“Si no peleas por tus derechos, te vas a la puta calle por muchos méritos que hagas”

No ocultaremos nuestra admiración por Cándido González Carnero, pero procuraremos que la épica proletaria no nos nuble el sentido crítico

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Los nuevos odres del nacionalismo español' (2022).

Saltamos con Cándido González Carnero (Porcía, 1952) la barandilla blanca que, a un lado del Acuario de Gijón, prohíbe el paso a uno de los diques de la antigua Astilleros del Cantábrico: es el mejor lugar para hacer fotos en las que se vislumbren los vestigios de las atarazanas gijonesas. Caminamos entre la maleza que crece en las junturas de los travesaños de madera que lo alfombran. Cándido señala puntos del horizonte y nombra los fantasmas de la industria periclitada. Huele vigorosamente a mar. Esta parte de la ciudad ha cambiado muchísimo. Ahora hay una playa, antes no la había. No había acuario, ni un grupo de edificios residenciales con forma de barco que se vendieron como lujosos, marítimos balcones asequibles para la clase media aspiracional, pero de los que comentamos lo mal que han envejecido.

Hubo un tiempo, no tan lejano aunque lo parezca, en el que acá se construían barcos de verdad. Recordará Cándido en esta entrevista, celebrada en la cafetería del Hotel La Polar, lo especiales que eran las botaduras; un momento de orgullo obrero. Venía la familia y el trabajador contaba a los suyos cuál había sido su contribución al buque imponente que pronto empezaría a sucar los mares de la Tierra. Se construyeron barcos aquí; también se construyeron barricadas y otras poliorcéticas de la guerra de clases. Los lunes al sol se basó en Cándido, Juan Manuel Martínez Morala y el combate del sector naval gijonés, aunque se rodara en Vigo. SKA-P cantaba por aquellos años: «Humo, fuego, en Naval Gijón;/ astilleros pasan a la acción». El encarcelamiento de Cándido y Morala en 2007 indignó a todo el país.

De aquella lucha que fue referente nacional, comentamos con Cándido las formas «espectaculares, pero no violentas» de movilización y algunos ribetes curiosos, como la relación de paradójico respeto —la de dos ejércitos que se enfrentan en buena lid— que llegó a existir entre obreros y policías, a pesar de que se atizaran. No ocultaremos nuestra admiración, pero procuraremos que la épica proletaria no nos nuble el sentido crítico: también preguntaremos a Cándido si aquella movilización que tuvo enfrente, casi exclusivamente, a gobiernos socialistas, a veces de coalición PSOE-IU, no les condujo a una sintonía excesiva con la derecha asturiana. Hablamos también de Podemos, su partido, y de la guerra civil que tienen montada.

Cándido: naces en Porcía, en el concejo de El Franco, en 1952. ¿A qué se dedicaba tu familia? ¿Cómo fue tu infancia?

Dura. Mi madre siempre tuvo problemas de salud; estuvo ingresada mucho tiempo; sufrió bastante. Luego se murió con ochenta y tres años, pero su juventud fue difícil. Cuando nació mi hermano, al que saco nueve años, ya estaba muy enferma, y mi padre navegaba y pasaba largas temporadas fuera, así que tuve que asumir la responsabilidad de ayudarla. Me acuerdo de ir a lavar los pañales al río. De aquella no había pañales como los de ahora, tan prácticos.

Ni lavadoras.

¡Ni lavadoras! Yo ayudaba a mi madre con lo del crío. En aquel río, por cierto, estuve a punto de morir de niño.

Ahí va, ¿y eso?

Los críos jugábamos por allí, en el prado de la fiesta. Cuando salíamos del cole, teníamos mucha costumbre de ir para allá; y yo, que era un pillo redomado, un día estaba jugando por allí y se me cayó el cacho de pan con dulce de membrillo que me daba siempre mi madre para merendar. Para no perderlo, cogí el membrillo del suelo y fui al río a lavarlo; a quitarle la tierra. Y me caí. Sabía nadar desde muy pequeño, porque me había enseñado mi padre, pero el río Porcía llevaba mucha corriente, y no pude evitar que me arrastrara. Una niña que estaba conmigo empezó a gritar, y mi madre se dio cuenta desde casa. Ya no estaba muy bien de salud, pero bajó corriendo, vio que me estaba llevando el río y tuvo la picardía de tirarse por la parte de abajo, para cogerme en brazos cuando llegara a su altura. Me sacó con una barriga hinchadísima. Estuve veinticuatro horas orinando sin parar. Si me coge un poco más tarde, hubiera muerto allí. Salvé por los pelos. Más tarde, estuve a punto de morir otra vez (risas).

Virgen santa, ¿qué pasó esta vez?

¡Se nos cayó la casa encima! Se derrumbó con nosotros dentro. Mi padre te acabo de decir que nunca estaba; que siempre estaba navegando. Pero, curiosamente, cuando se derrumbó la casa, sí estaba. Así que nos pilló a los tres. Caímos de la parte de arriba abajo. Mi padre tuvo diecinueve puntos en la cabeza; mi madre, la clavícula rota; a mí me dieron cinco puntos. Nos llevaron al hospital de Luarca. Después, nos fuimos de Porcía, a vivir a Tapia, donde ya estaba mi hermano, al que habían mandado para allá con unos tíos maternos míos a los que les daba pena que yo, siendo tan pequeño, tuviera que estar ayudando a mi madre a criarlo.

Así que tu padre navegaba. La relación con los barcos te venía ya de familia.

Siempre estuvo en la marina mercante, salvo a partir de los cincuenta y tantos años, que empezó a trabajar en El Musel, con la grúa esta de echar bloques para hacer la primera fase del puerto. Bueno, seguía siendo marinero, porque andaba con las gabarras para soltar los bloques. Se jubiló ahí. Pero su vida siempre fue la mar, como la de toda su familia. En mi parte materna, sin embargo, fueron mineros.

¿Hay minas por allí?

No, no. En Mieres. El padre de mis primos, que estaba casado con una hermana de mi madre, se fue a Mieres a trabajar en la mina, y sus hijos, mis primos, también fueron mineros, a excepción de uno, que primero trabajó en Fábrica de Mieres y después en ENSIDESA.

“Mi primer trabajo, sin los catorce años cumplidos, fue de chapista, en un taller de coches”

Me contaron una cosa por la que espero que no te moleste que te pregunte. Me pareció bonita; algo personal, pero que no deja de revelar algo político. Heredaste unas propiedades de una tía que estaba muy unida a tu madre, pero decidiste repartirlas entre todos tus primos.

¿Quién te lo contó?

Ja, ja. Se dice el pecado, pero no el pecador.

Joder, macho, vaya chivato (risas). A ver. Todos los primos teníamos una tía soltera, a la que sus hermanos, como era soltera, le habían dejado la casa familiar de Porcía. Y ella había hecho un testamento en el que le dejaba esa casa y unos ahorrillos —ahorrillos que en gran parte le habían cepillado, engañándola para invertir en Bonos del Estado— a mi madre y, en caso de que muriera mi madre —y mi madre se murió antes que ella—, a mí. Quedarme yo con la herencia no me parecía justo; éramos todos sobrinos suyos en la misma medida. Lo hablé con ellos y lo repartimos. No creo que tenga mayor mérito: es una cuestión justa, natural. No tuve problemas con mi mujer, ni con mis hijos, por haber tomado esa decisión; no me reprocharon nunca nada en ese sentido.

Foto: David Aguilar Sánchez

A Gijón os venís todos, deduzco de eso que me dices de que tu padre trabajó en El Musel. Te iba a preguntar cómo habías llegado esta ciudad; si viniste tú solo o fue con toda la familia.

Vinimos todos, sí. Mi hermano era muy pequeñito todavía. Para mi padre, como navegaba, era más cómodo tenernos aquí, al lado de El Musel. Empezamos viviendo en una casina en la zona de la Campa Torres, donde el Bar Les Cabañes. Y luego, vinimos a vivir al barrio de La Calzada, a la calle Daniel Cerra, al lado de la Casa del Mar, donde hice nuevos amigos, manteniendo los que había hecho en El Muselín.

Empezaste pronto a trabajar, ¿verdad?

Muy joven. Yo no estudié. Me gustaba más trabajar que estudiar. De aquella, no tenías problema para trabajar donde quisieras, y mi primer trabajo, sin los catorce años cumplidos, fue de chapista, en un taller de coches. No había limitación de edad: podías empezar a trabajar de aprendiz con trece años como los que yo tenía. Lo pasé mal. Había una esclavitud de la hostia. Te obligaban a todo; lo mismo a ir por los recados del taller que a los trabajos más jodidos. Y aprendías a base de caña. A mí me tiene atizado el dueño del taller. Darte una hostia y decirte: «¡Me cago en Dios! ¿No ves que eso lo estás haciendo mal?». Mi padre acabó cabreándose con el trato vejatorio que me daban, y fue para allá y dijo: «No va a trabajar más aquí». Me busqué la vida y pasé a un taller de carpintería. Hacíamos cajas para las fábricas de bebida, que entonces eran de madera: de sidra, de vino… Estuve allí una temporada. Pero no me gustaba, y entonces fue cuando encontré la posibilidad de entrar en Marítima del Musel, con la industria auxiliar. Prácticamente todo era industria auxiliar. Entré en Marítima, aprendí el oficio de soldador y empecé a saltar de un astillero a otro en función de dónde pagaran más. Ya te digo que, de aquella, había trabajo en todos los sitios. A la puerta del astillero, a lo mejor te encontrabas a un empresario, a un contratista de Juliana, del Dique Duro Felguera o de quien fuese diciéndote: «¿Cuánto ganas aquí?». Tanto. «Pues si te vienes conmigo, te pago diez pesetas más en hora». Diez pesetas más en hora, entonces, era ser el rey del mambo.

También empiezas pronto a militar en el PCE.

A finales de los sesenta, en plena clandestinidad. Todavía no había ido a la mili cuando entré en las Juventudes Comunistas. Hacíamos reuniones en casas particulares, como podíamos.

“Todavía no había ido a la mili cuando entré en las Juventudes Comunistas”

¿Tu familia estaba politizada?

No. Mi tío, el que trabajó en la minería, sí: estuvo en la cárcel durante la dictadura franquista. Pero, por lo demás, no. Entendieron el problema cuando me metí en él y empecé a luchar. Mi madre se identificó siempre conmigo. Me acuerdo de una vez que estaba yo detenido y vino la policía a registrar la casa; la de Daniel Cerra, que era un quinto. Arriba, había una tapa de estas de buhardilla, para subir si había alguna avería en el tejado. El policía le dijo a mi madre: «Señora, ¿puede traer algo con lo que subirme?». Mi madre le trajo una banqueta. Dice: «Con esto no llego». Y mi madre: «Pues yo es lo que tengo». «¿No tiene usted una escalera?». «No. No tengo ninguna escalera». Aquel intentó subirse haciendo así con las manos y mi madre lo enganchó por los pantalones y lo tiró abajo. Era católica, no practicante, no de misa, pero creyente, igual que mi padre. Pero por tener a su hijo detenido no pasaba. Tiró a aquel tío y él le dijo: «¡La vamos a llevar detenida!». Y ella: «Pues muy bien: llévenme con mi hijo, que es lo que quiero». Después, tanto ella como mi padre llevaron con mucho orgullo que yo luchara, y que la gente les dijera cosas de mí por la calle. Pero politizados no estaban, no. Cuando iban a votar, me preguntaban a quién, yo les decía a quién, y ellos lo hacían. Pero por amor a su hijo, no por convicción política.

Durante la dictadura, te detienen varias veces.

Mi primera detención fue en una manifestación del Primero de Mayo que no llegó a serlo. De aquella, se hacían los saltos en la plazuela de San Miguel. Yo estaba en compañía de otros cuatro compañeros del Partido Comunista y nos detuvieron en plena calle, pero ni siquiera en la Plazuela, sino a la altura del Dindurra o por ahí, suponiendo que íbamos para allá. Nos llevaron a la comisaría y estuve setenta y dos horas detenido, con interrogatorios, con la de Dios. Yo tenía muy bien aprendido que no se podía flaquear, que no podías cantar lo que ellos querían, y mantuve bastante bien el tipo, igual que los otros compañeros. No cantó nadie.

¿Cómo era el proceso?

Te preguntaban por gente: qué papel juega fulanito, qué papel juega menganito. Gente a la que, por supuesto, yo conocía de sobra, pero decías que los conocías de compartir en la Cultural Gijonesa cosas: vamos allí, leemos, jugamos al ping-pong… No se creían nada, pero era el rollo que tenías que soltar. Luego te enseñaban fotos y fotos y fotos. «No, yo a este no lo conozco. No, yo a este no lo conozco». De repente, me calcan una hostia en toda la oreja que me deja sordo. Me la pega el Alcobendas, un tío que fue muy popular en Gijón, porque era muy sanguinario. Una hostia como un piano, que me tuvo zumbando el oído horas. «Hijo de puta, ¿no te conoces a ti mismo?». Me quedé mirando: «Pero este, ¿soy yo?». «Es una foto de un delincuente». Te insultaban así. Era una foto mía, de aquellas en blanco y negro, muy mala; yo no sé de dónde cojones la habían sacado: salía con barba, con unos pelos de la hostia, con la cabeza agachada… Era verdad que no me había reconocido. Barba la había tenido, pero salía demacrado, hecho una mierda. «Coño, pues sí: soy yo; ahora sí digo que soy yo, pero es que no me reconocí». «Te la pusimos porque, como no conocías a nadie, a ver si te conocías a ti».

Cándido González FOTO: David Aguilar Sánchez

De Alcobendas he escuchado hablar mucho. También de uno al que llamábais el Gitano, ¿puede ser?

El Gitano fue el que tiró mi madre cuando se subió al ventanu aquel. Ese también era muy malo. Luego hubo otro, un tal [Vicente] Pedrosa, que fue comisario de policía. A diferencia de Alcobendas y El Gitano, murió ya. Era muy mayor ya de aquella. Él jugaba el papel de policía bueno.

¿Se hacía esto de las pelis del poli bueno y el poli malo?

Se hacía, se hacía. Real como la vida misma. Lo viví muchas veces en Oviedo, donde estuve detenido varias veces. No te dejaban dormir; te despertaban cada dos horas. Bueno, a mí no me despertaban, porque nunca me dormía. Y sí: unos hacían de buenos y otros de malos. Primero venían los buenos: «Pero hombre, mira, joder, tal». Y luego venían los otros, los que te amenazaban.

Volvamos a tu vida laboral. En un momento dado, entras en una lista negra.

Funcionaban aquellas listas, sí. Durábamos muy poco en las empresas. A los pocos días de entrar, llegaban informes de la policía que decían «estos señores no pueden estar aquí, porque son conflictivos», y te echaban a la calle. Entrabas en otra empresa y lo mismo. Durabas una semana como máximo; más no te dejaban. Era imposible trabajar. Trabajé en Montajes Nervión, donde Arcelor; en Montajes San Luis, en Veriña, donde coincidí con Luis Redondo…

En un momento dado, te mandan a trabajar fuera de Asturias, ¿no es así?

Nos trasladaron a trabajar en la planta de Duro Felguera en Córdoba, en montajes, a otro compañero y a mí, como represalia por la pelea que estábamos llevando contra el prestamismo laboral. Llegamos allá y el jefe de obra nos dijo que él no tenía conocimiento de que fuéramos a trabajar allí. «¿Cómo que no, si traemos una carta en la que dice que nos mandan a trabajar aquí?». «No, no; a mí nadie me informó nada, y yo no quiero saber nada». Llamamos al abogado que teníamos aquí, que era [José Ramón] Herrero Merediz, y le dijimos: oye, pasa esto. No nos quieren dar trabajo; nos dicen que no tienen trabajo para nuestra ocupación profesional. Nos dice: «Coged a un notario inmediatamente, presentaos en la empresa y que levante acta de si tiene ocupación para vosotros o no. Que lo diga un acta notarial». El notario fue a pie de obra, le dio una nota al mando de la empresa y le dio tres días de plazo para contestar. En la última hora del último día, contestó que no tenía ocupación laboral adaptada a nuestra categoría profesional. Nos vinimos a Gijón. Y cuando estábamos presentándonos en la oficina de la empresa, entra la Brigada de Información y nos detiene. Montaron un espectáculo tremendo: manos contra la pared, las piernas separadas, la gente acojonada, porque era un edificio de oficinas, la gente «¿qué pasa aquí?». Yo digo: «¡Somos trabajadores, no somos delincuentes!». «¡Tú te callas!», me dijo uno, y me metió una patada por abajo. Nos llevaron a la comisaría de Gijón y de allí a Oviedo, con aquel sanguinario que hubo allá.

“A los pocos días de entrar a una empresa, llegaban informes de la policía que decían «estos señores no pueden estar aquí, porque son conflictivos», y te echaban a la calle”

¿Claudio Ramos Tejedor?

Sí. Menudo hijo de puta. Ahí supe verdaderamente lo que era la policía, la Brigada de Información. Era un sanguinario de la hostia. Te ponía la pistola encima de la mesa y te decía que te iba a matar, a tirarte por la ventana… Y lo de los interrogatorios cada dos horas, con los buenos y los malos. Me acuerdo de que ese día vino mi padre; dejaron que hablara conmigo; me dijo: «¿Por qué no les dices lo que quieren saber, y que te dejen marchar?». Cosas de estas. Fue tremendo.

En 1975 tiene lugar aquel juicio por la integración como fijos de los trabajadores de las subcontratas del Dique Duro Felguera, en el que uno de vuestros abogados defensores fue Felipe González.

Y Cristina Almeida, Rodríguez-Vigil… Sí, sí. Se ganó: Duro Felguera decidió incorporar a todos los trabajadores que estaban en la industria auxiliar sin que hubiera resolución judicial, porque una sentencia hubiera sido un precedente para otras empresas. Pero yo me quedé fuera. A mí y a otro compañero nos habían despedido de otra de las empresas auxiliares en las que trabajé, Montajes La Cruz, justamente por luchar contra el prestamismo laboral, y habíamos perdido el juicio en el Juzgado de lo Social. Más tarde, en el año setenta y ocho, hubo una demanda del comité de empresa para incorporar a todos los represaliados del Grupo Duro Felguera, y no solo a los del astillero. La empresa decía que nosotros no éramos despedidos, porque trabajábamos en otra empresa, pero se les dijo: «No, no: aquí se incorporan todos, y estos señores estaban despedidos por una lucha». Se consiguió y nos volvimos a incorporar a la empresa, y ya estuve hasta el final de mis días en los astilleros. Antes, en medio de todo aquel proceso, entre despido y despido, también trabajé en las esferas de la Campa Torres.

¿Las bolas estas de gas?

En la construcción de esas bolas, sí.

¿Cómo vives la muerte de Franco?

Fue poco después de yo venir licenciado de la mili.

¿Dónde la habías hecho?

En Valladolid. Allí también tuve problemas por mis antecedentes. Lo pasé bastante mal. Primero fui al Ferral, en León. Nos metieron a varios en un tren y nos dijeron: «Hala, poneos todos aquí juntos, que vais todos para la misma compañía». Pero cuando llegamos al Ferral, estamos en formación en el comedor, que era donde se destinaba a la gente, y en esto me llaman a mí por los altavoces; siento decir: «Cándido González Carnero, salga de formación». Salgo de formación y me dicen: «Usted, para la Compañía 16». Y en la Compañía 16 me encuentro con que soy el único asturiano, y todo lo demás son policías, curas… Gente muy patibularia y un capitán que era un borracho indecente. Lo pasé mal, pero luego lo pasé peor en el destino, en Valladolid.

Cándido González FOTO: David Aguilar Sánchez

¿Por qué?

Desaparecieron seis pistolas y me metieron entre los sospechosos. A veces, en la mili, te tocaban servicios de limpieza de las armas. Vino a interrogarme la policía, la Brigada de Información, en presencia del teniente coronel, con un trato muy malo, vejatorio, amenazante, la de su puta madre. Yo les dije que no tenía ni idea de quién las había robado, y era verdad. Siguieron investigando y nunca se supo quién fue, pero se sospechaba que las pudo haber robado algún militar que tenía acceso a todo eso, y que se tapó. El capitán de la compañía me llegó a decir: «Mira, si sabes algo y lo dices, te pongo el traje de civil y mañana te vas a tu casa, licenciado». En la mili, por cierto, teníamos una célula del partido comunista, con gente que era de Zamora, de Valladolid… Los fines de semana, cuando estábamos libres, nos juntábamos y hablábamos del tema militar; de cómo concienciar a la gente que estaba haciendo la mili de que vivíamos en una dictadura. Nos jugábamos la vida, porque si te pillaban… Pero asumíamos el riesgo. Uno con el que no coincidí en el mismo cuartel, pero que estaba cerca, era Vicente Bernaldo de Quirós.

Vicente Macondo.

Sí. Como ya nos conocíamos de aquí, quedábamos para comer.

También coincidiste con Berto Rubio.

Vi que lo cuenta en la entrevista que le hiciste. Lo que dice no es verdad del todo, ¿eh? Lo es una parte, pero creo que se confunde.

Aquello de que un día había que hacer un determinado servicio, pero tú te pusiste en medio del cuartel a beber una cerveza y unos cacahuetes mientras los demás estaban haciendo lo que fuera, y cuando llegó el mando y le preguntó, le dijo que lo habías autorizado tú.

Lo llamé, estuve hablando con él. «Pero qué cabrón eres, ¿cómo dices eso, cabrón, si yo no bebía cerveza, si yo no soy bebedor de cerveza, si nunca bebí cerveza?». Me dice: «Bueno, si no era cerveza, era Coca-Cola, pero me la armaste cojonuda». A ver, se la armaba. Yo era soldado raso y era rebelde, y él era cabo primero. Le digo: «¡Si encima me metías en las peores guardias, me cago hasta en tu madre, en las peores garitas, la madre que te parió! ¿Tengo que aguantarte ahora que estaba comiendo cacagüeses por desobedecerte?» (risas). Yo, de esa anécdota que él cuenta, no me acuerdo. Me acuerdo de otras. Una noche estaba yo en la garita de guardia y en esto vienen a hacer el relevo, que tenías que dar el santo y seña dichoso. Digo: «¡Santo y seña!». No se acordaban. «¡Santo y seña o todos al suelo!», les digo con el cetme en la mano. «¡Cándido, me cago en tu madre, que soy yo!». Digo: «La puta que os parió, cabrones, ¿no decís que hay que cumplir las normas militares? ¡Pues santo y seña o todos al suelo!» (risas). En fin, cosas de esas. Yo con Alberto Rubio me llevo bien, ¿eh? Tengo una relación con él de amistad, de cariño. Tuve muchas diferencias con él en Comisiones Obreras, pero las llevábamos bien. Siempre me reconoció cuando era secretario general de la Corriente, participé en debates con él… Es de las mejores relaciones que tuve en Comisiones Obreras.

¿La muerte de Franco, entonces…?

Estaba trabajando en la Campa Torres, en las esferas de gas. Aquel día, pedí un permiso para venir a celebrarlo con la gente de la Cultural, diciendo en el trabajo que me encontraba mal. No estaba mal ni mucho menos, pero había mucho que celebrar, y yo quería celebrarlo con los camaradas. Esperábamos que hubiera un cambio.

En el PCE estás hasta lo de Perlora, en el setenta y ocho.

En aquel momento me puse del lado de la parte mala, pensando que era la buena, que era la parte de [Vicente Álvarez] Areces, de Merediz, de toda aquella gente que luego acabó pegando el salto al PSOE. Me posicioné en contra de Gerardo Iglesias, que a lo largo del tiempo acabó siendo la persona que más respetos me merece, como militante, como secretario general del partido y como persona honrada que no se benefició en nada de la política. Había tenido una relación extraordinaria con él. Una vez lo detuvieron delante mío en Villaviciosa, en un baile, fusil en mano. El tema de Perlora complicó la relación mía con él, pero yo pensaba sinceramente que estaba en la parte buena; en la que rechazaba la forma de hacer política que se estaba instalando en el partido comunista, el eurocomunismo de Carrillo, posiciones más tranquilas, aquellos pactos y aquellas cosas que estaban pasando. Me acabaron expulsando, junto con mucha otra gente de la posición esa que no nos habíamos marchado, sino que habíamos intentado seguir militando.

Luego pasas brevemente por el PCPE, ¿no?

No, no. Por el PCPE no. Pasé por las Células Comunistas, otra de aquellas escisiones, de la que era uno de los impulsores Fernando Sagaseta, aquel diputado canario. Estuve un tiempo ahí, pero aquello no tuvo mucho recorrido, y yo no volví a militar políticamente hasta que llegó Podemos.

Cándido González FOTO: David Aguilar Sánchez

Me contaron que una vez estabas pegando carteles de la Promotora de Unificación Comunista (PRUC) y te sacaron una pistola.

¿También te contaron eso? ¡Cago en diez! Sí, habíamos estado pegando carteles en Gijón con la foto de Lenin, y estábamos donde el Antiguo Instituto, ya guardando las cosas en el coche, cuando llegan cuatro tíos y arrancan un cartel que estaba recién pegado. Nosotros que lo vimos bajamos del coche, y entonces Saúl, uno que murió, que fue maestro en Arcelor, una gran persona, buen militante, muy activo y muy echao p’alante, fue a por ellos con el palo de revolver la cola. Entonces va uno y saca la pistola. Digo: «¿Qué haces con esa pistola?». «No, yo me voy a defender». «Tú no te tienes que defender de nada; tú lo que tienes que hacer es no quitar los carteles que está pegando otra gente». «¡Es que es una foto de Lenin!». «¡Como si es la foto de tu puta madre! ¿A ti qué cojones te importa, hijo de la gran puta? Pegamos carteles donde nos da la gana. ¿No los pegas tú con la cruz gamada? Vuelve a pegar ese cartel». Cogieron y lo volvieron a pegar.

¿Eran guerrilleros de Cristo Rey o así?

Eran fascistas, no sé más allá de eso… No los conocía, la verdad. Yo conocía a gente de la parte de ellos, porque hubo uno en el Dique Duro Felguera que se metió con nosotros y era confidente de la policía. Lo llamaban San Emeterio. Soldador, compañero de trabajo, participante en las asambleas, una persona súper respetada. Lo descubrimos de casualidad un día que lo pillamos con unos tíos que ya sabíamos que eran confidentes de la policía; uno resultaba que era suegro de él. Porque funcionábamos bien en la clandestinidad, que si no, nos arma una avería de la hostia. Así y todo, la armó, porque lo invitaron a una reunión de los troscos de antes, la Liga Comunista Revolucionaria, y los pillaron a todos; estuvieron unos cuantos en la cárcel de El Coto, entre ellos Santos Torollo.

¿Cómo vives el 23-F?

Estaba en la Cultural Gijonesa. Nos enteramos allí y mucha gente, por indicación del propio partido comunista, empezó a desaparecer; a ir a sitios donde no pudieran identificarlos. Areces, Merediz, toda esta gente se puso en paradero desconocido, cosa que no les reprocho; me parece normal. También Gerardo. Yo no me quise ir a ningún lado por no darle un disgusto a mis padres. Aguanté el tirón, pero bueno, con miedo, con angustia. No sabías si aquello iba a triunfar. Decías: «Con toda la gente que tienen fichada, en veinticuatro horas atrapan a todo dios». Afortunadamente, aquello no salió p’alante.

Entretanto, había empezado a escucharse la palabra reconversión…

Empezó pronto, ya en los setenta. Los astilleros se empezaron a vaciar de carga de trabajo, empezó a haber expedientes de regulación de empleo… En el ochenta y dos la cosa se acentúa y en el ochenta y cuatro es cuando empieza propiamente el proceso de reconversión en todo el Estado, con despidos masivos en los astilleros públicos y los privados. La lucha fue tan fuerte porque entraron todos los astilleros a una sola voz. Era tremendo. En Galicia, en Asturias, en Cartagena…, en todos los sitios donde había construcción naval había batallas campales. Las plantillas fijas de los astilleros públicos eran los que tenían más fuerza, y nosotros nos manteníamos al calor de eso; pero luego hicieron procesos diferentes. Separaron las luchas. Sabían que con todos a la vez no podían y dijeron: venga, astilleros públicos por un lado y los privados por otro. Los públicos fueron negociando sus planes a lo largo del tiempo; y los privados (Naval Gijón, Unión Naval de Levante, Astilleros Unidos del Nervión, Euskalduna, Vulcano…), entrando en proceso de reconversión y siendo liquidados.

“Me posicioné en contra de Gerardo Iglesias, que a lo largo del tiempo acabó siendo la persona que más respetos me merece”

En 1980, participas en una ocupación del consulado francés en Gijón.

Duro Felguera se empezaba ya a deshacer de empresas, y quería darle CENSA a la competencia. Nos solidarizamos. Vino gente de Galicia a encerrarse; tuvimos una lucha brutal. Nos encerramos, sí, en las oficinas de Paquet, donde estaba el consulado. Nos detuvieron a los noventa y dos que nos metimos en la oficina y nos llevaron para comisaría. Las condiciones en una comisaría ya eran malas de por sí, pero aquellos noventa y dos tíos nos pasamos la noche entera allí sin comer, ni desayunar, ni poder hacer las necesidades, ni nada. Eran las nueve de la mañana, nadie daba señales de vida y empezamos a golpear, a protestar, a gritar. Vino un mando y dijo: «Señores, o se callan la boca, o intervenimos». Decimos: «¿Qué cojones vais a intervenir en un espacio de sesenta metros cuadrados con noventa y dos tíos?». Oye, dicho y hecho. Vinieron con los cascos, los escudos y los toletes en la mano. Nosotros pensábamos: «Estos hijos de puta nos van a masacrar aquí dentro, que no tenemos a dónde movernos». Tuvimos que ceder, porque si no, nos abrían las cabezas ahí dentro. Tremendo. Luego, pasamos todos a declarar, y como hacíamos todos más o menos la misma declaración, ya cogían y decían: «Mira, pon la misma que el anterior, porque estos estuvieron hablando y van a declarar todos lo mismo». Luego, nos reíamos de ellos. «¿Por qué os encerrasteis ahí?». «Nah, es que pensábamos que era donde se sacaban las entradas para ir a ver al Sporting a Barcelona». Aquello les humillaba la de Dios. Al final no pasó nada.

Militas en Comisiones Obreras hasta la escisión que da lugar a la creación de la CSI. ¿Cómo y por qué surge en 1982 —a partir de una primera Corriente de Izquierda dentro de Comisiones— la Corriente Sindical de Izquierdas? ¿Cómo vives esos años previos de tensión interna?

Años duros. Que te echen de un sindicato de clase por hacer una huelga en solidaridad con unos compañeros de Galicia era difícil de entender. Nos solidarizamos con la Duro Felguera de Vigo y nos acusaron de desobedecer las instrucciones de Comisiones Obreras, que era partidario de desconvocar la huelga. Nosotros dijimos que no la desconvocábamos —aunque luego es verdad que lo hicimos— y empezaron a acusarnos de que habíamos herido a no sé cuántos policías en las disputas, de que habíamos asaltado la empresa, de que habíamos intentado a secuestrar a Quini y a Kempes…

Te iba a preguntar por eso; por lo de Quini y Kempes. ¿De dónde pudo salir una acusación así?

Fuimos a Mareo a hablar con ellos, y con ellos hablamos como estoy hablando aquí contigo. Queríamos, simplemente, explicar el problema y pedir solidaridad, apoyo, a aquellos dos personajes famosos. Quini era una persona tremendamente solidaria y muy accesible, que no tenía ningún problema en entrevistarse con nadie. Les pedimos que sacaran un comunicado de apoyo. Nos escucharon y no recuerdo lo que nos prometieron. Y desde el sindicato nos mandaron una carta que no te la puedes imaginar, que no te la hacía una empresa ni en el peor de los casos, diciendo que los habíamos intentado secuestrar; una cosa que no se dijo en ningún lado, ni siquiera la policía. Sabían perfectamente que no habíamos ido, ni muchísimo menos, a un secuestro, que es algo que no se le ocurre ni al que asó la manteca. ¡Secuestramos a Quini y nos matan, joder! Que, de hecho, unos años después lo secuestraron… En fin, te duele ver esa carta que te manda tu sindicato y que además la hace pública. La tiene Rubén Vega en el libro que escribió de la Corriente; yo creo que también la tengo por casa. Nos acusaban también de no sé cuántos policías heridos sin hablar de los trabajadores heridos que dejaba la policía. ¡Un sindicato!

Las cosas ya estaban mal desde los Pactos de la Moncloa, ¿no?

Sí. También con el tema de Morala, cuando lo cesaron de secretario general y lo expulsaron. Ya ahí hicimos un concierto en Gijón con Pau Riba, al que no vino gente bastante, y en el que él asumió unos pagarés para que no se suspendiera, por respeto a la gente. Veníamos de esas situaciones complicadas, pero lo de la huelga de Duro Felguera fue ya lo definitivo. Me acuerdo de que fuimos a hablar con Marcelino Camacho, a quien ya le habían informado de que éramos unos radicales que hacíamos los que nos daba la gana. No nos quiso escuchar. Estuvimos un tiempo intentando seguir en Comisiones Obreras, porque era nuestro sindicato, pero aquello se volvió imposible. Nos decían que teníamos que pasar por solicitar el ingreso y aceptar las normas del sindicato y tal. Nosotros no pasamos por ello y al final acabamos constituyendo la Corriente Sindical de Izquierdas a principios de los ochenta. Yo llevo militando en CSI desde entonces.

Con Luis Redondo como secretario general. ¿Qué semblanza harías de él?

Una persona tremendamente honesta en su trayectoria sindical y política. Fue una de las personas más represaliadas que hubo en Asturias. Ese sí que conoció bien las listas negras. No duraba nada en los sitios. Cuando nos pasó después a los demás, seguíamos su estela. Llegaba Redondo a una empresa y pum, lo despedían a los dos días. Pasó en Marítima del Musel y paramos todos los astilleros en solidaridad con él: date cuenta de la diferencia de la lucha sindical de antes a la de ahora. Antes echaban injustamente a un compañero de una fábrica y paraba toda la ciudad. Luis Redondo era un personaje reconocido, con una honestidad y una integridad tremendas. ¡Le impedían mantener a su familia! Tenía críos pequeños, y había que ayudarle con fondos de solidaridad, con cajas de resistencia.

Cándido González FOTO: David Aguilar Sánchez

Tú serás su sustituto al frente del sindicato. Lo relevas en 1998. ¿Fue fácil? ¿Se dejó relevar?

Para mí fue un reto importante. Sustituía a una persona de una trayectoria dilatada de honestidad, honradez, reconocimiento, prestigio… Yo tenía un nivel inferior en trayectoria sindical, era más joven… Pero él apostó por mí. Con el tiempo tuvimos algunas diferencias, pero fue ya en la época de su decadencia. Llega un momento en el que te tienes que apartar por iniciativa propia; no pensar que eres imprescindible; no estar haciendo cosas por detrás de las personas que están en el puesto que tú dejaste por voluntad propia; no fiscalizar lo que hacen; orientarlos, ayudarlos o lo que sea, pero dándoles un margen de confianza. Tuve algún problema con él. Recuerdo una discusión muy gorda por una ocupación que se hizo en Avilés de un espacio de la patronal, que la patronal nunca había utilizado. Detuvieron a los chavales que fueron allí y les pusieron una multa, y Redondo fue al juzgado de Avilés a negociar una sanción. Me enfadé muchísimo. ¡No había denuncia de la patronal! Me lo dijo Vijande, el abogado de la patronal: «¡Cándido! No hemos puesto ninguna denuncia, ¿cómo se os ocurre negociar una sanción?». Fue un detalle por su parte; yo tenía bastante confianza con él. No habían puesto denuncia porque tampoco tenían ningún interés en ponerla: «¡Son locales que nunca vamos a utilizar!», me decía. Los chavales, entonces, rectificaron, dieron marcha atrás y el juez se puso como una moto, porque ya había un acuerdo firmado. ¡Redondo se puso…! ¡No veas tú cómo se puso! Él había negociado, lógicamente, una rebaja de la sanción, pero es que no había por qué haber pagado nada, porque no había denuncia. Pero bueno, son anécdotas. Y no cambian para nada la opinión que tengo yo de Redondo, que es una persona a la que quise mucho, con la que tuve una gran relación, también con su familia, su mujer, sus hijos, y que me parece de lo más honrado que pasó por el sindicalismo. Si tengo que poner a alguien como ejemplo de sindicalista, será siempre a Luis Redondo.

En 1983 tiene lugar una histórica huelga general en Gijón, que paraliza por completo la ciudad, y a la que suceden movilizaciones constantes cada martes y cada jueves hasta 1986.

Lo del ochenta y tres paraliza la ciudad por completo, sí. E indica, creo yo, lo que era la lucha sindical en aquella época; su fortaleza. Tenías la capacidad para parar una ciudad entera. Aquel día cerró toda la hostelería, todo el comercio, todo. Era muy poco lo que había abierto. Los piquetes funcionábamos, pero no tuvimos mayores problemas, porque la ciudad ya estaba paralizada. Fue impresionante. Son épocas sindicales que tendrán que pasar unas cuantas generaciones para que vuelvan. Aquella conciencia social del trabajador, aquella conciencia solidaria del pueblo, era impresionante.

En el ochenta y cuatro, creo que en una de aquellas manifestaciones de los martes y los jueves, matan a un manifestante: Raúl Losa. Lo mata un joyero que ve cómo están zarandeando su coche.

¡Un joyero que trabajó en el sector naval! Yo fui compañero de él en la Marítima. Cuando lo vi en el juicio, no daba crédito. A una persona que trabajó en un astillero, por más que después se dedicara a otra actividad, algo le tenía que haber quedado; algo tenía que saber de lo que era eso; algo tenía que entender de solidaridad. Me acuerdo perfectamente de él: había sido soldador. El coche es verdad que se lo movimos, pero sin hacerle daño ninguno. Teníamos por norma, si venía la policía con las furgonetas detrás, atravesar uno de los coches que estaban aparcados en batería, de tal manera que la policía tuviera que volver a ponerlo en su sitio y ya no nos pudiera seguir. Cruzamos el coche aquel. Pero, porque te crucen el coche, bajar y tirar de pistola y matar a un chaval de dieciocho años que tenía Raúl Losa de aquella… Luego, encima, quedó absuelto totalmente. Lo absolvieron con premeditación y alevosía. Fue un castigo a las movilizaciones del sector naval. Sufríamos castigos a veces, y este fue uno de los más lamentables. Nosotros, después de aquello, organizamos una huelga espontánea. Nos tuvimos que emplear más a fondo que en el ochenta y tres, desde la hora que matan a Raúl Losa hasta el día siguiente por la mañana, porque ya había una desinformación grande; tuvimos que patearnos los polígonos y los talleres para decir que había muerto un estudiante en apoyo a unas movilizaciones. Fue tremendo.

Cándido González FOTO: David Aguilar Sánchez

1984 también es el año en que se funda Naval Gijón a partir de la fusión de Marítima del Musel y el Dique Duro Felguera. Esa fundación ya era expresión de la crisis de los astilleros. ¿Cómo la vivisteis? ¿Con escepticismo, o con la esperanza de que sí pudiera ser un revulsivo en favor de la resolución de aquella crisis?

La esperanza de salvar el astillero y tirar de él la teníamos, pero ya empezaba a verse todo el proceso especulativo que había en la zona. El objetivo inicial que se tenía era crear un astillero a partir de todos los que había, es decir, una fusión de Marítima, del Dique y de Astilleros del Cantábrico. Pero a Astilleros del Cantábrico los dejaron fuera; no quisieron meterlos. El plan ya era trasladarlos a otros sitios. La fusión de Marítima y del Dique —una empresa de Duro Felguera y otra del Grupo Orejas— se crea con la idea de comprar el otro astillero, que era Juliana, y que era lo que les interesaba. Trajeron a dirigir el astillero a Galo Baizán, que era un ingeniero naval de Juliana que venía precedido de una fama de buen ingeniero naval, aunque estaba como la pija de un mono. Era muy buen ingeniero naval, sí; discurría, pensaba la de Dios, pero, ¡buf!, estaba muy chifláu. Vimos pronto que él no venía a salvar el astillero, sino que tenía otros intereses, que eran ir para allá como jefe supremo, a un astillero en el que él había trabajado siempre y con el que había soñado siempre. Lo que pasa es que eso nunca se le dio, y ahí empezaron las dificultades que teníamos con él. Nosotros queríamos salvar el astillero como una empresa que generaba empleo, que generaba la de Dios, pero nos fueron rodeando, metiendo prejubilaciones, reduciendo las plantillas… Cada vez que se planteaba que una reducción de plantilla incluyera prejubilaciones, la gente se tiraba a las prejubilaciones y no había quien los sujetara; no podías controlarlos. Humanamente, yo lo entiendo: a mí me resuelven la vida, marcho pa’ casa con un sueldo decente, dejo de trabajar con cincuenta y cinco años después de toda la puta vida trabajando…, pues a tomar por el culo todo. Yo llegué a ver a padres que tenían a los críos aquí trabajando votar a favor de echar a los eventuales del astillero, porque ellos se iban a jubilar también.

¿Aquella asamblea del 2000, que grabó León de Aranoa?

Esa. Duró nueve horas y fue el momento más desagradable de toda mi vida sindical. Los que defendíamos la posición contraria perdimos por treinta y pico votos. Cuando acabó la asamblea, no me pude aguantar y rompí a llorar. Que después de toda la lucha que habíamos tenido perdiéramos aquello… Me acuerdo de que Fernando León, que lo grabó todo para basarse en ello para hacer el guion de Los lunes al sol, me abrazó y me dijo: «Cándido, habéis hecho lo que habéis podido. No te sientas culpable». Yo no me sentía culpable, le dije: me sentía triste. Que nos pase esto con treinta y pico votos, que vengan a votar los mandos de la empresa y Dios y su madre, que nunca participaron en nada…, pues te jode un montón. Fue una derrota más, de tantas que tuve en mi vida, y la asumí, pero nada me dolió tanto en todos los años que estuve en la lucha sindical.

Nos hemos adelantado. Volvamos atrás. Te propondré más tarde repasar vuestras formas de movilización. Pero, antes, me gustaría hablar del trabajo; de cómo era trabajar en un astillero. Hacíais barcos. Y eso generaba un orgullo profesional difícil de equiparar al que uno pueda tener en un puesto de trabajo del sector servicios.

Sí que teníamos mucho orgullo profesional. Eran trabajos complicados, con mucho mérito. Un barco no lo hace cualquiera. Llegamos a trabajar en unos barcos muy difíciles, sobre todo a última hora: aquellos barcos quimiqueros, que no eran nada fáciles y en los que no teníamos experiencia. Los hicimos bien. Nos fuimos adaptando a todo. Nos adaptamos a trabajar en acero inoxidable, nos adaptamos a sus exigencias, nos adaptamos a las medidas de seguridad que exige el acero inoxidable, en temas de toxicidad y demás. Estábamos en condiciones de construir cualquier tipo de barco. Y cuando veías salir un barco del astillero era… Ibas a verlo con la familia. Se botaba el barco y decías: «Oye, en este barco trabajé yo. Yo participé en su construcción». Te sentías orgulloso. Yo, cuando firmo algún artículo de opinión por ahí, siempre pongo «sindicalista del sector naval», y me siento orgulloso de haber sido sindicalista, de haber luchado por defender miles de puestos de trabajo tanto directos como inducidos, pero también de haber trabajado en el sector naval. Los astilleros sacaron muchos profesionales adelante. En la época de los aprendices, entrabas como aprendiz o como ayudante, aprendías un oficio y salías siendo un trabajador muy cualificado, en condiciones de trabajar en otras empresas. De hecho, cuando el conflicto de los eventuales, la gente a la que se despidió fue a trabajar a otros sitios, y ahora está por el mundo ganando muchísimo dinero, en soldadura y en otras cosas, porque se especializaron, y son muy buenos. Los astilleros que quedan, hay que salvarlos como sea. Siguen siendo, hoy por hoy, una industria que genera muchísimo empleo.

Astillero Armón de Xixón. Foto: Iván G. Fernández

¿Crees que hay futuro para los astilleros en España?

Debería haberlo. En todo el mundo, los astilleros están en pleno apogeo; en el mejor momento de su historia. Fuimos una de las principales potencias mundiales en construcción naval, y ahora debemos de estar de las últimas, porque la reconversión lo que hizo fue reconvertir a los trabajadores en parados. Ahora, pagamos las consecuencias. Pero podría venir un empresario a invertir y a crear un astillero importante en Gijón, en Asturias. Habría sitios para montarlo: el puerto de El Musel, por ejemplo. Anda que no hay ahí terreno de sobra para hacer astilleros. Hubo una idea hace tiempo de hacerlos allí; llevarlos allí y que no fueran ningún problema para el desarrollo de la ciudad, ni pasara lo que pasó en Sestao, donde la Naval no se pudo mantener porque se opuso el PNV, que hizo prevalecer el pelotazo urbanístico en la margen izquierda del Nervión. Aquí también prevaleció. Pero sigue habiendo condiciones para crear astilleros. No se va a hacer, claro.

Te preguntaba antes por el orgullo del trabajador de un astillero y ahora quería preguntarte por la dureza del trabajo. Los accidentes. Me contaron de una vez que un trabajador pinchó un cable con un martillo hidráulico y se fue carbonizando, agarrado al martillo, sin poder soltarse.

De ese no me acuerdo. Me acuerdo de uno, ya cuando era Naval Gijón, al que le cayó un gato hidráulico encima. Estaba soldando en la parte de abajo. El gato tiene mucho peso; aproxima piezas de mucho peso. Se desprendió y lo aplastó. Creemos que es porque la soldadura cristalizó por la noche, se rajó, se abrió con el frío, y cuando este trabajador fue para allá por la mañana, dilató y rompió. Me acuerdo también de otro que murió en un tanque, por un escape de gas. Tú dejabas a lo mejor un soplete dentro de un tanque para no sacarlo y a lo mejor había alguna fuga de gas por algún sitio; se perdía gas dentro de un tanque cerrado, llegabas por la mañana, pinchabas con un electrodo y aquello era una explosión segura. Hubo accidentes duros, sí, y eso que este no fue de los sitios en los que más accidentes hubo. Mortales, recuerdo estos dos, aunque igual hubo alguno más. Todo esto se mejoró con el tiempo, con la experiencia. Había compañeros que llevaban todo el tema de seguridad y empezaron a decirte: «Sal de ahí, que eso hay que ponerlo bien»; a no dejarte trabajar si no lo hacías bien. A veces hacíamos cosas por comodidad. Decir, yo qué sé: tenemos que subir a un andamio que no tiene mucha altura, que es un metro y medio o dos metros, y en vez de poner tres tablones, para no andar peleando con ellos, ponemos uno. Como es para poner un punto nada más o tal… Pero das un paso en falso y caíste de metro y medio o de dos metros y te pegaste una hostia cojonuda, o hasta te pudiste matar. Todo eso se fue corrigiendo, y a última hora había muy pocos accidentes.

Vamos con las formas de movilización. Tú comentabas en una entrevista hace tiempo, respondiendo al «Naval Gijón es ETA» de aquellos años, que eran «espectaculares, pero no violentas». Por ejemplo, cuando quemabais coches, eran siempre coches abandonados o de simpatizantes que los iban a tirar y os los daban, ¿verdad?

Yo doné un coche viejo que tenía para quemarlo en una movilización. Sí: teníamos equipos de gente que funcionaban muy bien, trabajando unos para una cosa, otros para otra… Y la había que se dedicaba a localizar coches abandonados, de aquellos que veías con las ruedas pinchadas, etcétera. Cuando se veía un coche abandonado, se le pegaba una pegatina y, cuando nos coincidía que pasábamos por esa zona, lo quemábamos. Era muy espectacular. Un coche quemando en medio de la calle llamaba mucho la atención y nos garantizaba la información en los medios de comunicación. Teníamos el concepto de que, si no hablan de ti, es que estás muerto. Pero nunca le quemamos el coche a nadie. Bueno, sí, una vez. Fue en una concentración en el parlamento asturiano, con la gente de Duro Felguera. Se quemó una barricada en la puerta del parlamento y estaba aparcado cerca un coche de un diputado del PP, que se quemó. No se calculó que aquello podía entrar para dentro y quemó. Daños colaterales… Pero jamás quemamos adrede un coche que estuviera en uso. Se decía que lo hacíamos, para descalificarnos, para desprestigiarnos, pero no era verdad. Es más: cuando, en las movilizaciones, alguno de los coches que aparcaban en la zona sufrían algún tipo de desperfecto, lo pagábamos. Teníamos una caja de resistencia que hacíamos todos los trabajadores a escote pericote para, si había daños colaterales, en los coches, en los cristales de las casas o lo que fuera, pagarlos; y pagábamos tanto si el daño lo provocábamos nosotros como si lo provocaba la policía con las pelotas o lo que fuera. La gente nunca se quejó. Me acuerdo de una vez que hicieron una encuesta en la televisión de Gijón, sobre qué opinaba la gente del barrio de las movilizaciones que bloqueaban la ciudad. Y lo que se decía mayoritariamente era que algo tendríamos que hacer para defender el puesto de trabajo, que nos estábamos jugando la vida y que era admirable. Tuvimos la simpatía de la gente. Lo vivían de cerca.

Pasaba esto que sobre todo se ve en las cuencas mineras: de la mina vive todo el mundo; los mineros propiamente dichos, pero también los dueños de las tiendas en las que compran los mineros, de los bares en los que paran los mineros…

Claro. La cantidad de puestos de trabajo indirectos que se generaba era la leche. Tú miras hoy la zona alrededor de los astilleros y ves que casi todos los bares y comercios de aquella época cerraron.

Cándido González FOTO: David Aguilar Sánchez

Una vez os encadenasteis a un avión.

En el aeropuerto de Asturias. Nos detuvieron; pasamos por el jugado de Avilés. Si es hoy, nos meten tres años o seis o la de mi madre. ¡No nos pasó nada! Nos dijeron: «Pero bueno, hombre, ¿cómo hicieron ustedes esto?». «No nos hace caso ni Dios, y nosotros lo que queremos es trabajar». «¡Lárguense de aquí!». Nos absolvieron a todos; a los treinta y pico que éramos.

En 1987, cortasteis durante diez días la calle Mariano Pola con un camión colgado de una grúa.

Fue la primera de las dos veces que la cortamos. Esta fue cuando se les terminaba el plazo a los que eran excedentes del astillero y habían ido a los fondos de promoción de empleo. No los habían recolocado en ninguna parte y reivindicábamos su vuelta al astillero. Como no los querían recolocar, hicimos lo del camión y un encierro en las grúas, donde estuvimos diez días.

Me han contado que, en un momento dado, había mucho viento, la grúa que sostenía el camión empezó a bambolearse, y el camión llegó a quedar a medio metro de la ventana del cuarto piso del edificio de al lado.

No, no. No sé quién te lo contó, pero no. El camión estaba más bajo que las ventanas, y sujeto con tirantes de acero que hacían de vientos, para sujetarlo. Era una acción muy difícil de deshacer, porque o se bajaba con la grúa, o se tenían que cortar los cables para bajarlo.

Y vosotros, desde las grúas, os asegurabais de que nadie se acercara disparando tornillos, tuercas, llaves inglesas, piedras y hasta voladores.

Sí, sí. Era imposible deshacer esa acción. Y la policía no podía entrar en el astillero, en la grúa. Tú trancas por arriba y allí no hay dios que entre como no sea en helicóptero. Lo único que podían hacer era encerrarnos allá y que la gente que estaba dentro no pudiera comer. Pero eso también lo teníamos bien atado. Un astillero tiene entradas y salidas por todos los sitios. De hecho, me acuerdo de una vez que había orden de detención contra el comité de empresa, porque habíamos tenido una movida impresionante, y estando cercados salimos en lancha mientras escuchábamos a la policía con walkie-talkies. Nos bajamos en el muelle y seguíamos escuchándolos; recuerdo al mando de la policía, que era extremeño, diciendo: «¡Ehtamoh adentro y no hay ni Crihto, no sabemoh por dónde se han ío, no lo sabemoh, hemoh vigilao toah lah salíah y no hay nadie!» (risas). Miraron hasta unos colectores que se estaban construyendo, por si hubiéramos salido por ahí. Nada. Nos habían sacado en lancha.

Dices que cortes de Mariano Pola hubo dos.

La otra fue en el noventa y cinco y fue cuando conseguimos entrar en la línea de construcción de quimiqueros, cuando ya nos daban por cerrados. Lo denominamos el contrato de los Rolling Stones, porque era cuando iban a venir los Rolling Stones a Gijón. Paralizamos la ciudad entera; la dejamos incomunicada. Nos cargamos un transformador de alimentación de la luz en El Molinón unos días antes. Fue tremendo. Estaba Areces de alcalde, y tomó la decisión de ir a Madrid a negociar con el ministerio la transferencia de tecnología. Nosotros no teníamos la tecnología de esos barcos, pero la tenía Astilleros Españoles, que no los iba a construir. Dijimos: «Coño, y si Astilleros Españoles no los va a construir, ¿por qué no los vamos a construir nosotros? Joder, ¿qué pasa? ¿Preferís que los barcos se hagan en otro país?». Tini Areces fue para allá y negoció con el Ministerio de Industria. Nos llamó: «Ya tengo conseguidos los objetivos, así que desmontad, abrid paso, que necesitamos la ciudad abierta». Le digo: «Queremos ver el documento». Dice: «¡Joder! ¿No te fías de mí?». Digo: «Queremos ver el documento. Yo no puedo decir a los trabajadores que levantemos y que mañana nos traigas aquí una chapuza de documento que no nos valga. Como pase eso, me cuelgan a mí de la grúa». Esta vez, cortamos con una columna de estas de los andamios, que te lo ocupa todo de un lado al otro. Le digo a Areces: «Lo siento, pero no». Dice: «¡Es que estoy en Madrid todavía!». Era la una y pico de la mañana. Digo: «Pues te vienes aquí». «¡Joder, es que no tengo en qué ir!». «¿En qué fuiste? Pues en lo mismo que fuiste, vienes. Nos dan igual las nueve que las diez, y a ti te da igual que levantemos la barricada a las diez que a las once. Queremos ver el documento». Conque lo obligamos a presentarse aquí con el documento. Vimos que el documento era correcto y levantamos las barricadas, demostrando que presionábamos, pero que, si la negociación era favorable a lo que estábamos pidiendo, levantábamos. Nosotros no queríamos estar en la calle: queríamos trabajar. Y cumplíamos. Los que no cumplían nunca eran ellos. Cuando la del ochenta y siete, también se firmó un compromiso de incorporación al astillero de los trabajadores aquellos. Se firmó en Nochebuena, porque la cosa de que los trabajadores pasaran las Navidades en las grúas había generado mucha sensibilidad social. Me acuerdo de que, de aquella, Tini Areces también jugó su baza; vino a saludar a la gente cuando se bajó de las grúas.

Es guapa esa del concierto de los Rolling. Aprovechar algo que era una propaganda tremenda para el Gobierno municipal para presionarle.

Es que el concierto de los Rolling, para ellos, era la de Dios es Cristo; un acontecimiento histórico para la ciudad. Ellos tenían que tenerlo todo resuelto y por eso conseguimos los contratos. Me acuerdo de una negociación con la policía en el bar de la estación. Yo era el secretario del comité de empresa, y estábamos yo y el presidente, que era de Comisiones Obreras; estábamos los dos. «Tenéis que dejar pasar a las ambulancias», nos decían. Yo les decía: «No vos preocupar, que a las ambulancias les dejamos pasar: por eso no hay ningún problema. Si hay una emergencia, retiramos, pasan y volvemos a cerrar». Decían: «Pero es que tenéis que abrir, porque no puede estar una ciudad paralizada». Y nosotros que no. Me acuerdo, no se me olvidará nunca, de que entonces entraron los mandos de Oviedo y dijo uno de ellos, que era alto, enorme: «¡Con estos hijos de puta no hay nada que negociar! Ya sabemos lo que tenemos que hacer». Joder, entre que salimos del bar y llegamos al astillero, ya había una batalla campal. Estaban los compañeros disparando voladores a mansalva, y ellos pelotas de goma y la de mi madre. Nosotros, en medio. Tuvimos que decir a los compañeros: «¡Parad, cabrones, que nos vais a liquidar a nosotros!». En media hora, gastamos treinta y cinco docenas de voladores, con tanta suerte que… Bueno, «tanta suerte» no, que pudo haber sido una desgracia. Los que estaban dirigiendo la operación estaban en un coche, y les entró un volador debajo y les pegó un petardazo de la Virgen. Dijeron: «¡Estos están locos, están dispuestos a morir; vámonos de aquí, que nos van a matar!». Eso me lo contó a mí el que fue comisario de la policía y después jefe de la policía de Asturias, Baldomero Araújo, con el que conservo mucha relación y del que tengo buen recuerdo, porque siempre cumplió con todas las cosas que acordamos cuando teníamos detenidos. Detenían a alguien y me decía: «Mándame un abogado para acá, que no quiero tenerlos aquí. No quiero problemas. Que se arregle el juzgado con ellos». Mientras él fue comisario, no durmió nadie en la comisaría. Está jubilado, ahora. Me lo encuentro por ahí a veces y tenemos parrafadas. Todavía me lo encontré el otro día y me hizo un comentario: «Mira, te estoy muy agradecido de una cosa que nunca se me olvidó». Yo: «Ah, ¿sí? ¿Cuál?». Me contó algo de lo que yo no me acordaba. Cuando mataron a aquellos policías en Hacienda…

Cándido González FOTO: David Aguilar Sánchez

El atentado aquel de los GRAPO, ¿no? En el ochenta y nueve, me parece.

Sí. Me contó Baldomero: «Yo te llamé y te dije: “Cándido, tenemos un problema muy gordo hoy en la policía. Joder, os pedimos sensibilidad. No nos hagáis movida hoy, porque estamos jodidos, tío”». Yo lo expliqué en la asamblea de la fábrica: «Oye, la policía nos pide esto. Tenemos que demostrar que somos coherentes. Hoy toca movilización, pero vamos a decir que, por petición de la policía, y por respeto a lo que ocurrió, no la vamos a hacer». Así lo hicimos, y me lo recordó Baldomero Araújo el otro día.

Una vez escuché en el bar de mi pueblo a un antidisturbios jubilado, que estuvo destinado en Gijón, en las movilizaciones del naval, hablar con una curiosa admiración de vosotros; de lo bien organizados que estabais. Decía algo así como: «Yo cumplía mi papel, y ellos el suyo». Había una especie de respeto paradójico entre ejércitos rivales.

A mí me lo dicen mucho, sí, sí. Mira, el día que vino Yolanda Díaz a la Semana Negra, hace dos o tres años, hubo una recepción en el Ayuntamiento, y yo con Yolanda Díaz tengo muy buena relación, porque la conozco de hace mucho; y me dijo la de protocolo que si podía acompañarla, porque había convocada una concentración de la Corriente por el tema de la reforma laboral. Fui. Y cuando llego al Ayuntamiento, me ve el mando de la policía y dice: «Pero este ¿qué hace aquí? ¿Puede estar o no puede estar?». Dice otro entonces: «Sí, sí, Cándido puede estar aquí. Hoy está en el bando contrario». Digo: «No, yo estoy en el que estuve siempre. Yo no cambié de bando». En esto llega la delegada del Gobierno, Delia [Losa], y dice: «¿Lo habéis registrado? ¿Lo habéis registrado?». Dice el mando: «Sí, sí; ya está registrado». Todo en tono de broma. Yolanda se descojonaba de la risa. «Pero ¿cómo tienes tan mala fama?» (risas).

Lo de la organización. Erais un ejército en el que cada cual sabía cuál era su papel. Las barricadas, cualquier otra forma de movilización, no se llevaba a cabo espontáneamente, sino que había una planificación y un reparto de tareas minucioso.

Cortamos, por ejemplo, las vías del tren en varias ocasiones, y lo teníamos todo perfectamente estudiado para que no pasara nada: los horarios de los trenes, etcétera. Teníamos gente preparada en la estación anterior y en la siguiente. Entregábamos un papelín y decíamos: «De tal hora a tal hora, se cortan las vías; paren la circulación». Teníamos unas normas de seguridad muy minuciosas, y estudiábamos bien los casos. Cuando entramos a encadenarnos al aeropuerto, estuvimos estudiando aquello quince días seguidos, a ver por dónde podíamos entrar. Y aun así, tuvimos un lío con un guardia civil que debía de ser joven y que empezó: «¡Alto o disparo!». Me decía un compañero: «Cándido, me fallan las patas, ¡dice que dispara!». Di la vuelta yo y le dije: «¡Calla, joder, que no vamos a secuestrar el avión, que somos trabajadores del sector naval que venimos a protestar!». El tío estaba nervioso, pero se calmó. Pero sí: organización. Lo de los coches lo teníamos muy estudiado, como ya te conté; y también teníamos otra brigada de recogida de neumáticos por los talleres, que almacenábamos luego dentro del astillero. Teníamos un almacén impresionante.

Hablábamos antes del orgullo profesional; de esa satisfacción por lo que los petardos llaman ahora know-how. Ese know-how, lo mismo que hacía barcos, hacía barricadas o inventaba las bocachas, aquella especie de bazucas artesanales para disparar a la policía. Teníais un conocimiento artesanal que, vuelto contra los patronos, era poderosísimo.

Claro, claro. Es que no éramos unos profesionales cualquiera. Llevábamos muchos años trabajando. Nosotros teníamos esa satisfacción, pero los de la parte técnica también: oye, soy ingeniero naval; oye, soy maestro industrial; oye, soy ingeniero técnico; oye, soy delineante. Cada uno, en su espacio, sentía ese orgullo. Quizá lo sintiera menos el clásico auxiliar administrativo que puede trabajar en cualquier oficina haciendo lo mismo, pero aquellos cuyas profesiones dependían del astillero llevaban muy a gala pertenecer al sector naval. Algunos, incluso demasiado, porque se acababa considerando gente superior a los demás. Había mandos por arriba que eran unos cabrones…

La movilización fue épica, heroica, pero también generó enormes problemas de salud mental en trabajadores sometidos al estrés de la incertidumbre que se cernía sobre ellos. Se incrementaron el alcoholismo, la drogadicción, los desórdenes disociativos, los suicidios… Esto lo estudió mucho Guillermo Rendueles.

Guillermo Rendueles hizo muchos informes sobre eso, sí. Hubo gente que se suicidó; que no aguantó la presión. Era jodido. Y gente con situaciones económicas difíciles, y gente que también tendría sus condiciones particulares en casa, de presiones de la familia. Era duro. Casi nunca cobrábamos un mes completo de sueldo.

Pero teníais cajas de resistencia, ¿no?

Las había, pero no daba para todo; solo para los casos más necesitados. Yo nunca pedí nada a la caja de resistencia, porque, estando soltero, vivía con mis padres; y estando casado, tirabas del teto de los padres igual. Pero hubo gente que lo pasó mal.

“Estábamos presos, no teníamos privilegios, pero estuvimos agusto, dentro de lo que cabe”

En las movilizaciones de Naval Gijón, tú eras el portavoz ante los medios de comunicación; la persona encargada y siempre pendiente de esa relación, de una manera que fue muy importante para que el movimiento tuviera impacto mediático y apoyo social. En imágenes de vídeo de la época, documentales, etcétera, se te suele ver con el teléfono en la mano, incluso detrás de una barricada o en medio de un corte de tráfico.

¡Es que era el secretario del comité de empresa a la vez que secretario general de la Corriente! Sí, tuve mucha relación con la prensa, y buena. Había empatía y respeto. Siempre entendí bien que una cosa era el periodista, el trabajador del medio de comunicación, y otra la dirección, que evidentemente interpreta las cosas en función de sus intereses. A mí estuvieron a punto de empapelarme por un titular en La Nueva España sobre cómo se estaban tirando por las alcantarillas las subvenciones que se estaban recibiendo que no tenía nada que ver con las declaraciones que yo hacía. El [Fernando] Canellada: ¡tuve un follón con él…! Me metió una querella Galo Baizán, que me pedía ciento veinte mil euros de indemnización. Tuve los cojones de corbata. Mi mujer decía: «¡Como nos metan ciento veinte mil euros, vamos a vivir debajo de un puente!». Al final me absolvieron, y les pedimos costas y nos tuvieron que donar dos millones de pesetas que doné al sindicato, que había corrido con los gastos del juicio y, si perdía, también lo iba a asumir de alguna manera.

A principios de los 2000, tuvisteis un policía infiltrado. Nel.

En los movimientos antiglobalización. Resultó que seguía las actividades nuestras en el sector naval como policía, pero no lo conocíamos de eso. Él viajó con nosotros a Barcelona, a las manifestaciones contra el Banco Mundial. Hasta participó en mesas de debate de los movimientos antiglobalización cuando la cumbre del Ecofin en Oviedo. Incluso fue el principal impulsor de la quema de una ETT en la calle San Bernardo, en Gijón, en una manifestación del Primero de Mayo, rompiendo las lunas y la de Dios. Cuando se infiltran, se infiltran de verdad, para no levantar sospechas. En Barcelona, yo fui el que menos tiempo estuvo con él, porque, como era secretario general del sindicato y tenía varias charlas en distintos actos, no estuve donde estaba él. Pero cuando fue el juicio de Morala y mío, vino a declarar, y en cuanto lo vimos, dijimos: «Hostia, ¿de qué conocemos a este tío?».

¿Os sonaba, pero no lo ubicabais?

Nos resultaba conocido, pero no sabíamos de qué. Es que, además, venía totalmente diferente: traía el pelo corto, venía de traje… Le preguntaron: «Usted, ¿tiene algún interés en el juicio? ¿Conoce a Cándido y Morala?». «No, no tengo ninguna relación con ellos; no los conozco de nada más que de seguir sus actividades en las movilizaciones del astillero». Nosotros empezamos a darle vueltas y más vueltas. Y en esto dice Morala: «Me cago en diez, ¿no será el que fue a Barcelona con nosotros?». Miramos las fotos y zaca: era él. Le pusimos una demanda por falso testimonio. Había declarado en un juicio, bajo juramento, que no nos conocía, cuando sí nos conocía. Pero no volvimos a saber nada de aquella denuncia que le pusimos.

Vamos con aquel juicio. En 2005, alguien quema el cajetín de conexiones de una cámara para el control del tráfico que había delante del astillero. El Ayuntamiento de Gijón lo denuncia y, según vosotros, hincha la factura para que sea delito, pero luego niega haber tenido nada que ver. En 2007, vais a juicio, y Juan Manuel Martínez Morala y tú acabáis condenados a tres años de cárcel.

Morala estaba pasando por un momento difícil de su vida, con una enfermedad de su hija, que estuvo a punto de morirse; una enfermedad de estas raras, que se salvan muy pocos en el mundo, y que después tuvo él. Se salvaron los dos, pero de aquella estaba en un momento delicado. Yo también: tenía a mi mujer recién operada de un cáncer. Cuando me detuvieron, se vino abajo. Me cogieron aquí, delante del astillero, viniendo de una concentración en el Ayuntamiento, precisamente en apoyo nuestro. Venían dos compañeros conmigo, porque ya se sabía que había orden de detención contra mí, y venía también mi mujer. Cogen y me sacan una placa: «Carnero, nos tienes que acompañar». Les digo: «No, no. Yo me voy a casa, no me voy con vosotros. Además, voy con el perro, tengo que llevarlo a casa, y mi mujer no está en condiciones». «Pues que lo lleve uno de tus compañeros, pero a casa no te podemos dejar ir, que luego te metes allá y no sales». A mi mujer le dijeron que no se preocupara; que me iban a tomar declaración, y que después iría para casa. Yo decía: «¡No les hagas caso, te están engañando, me llevan para Villabona!». Ella tenía todavía la cicatriz de la operación, llevaba un paño por aquí, estaba muy demacrada. Y nada. Fuimos para comisaría y, cuando estábamos allí, llamaron a mi mujer para pedirle perdón. Le dijeron: «Perdone, señora, la hemos engañado, pero no por voluntad nuestra. Vimos que él se ponía rebelde y no quería venir, y la tuvimos que engañar, porque no nos quedaba otro remedio. Le pedimos disculpas, pero teníamos que cumplir con nuestra obligación. Es verdad que lo detuvimos, y vamos a llevarlos ahora para la cárcel de Villabona. Pónganse en contacto por si los quieren visitar mañana, para llevarles ropa o lo que sea». A mí, uno también me pidió disculpas. Me dijo que ellos no habían querido detenernos en aquellas circunstancias; que no éramos sospechosos que nos pudiéramos escapar a ninguna parte, y que, si nos hubieran citado en la comisaría, nos podían haber detenido allí y no delante de las familias, de la manera en que lo hicieron.

En Gijón, se crea una Plataforma por las Libertades y contra la Represión que recibe un apoyo enorme. «Todos somos Cándido y Morala», se grita en manifestaciones muy concurridas.

Tanto Morala como yo lo vivimos con cierto orgullo, porque tuvimos un respaldo social como nunca había tenido nadie. Yo creo que, si nos toca en esta época, no nos libra ni María Santísima de cumplir la condena entera. El respaldo fue inmenso, pero no solamente en Asturias, sino fuera. Estuvimos dando charlas por todos los sitios. Fuimos a Cataluña, a la Universidad de Barcelona y a la Autónoma, que organizaron actos con nosotros, y se quedó gente en la calle que no podía entrar. Éramos los primeros presos de la democracia por un tema laboral, y llenábamos todos los sitios. Recibimos apoyos hasta de Sudáfrica. Todo aquello nos dio más moral que otro poco.

“El Ayuntamiento no tenía necesidad de poner la denuncia, pero la puso, y marcó una cantidad superior a su valor”

Comentabais que aquel delito no lo cometisteis, pero os podían haber incriminado de cosas más graves que sí habíais cometido en otros momentos.

Tuvimos un juez que no cedía absolutamente en nada, Lino [Rubio] Mayo. Y hubo una cena de fin de año de abogados, fiscales y todo eso, salió el tema nuestro, le dijeron a Lino Mayo que nos había condenado injustamente y la contestación que dio fue: «¡Por otras que armaron y no pagaron!». Sí: hubo otra vez que nos pedían seis años por participar en la quema de un coche viejo al otro lado del puente de la estación. Y ahí sí participamos. Tenían imágenes nuestras y todo, y vieron perfectamente que Morala rompía los cristales con una piqueta, otro echaba la gasolina y yo le prendía fuego al coche. Pero aquella vez nos tocó Rosario Hevia, que en paz esté la mujer. Menuda jueza. Esta nunca condenó a ningún trabajador. ¡Les metió una pasada a los policías…! Hasta les riñó: «¡No me salga usted de la sala hasta que termine de declarar el resto!». El otro permitía a los policías salir, hablar unos con otros… Esta, no. Y me acuerdo que a uno lo abrasó; estaba negro. «¿Usted conoce a Cándido y Morala?». «Sí, sí, sí. Yo los conozco. ¿Cómo no los voy a conocer? ¿Quién no conoce a Cándido y Morala en Gijón? Por eso no me equivoco; sé perfectamente que eran ellos». «Pero usted, ¿dónde estaba?». «Yo estaba en la esquina del economato». El economato aquel que había donde está Centro Reto. «Y el coche, ¿dónde lo quemaron?». «A la bajada del puente». Dice Rosario: «Pero bueno, ese día creo que caía una lluvia torrencial, y estaba oscuro, oscuro, oscuro. Lloviendo tanto, y con esa oscuridad, ¿cómo los pudo ver usted con tanta claridad, aunque los conociera?». Me cago en Dios, lo puso contra las cuerdas, y a los otros igual. Luego tuvo problemas; la sancionaron, porque en veinticuatro horas resolvió, y el Lino Mayo la acusó de desleal y de no sé qué más, de dejarlo vendido y la de mi madre. Tenía sentencias sin resolver y resolvió la nuestra en veinticuatro horas (risas). Aquella fue la hostia. Pero con Lino Mayo no libramos. Pidieron el tema de la libertad provisional y no la concedió en ningún momento: tuvieron que preparar un chanchullo para que se fuera de vacaciones y nos diera la libertad provisional una juez sustituta. Fue un sanguinario de la hostia, el tío. Nosotros le machacamos mucho. Lo culpamos de condenarnos sin pruebas, de no aceptar pruebas en el juicio… El policía infiltrado aquel, por cierto, dijo en el juicio que me había identificado perfectamente en la quema del cajetín; que, cuando entraba en el astillero, me quité la capucha y vio que era yo. Mintió: yo no había entrado por la puerta que él decía. Fue todo un montaje.

¿Qué tal el paso por la cárcel?

Fuimos para el módulo terapéutico, y los funcionarios y el resto de los presos tuvieron un trato bueno con nosotros. Teníamos el respeto de ser trabajadores; no estábamos allí por delincuencia, ni por droga. Estábamos presos, no teníamos privilegios, pero estuvimos agusto, dentro de lo que cabe.

¿Quiénes eran vuestros compañeros? Morala bromeaba diciendo que no había visto a ningún millonario, ni a ningún político, ni a ningún banquero.

No los vimos, pero los había, ¿eh? Chanchullos de estafas, cosas de estas. Conocimos en el módulo terapéutico a un tío que tenía una condena larguísima: lo llamaban el ladrón del traje, y era padre de un dirigente del PSOE de aquí de Gijón. Nos dijo: «Dadle recuerdos a mi hijo, que nunca me vino a ver; nunca quiso saber nada de su padre». Cuando salimos de la cárcel, lo encontró Morala en la Semana Negra, y se lo dijo: «Oye, queremos Cándido y yo hablar contigo, porque estuvimos con tu padre». El tío dice: «¡Yo de mi padre no quiero saber nada!». Luego nos llamó [José Manuel] Sariego, el que fue concejal aquí en Gijón, y nos dijo: «Oye, dejad al chaval, que bastante tiene». Le dijimos: «Nos dijo su padre que habláramos con él, ¿qué culpa tenemos de haber coincidido con él? ¡No habernos metido en la cárcel, que encima tenéis la culpa de que hayamos ido para allá!». En fin. Fue una experiencia que tuvo sus connotaciones negativas, pero también la satisfacción del apoyo recibido de tantísima gente.

Fuisteis duros con el Ayuntamiento. Pero el gobierno municipal aseguraba que no había tenido más remedio que presentar la denuncia, porque no hacerlo significaba prevaricar; y que tampoco podía renunciar a la indemnización de 5624,83 euros fijada por Lino Rubio, porque ello sentaría un precedente para que cualquier deudor exigiera el mismo trato.

No, no, no. Eso no es verdad. El Ayuntamiento, a lo largo de la historia, y mira que las armamos gordas, nunca puso denuncia de ningún tipo contra bienes públicos. Nunca. Jamás. Hicimos muchas, ¿eh? Algunas, intencionadamente. La cámara esta, no era la primera vez que la quemábamos. Precisamente ese día, yo le dije al policía municipal que venía siempre a controlar el tráfico: «Oye, avisa de que pongan la cámara en otro sitio, porque la gente está muy quemada con ella: graba a la gente, joder. Avísalos». Me dijo: «Mira, yo no hago ni puto caso, haced lo que os salga de los cojones con la cámara». Así mismo me lo dijo: «Estoy hasta los cojones de avisar de que estáis cabreados con el tema de la cámara, porque os vigila más a vosotros que al tráfico». Le prendieron fuego. Pero ya la habíamos quemado más veces; se quemó tres o cuatro veces esa cámara. Incluso estando Morala y yo en la cárcel la volvieron a quemar los trabajadores en apoyo nuestro. El Ayuntamiento no tenía necesidad de poner la denuncia, pero la puso, y marcó una cantidad superior a su valor, entendemos nosotros que para que hubiera delito penal y no un mero delito de daños. La policía acusa, el Ayuntamiento denuncia y el juez condena. El proceso fue así. Y la instrucción se hizo desde un principio para que nos tocara el juez que nos tocó, porque nos pudo haber tocado otro.

Todo este proceso hizo que CSI rompiera relaciones con IU.

Formaban parte del equipo municipal, [Jesús Montes Estrada] Churruca en concreto. Fuéramos o no culpables, Izquierda Unida tenía que haberse negado a poner denuncia alguna contra trabajadores, habiendo sido Churruca precisamente trabajador del astillero.

Habíais sido muy amigos, ¿verdad?

Muy amigos. Desde la adolescencia. La detención aquella del Primero de Mayo fue con Churruca. Yo había empezado a militar con él en las Juventudes Comunistas; teníamos muy buena relación. Luego se desviaron nuestras trayectorias de una manera que se volvió insostenible. Teníamos diferencias políticas y sindicales. Y esto lo remató. Fuimos muy duros con aquello; a Izquierda Unida le dimos muy fuerte. Él trató de justificarlo, además.

“Considerábamos que no habíamos cometido ningún delito y, por lo tanto, no teníamos por qué pedir ningún indulto”

Churruca dice que, cuando tuvo noticia de la denuncia, ya era tarde para detener el proceso; que hay un tipo en el Ayuntamiento que va todos los días al juzgado a recoger notificaciones de destrozos y, en su momento, recogió la del destrozo del cajetín: «Si en aquel momento —dice— en el que llegan las cartas yo hubiera imaginado que una de ellas era una denuncia por aquella puta mierda de petardo, esa carta no hubiera pasado de allí. La hubiera roto, la hubiera tirado o la hubiera dejado en un cajón, porque no es lo mismo un borracho que rompe una papelera que unos trabajadores que están defendiendo su puesto de trabajo igual que yo defendí el mío en otros tiempos en los que quemábamos no ya cajetines de cámaras de seguridad, sino autobuses que valían treinta y dos millones de pesetas».

Sí, sí: trató de justificarlo. Pero primero decía que no había ninguna denuncia contra nosotros, que estábamos engañando a la gente, cuando nosotros sabíamos que había una orden de detención y que nos iban a detener después del pleno municipal en el que tomaban posesión, porque acababa de haber elecciones. Cuando nos detuvieron y nos llevaron a la cárcel, ¿dónde estaba el engaño? En fin.

Os negasteis desde el primer momento a pedir el indulto.

Nos negamos, sí. Lo pidieron entidades sociales; hasta curas de las iglesias firmaron la solicitud. Nosotros, no. Considerábamos que no habíamos cometido ningún delito y, por lo tanto, no teníamos por qué pedir ningún indulto. Pero acordaron solicitarlo, y nos lo concedieron, aunque fue un indulto trampa, que nos obligaba a pagar la responsabilidad civil y nos apartaba cuatro años del sufragio pasivo. Nos negamos también a esto. Y cuando faltaban seis o siete horas para que se cumpliera el plazo para volver a meternos en la cárcel por negarnos a pagar, apareció un pagador anónimo. Nos volvimos locos para saber de dónde había salido. Resultó ser un minero de La Camocha que había sido delegado sindical y había estuvo en las listas del PSOE. O sea, supimos que había pagado la responsabilidad civil el Ayuntamiento. Como al juez le importa tres cojones quién ingrese la pasta en la cuenta, no nos volvió a meter en la cárcel, pero estuvimos a seis horas de volver.

En toda vuestra trayectoria de lucha, os enfrentasteis fundamentalmente a gobiernos socialistas, a veces, como en este caso, de coalición PSOE-IU; y se os suele acusar —y debo decir que no me parece injusto— de haberos llevado demasiado bien con la derecha asturiana; con Sergio Marqués y Francisco Álvarez-Cascos, singularmente.

No, no. No hubo ningún acercamiento a la derecha en absoluto. Nosotros hemos tenido relación con quien gobernaba siempre. Tuvimos negociaciones con Javier Fernández, cuando era consejero de Industria; las tuvimos con Juan Alsina, las tuvimos con Areces siendo alcalde y presidente del Principado… Tuvimos relación con todos los políticos, y con Cascos también, claro. Fue el presidente de Asturias y vicepresidente del Gobierno. Nos recibió en La Moncloa. Le dijimos: «Oye, queríamos verte, porque se está incumpliendo el acuerdo que tomamos en Oviedo cuando tú mediaste en el conflicto, y aquí se está gastando dinero sin que se cumplan los pactos. Creemos que tienes derecho a conocer el tema». También tuvimos encuentros con Cherines [Fernández], con el otro que está con Cascos y está de diputado en Madrid…

¿Isidro Martínez Oblanca?

Oblanca, Oblanca. Tuvimos relación con todo el mundo, mejor o peor; la típica relación de diálogo. Y con Cascos también, pero nosotros nunca apoyamos a Cascos. Cascos lo sabe; sabe que de nosotros no tenía ningún voto. Pero jugaba sus bazas. Solicitó ir a vernos de Villabona, y [Antonio] Trevín, siendo delegado del Gobierno, le denegó la autorización. Era una manera de poner al PSOE en contradicciones, ¿no? Nosotros dijimos que sí, que dábamos la autorización. Pero unos días antes que Cascos, había venido a vernos Izquierda Unida; [Francisco Javier García] Valledor, los consejeros que estaban de aquella. Recibíamos a todo el mundo y a todos les manifestábamos lo mismo. A los de Izquierda Unida, les dijimos la responsabilidad manifiesta que tenían en el asunto, la que tenía Churruca. A Cascos, sin embargo, no le dejaron ir. Dijeron que teníamos agotadas las visitas de la semana; que nos había visitado la familia y tal. Les dijimos: «Oye, la otra visita la autorizasteis vosotros, no nosotros. Nos vinieron a visitar y nos encontramos con ellos dentro; no nos preguntasteis si podían venir a visitarnos o no. Nosotros damos la autorización a quien nos quiera venir a visitar. Como si nos quiere venir a visitar el secretario general de Comisiones Obreras». Luego, lo que les jodió más todavía fue que Cascos sacara un artículo de opinión en la prensa en el que decía que había tenido relación con nosotros, en muchas negociaciones, y que, desde las diferencias ideológicas que teníamos, normales, le merecíamos todo el respeto, porque éramos personas serias, que lo que decíamos, lo cumplíamos, y que era injusto que estuvieran en la cárcel por una movilización que él no justificaba, pero que no era motivo para condenar a nadie a tres años de cárcel. En fin, nos utilizamos mutuamente.

Te quería preguntar también por tu relación con Morala. Toda esta historia os convirtió en una especie de pareja artística y supongo que os unió, pero vuestra relación, si no me equivoco, no ha sido buena.

No, no es buena (sonríe). Tenemos nuestras diferencias. No personales: también tengo que decir que es una persona entregada, honrada, a la que no se le puede cuestionar su trabajo por cambiar las cosas dentro del mundo sindical. Pero es una persona que quiere tener todo bajo control. Hay un conflicto interno ahora, en el sindicato, y es porque el sindicato está, digamos, tutelado. Morala tiene la obsesión de vigilarlo todo. Se considera una persona imprescindible; cree que nada puede funcionar sin él. Y en esta vida, funciona todo sin nadie; nadie es imprescindible. Él está las veinticuatro horas del día en el sindicato. Y cuando llegas a una edad determinada, tú mismo tienes que favorecer los cambios internos dentro de la organización a la que perteneces, porque, si no, bloqueamos la evolución; bloqueamos que surjan nuevos cuadros. Basta ver que vamos a una manifestación, a un acto, y vemos siempre las mismas caras; caras que no son de jóvenes. A mí eso me preocupa. Yo, reconocimiento a Morala como compañero, todo el del mundo; nuestras diferencias son solo de criterio. No soy una persona que genere odios. Pero no puede ser que la mayoría sindical la decidan los jubilados del sindicato. Un sindicato en manos de jubilados es un sindicato abocado a la muerte. Morala puede aportar toda su experiencia, es enriquecedor que lo haga, pero no puede fiscalizar todo el funcionamiento del sindicato.

Te implicas en Podemos desde sus inicios. ¿Qué te atrae de este partido nuevo; qué te hace volver a implicarte en política después de no haberlo hecho desde tu salida del PCE y tu breve paso por las Células Comunistas? ¿Viste en Podemos, en tener un cierto ascendiente sobre los jóvenes de Podemos por tu trayectoria, una manera de resarcirte de una situación incómoda en la Corriente: la de haberte convertido en una especie de jarrón chino, respetado, pero apartado?

Bueno… En el sindicato hay momentos en los que se habla de moralistas y candidistas, pero yo creo que no es ese el tema. No hay moralistas, ni candidistas: hay gente que opina de una manera en función de lo que ve y gente que opina de otra manera, también en función de lo que ve, y que puede coincidir conmigo en que el sindicato tiene que tomar otras directrices; que tiene que renovarse. El problema es que, cuando tú tienes una posición crítica con lo que hace el sindicato, a veces se generan posiciones de sectarismo: si este no está conmigo, está contra mí. No: yo soy crítico contigo porque creo que estás en una posición de no querer cambiar absolutamente nada, y hay algunos que creemos que tenemos que cambiar cosas de cara a la sociedad y ofrecer otro tipo de sindicalismo, pero sin competir entre nosotros, que somos compañeros; además en un sindicato en el que no hay ningún liberado y nadie se beneficia económicamente de nada. Pero hay unas tensiones tremendas. Yo me temo que el sindicato no acabe bien por estas cosas. Recientemente se creó un sindicato —acaba de legalizarse hace unos días— formado por discrepantes de la Corriente. Yo no voy a entrar nunca en ningún sindicato que se cree. Entré en su momento en la CSI porque no había posibilidades de estar en Comisiones Obreras y porque consideraba que tenía que haber un sindicato alternativo, pero no se me va a ocurrir entrar en un sindicato que cree gente que no está de acuerdo con cómo funciona la Corriente. Me parece una solemne barbaridad dispersar y crear cuarenta historias y que ninguna represente nada. Yo vi nacer a este sindicato, fui su representante durante muchos años y no lo voy a dejar, pero creo que tiene que abrirse a otros mecanismos, y que Morala tiene que facilitarlo.

 “Cascos lo sabe; sabe que de nosotros no tenía ningún voto”

Eso: ¿viste en Podemos un lugar en el que recuperar el protagonismo que en el sindicato habías perdido?

No; yo lo que buscaba en Podemos era un modelo político distinto, que podía darnos lo que no tuvimos aquí en Asturias, que fue siempre PSOE, en algunas circunstancias PP y en otras Foro, con una experiencia política bastante negativa. Vi un partido que venía de los movimientos sociales a cambiar las cosas, a llenar el vacío de ideas tremendo que había, a ser una herramienta de lucha en el espacio institucional sin renunciar a la pelea en la calle, y me pareció que merecía la pena implicarme en él. Creo que soy una de las dos personas asturianas que firmó el manifiesto fundacional de Podemos, junto con otra gente a nivel del Estado, siendo la otra Vero [Rodríguez], la que fue concejala del Ayuntamiento de Gijón. Cuando me tocó presentar aquí en Gijón a Pablo Iglesias, hubo determinada gente que me acusó de estar creando un partido de derechas. Resulta que, después de aparecer el partido y de tener un respaldo importante en las elecciones europeas, empezó a aparecer la gente como setas. Ya no era un partido de derechas: era un partido progre. Pero yo en ningún momento quise tener ningún cargo, a pesar de que se me ofreció. Pasé tanto de ser diputado autonómico como de ser representante en el Ayuntamiento de Gijón: ¿qué pintaba un tío de setenta años representando?

Foto: David Aguilar Sánchez

A diferencia de otros sindicalistas de tu generación, siempre fuiste comprensivo con, y estuviste cerca de, los nuevos movimientos sociales; no has sido ese obrerista que ve una amenaza en ellos.

Siempre estuve abierto a los movimientos sociales nuevos, sí, a pesar de que también hay intereses de poder en ellos, ¿eh? Yo no entiendo, por ejemplo, que en plataformas de pensionistas esté habiendo verdaderas batallas campales. Hace poco, tuve una discusión con ellos. Querían tener una reunión con parlamentarios, en el Congreso, y les facilitamos que la tuvieran, pero surgió el problema de que todos querían estar representados en la reunión. ¡Son cuarenta plataformas a nivel del Estado! Y reivindicamos lo mismo casi todas. Nombrad a un par de representantes y ya está, ¿no? Pues no hubo manera. Que si el movimiento de pensionistas vascos no sé qué, que si Andalucía no sé qué, que si los de la Costa del Sol no sé cuánto. No hubo manera.

Te preguntaba antes por vuestra sintonía con la derecha asturiana. Cuando, en 2015, Xixón Sí Puede, la candidatura municipal apoyada por Podemos, se niega a darle el Gobierno municipal al PSOE, y acaba armando un pacto de facto con Foro, hubo quien lo vio —no me escondo: me cuento entre ellos— como una expresión tardía de esa buena relación, desde un Podemos gijonés en el que, a diferencia del ovetense, el protagonismo correspondía menos a los jóvenes del 15-M que a viejos guerreros como tú, con cuentas pendientes con el PSOE que visteis, entonces, la manera de vengar.

Pues no fue así, la verdad. No fue así. Vamos a ver, Xixón Sí Puede había obtenido un resultado importante como para exigir algo, y encima de la mesa se puso una serie de contrapartidas que nosotros considerábamos que eran importantes para la ciudad. En política, si das un apoyo, es a cambio de algo. Pero aquellas cuestiones no fueron contempladas, y nosotros no íbamos a dar un apoyo gratis, así que nos abstuvimos. Se debatió y se consideró dentro de los órganos de Podemos y se decidió que, como todo el mundo iba a presentar su candidatura, nosotros presentaríamos la nuestra. Como la mayoría era de Foro, salió Foro, pero no porque se apoyara a Foro para que saliera. Yo no pintaba nada, ¿eh? Yo estaba ahí como fundador y militante de Podemos. Pero todo aquello se utilizó de manera torticera para decir eso que tú dices; que aquello era una venganza por el tema que nos había ocurrido a nosotros. No tenía nada que ver. La política es la política; es pactos y contrapartidas, a veces con tu peor enemigo. La historia nos cuenta que Stalin pactó con Hitler, fíjate tú si había pacto más contradictorio que ese. Pero nosotros no pactamos con nadie. Lo que sí es verdad es que, más tarde, se habló en Xixón Sí Puede de una moción de censura en Gijón.

Pactar con el PSOE e IU para echar a Foro.

Sí. Yo fui defensor de eso. Me parecía una catástrofe llegar al final del mandato con esta gente al frente del Ayuntamiento incumpliendo absolutamente todo en temas de contaminación, de industria, en lo de la playa… Algunos estábamos en eso que hubiera significado avanzar en muchas cosas: lo de la remuneración de la ayuda a domicilio, por ejemplo, posiblemente se hubiera materializado con un pacto de gobierno con el PSOE. Pero Podemos se negó; la dirección de Asturias se negó. Las razones no las sabemos, aunque las sospechamos. Nos pareció un error político monumental. Produjo tensiones dentro de Xixón Sí Puede. Dejamos ahí al frente a un partido de derechas que resulta que, ahora, puede volver a gobernar. Tiene todas las papeletas. El PSOE tiene mucha responsabilidad en el destrozo de Gijón, desde luego. No hay más que ver lo que está pasando en El Musel, las empresas mafiosas que están metiendo ahí, que lo único que traen es contaminación, etcétera. Pero siempre tendrás más posibilidades de negociar contrapartidas con unos que no están ni en la izquierda, ni en la derecha, que con una derecha fascistoide como Foro.

“Morala tiene la obsesión de vigilarlo todo. Se considera una persona imprescindible”

Corren tiempos turbulentos para Podemos Asturias. En las últimas primarias —Sofía Castañón contra Daniel Ripa—, tú te posicionaste del lado de Castañón. ¿Cuál es tu versión de lo que está pasando en tu partido? ¿Cuál es la intrahistoria de vuestro desencuentro con Ripa?

Álex Zapico y yo tuvimos conversaciones con él y con Rogelio [Crespo] para hablar de una candidatura unitaria que recogiera todas las sensibilidades dentro de Podemos. Parecía favorable; nos decía que sí, que estaba bien lo de recoger todas las sensibilidades, porque eso siempre daba problemas. Yo le decía: pero recoger todas las sensibilidades no es como la gestora que nombrasteis en Gijón, que eran veintiséis de un lado y tres de otro, ¿eh? Y nos decía que sí, que vale, que había que contemplarlo. Pero, cuando llegamos a discutir la necesidad de un relevo en la secretaría general, por el desgaste que estaba teniendo Ripa y por su falta de credibilidad, porque se habían perdido cinco diputados y otra serie de cosas, hostia, ahí, ¡los cojones! Ni hablar. «Yo soy la persona que tiene más experiencia y tengo que seguir siendo el secretario general, y, por lo tanto, me voy a presentar». Tanto Álex como yo le dijimos que no había problema en reconocerle a su sensibilidad la mayoría dentro de la organización, pero que, joder, propusieran a otro candidato, alguien fresco, nuevo. Los mandatos tienen que durar un tiempo y terminarse; no pueden ser cargos vitalicios. Él tenía un desgaste de la hostia. Se lo decíamos: tú solo te relacionas a nivel público con un sindicato, que es CSI, y eso no es bueno, ni para la CSI, ni para el partido. Hasta el consejero le dijo un día: «Oiga, señor Ripa, usted aquí solo me trae problemas de una determinada fuerza sindical, y en Asturias hay muchos más problemas». No tiene relación con Comisiones Obreras, no tiene relación con la UGT… Y nosotros somos un partido, no una organización sindical. Si estamos en una institución, tenemos que representar a todo el mundo, nos joda o no nos joda, nos vote o no nos vote. Bueno, no hubo manera. Y entonces fue cuando se conoció la candidatura de Sofía Castañón.

Y se va a unas primarias tremendamente broncas, con acusaciones cruzadas muy duras. Ripa jugó sobre todo la carta de denunciaros como una operación auspiciada desde Madrid, desde el aparato central, persiguiendo ahogar a la última federación díscola.

Podemos es un partido de ámbito estatal, lo que a mí me parece bien y necesario, habida cuenta de la dispersión de fuerzas que hay y del poder que está cogiendo la derecha. Nos interesa ser cuanto más fuertes, mejor; respetando, por supuesto, todos los procesos territoriales, la participación y demás. En Podemos, yo creo que nunca se puso ningún tipo de problema a la defensa de criterios propios. Pero el acuerdo es necesario. Yo, por lo menos, creo en proyectos potentes mejor que en chiringos que se vayan creando en los sitios y que luego no tengan representación. Si analizamos en Asturias los partidos que se presentaron bajo siglas asturianistas, todos tuvieron muy poco recorrido. Miras sus votos y son ochocientos, mil y pico… Nunca se saca nada. Eso no es alternativa. Hay que armar defensas comunes, hacerse fuertes en lo común, y más con los tiempos que se avecinan. Podemos quiso, quiere, ser eso. Y si hay gente que no lo reconoce como tal, no sé qué pinta en Podemos. ¡Pero es que el propio Ripa nos decía, en aquellas conversaciones primeras con Álex Zapico y conmigo, que, si llegábamos a un acuerdo, convenía que viniera la gente de Madrid a refrendar la candidatura! Él, cuando vino Ione Belarra aquí y a Avilés, estuvo ahí presente como secretario general. En el acto de Oviedo con Pablo Iglesias, estuvo. En el de La Camocha, estuvo Lorena Gil. Él siempre se aprovechó de los actos a los que vino gente de Madrid. O sea, estás diciendo que la nuestra es una candidatura impuesta desde Madrid, pero resulta que, si llegamos a un acuerdo, quieres que venga la gente de Madrid a apoyarte. Lo puse en Twitter un día.

Las primarias las ganó Castañón por muy pocos votos. Desde el sector ripista hubo acusaciones de fraude.

Nunca reconocieron a la dirección nueva. Es verdad que hubo muy poca diferencia, pero eso puede pasar cuando hay un equilibrio de fuerzas. Curiosamente, en el Consejo Ciudadano sacaron mayoría ellos. Ripa sacó menos votos que su sector, lo cual también tiene que tener una lectura. Y el procedimiento de voto fue el mismo por el que salió elegida más tarde Covadonga Tomé para candidata a las autonómicas. Podían haber puesto de secretaria general a Covadonga Tomé, ¿no? En fin, la cosa se fue deslizando de tal manera que no hay día en el que no lancen un titular en contra del partido. En medios de derecha, en medios de extrema derecha. El otro día, en el programa de Risto, en la Cuatro. Están haciendo un ridículo espantoso; están haciendo cosas vergonzosas. ¿Qué transmites a la ciudadanía con esa imagen? Transmites que solamente tienes afán de poder; de mantenerte en el puesto. Y mir:, aquí en Gijón, en la anterior legislatura, hubo una candidatura de Rosa Espiño —por cierto: una persona muy querida dentro de la organización, que hizo mucho trabajo en todo el tema de servicios sociales—, que se trató de impugnar la de Dios de veces.

Las primarias de 2019 para candidata a las elecciones municipales que ganó Yolanda Huergo, ¿no?

Sí. Bueno, ganó por treinta votos, y nadie fue corriendo a los medios de comunicación a decir que había habido pucherazo, porque hubiera sido dañar al partido. ¡Y lo hubo! Te lo voy a decir: hubo pucherazo. Vino gente de otros municipios que se empadronó en Gijón a votar a Yolanda Huergo. Pero ¿a que no viste aparecer a nadie en ningún medio de comunicación para denunciarlo? ¡Joder! Que te aparezcan ahora, de esta manera, denunciando esto… Sofía Castañón está de baja por depresión, porque está recibiendo un auténtico acoso personal, tanto ella como la otra chavala. Es desesperante.

¿La expulsión de Ripa y Andrés Ron del partido te parece justificada?

No dejaron otra opción. Las acusaciones son tan sumamente graves… Llevan catorce meses así, con insultos gravísimos, sin ningún intento de modificación. A mí el Ron, en Oviedo, cuando fui al debate de Sofía y Ripa, me dijo: «Tú defiendes a la dirección estatal porque estás liberado, y cobras del partido». Digo: «Mira, Ron, o retiras eso o tendré que actuar de otra manera. Yo nunca fui liberado de nada, ni en el mundo sindical, ni en política. Jamás fui liberado. Me estás insultando, me estás faltando al respeto, eres un sinvergüenza». Me dice: «A mí me dijeron que eres liberado». Digo: «O sea, que me acusas por lo que te dijeron. Pero es que no te lo dijeron, porque a mí eso no me lo dijo nadie nunca, porque sabe de sobra que es mentira. Ya estás retirando lo dicho». Nos acusaron de marchar con dinero del partido, de robo, de todo tipo de cuestiones, de ejecutar no sé qué y no sé qué más. Llega un momento en el que la gravedad es tan grande que no tienes otro remedio que la expulsión. Yo no soy partidario de las expulsiones, porque a mí me expulsaron de sitios y sé lo que es, pero llega un momento en el que la situación está tan fuera de control que no te dejan otra. Ripa se podía haber apartado y seguir siendo diputado autonómico. Yo nunca me hubiera opuesto; no me hubiera molestado. Pero está en un plan que… Esto es un partido de ámbito estatal, y hay unos documentos y una dirección que tienes que respetar.

¿Le está haciendo la dirección de Podemos Asturias el vacío a Covadonga Tomé, miembro del sector crítico y candidata electa a las próximas elecciones autonómicas?

No. Mira, el otro día le mandaron un escrito para que estuviera en el 8-M en la pancarta de la gente de Podemos. Dijo que iba a pasar por allí, pero fue con Les Cigarreres. No se le está haciendo ningún tipo de vacío. Es ella, en todo caso, la que está queriendo hacer su campaña al margen de la organización, yendo a todos los sitios sin comunicar nada. El otro día se armó un follón en Llanes de la hostia. Había una concentración de los vecinos por el tema de la sanidad y el acuerdo de que no hubiera intervenciones políticas, para que no monopolizaran la atención. Y ella, como no había consultado a su partido, las hizo, cuando no las hizo ningún partido. Tienes que coordinarte con el partido; no puedes andar haciendo un trabajo paralelo. Ripa, por cierto, que habla de eso, en Gijón, después de las últimas primarias que hubo para coordinador general —que ganó por mayoría absoluta Alejandra [Tejón], la de la ayuda a domicilio, contra dos candidaturas, Laura Tuero y otra—, nunca llamó a Alejandra para nada, y en todos los sitios públicos a los que iba aparecía de la mano de Laura Tuero, y no de la coordinadora general del partido. ¿Cómo puedes estar acusando de una cosa y hacerla tú mismo? Con Alejandra, ni se hablan. El otro día tuvimos una bronca monumental con Laura, porque se abstuvo en la votación para nombrar cronista a…, ¿cómo se llama?

Luismi Piñera.

Luismi Piñera, eso. Laura se abstuvo, impidiendo que saliera. Se le había dicho que, en el contexto de Gijón, había un sentimiento de consenso social con Luismi; que estaba todo el mundo de acuerdo. Alejandra le había dicho que había que votar a favor. Pues va y se abstiene. Tuvimos que volver a plantearlo; meterlo otra vez para que votara a favor. ¡Hombre, por favor! ¡Es que tiene tela! ¡Es que nos ponen en evidencia en todos los sitios! Vino el de la Cultural Gijonesa, que habían sido los que lo habían propuesto, y nos puso a caldo. Menos mal que se rectificó, pero están pasando cosas que no tienen sentido. Me gustaría que Podemos saliera del terreno de lo insufrible. Lo que más daño está haciendo a Covadonga Tomé es la polémica constante en los medios de comunicación. Les publican todo, sin filtro. No sé cómo los medios no dicen: oye, hasta aquí hemos llegado, porque esto ya parece una novela sin fin y sin sentido. ¡Todos los días un titular! Nadie comprueba nada, nadie les pregunta nada; todo lo que digan, lo publican, porque, claro: es contra Podemos, y hay un interés general en publicar todo lo que vaya contra Podemos. En fin. Esa es la situación, y yo estoy incómodo con ella. Me gustaría, antes de marchar de este mundo, ver un proyecto político consolidado, un sindicalismo consolidado, una izquierda más potente, pero creo que no voy a llegar (risas).

¿Qué te parece el proyecto de Yolanda Díaz?

Me gustaría conocerlo. No lo conoce nadie. Yolanda Díaz es una persona tremendamente valiosa; yo le tengo mucho respeto y admiración. Pero no sé si está más en un proyecto de tipo personal que en uno político. A estas alturas, yo creo que se debería conocer más el proyecto de Yolanda. A ella nadie le puso ningún tipo de objeción. Es la persona con la que todo el mundo cuenta como candidata ideal. Pero la ambigüedad en la que anda le está empezando a pasar factura. Hay posiciones personales que son difíciles de entender, como la falta de apoyo el otro día a Irene Montero en el parlamento con lo de la ley del sí es sí. El proyecto de Yolanda no debería ser absorber todo lo que hay. Debería ser sumar. Sumar lo que hay. Que ella cuente con el consenso de los demás, pero no absorber siglas en algo que no se sabe lo que va a ser. Por cierto, cuando se metieron enmiendas por el tema de las pensiones y el tema de Alcoa, las retiró ella, ¿eh? No sabemos todavía por qué, pero las retiró. Debe decir ya cuál va a ser su proyecto, sus objetivos. Lo que pasó en Andalucía es muy mal precedente.

¿Qué te pareció la reforma laboral?

No estoy de acuerdo con ella, y se lo hice saber al gabinete de Yolanda. Sigo defendiendo que la reforma laboral de Rajoy tiene que ser derogada en su totalidad. Reconozco que no es fácil cuando vienes de una pandemia, con la guerra, con lo que quieras, con una patronal en rebeldía, que no acepta absolutamente nada, con la que ya costó lo del salario mínimo interprofesional, y que ahora tampoco acepta el tema de las cotizaciones de las pensiones. Estamos en un mundo capitalista, con una capacidad de presión muy baja, muy dispersos, y pasa lo que pasa. La reforma laboral se cambiaría si hubiera una gran movilización social en todo el ámbito estatal; si la respuesta fuera contundente y no se dependiera solo de Yolanda. Como eso no se produce, tienes que ir parcheando. Pero yo creo que era preferible explicar claramente todo esto a la gente que vender que es la mejor reforma laboral. Es verdad que es la única que no quita ningún derecho y que permite algún tipo de avance, pero no es la que necesita la clase trabajadora para nada.

¿Fue buena idea armar el gobierno de coalición?

Hay gente que dice que no sirve de nada estar en el Gobierno. Sí sirve. Sirve para cambiar algunas cosas. Yo me acuerdo de los debates en el mundo sindical, cuando se decía si servía de algo estar en el Sindicato Vertical. Algunos teníamos la opinión de que había que combatirlo desde dentro y desde fuera; que, estando dentro, podías cambiar algunas cosas. Aquí, lo mismo.

Te propongo terminar la entrevista volviendo al astillero. Tú has tenido un papel discreto pero importante ayudando desde fuera a los trabajadores de los astilleros Armón, los últimos que quedan en Gijón; un lugar donde los derechos laborales brillan por su ausencia y es extremadamente difícil hacer sindicalismo.

Aquello es un auténtico campo de concentración. Yo traté de orientarlos un poco con mi experiencia sindical, sí, porque, además, ahí hay trabajadores que fueron eventuales en Naval Gijón y a los que conozco de entonces. Fuimos el único sindicato que metimos denuncias a Inspección de Trabajo por su situación laboral. Advertíamos de que iba a haber accidentes mortales y, por desgracia, los hubo. Trabajadores de plantilla, debe de haber veinte que son técnicos, todos de Armón; los demás son todo industria auxiliar. Representación sindical, ni hay, ni creo que la vaya a haber. No están sindicados porque no pueden: tienen contratos de trabajo temporales que, en cuanto terminan, los echan. Y la gente tiene miedo. Hay represalias. Quien reclama algo no vuelve a tener un contrato laboral. De una hora para otra, te pueden decir que mañana no vuelvas porque te vieron fumando un cigarro, yendo más de una vez al servicio, comiendo una manzana o cualquier cosa. No te permiten nada. Les quitaron las máquinas de agua, les quitaron las máquinas de café. Y te estás jugando la vida en todo momento. Están haciendo un ferry de aluminio y tienen a la gente soldando aluminio, que es altamente tóxico, sin ningún tipo de protección. El aluminio te va a la sangre y te puede matar; es mortal. Yo conozco a gente que enfermó de soldar aluminio sin protección. Se le concedió un astillero de lo mejorcito de Europa, porque hay que ver las instalaciones que tiene, las inversiones que hubo ahí, se le dio por setenta millones de euros —que es una cantidad que no es comprarlo, es regalarlo—, a un empresario al que no se le exige absolutamente nada. Lo adquirió con todo; con mecanismos para eliminar los trabajos en tóxico, con pantallas autónomas que en vez de aspirar tú los ácidos que suelta el corte de soldadura los aspiran directamente y los reciclan en un contenedor. Pero pasan de todo. Y no solamente están jodiendo a los trabajadores: encima de Armón hay un colegio de críos.

El Santa Olaya, ¿no?

El Santa Olaya. Y esto produce una toxicidad que no ves, porque es un humo blanco, blanco, blanco. Pero no se les exige nada: ni medidas de seguridad, ni hostias. Había un compromiso de que gente de Naval Gijón entrar ahí a trabajar y no quisieron a ninguno, porque eran gente conflictiva. Para cobrar mil doscientos euros, un trabajador tiene que trabajar un mínimo de diez horas, y de ahí para arriba. Igual tienes que ir a trabajar sábados y domingos; igual trabajas doce, catorce horas. No se respetan los derechos laborales absolutamente nada. Cuando hubo los accidentes, fue la única ocasión en que pude participar en una reunión con la empresa. Estaban Comisiones Obreras y UGT también, y a mí me dijo uno de Comisiones, liberado: «Oye, la Corriente no puede hablar». Digo: «¿Cuál es la razón de que no pueda hablar la Corriente?». «Que no tenéis representación», dice. «Y vosotros, ¿cuánta tenéis? Que yo sepa, aquí nadie tiene representantes sindicales». Decían que tenían la representación del sector de no sé qué. Digo: «Yo estoy aquí porque tengo afiliados. Tenemos afiliados, aquí en la empresa. Más que ninguno de los sindicatos que estáis aquí». La gente decía: «¡Estaría cojonudo! ¡Cándido habla por cojones, porque es el único que nos ayuda!». Luego viene el tío de recursos humanos en plan paternalista a hablar con la madre del chaval que murió, que estaba fuera, sentada en una silla con la hija. «Oh, lo sentimos mucho, no sabemos cómo pudo pasar». Le digo: «Mire, lo saben de sobra». Me despaché a gusto. Lo insulté, lo puse como un trapo. «Ustedes son unos mercenarios; ustedes son los mayores explotadores que tiene esta región; tienen dos astilleros y tienen a los trabajadores en unas condiciones lamentables». Pero es que el Gobierno autonómico no les exige absolutamente nada. Yo a [Adrián] Barbón no lo vi salir diciendo nada del astillero. Con ALSA, lo mismo. ALSA tiene la concesión de Transportes de Asturias y hacen lo que les da la puta gana; dan el peor servicio habido y por haber y no les tosen. ¿Oíste hablar de Susana García?

No, ¿quién es?

Es una chavala despedida de ALSA. Estuve también con el caso de ella. La despidieron; tenía un montón de contratos ilegales encadenados que pasaban de los tres años a partir de los cuales tienen que hacerte fijo. Salió un acuerdo con el comité de empresa de que volvían a trabajar por despido improcedente todos los que estaban en la misma situación, pero a esta le aplicaron la indemnización por despido; dijeron que no la reincorporaban. Es del PSOE, no te lo pierdas: fue candidata en el Ayuntamiento de Carreño; conoce a toda la dirección del PSOE. Estaba cansada de hablar del PSOE y con tou dios y de que no le dieran ninguna respuesta. Es más: empezó a trabajar en tres empresas de transporte vinculadas al ALSA y en todas ellas, a los tres o cuatro días, pumba, a la puta calle. El otro día me llama llorando: «Cándido, acabo de recibir una carta de ALSA, que me reclama veintiocho mil euros de la indemnización». «¿Por qué te lo reclama?», le digo. «Por los salarios de tramitación. Como yo estaba trabajando en otra empresa, me lo reclaman». Nos había dicho la abogada en su día que se olvidara; que eso para el ALSA era… Pero van y se lo reclaman. ¡Se lo reclaman el Día Internacional de la Mujer, que encima es el día de su cumpleaños! No se puede hacer más daño. Yo estuve peleando ese tema con Nuria [Rodríguez]. Y mira, otra de las cosas de Ripa. Un día me dice Nuria: «Oye, Ripa no me deja presentar esto en el parlamento». Llamo a Ripa y me dice que el único que puede presentar cosas en el parlamento es el portavoz. «¿Cómo que solo el portavoz? Entonces para eso solo necesitamos un diputado, ¿para qué queremos más?». Las mujeres querían que lo presentara Nuria, porque era la que había estado en todo momento llevando este tema. «¡Pues no lo va a presentar Nuria! No le voy a dar esa satisfacción, porque está en la posición en la que está». Bueno. Increíble.

El sindicalismo está en crisis en el siglo XXI; le está costando adaptarse a estos nuevos y vertiginosos tiempos. ¿Por dónde pasa, en tu opinión, su renovación, su resurrección?

Tiene que pegar un giro de ciento ochenta grados. Los tiempos evolucionan y el sindicalismo debe evolucionar. Lo primero es acabar con las burocracias internas, y eso lo tienen que hacer tanto los sindicatos mayoritarios como los alternativos, que en cierta medida también se están burocratizando. Hay que dar voz a los trabajadores; que los trabajadores opinen sus necesidades; que tengan capacidad de decisión. Lo que pasa en cada empresa, sus necesidades, lo conocen mejor ellos que un sindicalista en un despacho. Y tienen que ser los trabajadores los que sostengan los sindicatos, no las subvenciones. Si un sindicato depende de las subvenciones institucionales y de los empresarios, estará supeditando a los intereses de los empresarios y a lo que las instituciones les digan; será esclavo de otros y pasarán cosas como que salga el secretario general de UGT, Pepe Álvarez, a decir que un trabajador debe ser expulsado del desempleo si no acepta una oferta de trabajo. A mí, en mis tiempos de parado, cuando me buscaba la vida por ahí como podía, me hicieron una oferta de ir por ahí vendiendo libros y no vendí ninguno. Me moría de hambre, porque no era mi trabajo; yo no soy vendedor. Pues imagínate que te hagan una oferta de esas, que te la pueden hacer. O que te digan que vas a ser un falso autónomo. Pues hombre, no, porque yo tengo un desempleo por el que coticé, y tengo más derecho a estar en el desempleo que a estar en un trabajo en precario, en un trabajo de miseria, donde me van a pagar una mierda. Me parece muy grave que un secretario general de un sindicato haga una declaración de esa magnitud. Los sindicatos tienen que sufrir una regeneración importantísima, y tiene que venir de gente joven.

Hay cosas que eran habituales en tu época y hoy son inimaginables, como las huelgas de solidaridad.

No las hay. Todo está disperso. Se está llevando todo al traste. Conflictividad laboral sigue habiendo; yo estoy conociendo conflictos por todo el Estado español, de todo tipo. El otro día estuve en Cantabria con una empresa de plásticos en la que llevan un mes y medio en huelga. Llevaban un montón de años con el mismo convenio teniendo la empresa unos beneficios de más de veinticuatro millones de euros. Pero está cerrada en banda. Antes de ayer tuvieron una reunión con los grupos parlamentarios. También estuve en la industria auxiliar de Cádiz, donde ayer le hicieron un escrache a Yolanda Díaz, que luego los recibió en el Ayuntamiento. Están en una pelea tremenda, también en Puerto Real, por una cuestión de prestamismo: fíjate el retroceso que hubo; hay más prestamismo laboral que en mi época. Hemos retrocedido cuarenta años. Y hay conflictos por todos los sitios: Alcoa… Pero la dispersión es tremenda, y los sindicatos tienen la culpa de que se produzca. La experiencia de los ochenta, de los procesos de reconversión, a los sindicatos no les gusta, porque no controlan los conflictos, y de esta manera controlan los conflictos: entran a negociar, interfieren… La huelga de la industria auxiliar en Cantabria también fue tremenda, pero los trabajadores salieron muy quemados, porque no consiguieron prácticamente nada. Vinieron los sindicatos con el acuerdo y les dijeron: «O lo tomáis o lo dejáis». Llevaban cerca de dos meses de huelga, las condiciones económicas eran ya inaguantables y rompieron la huelga. Ya no se ven peleas como la nuestra de Naval Gijón, esa radicalidad en defensa del puesto de trabajo. Puedes ver alguna cosa, pero… Yo, cuando voy a algún sitio, digo a los trabajadores: «Tenéis que incrementar el nivel de movilización. Si no, no van a haceros ni puto caso. Tenéis la autopista ahí al lado: joder, coged neumáticos y cortadla. Veréis cómo salís en todos los medios de comunicación y cómo las administraciones llaman a la empresa al orden para negociar». Yo no es que sea nostálgico, pero creo que nuestra experiencia tiene un valor. Si tú no peleas por tus derechos, por tu contrato laboral, te vas a ir a la puta calle por muchos méritos que hagas. Te van a echar igual.

Un buen cierre, Cándido. Acabamos. Muchas gracias.

¡Gracias a ti!

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