Astilleros Armón: la doctrina del shock contra el movimiento obrero

El funcionamiento interno de la empresa, sin representación sindical y con una alta rotación en su plantilla, es una precisa metáfora del devenir del capitalismo en las últimas décadas

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Decía Orwell que el lenguaje político, por extensión cualquier jerga técnica con pretensiones de objetividad y dominio, está diseñado “para darle la apariencia de solidez al mero viento”, y con frecuencia para cosas mucho peores. “Reconversión” es una de esas palabras ampulosas y de muchas sílabas que en las últimas décadas hemos escuchado hasta la náusea en boca de consejeros, empresarios, burócratas y sindicalistas. Es un vocablo que reúne todas las condiciones que el autor de “1984” detectaba en la retórica del engaño y la ocultación, sobre todo ese carácter elíptico e indefinido que difumina la realidad que pretende nombrar: “Una masa de palabras latinas cae sobre los hechos como nieve blanda, borra los contornos y sepulta todos los detalles”.

Muy distinto es el lenguaje que emplea el historiador Rubén Vega García en una reciente investigación que descubre esos contornos y esos detalles disimulados, o más bien censurados, bajo el rótulo de “reconversión”. Su estudio se centra en Astilleros Armón, que empezó a operar en 2009 en las mismas instalaciones que ocupó el histórico Astillero Juliana, inaugurado en 1900. Ya en el título del artículo Vega señala cuáles han sido las consecuencias de esta “reconversión” en el sector naval: “Reconfigurando el trabajo, deconstruyendo el movimiento obrero, borrando memoria”.

Como bien recuerda el historiador al comienzo del texto, lo que ha llevado a Armón a facturar más de 50 millones de euros en 2020 y a convertirse en un referente en el sector no han sido “las inversiones en equipamientos o desarrollos tecnológicos”, que fueron heredados del anterior astillero y financiados con dinero público. Lo que marca la diferencia es “la gestión de la mano de obra y la organización del trabajo”, ahora regida por unas dinámicas precarias y post-fordistas que han cercenado de raíz la tradicional fortaleza del movimiento obrero en el sector. Basta un dato para ilustrarlo: Armón, pese a su facturación millonaria, solamente tiene 11 empleados en plantilla, y todos ellos en puestos directivos o de administración. En el astillero trabajan habitualmente casi un millar de empleados, todos provenientes de subcontratas.

Astilleros Armón

Para Vega este caso ejemplifica a la perfección “la estrecha imbricación entre los objetivos proclamados de competitividad, productividad y flexibilidad y el deterioro del trabajo en todos sus niveles: salarios, cualificación, seguridad, derechos…”. La privatización de Juliana y su posterior quiebre supusieron una especie de doctrina del shock que acabó con el modelo laboral anterior-con buenos salarios, seguridad en el trabajo y sindicatos fuertes-para dar paso a un régimen que los empleados comparan con el de una cárcel o un campo de concentración: “La jornada de trabajo discurre bajo permanente vigilancia, evitando la movilidad por el recinto o el contacto no derivado de necesidades del trabajo. Todo desplazamiento requiere autorización y los espacios comunes han sido suprimidos, hasta el extremo de que no existen máquinas de café o bebidas”. Un extrabajador del astillero, que pidió mantener el anonimato, me dijo hace dos años: “A cualquier voz que sobresalga un poco la echan a la calle”.

Desde que Armón se hizo con el astillero gijonés los sindicatos han desaparecido del recinto, los salarios han bajado a la mitad-de unos 2600 euros en Juliana a entre 1200 y 1400 en la actual empresa, según detalla Vega-y la siniestralidad se ha disparado. En poco más de una década de actividad han muerto en el astillero cinco trabajadores y se han registrado cientos de accidentes, cuidadosamente ocultados por la empresa y pasados por alto en los medios de comunicación regionales.

Según uno de los testimonios recogidos por Vega, la propia empresa se jacta de aplicar “una política del terror” para mantener la disciplina en el astillero. “No hay representación sindical, ni inspección de trabajo, se despide a la gente sin motivo”, dice otro de los entrevistados, “hay turnos de noche de 12 horas (de 7 y media de la tarde a 7 y media de la mañana). No se paga la toxicidad, la penosidad, ni la peligrosidad”. Los veteranos del sector naval en la ciudad fueron excluidos de los procesos de selección desde la apertura del astillero. Su larga experiencia profesional y sindical, los lazos de solidaridad y su arraigo en los barrios próximos al puerto los convertían en indeseables a ojos de la empresa.

Armón ha preferido traer en su lugar a trabajadores de fuera, sin conocidos en la ciudad, llegados del País Vasco, Galicia o del Occidente asturiano. Trabajadores que al caer la noche se encierren en su habitación de un piso compartido y cuando llegue el viernes se hagan 200 kilómetros en coche para pasar el fin de semana en sus casas. El celebrado proceso de “reconversión” ha supuesto, escribe Vega, “una desarticulación de los saberes, las cadenas de transmisión, los sistemas de trabajo, las resistencias sindicales y la integración social y una reorganización sobre bases de precariedad, descualificación, bajos salarios, alta siniestralidad y ausencia de derechos”. Así es como Armón se ha convertido en una precisa metáfora del devenir del capitalismo en las últimas décadas: precariedad, desarraigo, inseguridad, miedo y anonimato. Y al que no le guste, ya sabe dónde tiene la puerta. Lo dijo Margaret Thatcher: There is no alternative.

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