Oviedo y el color

En el último mandato el gris volvió a cubrirlo todo, hasta unos inocentes bancos multicolores molestaban.

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Juan Álvarez
Juan Álvarez
Es ingeniero de minas.

Quedan ya muy lejos las viejas fotografías de aquel Oviedo de los 70 y primeros 80. Un Oviedo que sí, era gris por fuera, pero colorista y vital por dentro. Una ciudad no muy diferente al resto de las ciudades de la época, en las que en nombre de la modernidad todo se había puesto al servicio del coche. En esas ciudades era frecuente que las mejores plazas de  fueran grandes aparcamientos. Todos recordamos la plaza de la Catedral  ocupada por cientos de vehículos. Había coches por todos los sitios, en los lugares más inverosímiles. Se circulaba alrededor de la Plaza de El Fontán, por debajo del arco del Ayuntamiento, se bajaba a Trascorrales por la Calleja de los Huevos (hoy sólo el coche oficial del señor alcalde sigue manteniendo el recuerdo). Claro, era inconcebible desplazarse cien metros a pie para llegar al puesto de trabajo o para realizar las compras. Y era algo que nos parecía lo normal. Recuerdo la broma que hacían Faemino y Cansado en el mítico programa de La 2, “El Orgullo del Tercer Mundo”, cuando decían: “Qué listos eran los romanos, que cuando hicieron el Acueducto de Segovia dejaron huecos para que los coches pudieran pasar el día de mañana”. Lo “normal” era respirar una combinación del humo del tubo de escape y del humo de las cocinas y las calefacciones de carbón que teñía de una pátina gris fachadas y pulmones.

“La ciudad empezó a ser un proyecto no al servicio de los ciudadanos, sino al de intereses privados”

En los últimos 80 y primeros 90 un alcalde, Antonio Masip, empezó con la tarea de sacar afuera el colorista impulso vital ovetense. Empezó a haber color en las fiestas de San Mateo con un modelo de éxito hoy truncado. Color en los grandes parques que legó a la ciudad: Parque de Invierno y Purificación Tomás. Color en una programación cultural y deportiva de primer orden y poco a poco ese color empezó a teñir las calles con las primeras peatonalizaciones, que paradójicamente contaron con el frontal rechazo del que luego fue su máximo impulsor, Gabino de Lorenzo. Pasaron los años y el color empezó a ocupar las calles, pero empezaba a darse el proceso contrario. A medida que las calles recuperaban el color se empezaba a teñir de gris el alma de la ciudad. La ciudad empezó a ser un proyecto no al servicio de los ciudadanos, sino al de intereses privados, camuflado, eso sí, de populismo. Al final ese alma gris se hizo material en las grandes infraestructuras fracasadas como el Asturcón, el Palacio de los Niños o ese monumento al despropósito que es el Calatrava.

El Pinon Folixa en San Mateo.

En el último mandato el gris volvió a cubrirlo todo, hasta unos inocentes bancos multicolores molestaban. Los coloristas chiringuitos de las fiestas de San Mateo fueron sustituidos por monótonas casetas traídas de una feria del libro viejo. Los planes que volverían a recuperar el impulso vital de la ciudad, como Imagina un Bulevar, fueron arrinconados. Oportunidades como la compra de la Fábrica de Gas fue frustrada y como proyecto estrella tenemos un solar en La Florida cubierto de ceniza siderúrgica gris que ni siquiera ha sido inaugurado, ni ha sido utilizado, porque básicamente nadie sabe qué carajo es. La nada como horizonte y una nada cara. Para ello hay que cercenar cualquier atisbo de esperanza de que otro Oviedo es posible. Gris hormigón en La Vega y en el Naran co o con las obras cosméticas que se plantean en lo que era la autopista. “Sensatez para Oviedo” lo llaman, “Lasciate ogni speranza voi ch’entrate” es la traducción.

Un momento de la concentración delante de la Fábrica de Gas. Foto: A. Illescas

Una extraña sensatez en la que caben proyectos contra la opinión mayoritaria de los Colegios Profesionales, la Universidad, personas expertas y la ciudadanía. Una sensatez que vincula el crecimiento económico de la ciudad únicamente a la construcción y a la hostelería, que desprecia la participación ciudadana y que pone la ciudad al servicio de unos pocos en detrimento de los muchos.

Dentro de menos un mes tenemos la oportunidad de apostar por el color. Por el verde de los parques, de la sostenibilidad, de una nueva movilidad, del uso eficiente del agua y la energía. Por el rojo de un corazón que se emociona con las políticas sociales y educativas. Por el morado de las políticas feministas. Por los muchos colores que representan la diversidad. Por el azul Oviedo, el de una ciudad histórica con sus fiestas y tradiciones. También por el azul Asturias en las que se ejerza una capitalidad basada en el liderazgo y en la colaboración y no en el enfrentamiento y, como no, por el azul Europa, en la que Oviedo tuvo un papel fundamental como origen del Camino de Santiago, una de las raíces más profundas de las que brota la identidad europea. En mi modesta opinión, Carlos Fernández Llaneza es el candidato que mejor representa este anhelo de cambio y transformación. Hay otras candidaturas que también representan gamas de esos colores. Lo importante es que ningún voto se pierda. Porque no tenía razón el personaje de la gran “Amanece que no es poco” no todos somos contingentes, todas y todos somos necesarias.

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