. Bastantes fronteras tenemos por otros lados como para ponernos muchas más.

1990. Gerardo Iglesias contra Gaspar Llamazares; hay una tumultuosa asamblea en la Universidad Laboral de Gijón en la que tú te alineas con el sector gerardista, que pierde la batalla. ¿Qué se dirimía ahí?

No era tanto Gerardo como lo que representaba Gerardo. Él era el padre de una cosa que, en aquel momento, a mí me parecía muy brillante y muy parecida a la visión mía de lo que tenía que ser Comisiones Obreras.

¿Lo sociopolítico, aquella pretensión de la primera IU de trascender la forma partido?

Sí. Llamazares, de aquella, no estaba coqueteando con lo que coquetea ahora, no andaba por esos lópeces, pero sí que se estaba dejando llevar de alguna manera por los viejos del lugar.

¿La defensa de la identidad PCE frente a la posibilidad de su disolución?

Sí. Se posicionaban PCE, PCE, PCE, PCE, y al mismo tiempo estaban PSOE, PSOE, PSOE por otros lados.

¿Llamazares representaba la defensa de la preservación del PCE, y a la vez de la buena relación con el PSOE, y Gerardo la disolución del PCE y el distanciamiento del PSOE?

Básicamente. Lo peor que hizo Gerardo fue dejarse matar tan rápido y no haber peleado. Aquella asamblea se pudo haber ganado, pero, de hecho, matamos a gente para no ganar, porque era muy difícil administrar aquella victoria. Era como bombardear algo y tener que hacerlo de nuevo. Al final se dijo: «Bueno, vayamos caminando poco a poco». El problema fue que, de aquellos polvos, estos lodos. Date cuenta de que Asturias es uno de los pocos sitios en los que no cuajó el tema de Unidas Podemos, y me temo que esto próximo tampoco va a cuajar. Aquí hay una cultura muy, muy… Lástima que no seamos tan nacionalistas para otras cosas, que esa distancia que hay con las directrices nacionales no la haya para otras cosas. Yo dejé Izquierda Unida porque quise sentirme libre por una vez en mi vida y porque dije: vamos a ver, yo no puedo andar recibiendo dos llamadas de teléfono a la vez de dos personas que están permanentemente en pelea. No puedo ser amigo de Ripa y que pase que vaya al acto del sesenta y dos, Ripa venga conmigo y el secretario de Comisiones Obreras me diga que él con Ripa no quiere. Pues bueno, a mí, entonces, de las polémicas que había en el entorno de Izquierda Unida, y primero en el entorno del PCE, lo que me preocupaba fundamentalmente era que no contaminara al sindicato. En muchas ocasiones, lo contaminó. Cuando nosotros nos presentábamos como alternativa al sector oficial en Asturias, la etiqueta que nos colgaban siempre era que veníamos determinados por el PCE, cuando no era así ni de coña: si había algún verso suelto en esta organización, era yo. Mira, te voy a contar una anécdota.

A ver.

Cuando vengo del Nalón, hago un congreso. De aquella se llevaba la moda —digo moda porque nunca entendí que fuera otra cosa— de ir al comité comarcal a explicar, no tanto tu programa sindical, como las personas que iban contigo. Entrar y decir: «De ejecutiva voy a poner a fulano, a mengano y a zutano». Bueno, pues en aquel congreso piden la palabra y me dicen que no; que el secretario de Organización tiene que ser no sé quién, y el de no sé qué, no sé quién. Yo me levanté, me piré y los del PCE me presentaron una lista alternativa. Evidentemente, no tenían nada que rascar, pero había esa cultura de conciliar el movimiento sindical con el político. Yo no quería ser correa de transmisión de nadie, pero es verdad que en muchos momentos, eso existió.

Movilización en las cuencas mineras. Años 90. Foto: Luis Sevilla

El 23 de octubre de 1991 se organiza una huelga general en Asturias, en demanda de una política de reindustrialización para el Principado y contra los planes de reducción de empleo.

Fue una bomba de oxígeno para Comisiones Obreras. Veníamos de una época de pequeños fuegos; de que lo más que habíamos conseguido fueran concentraciones en Madrid contra el Estatuto de los Trabajadores aquel. De repente, se ensaya y se pone en práctica todo lo que sabíamos hacer, que es movilizar a la sociedad; revitalizamos de alguna manera la fórmula aquella del movimiento sociopolítico. A mí no tenían que contarme cómo se prepara una huelga; no tenían que mandarme un pasquín diciéndome lo que tenía que decir en las asambleas, porque yo ya lo sabía. Y se armó gorda; de repente parecía que había un golpe de Estado: la tele bu, bu, bu… Fue una explosión tan buena como el 20 de junio luego o como un momento en el que hacemos un 12-F sin huelga general y metemos a doscientas mil personas en Los Álamos, con Gabino Díaz Merchán apoyándonos, Sergio Marqués armando la de dios, la tele diciendo que había palos por la calle para que la gente… Ese tipo de cosas. Marcelino Camacho tenía dos frases con las que yo me quedé siempre. Una era «el que paga manda»; reivindicar la autonomía financiera del sindicato. Y otra, que «la lucha paga». Igual no consigues todos los objetivos, pero consigues nuclear en torno a una idea a personas que después se fían de ti. Yo creo que el noventa y uno consiguió eso. Luego fuimos tan mataos que igual lo fuimos perdiendo un poco por el camino.

En general, ¿qué valoración haces de todo el ciclo de movilización contra la reconversión? ¿Pasó lo único que podía pasar? ¿Podrían haber pasado otras cosas si otras cosas se hubiesen hecho?

Hubo un gran problema, que fue la fragmentación. Recuerdo ir a hacer una asamblea al hospital del Valle del Nalón; una asamblea acojonante en la que estaban los médicos, todo dios; y, después de hacer la exposición, que me viniera un médico, un chulo de los cojones, a decir: «Sí, sí, chaval, todo lo que nos estás contando está muy bien, pero eso ¿qué tiene que ver conmigo?». Le dije: mira, tiene que ver contigo que somos ciento diez mil habitantes, que vamos a quedar en cuarenta mil, que va a quedar el hospital en la mitad y que tú te vas a ir a la puta calle. Más o menos esto le dije. Lo de la «puta calle» se lo dije seguro, porque, cuando estoy de malos cojones, suelo utilizar ese lenguaje. Pues bueno esa segmentación que había, ¿no? ENSIDESA por un lado, Duro Felguera por otro, Hunosa por otro, el sector naval por otro… Todo era como pequeños fuegos y el Gobierno regional los miraba arder a distancia. En el tema de la minería estaba más implicado, porque Villa llevaba al Gobierno a su terreno, pero en los demás… Y acababa pareciendo que era cuencas mineras versus Asturias; que nosotros reivindicábamos que a otros les quitaran para darnos a nosotros. No: reivindicábamos que, siendo la despensa industrial de este país, habiéndolo sido, se nos pagara con una reconversión de verdad, con un nuevo modelo de industria, etcétera, etcétera. Pero parecía eso; parecía que esto era un conflicto minero, de los mineros, y que los mineros imponían sus criterios al resto de la sociedad. Faltaba una idea general. Una vez le dije a Tini, que fue la persona con la que más conviví, primero de alcalde y luego de presidente: hostia, Tini, antes todo era libros blancos, pero ahora no hay un libro del que tirar. Los mineros consiguieron los fondos mineros haciendo un sacrificio en puestos de trabajo, y me parece de puta madre, pero la manera de gastarlos no puede ser llamar por teléfono a los alcaldes y preguntarles si quieren una bolera. Esto lo tenemos que controlar, tío. Tiene que haber un modelo de estrategia industrial en Asturias que haga que los fondos que nos están viniendo, y que son… ¡mmmmuchos!, vayan adonde sea necesario.

¿Se improvisó demasiado?

Yo fui del consejo de administración de SODECO. Y los proyectos que se aprobaban en SODECO eran para ruedas de vagones y así. ¡Tenían que ver con lo que se iba a cerrar! No había un proyecto de, no sé, hacer una fábrica de colchones de Pikolín. Aparte, estaba la trampa de venderte la microindustrialización. Tú tienes equis suelo. De ahí quitas equipamientos, jardines, necesidades de los ayuntamientos y te queda para suelo industrial esto [Rubio arquea y une las dos manos para expresar pequeñez]. Si una empresa de diez trabajadores utiliza mínimamente mil quinientos metros cuadrados para una nave, ¿de dónde los sacas? ¿Agarras un tractor y alineas los montes? O sea, ya te estaban engañando prometiéndote no sé qué y no sé qué más. Yo lo denunciaba. Algunos planteábamos de aquella algo que parecía una locura, pero que no lo era tanto, que era apostar por la tecnología punta, inspirarnos en sitios tipo Salt Lake City, no sé. Hubo regiones de este país que apostaron por cosas de ese tipo. Aquí se apostó por no se sabe qué, porque no existe ninguna industria alternativa. En Avilés sucedió lo mismo, en Gijón sucedió lo mismo. Yo, si en aquel momento hubiera sabido lo que iba a pasar, lo que se iba a hacer con ese dinero (corruptelas aparte, que, como dice el otro, eso hay que demostrarlo), lo primero que hago es decir: no, no, mira, dejémonos de coñas marineras, vamos a hacer unas buenas ciudades dormitorio, vamos a fijar población aquí, noventa mil habitantes por cada cuenca, vamos a hacer equipamientos de puta madre, vamos a arreglar las carreteras, etcétera. Grandes ciudades donde se viva bien.

¿Concentrarse en equipar las ciudades y hacerlas muy atractivas para vivir, aunque se trabajara lejos de ellas?

Sabiendo como sé ahora en qué se acabó, igual de aquella hubiera hecho esa apuesta, sí. Sabiéndolo, ¿no? Claro que lo importante era crear industria. Industria alternativa, ecológica, otro tipo de industria, buscar puestos de trabajo a través de la sostenibilidad de los pueblos, otras ideas.

Ahora se habla de la reconversión verde.

Si es que, además, aquí lo teníamos chupao, joder. Tienes la zona alta del Nalón, o sea, Sobrescobio, Caso y Laviana; tienes la zona media, que podía ser la administrativa, San Martín, que a ver, son once kilómetros; y podíamos tener la zona industrial en La Felguera y demás, que ya estaba contaminada. Buscando algo que no fuese contaminante, claro, pero bueno, escogiendo de alguna manera la zona que ya tenía más cultura industrial. No sé si ahora me atrevería a vender eso, pero yo salí de aquí vendiendo siempre nuestra cultura industrial; lo fácilmente reciclable que era un trabajador asturiano. Su cultura industrial. Lo mismo podíamos hacer tornillos que otra cosa; podíamos tecnificarnos en un montón de cosas. Eso era una parte importante de lo que, supuestamente, el empresario pedía, pero teníamos una patronal que… «No, de sanidad no quiero hablar, de esto otro no quiero hablar tampoco, ni de aquello, porque nosotros creemos en la economía de mercado, y por lo tanto en lo privado, y por lo tanto no nos importa, pero tampoco nos importa Hunosa, ni nos importa Ensidesa, nos importa Daniel Alonso, el otro y el de la moto». La patronal, de aquella, tenía un lema de Woody Allen, aquello de «toma el dinero y echa a correr». Mis hijos ya no pintaron el río negro, aquí hubo una escombrera y dejó de haberla, pero ¿qué esperanza de trabajo tienen los jóvenes aquí? Preparamos a la juventud formativamente de tal manera que yo creo que son los que mejor maleta formativa tienen de todo el país. Salen de aquí súper preparados, pero todo eso, ese know-how, se nos va, se nos escurre entre los dedos. Todo lo que se montó aquí con los fondos dejó de existir. Pero es que tú no puedes llegar a Los Peñascales, en Madrid, a una negociación de Hunosa y que de repente se suspenda el Consejo de Ministros, te aparezca por allí el ministro de Industria y te diga: «Acabo de aprobar cincuenta mil millones de pesetas y hay que dar una respuesta de a qué se van a dedicar antes de que acabe el Consejo de Ministros», y que de ahí salgan la Autovía Mieres-Gijón y el campus de Mieres. ¿Te parece normal?

La improvisación por la que te preguntaba.

La reconversión fueron ocurrencias, improvisaciones y yo diría que paternalismo desde el punto de vista de los ayuntamientos; de «a ver, dime qué quieres». «No, mira, necesitaba un polígono industrial». Todos los alcaldes querían un polígono industrial, una bolera, una piscina…

La carta de los Reyes Magos.

Sí, sí. Tenemos siete polideportivos en esta cuenca y otros siete en la otra. A todos les faltan un montón de cosas y todos generaron un gasto a los ayuntamientos. En Ponferrada, en cambio, decidieron hacer un macropolideportivo que te cagas con los fondos mineros. Ahí están todas las especialidades. Yo lo sé porque tiro al arco y voy por ahí. Aquí se optó por los mininosequé. Y los mininosequé los hay que tener, claro; hay que repartir de alguna manera: la cancha de no sé qué que esté aquí, la de no sé cuál que esté allá. Pero planificadamente, sujeto a una inversión coherente, buscando las fórmulas de aprovechar el dinero de manera racional, consolidando puestos de trabajo. Mira, algo tan fundamental como una biblioteca, al Ayuntamiento de Laviana le generaba un problema. Montas la biblioteca, la equipas, te dan la subvención para el primer año del tío que la va a llevar, pero a partir de ahí, es un gasto que tiene el Ayuntamiento, y a los dos años la biblioteca se va a tomar por el culo. No hubo claridad de ideas. No se fomentó en los políticos, en los concejales, en los alcaldes, una idea general, que trascendiera a su propio ayuntamiento. Yo fui uno de los grandes apostantes por el ayuntamiento único del Nalón. Anda que no me cayeron hostias. Anda que no me cayeron hostias.

Una ciudad que tendría en torno a cien mil habitantes.

Un Ayuntamiento potente, con tenencias de alcaldía que hagan que la cercanía del Ayuntamiento no se pierda, pero uno. Podíamos haberlo hecho. Ahora está pensándose en ello otra vez. Lo que se hizo fueron las mancomunidades, que ¿qué quieres que te diga? Ni sí, ni no. Se mancomunaron cosas que no había que mancomunar y otras se duplicaron, y hay un pueblo por ahí arriba al que van a recogerle la basura tres ayuntamientos, porque la basura no se mancomunó.

Entre 1991 y la mitad de aquella legislatura fuiste concejal de Izquierda Unida en Laviana. ¿Cómo recuerdas esa experiencia en la política institucional?

Nah, muy decepcionante. Nunca me sentí a gusto. Para ser concejal en un ayuntamiento como el de Laviana, hay que tener mucho amor a hacer cosas, porque es muy frustrante: chocas con las leyes, chocas con el secretario del Ayuntamiento, chocas con el hecho de que el alcalde es alcalde, pero menos… No puedes hacer nada, no hay capacidad de movimiento. En el momento en el que la tienes, ya te advierten de que puedes estar hablando de malversación de fondos. Los presupuestos están muy ajustados. El capítulo uno y dos, las nóminas y demás, se te llevan el ochenta por ciento. Tienes que tirar de los planes de empleo, que son verdadera gloria bendita para los ayuntamientos, porque pueden hacer obras fuera del marco de sus presupuestos; yo, cuando estuve en Oviedo, tiré muchísimo de ellos. Gijón, pongamos por caso, crea un plan de empleo para pintar la barandilla de la playa antes de las vacaciones. Pero recuerda que ese es un trabajo fijo discontinuo, o sea, que se te acaba y ahora tienes que contratar gente que trabaje durante ese tiempo; o lo de la biblioteca que te comentaba antes. Pues bueno, no fue muy gratificante lo del Ayuntamiento, no; y el caso es que a alguien no le debió de gustar mucho que estuviera ahí y me buscaron las incompatibilidades sindicales y me fui a mitad de legislatura.

Años noventa y dos mil; en el sindicato, los de Antonio Gutiérrez y José María Fidalgo. Ya bajo el mando del primero, Comisiones Obreras se aleja del PCE y opta por el fomento de la negociación y el pacto social. Al segundo, lo hemos acabado viendo en la órbita de Aznar. Tú formaste parte del sector crítico contra ambos. ¿Cuál es tu opinión sobre ambos, y sobre lo que significaron en la historia del sindicato?

Antonio tenía una foto mía en casa con la que tiraba al arco. Se lo decía yo en los consejos.

¿Qué era lo que se dirimía?

Antonio quería un sindicato de confederaciones con macropoder; el modelo histórico de UGT. Y nosotros teníamos un modelo mucho más abierto, yo diría que mucho más reivindicativo, más cercano a la gente. El modelo de Antonio se podía parecer al de Izquierda Unida, pero con una salvedad: que lo que intentaba Izquierda Unida era, a partir de una estructura organizativa potente, abrirse a la sociedad, mientras que lo que quería Antonio Gutiérrez era embolsar para la confederación un montón de historias. Lo organizativo es importante, claro. En Comisiones Obreras pasaba mucho que se decía: «¡informe general!». Y te ponías a debatir ideológicamente de lo que fuera y no te fijabas que, en el plan organizativo, que es la parte en la que normalmente no se fija nadie, te estaban poniendo: «Las finanzas, a partir de mañana, van a ser controladas por no sé quién». Te colaban eso y ya podías estar debatiendo de lo que quisieras. De lo organizativo hay que hablar también, pero nosotros reclamábamos que esa organización siguiera estando al servicio de un sindicato que había sido capaz de paralizar el país, que había sido capaz de organizar hasta el último pueblo del último rincón; el sindicato que había hecho todo eso mientras los demás se aprovecharon de ese trabajo por el ñarigón. Antonio, en cambio, empezó a auspiciar unos acuerdos absolutamente ruinosos con el Gobierno y a establecer como criterio un acuerdo marco de negociación colectiva basado fundamentalmente en tres patas, que eran lo que pensaba el metal, lo que pensaba la minería y lo que pensaba no sé quién, cuando ya teníamos en aquel momento el veintinosecuantos por ciento de paro y habíamos hecho una huelga precisamente contra eso.

El precariado.

Exactamente. Pues bueno, hay un embrión en Madrid: Agustín Moreno, Salce Elvira… Y nosotros nos sumamos desde Asturias. Yo era secretario general del Nalón, empecé a reunirme con esta gente y empezamos a presentar candidatos a nivel de Madrid hasta que nos vimos con la suficiente fuerza para, aquí en Asturias, ir a por la organización. Dijimos: «Vamos a ganar, no vamos a hacer el paripé de la Laboral; vamos a arañar cada voto y a ganar aunque sea por uno». Ganamos por once.

Tenía el dato de que por dieciocho. 113 votos tú, 95 Godofredo González Torre. Marzo de 1996.

Ah, mira. Es verdad. Mira, recuerdo que una de las grandes broncas fue cuando destituyeron a Marcelino Camacho del papel de presidente de Comisiones Obreras. Metieron una enmienda por ahí que significaba quitarlo. Cuando murió Marcelino Camacho y vi a muchos de mis compañeros llorando, me llevaban los demonios. Les dije: vosotros fuisteis unos mamporreros de un tipo de sindicalismo que nos llevó a pactar cosas extrañísimas, y también a cargarse a Marcelino Camacho. De aquella escribí una carta abierta a Toxo en La Nueva España. Cuando vino para acá, quiso hablar conmigo, y tuvimos palabras fuertes, pero bueno, bien. En aquella carta le decía yo que, aunque a un millón de moscas les guste la mierda, eso no quiere decir que la mierda sea buena; y que tú hayas aprobado en el Consejo Confederal, con un montón de gente cuya vinculación con sus bases suele ser mínima, esta estructura sindical que estáis montando, que esta gente esté diciendo que esa estructura es buena, no quiere decir que lo sea. Le decía también: ven a venderlo a Asturias, por favor. Ven tú. Y lo vendes. No mandes a un delegadín de una empresa a vender esto. Se hacían unos acuerdos marco completamente alejados de la realidad. ¿Las concertaciones? Yo no puedo estar en contra de ellas, porque firmé por lo menos dos. ¿Cuál era la diferencia? Que las mías eran gratis. A mí no me pedían nada a cambio. Tini no me pedía paz social. Yo estaba firmando un acuerdo y, a la vez, montándole una bronca en algún lado. Lo único que yo le decía a Tini era, cuando teníamos un viaje, «mira, en este viaje institucional al que voy contigo, Asturias, Asturias, Asturias; pero cuando lleguemos al aeropuerto, otra vez en el mismo lado, ¿vale?». Todos los amis, los anes, los no sé qué que se firmaron trajeron consecuencias. ¿Te acuerdas que empezábamos la conversación con la ola?

La ola, sí.

Muchas veces la ola no te lleva a definir muy bien cuáles son tus objetivos y prioridades fundamentales. Por ejemplo, reforma del mercado laboral. ¿Cuál es el grave problema que reivindicaba Comisiones históricamente? El tema de la inclusión en el mercado laboral de esas dos palabras que se llaman despido libre. Aquí, es verdad que no hay despido libre, pero es tan barato que es casi libre. Yo reivindicaba que toda cualquier reforma laboral tenía que llevar una parte clarísima que tuviera que ver con eso. Y ahora tenemos una reforma laboral que, evidentemente, está mejor que la de Rajoy, pero que no dice ni una palabra de eso. El problema de los contratos temporales sigue estando ahí. ¿Qué sean menos, que no sé qué, que ahora sí tienen la obligación de hacerte fijo? Sí, pero después, con cinco duros, te ponen en la calle, y estamos exactamente en lo mismo. Bueno, pues en aquel momento todo este tipo de pactos tenían que ver con esto. Se olvidaba la esencia de lo que es una reivindicación de los trabajadores, y había cosas que se ganaban, no se, la universalización de la negociación colectiva, cosas importantes, pero cosas importantes que tú, cuando firmaras el siguiente acuerdo, tenías que mirar el nivel de ejecución del acuerdo anterior antes de firmarlo, y eso no se hacía. Firmabas el siguiente, más recortado, como si no hubiera existido el anterior. Y el discurso siempre era eso de la correlación de fuerzas. A mí, cuando empecé en el sindicato, me enseñaron que había dos maneras de negociar: una, no teniendo fuerza y tratando de engañar al otro para que piense que la tengo; y otra, teniéndola, pero diciéndole al otro a cada poco, «espera, voy a preguntar a estos qué me dicen de lo que te estoy diciendo».

Consultar a tus bases, que tus bases mantengan un control de lo que haces, quieres decir, ¿no?

Sí. Yo no niego que la voluntad de un sindicato debe ser la de negociar. Nosotros no estamos para hacer huelgas. De la que llegué a Oviedo, salió un editorial de La Nueva España diciendo que venía el huelguista mayor del mundo a joder a Asturias o algo así. Una barbaridad de estas. Pero yo no venía a hacer huelgas. Los sindicatos no están para eso. Estamos para movilizar a la gente, claro, pero, sobre todo, para negociar aspectos positivos para los trabajadores. Yo quería sentarme con los empresarios a negociarlos. Pero cuando me reunía con uno, le decía: «No me cuentes tu vida, ¿vale? Yo soy un profesional de esto. Y ser un profesional de esto no quiere decir que viva de esto, porque yo tengo mi empresa; quiere decir que yo estoy aquí para defender unas cosas y tú estás aquí para defender otras. Reconozcámonos mutuamente; reconozcamos que tú eres negro y yo blanco, y no me cuentes tu vida ni me digas que qué guay que comemos juntos. No. Negro y blanco. Y entre tu negro y mi blanco, una escala de grises infinita en la que nos podemos encontrar, y en la que, si no nos encontramos, no pasa nada». Siempre vi las cosas así, pero esos acuerdos, esos marcos interconfederales, no veían las cosas así. Si ganaba el PSOE, porque el PSOE era de derechas; si no ganaba el PSOE, porque teníamos que agruparnos con el PSOE y la UGT, la unidad de acción famosa. Yo creí siempre en la unidad de acción, pero la unidad de acción en la que yo creía no era esta. Era unirse para tirar el escaparate, no para trasladarlo cinco metros a la carretera y quitar la acera. La unidad de acción no puede valer para recortar derechos a los trabajadores: tiene que valer para aumentarlos, gobierne el PSOE, el PP o María Santísima. Por cierto, cuando gobernó Aznar en minoría, ¿sabes cuál era el sindicato de Aznar? Comisiones Obreras.

Fidalgo ha acabado en la órbita de FAES, presentando libros con Aznar, y sonó para ministro de Trabajo del PP.

Sí, pero, aparte de eso, Aznar, que fue inteligente, ¿qué hizo? Los mejores acuerdos que se hicieron, se hicieron con Aznar. Era Álvarez-Cascos vicepresidente y el de Fomento, y me mandaba un fax todas las mañanas diciendo todas las cosas que iba a hacer en Asturias. Íbamos a Madrid Justo Braga y yo y, nada más que se enteraba, nos recibía él allí para contarnos la película. Claro, la siguiente vez sacaron mayoría absoluta y olvídate.

¿Qué te parece Unai Sordo?

Lo conozco de la secretaría de Juventud del País Vasco; estuvo en mi despedida de Comisiones Obreras. Creo que es un tío que tiene bastante frescura, pero, como de aquellos polvos estos lodos, hacer sindicalismo ahora es harto complicado, con una estructura del mercado laboral en la que tienes que reivindicarlo absolutamente todo. Tienes que reivindicar lo de ahora y lo histórico que perdiste, la piel que fuiste dejando, los pelos que quedaron en todas las gateras por las que pasaste. El modelo es absolutamente hostil al sindicalismo de clase y tienes que buscar prioridades que de aquella no existían, porque eran una cosa inconsciente, que tenías ahí metida sin pensar en ella. Hoy los únicos puestos de trabajo fijos, prácticamente, son los administrativos; los funcionarios. Y tienes fuerza en los funcionarios, pero todo lo demás son sectores muy precarizados en los que a veces resulta muy difícil entrar; muy difícil hacer calar determinados discursos. Yo creo bastante en él; en Sordo, digo. Cuando estuvo aquí, en las huelgas, fui a felicitarlo, porque tuvo un discurso que me gustó mucho, un discurso muy de calle y que no confundía una cosa: es fácil llegar con la pancarta a un conflicto para ponerte delante, que es un poco lo que hacen los partidos políticos cuando hay conflictos, ir a hacerse la foto, a inmiscuirse. Lo difícil es llegar a ponerte al lado de los trabajadores en lugar de delante, fomentar la formación de tus delegados, fomentar que no se pierda la historia de este sindicato. Yo estoy convencido de que los chavales que dirigen Comisiones Obreras ahora en Asturias no nos conocen ni a mí, ni a Triqui, ni a Javier, ni a Gerardo… Y no es un problema de vanidad personal, sino de que, hostia, algo tiene que fallar para que no se sepa lo que se hizo antes.

Un sentido de la historia, de la tradición, del hilo rojo, ¿no?

Sí. Bueno, Sordo, sinceramente, me gusta su discurso. No me gusta la reforma laboral que firmaron, aunque ahí, posiblemente, sí que funcionase lo de la correlación de fuerzas. Pero Sordo me gusta. Creo que es una persona que, además, está bien formada. Mira, voy a ponerte un ejemplo, como siempre. Esto es la educación de los curas (risas).

“No me gusta la reforma laboral que firmaron, aunque ahí, posiblemente, sí que funcionase lo de la correlación de fuerzas”

Ja, ja. Cuéntame.

Ponte en el lugar. Te sientas en una mesa en la que está el Gobierno, están una serie de empresas y estás tú. Cada uno tiene su cartelín. Pepito Pérez, gerente de no sé qué. Fulano de Tal, consejero de no sé cuál. Y tú tienes uno delante que pone: «Alberto Rubio, Comisiones Obreras». Te sientas y, de repente, todo el mundo se pone a vacilarte. Hay una displicencia hacia ti; eres el de Comisiones. Y tienes que estar constantemente demostrando que sí, que eres el de Comisiones, pero que no eres gilipollas. Un día me tocó con uno del País Vasco al que le acabé diciendo: «Mire, señor, no sé si la empresa la heredó, no sé si la robó, no sé qué méritos tiene usted para dirigir esa empresa, y, como no lo sé, deje de tocarme usted los huevos». Tienes que demostrar que también tienes conocimientos. Y los sindicalistas los tenemos, joder. Yo no voy a negociar con una empresa sin saber mirar un balance, no me jodas. Otra cosa es que luego hables para los tuyos en un lenguaje que les llegue. Hostia, qué bien se entendía a Botín, y qué mal a los sindicalistas de ENSIDESA cuando pusieron en manos de quien se pusieron, o cuando firmaron los pactos que firmaron. Aquellos para los que hablo tienen que entenderme, pero los otros tienen que saber también que no soy idiota. Mira, Fidalgo, yo no reivindico la ideología práctica de Fidalgo, pero sí su capacidad intelectual. Traumatólogo, hizo Económicas, tal. Su capacidad intelectual era muy importante, y eso se tiene que reivindicar, ¿por qué no? Bueno, Unai todo esto también lo hace bien. Sabe acoplar su lenguaje, puede decir: «Me entienden de lo que hablo aquellos para los que hablo, pero además puedo demostrar a aquellos con los que negocio que no soy un advenedizo que llegó aquí en paracaídas a tocar los huevos, sino que sé de lo que hablo». Me entiende la patronal y me entienden los currantes. Quizá lo peor de nuestra historia sindical sea que los que peor nos llegaron a entender eran precisamente los currantes.

Fuiste presidente de la Asociación Mutualistas del Montepío, donde volviste a tener tus más y tus menos con el SOMA.

Me la metieron doblada (risas). Parece mentira que, teniendo yo tanta picardía, no me diera cuenta de dónde me metía. Fue después de que se descubriera todo el tema Villa y la sombra que proyectaba sobre el Montepío. El SOMA-UGT se había cepillado a Postigo y había buscado a un mirlo blanco, este Pulgar que acaba de irse ahora. Y nosotros celebramos una asamblea en la que yo defendí que no podíamos huir del Montepío, como había decidido hacer Damián Manzano, sino que debíamos meternos dentro, sacar todo lo sucio que había y, si nos afectaba a nosotros, depurarlo. Aquella era una entidad que tenía un montón de virtudes, pero tenía un defecto, que era que la manejara el SOMA, y que nosotros hubiéramos dejado que la manejase el SOMA, y que a veces hubiésemos mirado para otro lado. El Montepío era patrimonio nuestro, tiene una historia detrás muy importante, costó mucho levantarlo, fue solidario con mucha gente. Yo había empezado ahí, y sacábamos pensiones: imagínate que había una comisión que le decía a la Seguridad Social a quién le había que dar una pensión dentro de la minería. Lo decidíamos nosotros. Eso, obviamente, se perdió, pero seguían pudiendo hacerse muchas cosas. Pues bueno, yo, en aquela asamblea, me comprometí a hacer una candidatura que no representase a Comisiones Obreras, pero, como no queríamos aislar el nombre, decíamos que éramos «afiliados a Comisiones Obreras».

Alberto Rubio. Foto: David Aguilar Sánchez

Gana Pulgar.

Gana Pulgar, y yo me fío de Pulgar. Hablo con él, y me deja la impresión de que realmente quiere cambiar las cosas. Me fío por dos razones. Una, por el discurso que me suelta; y otra, porque no tenían más remedio si no querían ir todos a la cárcel. Entramos ahí. Pero me doy cuenta rápido de que aquello era más de lo mismo. Nosotros pretendíamos unos estatutos que acabaran con que los sindicatos fueran los patronos, y tuvieran un porcentaje de los votos; que el sindicato tuviera 191 votos con un paisano que fuera allí y dijera «el voto del sindicato es este». Planteábamos que un hombre o una mujer, un voto; que los sindicatos había que dejarlos ahí desde el punto de vista de que son de alguna manera el frontispicio de la fortaleza que puede tener la organización, etcétera, pero que la manera no podía ser esa. Ahí ya nos topamos con problemas, cruces de acusaciones, decir que yo participé en la venta de no sé qué…

Reivindicabas abrir la institución a gremios no mineros, en una Asturias que dejaba de serlo.

Sí, sí. Un Montepío más universalista desde el punto de vista de los cotizantes, pegado a reivindicaciones que tuvieran que ver con la Seguridad Social, ese tipo de cosas, no más de lo mismo, no ser poco más que los sitios de vacaciones, como es ahora. Al final, la cosa acabó en un divorcio cantado, nos vamos y el sindicato deja entrar a otra gente para que Comisiones siga estando ahí, pero no reconociéndolos, diciendo «bah, tenemos ahí al conejo de la chistera». No sé, fue como lo de concejal: una experiencia que pudo haber sido muy, muy guapa y en la que yo creía mucho, pero de la que saliste escaldado. Cada vez que hablábamos de los presupuestos, decía: «Joder, estáis con la misma historia de siempre». ¡Ganamos no sé qué dinero! Pero ¿qué ganasteis? El tema de Felechosa. Joder, esto hay que administrarlo de alguna manera. Lo que no puede ser es que mañana nos metan un palo y se vaya el Montepío entero porque vosotros estéis metiendo en unos presupuestos 31 millones de euros de los cuales los tres millones no van a llegar nunca, y el resto está en el candelero. Ahora mismo, la Comisión de Cuentas acaba de decir, ciento dos páginas, que el Montepío tuvo un trato de favor. Eso hay que ponerlo en contexto. El único proyecto que había en Asturias en aquellos momentos que tenía perras, visión, etcétera, era ese. A lo mejor hubiera que haber hecho dos geriátricos, uno en una cuenca y otro en la otra, con potencia los dos, no uno mangáu en casa dios y, como ahora sabemos, con terrenos de aquella manera y todo lo demás, pero ¿quién tenía huevos entonces de decir que no a eso? ¿Los que decíamos que sí, o los que firmaron que sí, Noemí, de Izquierda Unida, la gente de Comisiones, estaban pensando que su gestión iba a ser tan desastrosa? ¿Quién dice que no a ese pastizal para una cosa importante? Pues bueno, yo me creí mucho el proyecto. Ahora la verdad es que no. Mantenemos la asociación, pero prácticamente sin actividad. Llega un momento en el que, además, cumples años, y te vas cansando, te vas haciendo cada vez más escéptico. Desgraciadamente, ahora mismo navego mucho en el escepticismo.

Vivimos en una sociedad muy transformada, a la que los sindicatos están sufriendo tanto para adaptarse como los partidos. ¿Qué formas debe tener o tendrá el sindicalismo del siglo XXI?

Buena pregunta. Lo que yo creo es que los sindicatos no pueden perder nunca la esencia de para qué están. Tú puedes modernizarte muchísimo. No sería normal que tú fueses a la sede del sindicato y te recibiera una chavala con una Olivetti. Es normal que la tecnología llegue al sindicato. Pero también es normal que algunos componentes sigan funcionando. Es importante que tú tengas peso en la negociación colectiva, y hagas reivindicaciones dentro de los marcos que hay ahora, pero es más importante todavía que tú combatas los actuales marcos de negociación. Yo empecé negociando convenios con masa salarial. Vas a una empresa y le dices: «Dígame usted qué masa salarial tiene, cuánto dinero gasta esta empresa para los currantes, cuánto dinero gana». Nos poníamos de acuerdo en la masa salarial y luego venía la tabla reivindicativa: esa masa salarial, ¿cómo la repartimos? Que si inversamente proporcional, que si directamente proporcional. Para entendernos, la empresa decía: «A ver, yo quiero mantener el estatus de alguna gente, así que este tiene que ganar tantas veces más que este», pero nosotros decíamos: «No, no: hay que cerrar el abanico salarial». Bueno, pues de esa manera de negociar se pasó a negociar sobre el IPC. ¿El IPC subía el 8,5%? Pues los salarios, las pensiones, tienen que subir el 8,5%. Luego se pasó al IPC previsto. Y ahora se pasa a las previsiones de la empresa. Tú antes le presentabas una tabla reivindicativa a la empresa; ahora es la empresa la que le presenta una tabla reivindicativa a los sindicalistas: la empresa va a ir mal el año que viene, porque el mercado no sé qué, porque patatín, patatero. Están presos de eso. Y tienen que recuperar la libertad a la hora de negociar con la empresa. Y tienen también que fomentar de nuevo el carácter sociopolítico del sindicato. Somos trabajadores, pero también somos consumidores, usuarios de… El sindicato no tiene que ser una asociación de consumo, pero ¿por qué no tener eso dentro de su ámbito? ¿Qué es, que eso no es sindicalismo?

Suele decir Antonio Gamoneda, el poeta, que el sindicalismo del futuro pasa por hacer huelgas de consumo, no de trabajo.

Pues no lo sé, pero hay que pensar en eso. En modernizarse, pero bien. Pero muchas veces, se entiende la modernización como un «qué guay, qué bien, estoy en un consejo de administración». Pues claro que hay que estar en el consejo de administración, pero para reivindicar allí, no para levantar la mano cuando le convenga al empresario. Nosotros hicimos una vez un cartel que decía algo así como: «Comisiones Obreras es el sindicato de los que tienen trabajo, de los que no lo tienen y de los que lo buscan». Hay que conseguir que el trabajador se sienta representado por ti tenga un contrato temporal o uno fijo; hay que conseguir que no pase que haya siete trabajadores en esta cafetería y no tengan un representante sindical porque a este no le salga de los huevos. Eso sigue siendo importante: que tú tengas un representante sindical; que no sea un acuerdo al que tú llegas con este hombre para poner a uno y que figure como que es de Comisiones, pero no sea de ningún lado. Hay que ponerse a eso con toda la tecnología, con toda la picardía, con toda la formación que haga falta. Yo solía decir que no fui a la Universidad de Secretarios Generales. No creo que tenga que haber universidades de sindicalistas, pero sí sindicalistas formados, profesionales, que aspiren a ser el mejor en esto, y no a vivir de esto, aunque alguien tiene que vivir de esto, y ahora cada vez tienen menos horas sindicales. Y hay que defender la sanidad pública, la enseñanza pública, un sistema de pensiones determinado, ser la punta de lanza de todo eso.

¿Cómo llegar al precariado; cómo llegar a esa cafetería, al repartidor de Glovo, al teletrabajador…?

A la economía sumergida legal, que no deja de ser una cosa rarísima. Es complicado, desdeluego. ¿Cómo llegamos ahí? Pues, en primer lugar, no pasándonos una cosa que nos pasó en el pasado: huelga de la minería, las limpiadoras del pozo de huega; huelga de las limpiadoras, los mineros trabajando. No puede haber sectores privilegiados. Ya sé que esto suena a utopía, pero no lo es: ¡funcionó! Funcionó en este país; Comisiones Obreras fue así en su juventud. Se mezclaban los sectores, se juntaban todas las ramas, se buscaba un lazo común. Había un equilibrio entre federalismo y territorialidad que permitía la riqueza de ideas. Comisiones ahora, no tiene ese lazo común: son cinco supersindicatos. Y a los supersindicatos, no digo que no les importe lo que no les toca, pero, dentro de la disciplina y del trabajo de cada día no está lo que no les toca. No están los parados, por ejemplo. Cuando formas parte de organismos de dirección o de asambleas en las cuales hay un colectivo de parados que te están diciendo «hijo de puta, mira también para mí», piensas en los parados; cuando no están, no piensas en ellos, y, como no piensas en ellos, no están.

La pescadilla que se muerde la cola.

Claro. Eso se desarmó. Y van pasando cosas. ¿Quién se atrevía, en este país, a poner en duda el carácter público del sistema sanitario? Pues ya hay gente que lo hace. Cada vez son más osados. Estamos en un achique de espacios. Y el sindicalismo del futuro tiene que hacer que ese espacio pequeñín se vaya ensanchando con la ayuda de fuerzas políticas de izquierdas integradas y fuertes, que luchen contra el cáncer a la par que yo lucho por el arreglo de muelas.

¿Qué te pareció Podemos y todo lo que ha pasado con Podemos?

Podemos, cuando surge, representa frescura; la frescura del 15-M. Yo fui al 15-M a Madrid unas cuantas veces, y no hacía más que saludar a gente que eran todos del PCE, y que estaban allí porque veía frescura, como luego la vio en Podemos: una gente fresca, que no estaba institucionalizada. ¿Sabes cuál fue el gran problema del PCE en la Transición? El PCE llega a las elecciones del setenta y nueve teniendo controladas asociaciones de vecinos, comunidade de vecinos, Amigos de Mieres, Amigos del Nalón, su puta madre. El nivel cultural de las cuencas era la hostia; sigue siéndolo, afortunadamente. Y eso lo tenía controlado el PCE, que jugaba un poco el papel que jugaba en Italia el PCI. Pero de repente, salen concejales y desarman absolutamente todo eso. El concejal no solamente abandona la asociación de vecinos de la que era el presidente, sino que combate a la asociación de vecinos cuando viene a reclamar. Y, para poder hacer cosas desde el Ayuntamiento, entra en gobiernos de coalición con el PSOE, pero en las elecciones siguientes, el PSOE nos ventila de absolutamente todos los lados, con mayorías absolutas aplastantes, salvo en los cinco o seis ayuntamientos que históricamente viene manteniendo el PCE y luego IU. Se pasó de la frescura a lo institucional sin frescura, y se pagó caro. ¿Qué le ocurre a Podemos? Lo contrario. Podemos coge esa frescura del 15-M, pero pasa de la estructura organizativa. La frescura, macho… Mira, si Comisiones Obreras me da la razón a mí cuando pensaba que no podían convertirse en un sindicato, ya no existiría; se habría quedado en cuatro locos que estaríamos por ahí soltando historias. Podemos nucleó en torno a sí a toda la gente que estaba hasta los huevos de algo, pero no la organizó. Ojo, no a la gente ideológicamente de izquierda: a la gente hasta los huevos de algo. A los cabreados. Le pasa un poco —y no quiero equiparar, ¿eh?— a lo que ahora vemos con la extrema derecha, que son ellos los que tienen esa frescura y consiguen nuclear el voto joven no ideológico que dice «aquí los únicos que tocan los huevos son estos». En Podemos, hubo gente de izquierdas y cabreados, más de lo primero que de lo segundo, pero es esa pequeña parte de los cabreados la que está desguazando a Podemos ahora mismo, porque lo están desguazando, con Izquierda Unida como espectador de aquella manera. El proyecto de Yolanda, a ver en qué acaba, pero no creo que vaya con esta parte que va a ser muy zorrocotroca; no creo que esa parte vaya a sumar. Sumará en el momento en el que la hostia sea tan impresionante para Unidas Podemos que haya que buscar de nuevo la reinvención de la izquierda. Siempre estamos reinventando la izquierda para acabar en el mismo lado.

¿Qué valoración haces de esta experiencia de gobierno de coalición?

Muchas veces hablo con la gente de Podemos y, si estoy enfadado, les digo que tenían que haber marchado en el minuto tres, pero bueno, en frío reconozco que no. Si pasamos la pandemia como la pasamos, si hubo ertes, si hubo medidas para los currantes, fue gracias a que estaban estos ahí. El problema es que estamos en un marco de prioridades que… Una gestión de izquierdas no debería tener nada que ver con descontar veinte céntimos en la gasolina que pago yo y recibes tú, que no lo necesitas; debería consistir en una reforma fiscal importante en la que pague todo dios; en una ley de la vivienda que duerme el sueño de los justos todavía por ahí… La izquierda no es dar doscientos euros a los chavales para que paguen el alquiler, y que el tío del alquiler, como no modificaste ni la ley del alquiler ni la de la vivienda, pase a cobrarte doscientos euros más y diga: «Como te los da el Gobierno, estamos empatados». Cuando no tienes perras para comprar el pan, agradeces que yo te lo de a plazos, pero para ti lo importante es poder pagar el pan, no que te cuelguen de los plazos toda la puta vida. Se hacen leyes que no cuesta ningún trabajo hacer. Mira, voy a entrar en terreno pantanoso: ¿qué consecuencias trae hacer una ley del respeto animal para gatos y perros? ¿Qué es, que yo estoy a favor de que se maltrate a los perros y los gatos? Pues claro que no lo estoy, pero es que esa ley no cuesta ningún trabajo hacerla. Prioridades. Hay leyes que tienes que hacer sí o sí, y te van a costar trabajo, pero las tienes que hacer, y otras cuya prioridad es menor.

Terminamos, Alberto. Muchas gracias.

Gracias a ti, majo. Vaya rollos que te solté.

No, hombre (risas).

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