«Me llamaron del PCE para pedir que los de la Joven Guardia Roja dejáramos de quitarles gente. Estaba chupado»

Entrevista a Ana Rosa Iglesias, exmilitante de la Joven Guardia Roja criada en Llaranes, y miembro del movimiento vecinal de Pumarín (Oviedo).

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Los nuevos odres del nacionalismo español' (2022).

Ana Rosa Iglesias (Miranda, Avilés, 1955) no era del PTE: era de la Joven. Aquellos cachorros maoístas reclamaban con fiereza su independencia con respecto al partido con el que se coaligaban. Y siempre fue de «la Joven». A esta hija de trabajador de ENSIDESA, criada en el peculiar mundo de Llaranes —una suerte de falansterio franquista del que evoca con cautivadora viveza la vida social, y sus porciones tanto bonitas como sórdidas—, se le dibuja una sonrisa resplandeciente en el rostro con cada recuerdo que evoca de aquellos años de ebullición libertaria. Las fotos se hacen en Oviedo, pero quedamos en La Botica Indiana, en Villaviciosa, donde pasa los fines de semana y las vacaciones. Repasamos lo de Llaranes y lo de la Joven, y, después, su aventura editorial, su implicación en el movimiento vecinal ovetense desde la Asociación Fuente Pando de Pumarín y su vivencia del gabinismo como funcionaria del Ayuntamiento. «Gabino de Lorenzo era un corrupto que lo corrompía todo a su alrededor. Todos nos corrompimos», nos dice de aquel alcalde del PP que todo lo arreglaba enterrándolo en dinero, que decía que sí a todas las reivindicaciones de sus funcionarios, y así las desactivaba. Terminamos charlando sobre Julio Anguita y sobre la Fábrica de la Vega. Cuando miramos el reloj, vemos que han pasado tres horas y media, que no se nos hicieron largas.

Ana Rosa: naces en Llaranes…

No, no. En Miranda, un pueblín de ahí al lado. No sé qué habitantes tendrá, pero pequeño.

¿Año…?

Nazco allí en el cincuenta y cinco.

¿Familia de por allí?

Sí, sí. Por parte de mi madre, sobre todo, son todos de Miranda. Una familia que, además, tenía mote: Los Chichones. Por la forma de la nariz (risas).

Y ¿cuándo os vais a Llaranes?

Tendría yo catorce meses.

¿A qué se dedicaban tus padres? ¿ENSIDESA?

Mi padre trabajó en una empresa que había creado un familiar de los de la Duro, cuando se creó la Duro. Luego, pasó a trabajar en la naval, en San Juan de Nieva. Y de allí ya fue cuando pasó para ENSIDESA, en una de las primeras oleadas. No sé si el número de matrícula de él era cuatro mil y poco. Era ajustador/matricero.

Llaranes es un lugar especial. Se crea entre 1953 y 1959, con arreglo a un decreto de 1951, como un conjunto residencial autosuficiente, en la línea de la ideología autárquica de Falange y del paternalismo industrial, con más de mil viviendas habitadas por trabajadores de la recién creada ENSIDESA. Se inaugura el 18 de julio de 1956. Había núcleos jerárquicos diferenciados entre sí, ¿verdad?

Sí, sí. Las casas de los ingenieros y los altos cargos estaban en Avilés, cerca de la casa sindical actual. Había como un muro alrededor para protegerlas y todo. Luego estaba La Rocica, adonde iban los intermedios. Luego estaba Las Estrellas, donde estaban sobre todo los peritos, más algún mando. Después, Capataces, que estaba para la parte de abajo de Llaranes, y donde estaban, pues eso: los capataces. Y luego, en lo que era el interior de Llaranes estaban profesionales concretos con alguna especialidad.

La casa te la asignaban; uno no podía vivir en Llaranes si quería, ni donde quisiera, ¿no?

Te enseñaban unas casas y tú podías escoger, pues no sé, el primero, o tal calle, o tal otra. Nosotros fuimos de los primeros y nos tocó la parte, digamos, buena; la parte alta, que estaba muy cerca de la iglesia. Un tío mío ya tuvo que irse a la parte de abajo, que era más inundable; y otro que era ebanista y trabajó en Las Estrellas, pero no en ENSIDESA, sino en una contrata, ya se tuvo que ir a La Luz, que se crea después.

Había dos colegios, uno masculino y otro femenino, ¿no es así?

Sí, sí. El de los niños era muy curioso, porque de los cinco a los siete años dependían de las monjas. Habían traído a unas monjas y unos frailes para educar. De las profesoras nuestras, de las niñas, casi todo eran monjas. Monjas que, en algún caso, tenían titulación, pero en muchos no: había la idea de que para trabajar con niñas pequeñas valía un poco todo. Los niños, ya digo, dependían de ellas entre los cinco y los siete. Estaban en lo que llamábamos los tubos. No sé si viste fotos de Llaranes…

En Llaranes estuve una vez, pero no he visto fotos antiguas, no. ¿Cómo era eso de los tubos?

Eran seis o siete tubos, de construcciones modulares cilíndricas, que se habían organizado para cuando se hicieron las campanas de ENSIDESA. En esos tubos dormía gente; trabajadores que estaban con eso. Luego los rehabilitaron, los colocaron ya dentro de Llaranes, en la zona pegada al río, y los transformaron en escuelas infantiles para esos niños que, cuando cumplían los siete años, pasaban a los frailes salesianos.

¿Cómo recuerdas tu paso por el femenino?

Lo recuerdo como muy bueno. El colegio, el edificio, era precioso. Ahora cambiaron muchas cosas, pero recuerdo perfectamente cómo era entonces. Se dividía como en dos alerones; entrabas por un vestíbulo central. Según entrabas, tenías unos huecos; unas habitaciones pequeñinas con percheros con el color de tu clase, para poner el abrigo. Teníamos unos uniformes de colores. Cuando salíamos por ahí de excursión, nos decían: «Mira, por ahí van los del cilegio de los colorines». Entrabas con cinco años en la clase azulita; de ahí pasabas a la rosita. Las llamaban así.

Con el diminutivo, ¿no?

Sí, sí. Luego pasabas a la verde clara, luego había la verde oscura, luego había la amarilla y luego había la roja, que era ya con diez años, para hacer el ingreso. Eso, si ibas a hacer el bachillerato. Si no, te pasaban a la clase azul oscura, que duraba dos o tres años, y donde, como tenías que estar escolarizada hasta los doce años, me parece que era, te enseñaban hogar, corte y confección… La cosa de ser ama de casa, ¿no?

Sus labores, que se decía entonces.

Eso es. Si ibas a hacer el bachillerato, ya no. Hay un libro muy bueno, por cierto, de Jorge Bogaerts, que hizo una tesis sobre el mundo social de ENSIDESA, y refleja muy bien lo que te cuento. Él tiene un año más que yo, vivió en Capataces, y fue a los frailes; nos conocemos de toda la vida. Pues bueno, el colegio tenía una arquitectura… Lo habían hecho dos arquitectos famosos y tiene una estructura que son ocho aulas con la mesa, una tarima y pizarras grandes. En las clases de mayores había mesas individuales; en las dos de pequeños, la azulita y la rosita, eran mesas redondas son sillas muy bajas de muchos colores. Teníamos un loro, un supermercado, una tetería, juguetes, osos…

Estaba bien surtido de material, vaya.

Sí, sí. Cuando avanzabas, ya tenías otras cosas: tocadiscos, por ejemplo. Había material muy bueno, sí. Luego estaban los cosos de diapositivas, los de ver películas y tal, que rotaban por las clases. Luego, el cole, la parte lateral, era toda de cristal, y se cerraba y se abría. Las clases, cuando era de día y hacía bueno, se daban al aire libre completamente, y luego había unos alerones que eran para cuando llovía, que son preciosos. La verdad es que es un colegio guapísimo. Cada clase tenía techos muy altos y unos mirales pintados que hizo Javier Clavo, el pintor que pintó la iglesia. Había por ejemplo un mural que era «las matemáticas», y tenías cosas de matemáticas. Había el mural de la filosofía, que no sabíamos ni lo que era, pero bueno (risas)… Eso, en las clases más altas. En las más bajas a lo mejor tenías pintado un circo, animales… Cosas así. El colegio de niños era parecido, pero más austero: ya se hizo después. En el nuestro teníamos columpios, patos para jugar… Había también una seta grande con una casa, donde nos metían a jugar cuando llovía… Era un colegio excepcional.

¿Los profesores qué tal?

Había de todo. Había profesores buenos y profesores que… Luego, era curioso lo de las monjas, porque venían de pueblos muy remotos, de Andalucía, de sitios así. Alguna no; alguna venía de Madrid, y esas venían ya con carrera y demás. Pero esas otras eran más jóvenes, venían sin estudios y hacían lo siguiente, pero no una ni dos, ¿eh? Que yo recuerde, cuatro o cinco. Llegaban, se adaptaban un poco y empezaban a estudiar el bachillerato nocturno, y a continuación, una carrera. Yo, por ejemplo, hice biológicas, y cuando entro en biológicas, lo primero que me encuentro es, en la orla de la segunda promoción, a una monja que me había dado a mí y que estaba allí, pero sin la cofia. Luego, se sacaban el carné de conducir. Y cuando ya sacaban el carné de conducir, decían: «¡Huy! Esto se va a acabar». Y se iban.

Se salían de monjas, ¿no?

Sí. ¿Qué pasaba? Era una forma de salir del pueblo.

Pasó mucho con los curas, también. Meter al hijo al seminario para que le dieran estudios y luego salirse.

Sí, también pasó con los curas. Con los salesianos pasaba. Luego, había otras monjas que se marcharon después para Sudamérica.

¿Monjas asturianas no había?

Que yo me dé cuenta, no. Eran todas de fuera.

Haces el bachillerato allí, ¿no?

Sí, sí. Hubo una época que había el bachillerato normal, y tenías que ir a examinarte al instituto. Pero duró poco. Enseguida se dieron cuenta de que empezaban a necesitar mecanógrafas, y digo mecanógrafas, en femenino, porque eran todo mujeres. Entonces se empezó a hacer un bachillerato laboral administrativo que era muy curioso, porque, por un lado, dabas las asignaturas normales: física, química, geografía, historia… Yo di las mismas asignaturas que mi hermano, menos filosofía, latín y griego. Nosotras, en vez de latín y griego, estudiábamos inglés y francés. Siete años de inglés y seis de francés; un inglés comercial y tal. Era un secretariado de un nivel muy alto. Aparte de eso, dabas estenotipia, taquigrafía… Y había una cosa muy curiosa que se llamaba Materiales, y donde yo me acuerdo de que nos traían cosas de Norteamérica y así. Las vitrocerámicas, por ejemplo, yo las vi en el cole con quince o dieciséis años, en una época en la que no las había en ninguna parte. Venía como una cosa que se había creado y tal. También dábamos derecho mercantil, contabilidad… El libro de Bogaerts lo refleja muy bien, porque como fue al cole allí… La gente decía que salíamos muy tarde de clase, porque teníamos ocho horas de clase diarias. Era muy intenso. También se hacía mucho deporte. Teníamos la asignatura de gimnasia, pero luego nos podíamos apuntar a baloncesto —yo me apunté a baloncesto—, a balonmano… Hubo dos o tres chicas que fueron internacionales de balonmano. La profesora nuestra de gimnasio, Milagros, era portera, y ella y una hermana, Maribel, estuvieron seleccionadas. Cuando se hizo una selección europea, Milagros era la portera oficial. Voleibol, submarinismo… Me acuerdo de que fui a apuntarme a submarinismo y no pude, porque pesaba muy poco (risas). También hacíamos piragüismo. Estaba el pantano de ENSIDESA.

¿El de Trasona?

El de Trasona, sí. Allí se hacía una fiesta que montaba ENSIDESA por San José Obrero. Y se hacían competiciones de piragüismo. Una compañera de clase fue campeona de España. ENSIDESA, en general, fomentaba mucho el deporte. De aquella conocí a Quini.

Empezó en el Ensidesa, es verdad.

A Quini, a su hermano Castro, a Megido…

Quini contaba que empezó a jugar en un campo de carbonilla en el que, si te caías y te hacías una herida, la carbonilla se te quedaba dentro de la piel, y todos andaban todo el día por ahí con las rodillas negras.

La Carbonilla, sí. Llamábamos así al campo. Ahí jugaban los criínos pequeños. Luego ya empezaron a hacer la escuela de fútbol, los campos de La Toba y todo eso. Yo conocí a Quini por una cosa: Mari Nieves, la mujer de él, fue al cole conmigo desde pequeñina, y ellos empezaron juntos como a los doce años. Nos contaba historias. Mari Nieves era, o es —hace muchos años que no la veo—, muy sentida, y contaba si se peleaban, si se amigaban, si… En el cole, como éramos un grupín muy compacto, llorábamos y nos alegrábamos todos juntos (risas). Quini, ya de pequeño, jugaba muy bien, destacaba. Me acuerdo de cuando subió el Ensidesa a Segunda División. ¡La fiesta fue…! Y eran Quini, Megido y toda esta gente. Había otro que vivía donde mi casa que se llamaba Valdés. El deporte, ya te digo: se fomentaba mucho. Había nivel.

Está ya de capa caída, aunque sigue vivo, pero fue muy emblemático, el grupo de montaña, una institución del asociacionismo montañero asturiano.

Sí, sí. La gente de ENSIDESA tenía descuento en un sitio que había que se llamaba Los Castros, y que era de deportes. Entregabas el carné de ENSIDESA y te hacían unos descuentos tremendos. Allí había cosas de, pues yo qué sé, ajedrez, surf… Hubo de todo. Senderismo, esquí… La gente tenía esquíes, porque era baratísimo. ENSIDESA, además, daba como unos créditos para comprar esas cosas. Te los iba descontando mes a mes de la nómina. Esquiar, a mí no me gustaba nada. La gente me decía: «¡Pero cómo no vienes!». Yo estaba en un grupo de gente que queríamos separarnos un poco de todo aquello, de lo que significaba, aunque era muy difícil. Allí todo estaba muy dirigido. Los críos, la mayor parte, pasaba a formación profesional; entraban de apredices. Sabías que tenías el puesto de trabajo en ENSIDESA. Que luego era muy curioso, porque a la gente que no tenía especialidad ninguna de trabajo la llamaban especialistas. Era como: esto es tan bueno que aquí no hay gente sin especialidad. Mi padre sí la tenía, y ya era una categoría, pero los que eran obreros, los que no tenían una profesión concreta, eran especialistas. El tema de cómo se juega con el lenguaje, ¿no?

Ana Rosa Iglesias. Foto: David Aguilar Sánchez

La vida social de Llaranes era peculiar, ¿verdad? Muchos privilegios en comparación con las condiciones de vida generales de la época, pero también una sociedad muy controlada, muy vigilada.

Sí, sí. Eso era tremendo. Una vida marcada totalmente. Se notaba en el vestir, por ejemplo. Al economato llegaba una ropa. Ropa de Lacoste, de Fred Perry… Marcas que ahora son muy renombradas, pero que entonces no tenían importancia. Traían zapatos, telas… Había de todo. Los comerciantes de Avilés estaban molestos. Como mi madre era de Avilés, conocíamos a muchos; gente que era de Miranda y que te contaba que se les estaban hundiendo los negocios. Había mucha trampa; gente que sacaba (se decía así: sácame unos zapatos del treinta y cuatro, sácame tal) las cosas del economato. Había gente que la sacaba gratis, que te cobraba lo que fuera, pero había gente que cobraba por sacarlo.

En plan reventa, ¿no?

Sí, sí. Era un poco más barato que fuera, y yo me acuerdo de que con la gente de los comercios hubo problemas. Llaranes era como un gueto, y la gente se movía por ahí dentro. Era un mundo bastante cerrado, y aunque Avilés estaba a dos kilómetros, cuando ibas decías «bajo a Avilés». Y en Avilés pasaba una cosa curiosa. Si en Avilés veías a alguien que vivía en Llaranes, lo saludabas. Esto lo contaba mi madre: a gente que a lo mejor de más joven la veías y no la saludabas, ahora la saludabas, porque vivía contigo en Llaranes.

Corporativismo llaranense.

Sí, sí. Y mira, lo del control social que me decías. ENSIDESA montó una guardería de vigilantes. Teníamos vigilantes por la calle. Al principio —me acuerdo perfectamente— estaban en unas casetas grises, y vestían un uniforme gris. Y se dedicaban a controlar aquello: a los guajes en la calle y demás, pero también a las familias. Luego, en la Plaza Maayor, estaba lo que se llamaba Asuntos Sociales, que era un departamento creado desde el INI. En casa, por ejemplo, se te averiaba un grifo y llamabas a Asuntos Sociales, y Asuntos Sociales te mandaba a un propio que te arreglaba el grifo. O yo qué sé: había goteras, e iban y te lo arreglaban. Gratis, ¿eh? No pagabas. Pero claro, dentro de eso iban metidas otras cosas, como lo de la vigilancia. Más tarde hubo también gente vestida de paisano. Se vigilaba a las familias. Había una monja, me acuerdo perfectamente, que se llamaba sor Vicenta y que se encargaba de eso. Las familias tenían que tener a los niños de una manera, no se podían hacer determinadas cosas, había que ir a misa… O el tema de los malos tratos. Porque había muchos malos tratos. Yo recuerdo vivirlo de bien pequeña.

«En Llaranes había muchos malos tratos. Yo vi saltar a una mujer por una ventana con el cuchillo del marido, borracho, detrás»

¿Escucharlos en casas contiguas, ver a las mujeres con las marcas de los golpes, estas cosas?

Yo vi saltar a una mujer por una ventana con el cuchillo del marido, borracho, detrás. Había mucho de eso. Y de padres a hijos, también. Lo veías en el colegio y en las casas de alrededor. Un día, tendría yo doce años, vinieron a detener a los padres de una niña, porque la habían intentado vender. Las familias normales trataban de ocultarte estas cosas, pero lo veías. O a lo mejor atar a un guaje que había hecho algo mal y llevarlo por alrededor de las casas dándole latigazos, para que la gente viera que el padre podía con el hijo. Había mucha violencia contra los niños, y esta cosa de… Veías cómo los padres ponían el pan al aire para que estuviese duro, para poder hacer sopas de ajo, y el padre desayunaba bollo suizo y los guajes sopas de ajo.

La jerarquía. Aquello de «cuando seas padre, comerás huevo».

También había mucha violencia entre críos; de críos contra críos. Había pandillas. La panda de tal, la de cual. Nombres de críos. No pongo ejemplos porque todavía viven. Todo esto sabía y se consentía. Por otra parte, aunque los sueldos eran buenos, no eran tan buenos como dice la gente. Luego fueron subiendo. Lo que sí había eran ventajas sociales, cosas que traía de Norteamérica el Ejército y tal. Había un bloque donde vivían los curas y, en la parte de abajo, estaba sor Vicenta, que era la encargada de hacer la lista de gente necesitada. Te ponías a la cola y te daban queso, leche… Yo me acuerdo de ponerme a la cola, porque daban aquellos chicles Cheiw, que apenas se conocían. Eran de fresa y de menta. A mí me gustaban mucho. O a por queso, que también me gustaba. Sor Vicenta me decía: «¡Ana, fuera, que tú no tienes que estar aquí!». Lo tenían todo controlado; sabían lo que pasaba en cada casa, a través del colegio y de los servicios sociales aquellos. Y aquella monja, si tenías algún problema de pareja, o con los niños, se inmiscuía. Vamos, no se inmiscuía: realmente crearon tal función de ese servicio que la gente acudía a ella. Las mujeres acudían a las monjas y las monjas trataban de dar soluciones, pero soluciones del estilo de las monjas de aquella época, claro.

Una especie de falansterio fascista, ¿no?

Total, sí, sí. Pasa que, de eso, te das cuenta cuando tienes una edad. Mientras tanto, te dedicas a jugar. Jugábamos mucho. Había una relación grande entre los niños.

En aquel Avilés, atraídos por aquella industria boyante, hubo mucha inmigración del resto de España. Andaluces, extremeños, gallegos… Para los primeros se gestó el nombre de coreanos.

Pusieron ese mote a la gente que vino a hacer las campanas, sí. No sé por qué se lo pusieron.

Tengo entendido que su miseria recordaba a la gente a la de los refugiados de la guerra de Corea.

Ah, pues sería eso, sí. Recuerdo oír hablar —pero ya de mayor— de gente de esta que se quedó sin entrar en ENSIDESA y estuvo durmiendo por la calle. Había mucha gente de fuera, sí. Donde vivía yo, de Asturias estábamos nosotros y una familia que vivía debajo, que eran de Trubia. Lo demás eran andaluces, gallegos… De todos los sitios. Notabas las costumbres muy distintas. Al principio hasta jugábamos a cosas distintas; cada uno jugaba de una manera. Luego el cole ya fue unificando los juegos. Y el habla, claro. Debajo de casa nuestra tuvimos andaluces de un pueblo de Jaén, y mi hermano, que los imitaba muy bien, andaba todo el rato imitándolos: «¡Ozú, ozú!». Había veces que los guajes no nos entendíamos hablando.

«Nuestros uniformes llevaban unos lazos atrás, y jugábamos a desatárnoslos: “¡Hoy vamos a desatar los lazos a los de gallegos!”»

¿Las relaciones entre asturianos y no asturianos eran buenas?

Bueno… El que vivía en Llaranes, pero era de Asturias, era como… más. No era así, pero era así, no sé cómo decirte. Algo notabas de pequeña. Lo notas. Si eres de Avilés, lo notas más. Me acuerdo de que los uniformes nuestros llevaban unos lazos atrás, y jugábamos a desatárnoslos. Decíamos a lo mejor: «¡Hoy vamos a desatar el lazo a los de gallegos!». Y entonces cogías y te ponías a desatar lazos a la gente que estaba jugando a la cuerda o lo que fuera. Había esas piquillas, sí. Luego, era muy curioso ver cómo la gente que venía de Asturias traía a sus familiares en vacaciones y demás. Pasaba mucho. Traían al padre, a la madre, al hermano… E iban como de grandones: te traigo porque te puedo traer, para que veas cómo vivimos aquí. Había una diferencia social grande. Yo me acuerdo de que, como la gente de Llaranes era gente que tenía un sueldo fijo al mes, y que era bueno en comparación con lo que se tenía si no trabajabas en ENSIDESA, pasaban muchos vendedores por las casas. Vendían neveras, aspiradoras… La gente, en Llaranes, en los años sesenta, tenía aspiradoras. Se podía. Pedías un préstamo a ENSIDESA y te daban un anticipo que luego ibas pagando a cachos.

Mencionabas a aquellas monjas controladoras, pero en la comarca de Avilés también hubo un catolicismo social, antifranquista, muy potente. ¿Impactaba también en Llaranes?

El primer cura que hubo en Llaranes se llamaba Borbolla. Bueno, no sé si el primero. Pero este Borbolla se preocupó mucho por los coreanos, por que aquella gente que a veces llegaba sola, y a veces con las familias, y no tenían donde vivir, pudiese vivir un poco mejor. Tuvo problemas, de hecho. Pero no porque tuviese una ideología de tal y de cual, que yo de eso no me acuerdo para nada, sino simplemente porque quería ayudar. Se hizo una manifestación hasta el Ayuntamiento de Avilés para exigir que hiciese algo con aquella gente que dormía al raso. Luego llegaron otros curas. Recuerdo a don José Espiña, que se preocupó mucho por Llaranes, pero mucho, y tuvo también varios problemas. Una vez se le encerró gente en la iglesia, donde la policía no podía entrar, pero no por tema de Llaranes, sino por un problema que hubo en Entrecanales. Incluso lo pillaron a él sacando documentación de los archivos de Entrecanales para demostrar lo que estaba pasando, que luego no le hicieron nada, porque, si lo detenían, saldría la información de que era cura. Sí, sí, aquellos curas. En clase de religión, en segundo, en tercero, nosotros dábamos la propiedad privada; lo que pensaban los Santos Padres de la propiedad privada. Aquellos curas, curas obreros y demás, nos daban unas clases que no tenían absolutamente nada que ver con las tradicionales.

«Los curas que nos daban religión nos decían de la propiedad privada que, si tienes mucho, es que a alguien se lo quitaste»

Era la época de la teología de la liberación, el Concilio Vaticano II…

Arriesgaban mucho. De la propiedad privada, te decían que si tienes mucho, es que a alguien se lo quitaste. La verdad es que hubo momentos muy guapos. Chema Lorenzo, que murió hace poco, organizó muchos grupos, tanto de crías como de críos, para hacer cuestiones sociales, pero no en plan Cáritas, sino… Yo, por ejemplo, pertenecía a los grupos de confirmación, y hacíamos reuniones con gente del PCE. Los traían los curas. Te llamaban: «Va a haber una reunión en la parroquia a las siete de la tarde». E ibas, y te explicaban lo que eran las libertades democráticas. Era la época de Allende, y me acuerdo —yo estaba de monitora de uno de los grupos— de ponernos a hablar de lo que estaba pasando en Chile. O de lo que había sido el Mayo Francés. Los grupos de confirmación eran eso. Y en bachiller, recuerdo a don José explicándonos la Revolución rusa. Y dejando claro que él estaba opuesto, pero contándote lo que había, analizando las cosas con un punto muy crítico, enseñándote a hacerlo. Muchos de aquellos curas también se salían. Hubo un año que tuvimos tres, porque llegaban, daban clase y se marchaban; pero se marchaban porque se salían de cura.

Por cierto, ¿qué nombres tenían las calles de Llaranes? Supongo que se escogería un tema. ¿Nombres de oficios o así, como en Roces, en Gijón, donde las calles se llaman Herreros, Marinos, Torneros, Esmaltadores, etcétera?

Montes y ríos.

Ah, sí, es verdad.

Las calles de la zona alta, donde la iglesia, son nombres de montes; y las pegadas al río, nombres de ríos. Y la Plaza Mayor era la Plaza Mayor.

En 1971 hubo aquel terrible accidente en ENSIDESA: la explosión de una caldera de vapor y agua sobrecalentada en la acería LD-I, que hizo que una lluvia de metal cayera sobre todos los barrios próximos y la onda expansiva matara a un camionero, a una mujer que compraba el pan… Y, por lo que he leído, casi a un sastre que planchaba en su sastrería de Llaranes.

¡Le cortó las piernas!

¿Recuerdas el momento del accidente? ¿Estabas en Llaranes, escuchaste el estruendo?

Estaba, sí, sí. No sé si fue un sábado, o en verano. Lo digo porque estaba en casa, así que no podía ser por semana. Los sábados, de aquella, no teníamos clase. Fue un estallido tremendo. Me acuerdo, sí, sí.

Se escuchó hasta en Oviedo.

Fue horroroso. Mi hermano jugaba a básket, y estaba en el colegio. Empezó a correr que el colegio había reventado, y entonces, claro: mi madre corriendo para allá. Había caído una chapa inmensa dentro, pero no pasó nada. Horroroso. Y me acuerdo del silencio que se hizo después. La gente quedó como en shock. No se hablaba en las calles. A los pocos meses, nosotras teníamos viaje de estudios, y estando de viaje escuchamos la noticia de que había habido un accidente en ENSIDESA. Estábamos en el comedor de un restaurante, comiendo. Y al oír «ENSIDESA» dejamos de comer y corrimos a llamar a casa. Claro, no había móviles. La primera que llamó ya nos dijo que no había pasado nada. Pero tenías el miedo metido en el cuerpo. Accidentes, había muchos. Lo que pasa es que una de las políticas de ENSIDESA era transmitir que todo iba bien. A la entrada de ENSIDESA, donde estaba el hospitalillo, siempre hubo una banderona colgada en la que se iban poniendo los accidentes, pero el número que ponía era falso. Mi padre tuvo un accidente en ENSIDESA, que le cayó una plancha en el pie y estuvo convaleciente unos meses. Luego lo pasaron a oficinas y estuvo ya trabajando en oficinas, en una parte de Personal. Y ese accidente nunca apareció. A lo mejor la banderona aquella ponía «6», y en un momento dado ponía «7», y luego estaba dos meses el número quieto, pero tú sabías que había habido accidentes. Lo tapaban muchísimo. Todo iba bien. En ENSIDESA no podía haber accidentes. Luego, salía en la revista que fulanito y menganito ya estaban curados.

¿Una revista de ENSIDESA?

Sí, había una revista de ENSIDESA. Era muy curiosa. Podías escribir. Había una cosa muy simpática, que se llamaba «página de honor» o algo así, donde salían las fotos de los niños del cole que recibían premios. Había unas medallas que se daban a final de mes. Estaba la medalla de Mérito, que era a los que hacían unos exámenes fabulosos, a los mejores de la clase. Era la bandera de España y abajo una especie de estrella. Luego estaba la de Conducta, que era verde; la de Aplicación, que era roja… Esas ya eran redondas. Había la de Religión. Y Comportamiento, también. Y en la página esa ponían la foto tuya, el nombre, el curso al que ibas… Y en el centro, un cuadrado en el que venía otra vez tu nombre, el nombre de tu padre y el departamento en el que trabajaba.

Para que presumiera.

Exactamente. ¡Había peleas! «Pues tu hijo creo que el examen lo hizo peor que el mío, pues ya me dijo no sé quién que la hija, que va contigo a clase, contestó mal a tal pregunta, pero mira, la pusieron en Aplicación…». Había sus peleas por este tipo de cosas. ¡Mira a qué punto llegaba!

«¿La contaminación? La psoriasis era una enfermedad muy típica de Llaranes, y los pulmones, la gente los tenía reventados»

Quería preguntarte también por la contaminación, que en toda la comarca de Avilés fue pavorosa durante lustros.

Los que habían construido Llaranes habían hecho un estudio y ya lo habían hecho de tal manera que el humo no llegaba del todo, pero la psoriasis era una enfermedad muy típica de Llaranes. Los pulmones, la gente los tenía reventados. Una vecina de enfrente de mi casa, un hijo se marchó a México, se casó allí, vinieron y tuvieron una niña. Estuvieron aquí cuatro o cinco meses antes de volver a México, y cuando llegaron allí, a la niña le hicieron unos análisis —vamos, la revisaron— y tenía los pulmones fatal. Eso, en unos mesinos que había estado aquí. Psoriasis a montones, eccemas, tos… Pero no se hacía nada y no se decía; estaba bastante oculto.

Cuenta Antonio Suárez Marcos, el primer director de Calidad Ambiental del Principado, que cuando llegó a trabajar a Avilés, en 1976, en el Café Colón se tomaba el café con el plato encima del pocillo por el polvo que venía de la térmica, del sínter, de los hornos de calcinación para la fabricación de cemento en ENSIDESA. Y en el hospital, me contaba Laura González que las placentas salían negras.

Sí, sí. Era tremendo. Y no era solo ENSIDESA; había otro montón de industrias. Estaba ENSIDESA, pero estaba también lo que llamábamos la Fedionda, que era una fábrica de harinas de pescado; estaba Enfersa, de fertilizantes, que estaba en San Balandrán; estaba Productos Dolomíticos, Asturiana de Zinc, ENDASA…

¿Qué tal era el movimiento vecinal?

Había una asociación que no se llamaba de vecinos, sino de cabezas de familia. Nosotros queríamos montar una que se llamara de vecinos; recuerdo una reunión que se hizo y en la que estaba [Manuel] Ponga, el que luego fue alcalde de Avilés, delegado del Gobierno, presidente de la Autoridad Portuaria… La hicimos en las aulas de un cole que era de un excura que se había casado y había montado aquella especie de colegio aparte. De aquella no fructificó; la asociación de vecinos apareció ya años más tarde, cuando yo ya estaba un poco desvinculada de Llaranes. Lo que había era la de cabezas de familia, a la que estaba apuntado todo el mundo. Me acuerdo de Carlos [Gutiérrez Rodríguez], que murió ya, y era un fotógrafo de Llaranes que el padre era también fotógrafo oficial de ENSIDESA. Se pedían cosas. Me acuerdo de una vez que pedimos un semáforo en la carretera que comunicaba La Rocica con Villalegre, donde las casas del Pozón, que eran casas de ENSIDESA. Nos lo pusieron; lo puso ENSIDESA. Otra cosa guapa que conseguimos fue un club de cinefórum. Todavía no entiendo cómo lo logramos. Las películas eran muy buenas: El espíritu de la colmena, El sur, etcétera, las vimos antes que casi todo el mundo. Elías Querejeta vino cuatro o cinco veces. Se traían películas francesas, se hacían ciclos de clásicos, ENSIDESA también financiaba —poco, pero lo financiaba— un grupo de teatro que hacía obras distintas… Esto, hablo del año setenta y dos en adelante, cuando ya era como la predemocracia. A ENSIDESA le interesaba tener fama a otros niveles. Fueron años muy guapos, aquellos. Había como una ebullición. La gente de Llaranes, cuando nos juntamos, nos acordamos mucho de estas cosas. Este año, en la cena de Navidad, nos acordábamos de cómo era el economato, el aceite que se vendía a granel, ponerte a la cola con la garrafa…

Ana Rosa Iglesias. Foto: David Aguilar Sánchez

Te vas a Oviedo a estudiar biología. Formas parte de una de sus primeras promociones, ¿no?

Bueno, no… Yo empecé en el setenta y cuatro, y es verdad que no había muchas antes, pero gente que hizo biológicas en Oviedo ya me dio clase a mí.

¿Te dio Carlos Lastra?

Carlinos Lastra, sí. Era penene, de aquella.

Lo entrevisté hace poco. Y me contaba que, como la carrera de biológicas acababa de montarse, y seguían faltos de profesorado, de material, de todo, todo el de su promoción que quisó se quedó de profesor, como fue su caso.

Sí, sí. Carlinos. Lo llamábamos Carlinos. Como ahora. Le quitas las canas y está igual que estaba. Era un profesor muy bueno. También estaba [Florentino] Braña, que acabó siendo de zoología; un hermano de Alejandro Braña, el médico traumatólogo. Estaba Emi, Emilia Vázquez, que era genetista… La veo mucho, y siempre le recuerdo que ella, que daba prácticas, nos tuvo un mes clasificando moscas: macho, hembra; macho, hembra… Siempre se lo recuerdo. Siempre que le digo de quedar, me dice: «Pero no me darás la vara con las moscas, ¿eh?» (risas). Yo, con los profesores, tuve varios desencuentros, porque era delegada de curso. Recuerdo una vez que nos trajeron un profesor de citología que era sudamericano y al que no entendíamos: entre la jerga técnica y que hablaba muy americano… Me tocó ir al departamento.

¿A pedir que le pusieran subtítulos? (risas)

Ja, ja, ja. Sí. ¡Es que no lo entendíamios! Y yo quería sacar nota en citología, para que no dijeran que me dedicaba solo a la política. Luego saqué un 8,5.

Es durante la carrera cuando te instalas en Oviedo, ¿no?

Sí. Al principio seguía viviendo en Llaaranes, pero acabé viviendo, a través de una amiga común, con una chica que era madre soltera, tenía una cría y alquilaba una habitación. Viví como tres años con ella. Luego fue impresionante: ¿te acuerdas de aquel camping de Zaragoza en el que…?

¿Biescas?

Sí. Hay una escena en la tele que es esta madre, Tere, con la hija. Ella coge a la cría y la sube a la rama de un árbol. Fue una de las escenas impactantes de aquello. Yo lo vi y bueno, te emocionas. Pero al cabo de unos meses, me llama otra amiga y me dice: «Me acabo de enterar de que la madre que sube a la niña era Tere».

¡Uf! ¿Se salvaron?

No, no: la madre murió y la cría se salvó, la recogieron. Me quedé muy impresionada. Luego supimos que la cría se había casado en Zaragoza, que había ido a vivir con los abuelos… Yo, ahora, vivo en Manuel de Falla, cerca de donde vivíamos entonces, y cuando paso por allí, siempre miro la que era la ventana de mi habitación. Es de estas cosas que se te quedan. Nos llevábamos muy bien. Yo cuidaba a la cría, la cría iba a la guardería y luego al colegio… Y a veces a lo mejor quería salir Tere por la noche, y yo le decía: «No te preocupes: esta noche no salgo yo y sales tú».

Militas desde 1973 en la Joven Guardia Roja, el ala juvenil del Partido del Trabajo de España. ¿Cómo fue tu proceso de politización?

Te empiezas a politizar ya en Llaranes. Con doce o trece años, ya estabas trabajando con alguna gente de mucho nivel. [El secretario general de Comisiones Obreras de Asturias entre 1981 y 1994] Triqui, por ejemplo. Mi tía Maruja vivía debajo suyo, y a veces se escondía en su casa. La mujer de Triqui ponía una toalla en la ventana si había pasado la policía o había pasado algo. Cuando Triqui lo veía, entraba por la ventana de casa de mi tía y se quedaba ahí escondido hasta que la mujer quitaba la toalla. Esto me lo contó Triqui, ¿eh? No mi tía. Triqui, cuando me veía, me decía: «¿Qué tal tu tía Marujona?». Era una mujer así como muy grande. Yo una día le dije: «Pero tú ¿por qué me preguntas tanto por mi tía?». Y me lo contó: «¿Cómo no te voy a preguntar por ella, si era la que me escondía?». Había gente con mucha capacidad; aprendices de ENSIDESA y demás, que tenían ya muy marcadas las líneas de lo que había que hacer. Y muchos teníamos hermanos mayores que estaban en la Universidad y te contaban que había entrado la policía, que habían detenido a no sé quién, que no sé quién estaba en la cárcel… Tú decías: «Bueno, hoy no como el bocadillo, que hay que ayudar». Había una solidaridad grande. Y había una inquietud ambiental, una ebullición… En Llaranes había un club, un club social. Estaba el de mayores y el de jóvenes. Me acuerdo de que quisimos entrar cuatro amigas, y no nos dejaron, porque era de chicos. Forzamos la situación y montamos unos follones hasta que pudimos entrar, y cuando nos dejaron entrar, dijimos «bah, pues ahora no nos da la gana» (risas).

¿Cómo llegas a la Joven Guardia Roja?

En primero de carrera. Una chica que murió hace unos meses y con quien estudié toda la carrera, muy amiga mía, Pili Urrea, me presentó a una gente que era del Partido Comunista de España (internacional), como se llamaba de aquella. Ella no militaba en ese partido, pero los conocía. Me pasaron a hablar con uno de químicas, Eduardo Menéndez Casares, que murió hace poco, y empecé a hacer cosas con ellos. Como era joven, no entré en el PCE(i), sino en la Joven.

¿El PCE(i) luego se convierte en el PTE?

Sí, sí. Pero ya cuando era PCE(i) la organización juvenil se llamaba Joven Guardia Roja. Estuve militando allí años. Fui la secretaria general durante una temporada grande.

Y ¿cómo era esa militancia?

Ay, muy guapa. Preciosa. Éramos un grupín grande de gente que nos llevábamos muy bien: Carlos Novoa, Koldo… Empezamos a hacer reivindicaciones en los institutos, por las cosas que pasaban en los institutos, donde logramos entrar: Lugones, el Alfonso, el Aramo, que era de crías… Hacíamos conciertos, por ejemplo, y repartíamos una especie de hoja que publicábamos.

¿Cómo se titulaba?

Si te digo que no me acuerdo…

«Después de que mataran a Javier Verdejo, tuve protectores, compañeros de biológicas que me llevaban a casa y demás»

Pero de la Joven Guardia Roja, ¿no?

Sí, sí. ¡Nos diferenciábamos muchísimo! Éramos de la Joven Guardia, no del PTE. Yo, en un momento dado, cogí responsabilidades derivadas de la muerte de Javier Verdejo, un chaval de la Joven al que la Guardia Civil había matado de un tiro durante una manifestación, mientras hacía una pintada. Salí elegida delegada de curso con un manifiesto en el que se pedían responsabilidades por esa muerte, pidiendo la democracia en la Universidad y, como hacíamos siempre en la Joven, la disolución de los cuerpos represivos. Luego tenía protectores; compañeros de biológicas que me llevaban a casa y demás. Estábamos todos muy unidos, hicimos muchísimas cosas.

Erais maoístas, ¿no?

Sí, sí, éramos maoístas, cosa que no sabíamos muy bien lo que era (risas). «Marxistas-leninistas pensamiento Mao Tse-Tung» (risas). Eso era. Nos financiábamos haciendo pegatinas. Teníamos una moza que dibujaba muy bien y decíamos, pues no sé: vamos a hacer una pegatina de Víctor Jara, y entonces ibas a los institutos y a la Universidad y repartías por ahí las pegatinas. Teníamos una que fue muy característica, que era de color verde, porque éramos bastante ecologistas ya. Traía los perfiles de Lenin, Stalin…, ¿quién más?, no me acuerdo…, y terminábamos con Mao. Y Fidel, yo creo. Nos reuníamos en los bares, no teníamos sitios para reunirnos. Y por casas de la gente; en las de la familia Novoa, por ejemplo. Reuniones de mujeres, cosas así. Eran gente muy afín y nos ayudaban con los estudios; nos buscaban gente que nos diera clases particulares. Si decías, por ejemplo: «Necesito alguien para inglés», llamaban y te organizaban una clase. De la Joven, tengo recuerdos preciosos. Estar siempre juntos haciendo cosas. Inventarnos canciones para las manifestaciones; para salir juntos cantando. Teníamos fama de muy peleones. Y nos era facilísimo quitarle gente al PCE y al PSOE, a sus juventudes. Una vez me llamaron y me dijeron que, por favor, dejara de quitarles gente. «¡Si es que está chupao, si no hacéis nada!» (risas). Que, bueno, el PSOE no existía. Yo, en la Universidad, conocía a dos personas del PSOE, una chica y un chico, que sí que es cierto que se movieron mucho con nosotros, y eran gente muy buena, muy honrada.

¿Gente que luego tuvo un nombre en el PSOE?

Una chica no: esa se fue. Hasta se salió del PSOE. El otro creo que fue luego secretario de Organización en Oviedo con [Jesús] Sanjurjo, cuando estaba Sanjurjo de secretario general, pero Sanjurjo luego desapareció, y este desapareció con él.

El PCE os parecía conservador, ¿no? Un partido de viejos, desconectado de las inquietudes nuevas de una juventud que ya se preocupaba por la temática feminista, ecologista…

Sí, sí. Date cuenta de que teníamos catorce, quince años. Casi todos, ahora, andan por Comisiones, por no sé dónde… Lo guapo es que fue gente que se mantuvo; que se fueron cada uno a su sitio, pero siguieron haciendo cosas. Cuando nos encontramos, nos tratamos con mucho cariño. ¡La Joven! La llamábamos la Joven. Teníamos una canción que le hacía mucha gracia a la gente, que era como: «Tss, tss, que viene, que viene; tss, tss, que viene, que viene». Siempre llegábamos a las manifestaciones con cosas extrañas, distintas. No nos importaba hacer juegos. Gritar: «¿Quién es la libertad?», no sé qué. Hacíamos como juegos. Entonces, claro: imagínate lo que era esto en los institutos, donde no había nada. Pegamos fuerte. Una experiencia muy guapa, muy guapa. En el partido nunca quise entrar. Tenía que estar en las reuniones del Comité, o como se llamara, como representante de lo joven. Te pedían cuentas y tú decías que ni hablar, que éramos independientes. Recuerdo muchas reuniones en Madrid, en Alcobendas, donde los Dominicos. Se portaban fabuloso con nosotros; nos iban metiendo a escondidas allí por distintas puertas, era muy simpático. Con el partido, teníamos muchas discrepancias.

¿Como cuáles?

Si te digo que no me acuerdo… Pero muchas. No sé. «Las discrepancias de la Joven». Las llamaban así ya. Tratamientos distintos de lo social, no sé. Luego hubo mucha movida cuando llegó la democracia, el tema de presentarse a las elecciones. Y la hubo cuando vimos que el partido no había sacado casi nada y se desencadenó el debate de qué hacer, si seguir o no. Yo soy de las que quiso que el partido siguiera. Se habían sacado muchos votos en algunos sitios, concejales, alguna alcaldía… Era menos de lo esperado, pero había base y había ideas que nos parecían buenas, y yo defendía que había que seguir batallando. Pero se optó por la disolución, y fue bastante doloroso. Lo fue para mucha gente; gente que había trabajado duro en la clandestinidad, que había pasado por la cárcel… Algunos se desmoralizaron totalmente. Hubo gente que se quedó sin trabajo: habían volcado tantos esfuerzos en el partido que habían descuidado eso. Algunos se metieron en Ecologistas en Acción, en las asociaciones de vecinos, como fue mi caso… Pero hubo otros que desaparecieron totalmente y que yo no sé ni dónde viven ni dónde están, porque no quisieron ni volver a ver a la gente. Eso pasó. Gente a la que yo le tengo mucho cariño y a la que no volví a ver, y si la vuelves a ver alguna vez no puedes hablar de esto.

¿Les dejó una especie de trauma?

Sí, sí. Lo entiendo, ¿eh? De todas maneras, hay un grupo de gente que nos vemos muy a menudo. Hace poco nos vimos cuando murió Eduardo Menéndez Casares, que era de Ecologistas en Acción. Se movió muchísimo. Era profesor de geológicas; había hecho química y luego geología. Le hicimos un homenaje, y allí vino gente de Madrid y de muchos sitios, alguna de ella muy conocida. Fue muy guapo.

¿Cómo vives la muerte de Franco? ¿Hubo champán?

No, pero hubo alegría. Un grupo de cinco amigas habíamos estado retenidas tres días, y estábamos con el temor de que nos vinieran a buscar para meternos en la cárcel.

¿En comisaría?

Sí. Había venido Bandrés a una cosa organizada por el cura de Versalles. Era la época aquella de «Garmendia y Otaegui, el pueblo os salvará».

Los últimos fusilamientos del franquismo.

Sí. Pues vino Bandrés. No me acuerdo para qué concretamente, pero era para algo que se iba a llevar a Europa. Firmamos un manifiesto y, al poco, empezaron a detener a los que habíamos participado. Claro, no era solo por eso, sino por otras cosas. Estuvimos tres días en comisaría.

¿Os pegaron?

No. Maltrato psicológico, sí: encerrarte en un armario y dar golpes como de estar pegando a alguien, la pistola puesta encima de la mesa en todo momento… Pero pegar, no me pegaron. Yo creo que se apiadaron de nosotras. Yo era muy bajina, muy delgadina, y otra amiga mía también. Con veinte años, en los cines, si no llevaba encima el carné —y entonces no se solía llevar encima el carné—, entraba por la puerta de salida, colándome, porque si entraba por la de entrada, me lo pedían y, al no llevarlo, no me dejaban entrar. Era como un llimiagu [«babosa», en asturiano]. Debían de tener una sensación, ellos mismos, de…

Como de cosa poco viril, ¿no? Atizar a unas niñas.

Sí, sí. Pero cuestiones psicológicas, sí. Llamaron a mis padres para que me diera pena. Les dijeron que me trajesen una manta para el calabozo. Me acuerdo de la cara de mi padre, que estaba… Tú te quedas como… ¡Uf!

¿Y los interrogatorios cómo fueron?

Pues mira, ellos tenían una agenda con notas que me habían cogido en casa, adonde entraron a mirar papeles y tal. Eran notas que no eran de nada político, sino de cosas de clase: no era tan tonta como para tener apuntadas ahí cosas comprometedoras. Lo que pasa es que, como yo había hecho taquigrafía, las anotaciones las hacía con cosas de taquigrafía.

Esos símbolos que se usan, ¿no?

Sí. Yo hacía, por ejemplo, así [Ana Rosa hace un trazo sobre la mesa con el dedo] y eso significaba «Ana», o hacía así [otro trazo] y eso significaba «Marisa». La nota a lo mejor era que quedé con Marisa a las tres y media, pero ellos veían un trazo que no entendían y «15:30», e interpretaban que era que yo quedaba con alguien para a saber qué. Llamaron a una taquígrafa, pero había un problema, que era que la taquigrafía, hay unas normas, pero luego tú las modelas a tu manera, las adaptas. La taquígrafa aquella tradujo varias cosas, pero era eso: clase tal, a las nueve prácticas de no sé qué… Entonces, no me cogieron absolutamente nada. ¡No era tonta! Luego, nos llevaron al juez, y pasó una cosa curiosa. Lo recuerdo perfectamente. Dice: «¿Usted pertenece a un partido?». Yo: «No. Pertenezco a la Joven Guardia Roja». Y entonces dice: «Bueno. Eso es una entidad juvenil. Hala, puede marchar». Pero así, ¿eh? Después, al juntarme con la amiga mía, que fuimos las dos que quedamos para el final, me dice: «¿Te dijo que la Joven era una entidad juvenil?». «¡Sí!». Dice: «Este tío nos salvó. Nos dijo lo que teníamos que decir».

¿Era un juez progre o tal…?

No, no creo. No era que fuese afín a nadie. Lo que nos pareció es que estaba cansado de que se pasara por allí gente que no pedía nada extraño. Hombre, era joven, ¿eh? No creo que tuviese cuarenta años. A lo mejor, aunque no fuera manifiestamente afín a tal y cual, sí que era un demócrata. No sé. Lo que sí sé es que fue correctísimo y nos proporcionó la salida. Pero luego, al cabo de un tiempo, nos avisaron de que habían ido a buscar, para llevarlo a la cárcel, a otro conocido al que le había pasado lo mismo, y entonces se nos metió el miedo en el cuerpo, y a mis padres también. Pero fue cuando se produjo la muerte de Franco. Recuerdo que me despertó mi madre loca de alegría, y que nos pusimos a llamar a gente. Lo vivimos…, pues fabulosamente bien.

¿Tus padres eran gente politizada?

A ver, no… Pero su familia sí lo había estado. Eran gente que provenía de la guerra y de la represión, y entonces no te contaba nada. Yo me enteré después, por familiares míos, de que, por ejemplo, un tío de mi madre con el que tuve muchísima relación, que murió hace ya años, había sido defensor, en Avilés, de unas columnas o no sé qué que había habido. Rojo, vamos. No sé de qué partido. También hubo familiares de mi madre que uno tenía un taxi, otro un camión…, y que a mí me extrañaba que, siendo de Avilés, no trabajaran en ENSIDESA, hasta que me enteré de que, claro: estaban en una lista negra. Luego, yo me llamo Rosa por una tía que, fíjate, luego fue monja, pero la familia eran rojos —aunque no sé qué tipo de rojos—, y le habían rapado la cabeza y la habían puesto a fregar suelos cantando el Cara al sol. Son anécdotas que te cuentan, pero te las cuentan luego. Un primo de mi padre que vivía en Madrid me contó la historia de no sé qué pariente que se escondía en casa de ellos, y que siempre andaba con heridas porque se metía en la leña o la hierba o tal, y pinchaban y el pobre aguantaba, pero salía sangrando. Luego, yo sé que mi padre las huelgas las hacía. Que, mira: es otra cosa que contar de ENSIDESA. Cuando había alguna huelga gorda, luego aparecían, en el portal de la gente que no la había hecho, granos de maíz tirados.

«En Llaranes, las mujeres, en la cola del pescadero, se ponían de espaldas a la mujer del que no había hecho huelga, le hacían el vacío, en plan “te despreciamos”»

Para llamarles gallinas, ¿no? Como hacían las mujeres de la Güelgona, en la cuenca, con los esquiroles.

Sí, sí. Era curioso el comportamiento de las mujeres. En Llaranes no había tiendas: solo el economato. Pero bajaban furgonetas, pasaba el panadero, el pescadero en un carro con una mula… Como la rula [«lonja», en asturiano] estaba al lado, a las siete o las ocho de la tarde pasaban aquellos paisanos, y las mujeres salían a comprar ahí el pescado. Pero mujer a la que al marido se le había echado el maíz, mujer a la que le hacían el vacío. No era que la insultaran, pero se la despreciaba. Te hablabas con las que tenían a los maridos en huelga, pero con la otra no hablabas; te ponías de espaldas a ella, en plan «te despreciamos». Y a mí la verdad es que nunca me dijeron que no podía jugar con los hijos de un esquirol, pero había niños a los que sí se les decía.

Había una concepción de la familia como unidad.

Sí, sí, sí. Pues nada, ya te digo: sí que tuve familiares politizados, como aquellos tíos abuelos que tenían el taxi y el camión, Luis y Lelo —de Aurelio—, que luego supe por mi hermano —que está más con lo de la memoria histórica, que es un tema que yo no toco— que sí aparecen en las memorias históricas, sobre todo Luis. Pero mis padres no especialmente, no.

Ana Rosa Iglesias. Foto: David Aguilar Sánchez

Volvamos a Oviedo. De bióloga nunca ejerciste, ¿verdad?

No. Yo me casé cuando estaba en cuarto, con veintitrés años recién cumplidos.

¿Con un compañero de clase?

Nooo. Del partido (risas). Era de magisterio. Los viajes en tren a la Facultad eran muy guapos: ahí sí que se hacía labor política. Teníamos unas discusiones tremendas, preciosas: de lo que decía la Junta, de lo que decía tal. Los amigos míos de Llaranes, de La Luz, de Valliniello, todos hicieron magisterio, y entonces yo iba a buscarlos, y tanto iba a buscarlos que… Bueno. A trabajar empecé mientras estudiaba. Trabajaba en la Asociación de Padres de Alumnos de la Universidad con Miguel Virgós, una persona maravillosa. Era carlista. Ahí conocí a un montón de carlistas. Él era carlista, pero de los de izquierdas.

Esa parte del carlismo que había hecho el viaje al socialismo autogestionario. El Partido Carlista fue cofundador de IU.

Sí, sí. Pues eso: trabajaba y estudiaba. En la asociación teníamos una copistería, con máquinas de las más avanzadas, y yo trabajé un poco con ellas, pero luego pasé a ser secretaria de Virgós. Hubo una pelea grande y preciosa por las ventas de las escuelas, por que no se perdieran, sino que se convirtieran en museos, centros de cultura… Virgós hablaba con alcaldes, con… Yo, muchas veces, tenía que llamar al Ministerio de Educación. Llamaba al teléfono de su secretaria particular y ya me decía: «Llamas de parte de Virgós, ¿no? Dile que le llama el ministro dentro de diez minutos». Aquella batalla se perdió. Bueno, hubo algunas escuelas que no se vendieron, pero se vendieron muchísimas. La siguiente fue por las casas de los curas que pertenecían a las parroquias, que también se vendieron. Otra cosa que organizamos fue la primera asamblea de padres de alumnos de la Universidad. Juntamos cerca de tres mil personas en Gijón. Organizar aquello fue otra experiencia.

¿Dónde en Gijón?

En la Feria de Muestras, en un salón grande que había allí. Una gozada.

Más tarde montas una distribuidora de libros, ¿no?

Sí. Había una cadena estatal de distribución que se llamaba Trilce.

Como el poemario de César Vallejo.

De ahí viene, sí. Uno de los de Trilce se puso en contacto con nosotros y nos invitó a reunirnos con él en su casa de Madrid. Nos contactó a través de Luis Martínez, que era el de Nuestra Cultura, una editorial chiquitina pero muy bonita, y que conocía a uno que nos conocía a nosotros. Necesitaban gente para Asturias. Montamos la distribuidora. Y luego, en torno al setenta y siente, nos llamó de Argos Vergara otra persona maravillosa, Rafael Soriano, que llevaba la editorial. Este hombre es el que fundó la editorial Enlace, que en su momento fue una editorial puntera. Y era una persona con mucho olfato, que sabía qué libros tenía que comprar, cuáles podían tener éxito, pero poniendo la calidad por encima de todo. Nos ofreció la distribución de Argos Vergara y estuvimos varios años con eso, hasta la época de la crisis de Banca Catalana, que les daba mucha financiación. Trajimos a muchísimos escritores. Me convertí en bastante amiga de Montserrat Roig, a la que echo en falta muchísimo. Que mira: mencionábamos antes a Quini. La primera vez que Montserrat vino, vino con el crío, que tenía seis o siete años, y no tenía con quien dejarlo. No sé cómo salió el tema del fútbol y yo le dije: «¿Y quién te gusta a ti?». Me dice: «¡Quini, que es mi vecino!». Era cuando jugaba Quini en el Barcelona. Resultaba que Montserrat Roig conocía mucho a Mari Nieves, porque vivían en el piso de arriba, o en el de al lado. Yo le conté que era amiga de Mari Nieves. Y mira, una cosa curiosa, de cómo se diferencia a quién conoce y quien no. Cuando lo del secuestro de Quini, yo oigo en la radio que hablan de ello y hablan de «Nieves». Me digo: este no conoce a Nieves, porque Nieves nunca fue Nieves. Siempre fue Mari Nieves. Pero hace poco le hacían una entrevista a un jugador sudamericano de cuando Quini, no me acuerdo del nombre.

«Carlos Barral me contó que rechazó ‘Cien años de soledad’ y que era uno de sus mayores errores, pero el libro seguía sin gustarle»

¿Enzo Ferrero, a lo mejor?

A lo mejor, no sé. El caso es que él empezó a hablar de Mari Nieves. Y yo digo: «¿Ves? ¡Este sí conoce!». A ella no le gustaba que le llamaran Nieves. Decía: «¡Soy Mari Nieves!». Bueno. Montserrat Roig, tengo un libro, un dietario, que escribió cuando le diagnosticaron el cáncer de mama: Un pensament de sal, un pessic de pebre. Lo tengo firmado: me lo mandó ella. Pero soy incapaz de leerlo. La quise mucho. Hicimos muchas presentaciones de libros aquí, organizábamos muchos eventos, que lo pienso ahora y digo: ¿cómo con veinticinco años yo organizaba eventos así? Yo entraba por la puerta del Marchica y me conocían todos. Otra vez trajimos a Carlos Barral, un personaje maravilloso, del que me prestó mucho una cosa muy simpática. Quería tomar sidra y fuimos al Marchica, y hablando de todo un poco nos pregunta qué libros se estaban vendiendo y demás. Yo le digo que, bueno, como siempre, Cien años de soledad. El libro de bolsillo aquel de Argos Vergara; la colección que había nacido con Rafael Soriano. Me dice Barral: «¿Te gustó?». Yo le digo: «Mira, no paso de la página dieciséis, no puedo con él. Nunca lo leí. No puedo. Empiezo y lo dejo, empiezo y no me gusta. Hay otras cosas de Márquez que sí me gustaron, los cuentos cortos de él me encantan, pero esta no. No me gusta». Dice: «Bueno, pues te voy a contar yo una anécdota. Ese libro lo tuve yo en la mano y dije que no se iba a vender. No me gustó y lo rechacé. Fue uno de los errores más grandes que tuve. Pero sigo insistiendo en que no me gusta el libro». Yo pensaba para mí: «¡Dios, gracias! ¡Qué lista soy, que pienso como Carlos Barral!» (risas). La literatura sudamericana en general, no soy yo muy de ella, no me acaba de… Soy más de literatura inglesa, francesa… Vargas Llosa no me dice nada: leí dos cosas y me parecieron dos encargos. Me pareció un tío que hace encargos. Pues bueno. Conocí a muchísima gente. A la del cómic también: los editores de Tótem, a los de El Víbora, a Toutain… A este peruano, ¿cómo se llamaba? Algo Echenique…

¿Bryce Echenique?

¡Ese! Un tipo genial, genial, genial. Un cómico. Genial. Fue una etapa muy guapa. Teníamos todo el cómic; teníamos Integral, la revista aquella; llevábamos también el libro ruso… Todo lo que era editorial rusa lo teníamos nosotros, y los clásicos se vendían como churros. También mucho libro científico, técnico… Fue una etapa muy guapa. Me estoy acordando de anécdotas así simpáticas, por ejemplo una de Juan Cueto.

Cuéntame.

Presentaba un libro de Armas Marcelo, no me acuerdo de cuál, y no se lo había leído, pero con la tapa y cuatro preguntas que le hizo en la comida a Armas Marcelo, hizo una presentación maravillosa.

Poder hablar de un libro habiendo leído solo la solapa es un talento como cualquier otro, ja, ja. Yo he visto a vez a gente asombrosa en ese sentido.

Cueto era acojonante. Nosotros le editamos un libro, Pasiones catódicas. Y yo vi las galeras y cómo trabajaba él. Veías que había a lo mejor una palabra tachada o subrayada y, encima, dos o tres sinónimos escritos y uno de ellos redondeado o lo que fuera. De aquella, me acuerdo de que le leí en la revista de El País, cuando él se iba a Italia para lo del Plus o tal, un artículo sobre el paisaje que se veía desde los aviones, cómo en España no había nada y de repente veías grandes inundaciones de luz. Te describía en aquel artículo lo que hoy llamamos España vaciada, años antes de tiempo.

¿En qué momento abandonas el negocio de los libros y te haces funcionaria?

En el noventa. Me cansé de trabajar. Trabajabas mucho. Y un día entré al Ayuntamiento a pagar un impuesto. Iba yo aquel día con un cabreo tremendo por el trabajo; de eso que estás muy agobiado y tal. Y veo que se anuncian oposiciones para auxiliar administrativo y digo: «Psst, venga, me apunto». Recuerdo que fuimos a la Feria del Libro con libro ruso, de arte y técnico. Y me dediqué a estudiar ahí. Mientras atendía el stand, estudiaba. Y aprobé. Empecé el dos de enero del noventa y uno. Los primeros días me sentía como rara: eso de llegar, trabajar, a las tres cerrar la puerta y ya no tener nada de trabajo en lo que pensar hasta el día siguiente… Yo decía: «¡Oh, qué vida!» (risas).

Vas a ser muy activa en el movimiento vecinal de Pumarín. Un barrio proletario, que había crecido desordenadamente, en función de la disponibilidad de terrenos, sin más planteamiento urbanístico que ese. A principios de los setenta, los vecinos cuentan que el trayecto hasta General Elorza se hacía con unas bolsas de plástico cubriendo los zapatos para salvar el barro. Y las restricciones de agua, los cortes del suministro, eran muy frecuentes.

Yo lo del barro no lo viví tanto, pero lo del agua sí. Fue con Antonio Masip y Kike Pañeda, aquel concejal de Aguas, en el año ochenta y poco, cuando se hizo todo el saneamiento, las canalizaciones, y se quitaron los depósitos aquellos que había para cuando el suministro fallaba.

¿Cómo es el Pumarín al que tú llegas?

Pues mira, en la casa en la que vivo, casi nos pegan un día al entrar. Yo no conocía la historia, pero aquello había sido el prau de la fiesta. Los terrenos eran de una paisana que los había vendido, habían especulado con ellos, y habían construido nuestra casa. ¿Tú sabes la que había? Era increíble. La gente de Tocote —porque la casa nuestra es para la parte de Tocote— estaba muy indignada por cómo se había destruido el prau, y muchas veces nos decían que no podíamos vivir ahí. En fin. ¿Aquel Pumarín? ¿Sabes qué echo de menos? Mira: conoces Oviedo, ¿no?

Sí, pero no controlo la toponimia. Me suenan los nombres de los barrios, Pumarín, Vallobín, Ventanielles, tal, pero no sé muy bien dónde está cada uno, la geografía de la ciudad.

Bueno. General Elorza. La avenida de Pumarín [Ana Rosa traza calles fantasmales con los dedos en la mesa]. Pues donde están las casas estas que hay aquí, eso era todo una floristería. Recuerdo pasar por ahí de camino a casa, para arriba, y caminar despacio, porque me encantaba el olor aquel. Lo echo en falta muchísimo. Ver esas casas ahora, donde estaba aquello que era tan guapo…

Las casas de Tocote se llaman así por la pregunta: «¿Tocóte, tocóte?», ¿no?

Sí, sí, como en Avilés con Tocote y Tocarate. Las casas esas se llaman Grupo José Antonio. Estaban entre el tren y un hospital militar que había donde está ahora el polideportivo, en la calle Palmira Villa. En esa parte sí que recuerdo el barro acumulado por las esquinas. Luego hubo una temporadina que hubo como unos árboles, y los talaron. Y al lado, donde hay ahora un parking, en la plaza Rodríguez Cabezas, al lado de la parroquia, eran todo unas estructuras de Renfe, y también recuerdo el barro por todos lados. Pero eso que tú dices de las bolsas es más antiguo de lo que yo viví. Luego, el Milán era del Ejército: había una tapia donde está ahora el colegio Lorenzo Novo Mier y no podías pasar.

El despegue del barrio se produce justamente cuando el Ejército lo abandona, y el antiguo cuartel del Milán se convierte en un campus. Hubo un debate, ¿no? Al principio se habla de simplemente hacer equipamientos universitarios, pero finalmente se construyen también pisos.

Eso lo vivimos, porque parte de ello fue la asociación nuestra. Masip había hecho un convenio con el Ministerio de Defensa y eso se cede a la Universidad. Fue una burrada de millones de pesetas lo que se le pagó al Ejército por el campus, para montar el campus, y, luego, lo que es Palmira Villa, donde están el polideportivo y el centro de salud. Nosotros, cuando montamos la asociación, que fue en el noventa, nos hicimos con el convenio que habían hecho y lo miramos para ver qué se iba a hacer ahí. Nos dimos cuenta de que si pasaban cinco años —y habían pasado cuatro—, eso volvía a Defensa. Entonces, hubo una movilización en el barrio grande. Pedíamos un polideportivo, un centro de salud, un centro de día, un centro juvenil y una piscina, que podía hacerse en una zona concreta en la que ahora hay un campo de fútbol.

Lanzáis aquella campaña del trapo verde en la ventana, que inventáis vosotros, y que luego tiene réplicas en muchos sitios. Yo recuerdo verlos en Gijón, en la zona de Poniente, por no recuerdo qué reivindicación del momento.

Sí, sí. Lo inventó un socio de la asociación. De aquella, la gente se movía mucho. Acabamos con todo lo verde que había en todas las tiendas de telas de la ciudad (risas). El trapo, teníamos que darlo nosotros. Algunos decían de poner una toalla, pero no era lo mismo.

Centenares de trapos verdes iguales eran una imagen más llamativa, más impactante, que un montón de toallas de distintos colores, ¿no?

Claro. El trapo lo repartíamos en una tienda de lanas que sigue existiendo, y que era de un socio. Había colas.

La asociación de vecinos Fuente Pando de Pumarín se gesta, había leído, a partir de la reivindicación de que el Colegio Lorenzo Novo Mier se abriese por las tardes para que los niños del barrio pudieran jugar en sus canchas.

El colegio se había construido en una zona por donde pasaba agua, un río, vamos, un reguerucu, que se allanó con escombro que se traía de otras construcciones. Pero resultaba que el patio estaba cerrado. Los padres exigían que se abriese, sí. Y se abrió, pero hubo incidentes entre la gente y se volvió a cerrar. Entonces se volvió a reivindicar que se abriese. Allí había una casa en la que había un ordenanza, además. Y es cuando se monta la asociación, sí. Se hizo una asamblea con más de cien personas y allí mismo ya salió gente voluntaria para hacer el papeleo de la asociación y todo eso. Además, estaba todo lo del Milán. Había otra cuestión. La calle Palmira Villa tenía que tener una altura determinada, pero eso significaba poco dinero, así que se amplió la edificabilidad para que pudiera haber más. Para el constructor, para Defensa: vamos, lo de siempre. Y es cuando empezamos a reivindicar que no podía ser que fuera a haber un campus universitario y no hubiera centro de salud siquiera. La movilización fue fuerte y se consiguió todo menos el centro juvenil.

También pedíais un gran parque que tampoco se consiguió, ¿no?

Bueno, se consiguió, pero fue asfaltado. Durante un tiempo, estuvimos haciendo juegos allí. Hacíamos ajedreces vivientes con los vecinos, jugábamos a las chapas haciendo rutas por allí, metiéndolas por los sitios más difíciles para que los padres se dieran cuenta de… Y al final el parque se hizo, pero eso no es un parque. Allí, luego, tuvimos un problema. Se hicieron unas canchas para jugar al fútbol, a baloncesto, a balonmano… Unas canchas pequeñinas. Y la gente se empezó a quejar de que las habían ocupado los sudamericanos. Eso decían. Hubo que explicar que, sencillamente, las ocupaban porque ellos jugaban en la calle, y los niños nuestros no jugaban en la calle ya. Las utilizaba quien estaba allí para utilizarlas. Sí que es verdad que luego había alguno que alquilaba la cancha; se las alquilaban entre ellos. Había problemas de esos, pero fueron solucionándose. Nosotros pedíamos mediadores de calle, pero no los pusieron. En fin, las cosas que pasaban con Gabino de Lorenzo. Mira, lo que sí existe es una buena biblioteca, que además a mí me gustó mucho el nombre que se le puso.

Sara Suárez Solís, ¿no?

Sí. La conocí mucho. La editamos nosotros los libros, porque nadie se los quería editar.

Yo traté mucho a su marido: Tadeusz Malinowski.

Tadeusz, sí. Que primero se había casado con una hermana de Sara, y cuando enviudó, se casó con Sara, y cuando enviudó de Sara, con una amiga de Sara (risas). Era muy simpático, Tadeusz. A Sara la conocí mucho. Nosotros le hicimos hasta la portada de los libros, y la pusimos en contacto con la editorial Laertes. Me prestó mucho que a la biblioteca le pusieran su nombre. Y la biblioteca es buena, y funciona. Lo que tiene es que es muy pequeña, y ya no tiene dónde meter libros. Pero trabaja mucho con niños pequeños. El tema es que la abren equis días a la semana, cambian los horarios… Es un follón.

Vuestra asociación se llama Fuente Pando: ¿por qué, por quién?

Por la fuente. Hay una fuente.

Ah. ¿Hay una fuente? Tenía la duda de si serían los apellidos de alguien.

Hay la Fuente Pando, sí. La gente no dice la Fuente de Pando, sino Fuente Pando. Pusimos el nombre que la gente decía: «¡Vamos a la Fuente Pando!». Está datada del año novecientos y poco. El problema que tenemos es que, cada dos por tres, hay agresiones a la fuente o tal, y luego, para repararla desde Cultura o desde el Ayuntamiento, tardan siglos. Ponen azulejos —pero azulejos, ¿eh?— para taparla y cosas así. Y para la gente la cosa de la fuente es como muy sentida. A lo mejor se inunda por la lluvia y automáticamente tienes un montón de llamadas telefónicas: ¡la fuente está inundada! ¡Fotos! Para la gente, es un símbolo.

Ana Rosa Iglesias. Foto: David Aguilar Sánchez

Hacer vecinalismo en Oviedo no ha sido fácil. Se suele señalar el contraste —lo solemos hacer en Gijón, al menos— entre un Gijón gobernado por la izquierda y que cuidó sus barrios y un Oviedo gobernado por la derecha, y que los maltrató, concentrando todas las energías en el centro de la ciudad. Eso ¿es así? ¿Percibíais desde Oviedo que fuera así?

Sí, sí. Aunque había dos cosas. Por una parte, sí: todo para el centro. Pero, por otra, las estructuras que ponían, las farolonas y todo eso, sí que eran iguales que en el centro. Y eso tampoco nos gustaba. Nosotros decíamos que Oviedo tiene barrios, y que cada barrio es distinto; que cada barrio tiene sus costumbres y su identidad y hay que diferenciarlos. Una ciudad no es homogénea: es diversa.

En Pumarín todavía se dice «voy a Oviedo» cuando se baja al centro, ¿no?

Sí, sí, se sigue diciendo. «¿Ónde vas? ¡Voi pa Oviedo!». Y fíjate tú: la comunicación es total; las aceras que pusieron son continuas. Pero es que el barrio tiene su identidad. Y hay que mantenerla. Cada uno tiene unas estructuras sociales distintas, propias. En barrios que se crearon ahora es distinto, pero incluso en ellos, como pueda ser La Florida o tal, si había un núcleo antiguo allí, hay que mantener ese núcleo. Luego, la gente es diversa, y va cambiando, pero tiene que ir cambiando en función de lo que vaya viviendo, no de una uniformización desde arriba. Nosotros nos quejábamos de eso: de que, por una parte, somos todos de Oviedo, y te pongo las farolas que te pongo en el resto de Oviedo, pero luego te asfalto todo, no te cuido la fuente… Mira, otra cosa que pedíamos era un centro social, y sí que se hizo, pero no tiene nada que ver con lo que nosotros queríamos. Los centros sociales de Oviedo no son gestionados por la gente. Nosotros reclamábamos que participran las asociaciones del barrio; que hubiera, sí, clases de cocina, de punto, de lo que fuera, pero que lo decidieran las asociaciones, la gente. La participación.

¿Teníais envidia de Gijón?

Sí que la teníamos. Yo participé bastante en… A ver, hay una federación de asociaciones de vecinos en Oviedo, otra en Gijón, tal, cual, y luego hay una confederación: CAVASTUR. Yo estuve de secretaria de la confederación durante cuatro o seis años, no recuerdo ya. Con Vicente Gutiérrez Solís de presidente. Secretaria de CAVASTUR viene a ser lo que en un partido es Organización. Pues bueno: como tenía mucho contacto con la federación de Gijón, viví muy de cerca cómo se montaron allí los distritos. Me interesé mucho por cómo funcionaba. Me acuerdo de la pelea que había porque se hablaba de que tenían que estar todas las asociaciones de vecinos, pero también gente que estuviera ahí por sorteo, tirando del censo. Las asociaciones son queríamos eso por una cosa: no puedes enfrentar a una asociación con la opinión particular de un individuo.

«Gijón me daba envidia en cuanto al movimiento vecinal, y me la da, porque funciona de otra manera: financiación, unos locales fabulosos…»

La asociación lleva al debate una opinión mejor o peor, pero expresión de un debate colectivo, pero fulanito de tal solo se representa a sí mismo.

Claro. No tenía sentido. Y lo explicábamos. Me tocó mucho trabajar con eso. Entonces, sí: me daba envidia, y me la da todavía, porque Gijón funciona de otra manera. Es muy distinto tener financiación y no tenerla. La federación de Gijón tiene un convenio firmado con el Ayuntamiento y recibe una cantidad de dinero para su funcionamiento, de la que luego transmite parte a las asociaciones, que también reciben financiación a través de subvenciones para las fiestas, para las actividades que se hacen… Y ellos tienen unos locales fabulosos. Los tienen las asociaciones y los tiene la federación. ¿Nunca estuviste?

No, la verdad.

Están a las afueras de la ciudad, en un barrio que tiene un nombre del que no me acuerdo ahora…

Ah, ya me doy cuenta. Está en Moreda.

Sí. Ahí hay gente trabajando con nómina y seguros sociales. Con el convenio ese, lo puedes hacer. Nosotros, no. El Ayuntamiento de Oviedo te da subvenciones para fiestas, pero para nada más. Para cosas que quieras hacer, no las hay. Las hubo, pero no las hay. Estos últimos cuatro años no las hubo. Y cuando estuvo el tripartito, fue peor todavía.

Ahí va, ¿y eso?

Pusieron una cláusula que decía que las subvenciones para financiar actividades eran solamente para asociaciones que llevaran menos de dos años. Eso lo peleamos con Ana Taboada muchísimo. Yo no digo que no haya unas subvenciones especiales para las asociaciones nuevas, pero las antiguas tienes que mantenerlas.

Cuando, además, por cómo fue el gabinismo, estáis igual de precarias que una recién fundada, por muchos años que llevéis.

Lo mismo. Estamos en las mismas condiciones. Pues lo peleamos muchísimo, pero lo perdimos. Con Canteli, lo seguimos perdiendo, claro. Gijón, sí: los locales que tienen, las formas de trabajar… Todo es distinto. Es muy difícil trabajar cuando no tienes un lugar, ni financiación, ni nada. Nosotros, las reuniones que hacemos las hacemos en los colegios, en el Novo Mier, o en sitios que nos ceden las monjas del Amor de Dios, que reconocen que hacemos una labor social y, si queremos capilla, nos dan la capilla, y si queremos local, local.

«Nos dieron un local en el centro social, pero, cuando entrábamos, había un señor que ponía discos con los discursos de Franco»

Como en el franquismo: andar buscando quién te deje un techo y cuatro paredes.

Sí, sí, total. En el Novo Mier hubo una directora que era una tía majísima, con lo cual era muy fácil. Ahora mismo, no lo encajamos todavía. No hicimos ninguna reunión desde la pandemia. Hicimos una asamblea general que tienes que hacer, por la junta directiva y demás, pero la gente a esas cosas no te va: te va cuando hay un problema. Un local, nos lo dieron hace muchos años en el centro social, pero, cuando entrábamos, había un señor que ponía discos con los discursos de Franco. Según llegábamos, nos ponía los discursos de Franco. Al final, dejamos de ir. Luego ya hubo una etapa en la que cambiaron un poco las cosas y sí que tenemos un despachín pequeño, que de mano compartíamos con otra asociación que a raíz de la pandemia se dio de baja. Pero es pequeño: nada, un metro cuadrado. Nos vale para tener las cosas allí, pero para nada más. La participación ciudadana, en Oviedo, con los distritos, no existe. Que mira, una cosa que copiamos a Gijón, ¿sabes cuál fue? Creamos una cooperativa de viviendas.

Lo sé, sí, sí. Te iba a preguntar.

Le compramos un terreno a SOGEPSA en el Prado de la Vega, en La Corredoria. Calle Trapones, 5. No me acuerdo en qué año fue: hace ya unos cuantos. No pedimos ayuda a nadie excepto a SOGEPSA, que nos prometió el terreno avalándolo con la escritura de tres pisos de tres miembros de la junta directiva nuestra. Eran el piso nuestro, otro en La Ería y el del que llevaba la asociación El Conceyín de La Corredoria, que nos contaba que la mujer no sabía absolutamente nada, porque si se lo decía lo mataba (risas).

¿De qué año estamos hablando?

No te lo sé decir… Hará trece o así. Pues nada: abrimos una convocatoria y apareció mucha gente. Las condiciones eran que había que ir pagando unas cantidades a medida que avanzara la construcción, y así se hizo. Eran doce o catorce pisos, ya no me acuerdo bien. Y fue muy rápido. Apuntábamos a la gente en el local de CAVASTUR. El proceso fue costoso, un desgaste grande. Tienes que negociar con los constructores, tienes que llevar una contabilidad determinada, tienes que montar la cooperativa, inscribirla, que si Hacienda, acreditarlo todo… Lo hicimos con la misma gestoría con que lo hacía Gijón, donde hay muchas cooperativas. La idea vino a través de ellos, y ellos nos contaron cómo hacerlo, los pasos que dar. Muchísimas asambleas. Las decisiones las toman los cooperativistas, así que hay que convocarlos, hablar con ellos… Luego se pelean, porque hay intereses distintos: los hay comunes, pero luego cada uno quiere las cosas de una manera. Los planos los llevábamos hechos, y a la gente le habían gustado; luego podían modificarse en obra, lo que era una ventaja muy grande. Y los pagos iban haciéndose según iba haciéndose la obra: no era poner el dinero y luego se hacía la obra, el miedo ese famoso. La parte de la construcción, siempre hay una intranquilidad grande por parte de los propietarios, y tienes que ir dando cuentas de lo que vas gastando. Cuando el dinero se lo das a una gente a la que conoces, quieres como controlar más. Hicimos unos bajos que se vendieron, también. Los pisos eran de distintos tamaños: de dos habitaciones, de tres y de una. Arriba del todo había como unos estudios. Y también trastero y plaza de garaje. Los muebles, los negociamos con Mondragón: cada uno puso la cocina y demás como quería, que a la gente eso le gusta mucho. Pero muchos problemas, problemas gordos. Los cooperativistas son muy duros: se pelean contigo, entre ellos…

Me estoy estresando solo de oírtelo contar.

Ja, ja. Sí. Pero el resultado es muy guapo. Es una experiencia guapa. Ahora que se habla tanto de cohousing y de crowdnosequé, joder, hay un sistema de cooperativas de vivienda que es muy bueno y que no se está aplicando. Y hay constructores muy buenos, constructores normales, que entienden lo que es una cooperativa y que saben explicarle las cosas a la gente. Hubo discusiones: era ya la época en que se ponían placas solares y todo eso, también era cuando empezaban las calderas de pellets… Había gente que quería cosas distintas. Otra pelea fue negociar la independencia de las subvenciones: había una estatal para cooperativas y otra del Principado para la compra de pisos. Logramos que se pudiera acceder a las dos, pero nos costó. Después, SOGEPSA nos ofreció otro terreno en La Corredoria, muy cerca del túnel del HUCA, para hacer cuarenta viviendas, y dejándonos hacer viviendas normales y viviendas como tuteladas, para gente mayor, que gestionásemos nosotros pero tuvieran una relación con la Consejería de Servicios Sociales. Lanzamos la lista, pero era ya la época de la crisis de 2008, y a lo mejor encontramos a treinta o cuarenta personas, cuando necesitábamos un mínimo de noventa. Así que dijimos que no. Es complejo. Pero lo de las cooperativas es un sistema que funciona. Costoso personalmente, pero guapo. Al chico que lo había llevado todo en Gijón, Jota se llamaba, le pregunté miles de cosas: él ya tenía una experiencia para gestionar lo que nos pasó a nosotros, las peleas con los cooperativistas por falta de expereincia. Y nada. Funcionó. Gusta. Las casas tenían calidad. En la primera piedra pusimos el periódico, unas chapas de la asociación y no sé qué cosas más. La gente con una ilusión enorme. Cuando se entregaron las llaves, que las entregamos allí mismo, todo el mundo decía: «¡Sube, sube a ver mi casa!». Los trasteros se repartieron por sorteo, porque si no era un follón. Eran todos del mismo tamaño, pero, sencillamente, unos estaban arriba y otros abajo. Luego, sé de varios cooperativistas que ya vendieron del piso, y de otros que a mitad de estar pagando se quedaron sin trabajo, y hubo que discurrir cómo salvar eso. Pero lo deciden los propios cooperativistas, no tú. Tú no mandas. Organizas, juntas y convocas, pero las decisiones las toman ellos. Al final, sobraron ciento y pico mil euros con los que no me acuerdo de qué se hizo, pero lo discutieron ellos.

No te pregunté antes por el Cine Palladium, otro antiguo emblema de Pumarín, un referente para los jóvenes de toda la ciudad. No sé si a ti te tocó ir a aquel cine de arte y ensayo, donde se pasaban películas y se hacían coloquios, y que se había convertido en un punto de encuentro para el rojerío local.

El Palladium, sí, sí, claro. Lo echo mucho en falta. Aquellas colas. Íbamos en manada, pero en manada, e igual llegábamos una hora antes de que empezase el cine, o de que abriese la taquilla, porque se formaban unas colas enormes. Y ahí te veías y se pegaban los de la Joven con los de la LCR, con los de no sé qué… Comprabas un pinchín en los bares de alrededor y te ponías a la cola. Luego salías y se llenaban los bares de la zona, porque ibas en grupos, a comentar la película. Era muy guapo aquello. Luego, mira, te voy a pasar una cosa que nos pasó con la asociación. Se quitó el Palladium y se hizo una sala de fiestas, pero nos encontramos con que había ruido en las casas, no había puerta de seguridad, no había salida de emergencia, no había un montón de cosas. Empezamos a quejarnos. Reclamábamos que se hicieran mediciones en casa de algunos vecinos, pero cuando te mandaban a la asociación las mediciones, no eran las de verdad; salía menos de lo que en realidad era. Era concejal de Urbanismo [Rodrigo] Grossi, que llevaba todo el tema este de los ruidos. Lo que hicimos fue llevarlo al juzgado. Los vecinos nos dijeron: «Llevadlo tal día, que hay un juez que va a hacer algo». Lo llevamos, salimos a la prensa y al día siguiente se cerró el Palladium. En fin, una peleína de ésas que llevaron mucho tiempo.

Quería preguntarte también por el gabinismo. Tú entras en el Ayuntamiento, en 1991 justo cuando Gabino gana sus primeras elecciones, así que lo conociste de cabo a rabo, y desde dentro. Luego te preguntaré cómo era vivirlo desde allí, desde la posición de un funcionario. Pero antes, por tu interpretación de por qué tuvo éxito Gabino de Lorenzo; por qué conectó tan bien con la ciudad de Oviedo.

Bueno, porque Oviedo es Oviedo (risas).

Pero ese Oviedo que es Oviedo quizá apreciaba más a Antonio Masip, aunque fuera un alcalde socialista. Masip era un miembro nato de ese Oviedo burgués y aristocrático. Su padre había sido alcalde franquista. Ese Oviedín del alma, sin embargo, hasta despreciaba a Gabino, que era un tipo más populachero, que se dejaba ver por los chigres, que hablaba asturiano… Gabino tuvo mucho éxito entre los sectores populares.

Totalmente. Era muy listo. Y te voy a decir una cosa: en algunas cosas, se le echa en falta. Me refiero a en comparación con Canteli. Lo de Canteli es el querer y no poder; es una especie de ansia como de volver a los años cincuenta, cuando él era joven. Gabino no era así. Gabino veía futuro e hizo unas cosas fantásticas. Tú marchabas de vacaciones —porque todas las obras se hicieron en verano— y, cuando volvías, tu barrio estaba asfaltado, tenías unas farolas impresionantes… A ver, yo tengo como versiones un poco distintas de lo que fue el gabinismo, porque lo viví de varias maneras. Lo viví como habitante de Oviedo, como funcionaria y como parte de la asociación de vecinos, a la que Gabino odiaba. Las odiaba a todas, pero a la nuestra más todavía, porque era una asociación muy cañera.

«Gabino era un corrupto que corrompía a todo el mundo. Nos corrompimos todos»

¿Cómo se vivía el gabinismo desde el Ayuntamiento, entonces?

Gabino era un tío corrupto que lo que hacía era corromper a todo el mundo. Te voy a contar cómo se desarrolló el primer convenio colectivo con Gabino de Lorenzo. Para conseguir un aumento de sueldo, con Antonio Masip —que eso yo no lo viví, porque entré después—, se mis compañeros se las vieron y se las desearon. Hubo hasta un encierro; creo que se rompieron varias puertas. Teníamos un sueldo de mierda. Antonio Masip, por cierto, fue un destructor del movimiento vecinal, total y absolutamente.

¿Sí?

Yo recuerdo perfectamente a una persona de la asociación de vecinos de El Cristo enganchada en un local que tenían en los bajos del Carlos Tartiere. Antonio Masip los echó de ahí, y se marchó con todos los archivos. Destruyó el movimiento vecinal. Bueno. ¿Gabino qué hace? Se había firmado en Madrid un convenio que nos parecía muy bueno, y a nosotros nos tocaba negociar el nuestro. De aquella era secretario general de Comisiones Obreras en el Ayuntamiento Viejo, que venía del MC, estaba Toño Velasco… Había una serie de gente muy peleona, que venía de combatir por la democracia y había entrado en los Ayuntamientos, y sabía lo que hacía. La ventaja de los Ayuntamientos es que negocias con el alcalde, no es como en el Estado, que negocia estatalmente una comisión con otra comisión. Nos reunimos con Gabino y le pedimos aquello. Dijo que sí. Entonces, empezamos a pedir más cosas. Queríamos un aumento de sueldo del tanto por ciento, acompasado al IPC. Sí. Luego queríamos el aumento con el IPC más los atrasos del IPC. Sí. Luego decimos: vamos a pedir una paga extra en septiembre, por las fiestas de San Mateo; la mitad de la paga extra. Logramos la mitad de la paga extra. Luego, las vacaciones, no queremos un mes, queremos días. Son treinta días, y treinta días laborables son más de un mes. Lo conseguimos. Luego queríamos no sé qué, lo conseguíamos. Otra cosa, lo conseguíamos. Entonces dijimos: ¿qué podemos pedir para que diga que no? ¡Un plan de pensiones! Cincuenta mil pesetas al año y que nosotros no paguemos nada y Gabino lo pague todo. Pues no fue así exactamente, pero empezamos pagando el ochenta por ciento y el Ayuntamiento el veinte, y luego llegamos a un punto en el que nosotros pagábamos el veinte y el Ayuntamiento ochenta. Los bancos se pelearon por cogerlo, porque éramos mil y pico trabajadores de aquella. Lo ganó LaCaixa, que nos dio un seis por ciento, cuando los intereses estaban al dos o al tres. Gabino a todo decía que sí. Pero a cambio ¿qué pasó? Que él hacía lo que le daba la gana, pero nosotros, no hubo expedientes nunca; si no fichabas, que teníamos una tarjeta para fichar, no había problemas… Nos corrompimos todos.

«En Navidad, en el Ayuntamiento, con Gabino, te daban regalos, y los devolvíamos, pero aparecían otra vez encima de la mesa»

¿Te incluyes?

No, no. Yo pertenecía al grupo que, cuando llegaban las Navidades, y te daban regalos, devolvíamos los regalos. Apuntamos en una lista los que no queríamos que nos regalaran nada: eran entradas para el teatro, para los toros, para no sé qué… Hicimos esa lista. Pero nos aparecía el regalo encima de la mesa. Entonces, lo devolvíamos. Pero decían: no, no, ¡tenéis que llevaros algo! Lo dejábamos allí tirado. Digo que nos corrompimos todos en un sentido: nos fuimos relajando. Todos. Sindicatos incluidos. Los sindicatos empezaron a no reivindicar cosas.

Supongo que a Gabino le interesaban dos cosas: teneros contentos y callados, dispuestos a no denunciar sus corruptelas, y que lo público funcionase mal, para luego justificar sus privatizaciones.

¡Las huelgas! Hicimos huelga, cerramos el Ayuntamiento. Sacó un bando diciendo que teníamos razón en hacer huelga. Hicimos otra huelga para otra cosa, no me acuerdo para qué. No nos descontaba el dinero. Pedimos que nos descontaran el dinero de la huelga: no nos lo descontaba. Entonces dijimos: mira, lo damos a una oenegé. Bueno, pues dijo que no nos lo iba a descontar, pero que no lo diéramos, porque lo iba a dar él: lo nuestro y lo de ellos. Era un desastre todo. Reivindicación que hacías, reivindicación que sí. Salvo las importantes, claro. Cuando hablabas de corrupción, cuando la denunciabas, era otra cosa. Hubo en un momento dado un discurso muy bueno de Juanjo Viejo por el día de Santa Rita, que es el día de los empleados municipales. Se hacía una comilona y había un discurso previo. Hablaba Gabino y luego hablaba el presidente de la Junta de Personal. Aquel día —Gabino estaba privatizándolo todo; todo lo privatizó Gabino—, Viejo dijo que íbamos a contratar a Arthur Andersen; que para qué queríamos a Gabino, si, total, todo lo tenía Arthur Andersen. ¿Para qué íbamos a hacer elecciones? Aquello a Gabino sí le sentó como un tiro. Contra las privatizaciones hicimos campañas. Me acuerdo de aquella gente que iba disfrazada detrás de él a todos los sitios, unas veces de gallina y otras de botella de whisky. Verlo borracho era muy normal en el Ayuntamiento. Luego, hacía una cosa. Cualquier cosa que se hacía en un centro social, allá mandaba él los bollos y el vino. Me acuerdo de que la gente decía: mira, a lo nuestro no vienen, pero ¡a comer el bollu de Gabino…! Fue una destrucción total del Ayuntamiento. Hablando de destrucción: me estoy acordando de una de las campañas nuestras más grandes. Vecinales, digo.

¿Cuál?

Gabino quiso destruir el parque San Francisco. Quiso hacer unos túneles por debajo. En la federación saltamos en contra de ello y la campaña la titulamos Defiende el corazón de Oviedo. La verdad es que se implicó mucho el PSOE, Izquierda Unida…, aunque nos costó convencer a los partidos de que no llevaran las siglas. Los convencimos, se lo explicamos: esto tenía que ser una movilización total, de la gente de Oviedo. Salíamos todos los sábados, durante mucho tiempo, y logramos hacer una manifestación en la que juntamos cinco mil personas, que no es fácil en Oviedo. Recogíamos firmas, y eran colas y colas para firmar. Fue una movilización muy fuerte. Llegamos al juzgado. El abogado del Ayuntamiento nos quiso apartar; decía que las asociaciones de vecinos no teníamos nada que ver con eso. ¡Éramos una federación! Defendíamos los intereses de Oviedo. El juez le dijo al Ayuntamiento que no volviera a hacer una maniobra como esa, porque teníamos derecho a la participación ciudadana. Ganamos el recurso, y ¿sabes por qué fue? Descubrimos que la normativa europea decía que, cuando quieres hacer un centro comercial, un parque, lo que sea, tiene que hacerse obligatoriamente, previo a ello, la participación ciudadana. Nos acogimos a ese artículo y ganamos el juicio. Nos lo llevaba José Vicente, el presidente de la asociación de España en aquella época, que era el abogado nuestro, porque habíamos hecho un convenio con su despacho para lo que necesitábamos de cuestiones jurídicas.

Con Canteli, ¿dices que peor…?

No, a ver. Lo que digo de Canteli es que, si te pones a mirar, no hizo nada. No hizo absolutamente nada de nada. Es un oscurantismo total. Yo ya estoy jubilada, pero trabajé todavía dos años con Canteli, y vi que los departamentos del Ayuntamiento ni siquiera tenían dirección. Canteli llegó pensando que en el Ayuntamiento iba a hacer lo que él quería. «No, mira, hay unas normas». Canteli pensó que el Ayuntamiento era el club social este que tienen en el Naranco.

Este tipo de alcalde de derechas que piensa que ser alcalde sigue siendo lo que era durante el franquismo: un repartir besos y abrazos por ahí y ordenar que se hagan cosas.

Sí, sí. Era alucinante. Los jefes de secciones del Ayuntamiento decían que no se podía hacer tal cosa, porque no lo permitía la ley, y él decía: «Ah, no, ¡es que aquí mando yo! ¡Aquí mando yo!». Bueno, tiene esa famosa frase, cuando se va a Madrid con la mujer y hacen unas cenas con cargo al Ayuntamiento, y se monta un incidente tremendo, pero él dice: «¡Claro que fui con la mujer, yo voy con ella a todos los sitios!». Y que dormían en la misma cama en el hotel o no sé qué. Veías al secretario… [Ana Rosa hace gesto de «tierra trágame»]. No conocen la ciudad. Él cree que la ciudad es de una forma y no es así: la ciudad es muy diversa y tiene una serie de problemas que él no contempla. Y no sabe que hay normas. Dice: «¡Voy a hacer no sé qué con la plaza de toros!». Se le dice: «No, perdone, es un BIC». Y llega a decir: «¡Eso se va a hacer así porque lo digo yo!». No, mire, hay una normativa, unas reglas, usted tiene unas competencias, y Cultura tiene otras. Esa frase de «porque lo digo yo» la dijo muchísimo. Y los concejales que traen no son concejales que conozcan el Ayuntamiento. No quiero decir con esto que tengas que saber cómo es un Ayuntamiento cuando llegas. Puede llegar perfectamente alguien que no conoce lo que es un Ayuntamiento e ir aprendiéndolo Pero tienes que llegar con una idea concreta de que la Administración es para todos, para todos los ovetenses, para toda la ciudad; de que no vienes a administrar para los tuyos, de que no puedes destrozar los departamentos, de que las plazas salen a concurso… Entonces, ¿qué hizo Canteli hasta ahora? Absolutamente nada. Si coges el presupuesto, no aplicaron nada. Es todo «se va a hacer», «se va a hacer»…

Ana Rosa Iglesias. Foto: David Aguilar Sánchez

La etapa del tripartito de izquierdas, esos cuatro años entre 2015 y 2019, aparte de lo que me contabas antes, ¿cómo la valoras?

Buf, a ver. Cosas malas y buenas. Como todo. Hubo muchos intentos de hacer cosas, pero logramos muy pocas. Necesitaban haber tenido una comunicación mejor entre ellos. Cuando lo vives desde las asociaciones, te das cuenta. Notabas que había unos choques entre ellos fuertes, y que no eran capaces de impedir que salieran fuera. Por una parte estaban Izquierda Unida y el PSOE y por la otra, Somos. Y hasta dentro de Somos, como no eran todos de Podemos, a veces había diferencias. En fin, hubo cosas muy buenas, pero también hubo cosas que se perdieron, que les salieron mal, por falta de experiencia. Los distritos, por ejemplo. A ver, el Ayuntamiento de Oviedo, cuando cambia la ley y tienen que aparecer los distritos, no se ponen en marcha. Entonces, Izquierda Unida lo lleva a los tribunales y dice que tiene que haber un reglamento de distritos. Se inventan un reglamento en el cual hay dos distritos: el urbano y el rural. Luego se inventan el Consejo de la Ciudad, que luego nunca se pone en marcha. Esto, estoy hablando de con Gabino. Y con Caunedo

Cuando nombran a Gabino delegado del Gobierno y Caunedo coge la alcaldía.

Sí. En las asociaciones y en la federación, lo que hicimos fue inventarnos un distrito. Se encargó Emilio Peña, el presidente de la asociación de La Florida. Hizo unas cien reuniones en las que participaron asociaciones de todo tipo, la gente de Somos —pero no los concejales, sino la gente de Somos—, la gente de Imagina un Bulevar… Todo tipo de gente. Ya digo: más de cien reuniones. Hicimos un mapa de distritos y dijimos: con esto, p’alante a negociar. Se negoció. Pedíamos siete distritos: salieron cinco. Ahora sale un sexto, porque nosotros decíamos que Pumarín, Teatinos y La Corredoria éramos el treinta y tantos por ciento de la población de Oviedo, y no tenía sentido un distrito único, pero ellos lo quisieron y como siempre ganaron. Ahora sí logramos, en las últimas reuniones, que Pumarín y Teatinos vayan por un lado y La Corredoria por otro. Bueno. Luego nos pusimos a negociar quién componía los distritos, y se hace un pacto PP-IU que nos tumba la proposición nuestra. Alejandro Suárez es el que nos trae una lista diciendo que es a sorteo. Habría asociaciones sociosanitarias, folclóricas, culturales, vecinales… Pero nosotros reclamábamos que las asociaciones de vecinos estuvieran todas. En cada barrio hay distintas asociaciones de vecinos, en alguno solo una, pero en otros hay dos. En el distrito que nosotros íbamos a tener, por ejemplo, ¿qué tendríamos: que pelearnos Teatinos, Pumarín y La Corredoria por meter una asociación de vecinos ahí? Hicimos un cálculo matemático y nos salió, por cálculo de probabilidad, que teníamos un cero con no sé qué de tener una asociación vecinal en un distrito. Entonces ahí Antuña, que era el que negociaba, cedió y dijo que sí; que las asociaciones vecinales, todas. Le habíamos dicho: «tú, prepárate, porque lo que no podamos hacer dentro, lo vamos a pelear fuera. ¿Qué quieres más? ¿Tenernos dentro o tenernos fuera?». Cedieron. Y las asociaciones vecinales entraron todas y fueron a sorteo las socioculturales, sociosanitarias, etcétera, etcétera. Surgieron los distritos. Y nosotros pensábamos que, cuando llegase el tripartito, de lo que estábamos encantados, se iban a solucionar los problemas de los distritos. Ana Taboada cogió la concejalía de Participación y se pusieron en marcha.

¿Pero…?

Pero había una falta de experiencia total. Por nuestra parte y por parte suya. También pasó una cosa: hubo un boicot. Cuando nosotros hicimos las asociaciones, Gabino, en cada barrio, montó una con los suyos. Aunó a esas asociaciones en un colectivo llamado FEGEA, y luego de ahí se segregó otro que se llama FEPASA, pero son los mismos que están en dos sitios. Claro, tienen más votos. Entonces, lo que hacen es ir a los distritos, a los que entran como asociación de vecinos igual que nosotros —y eso es normal—, pero se dedican a hacer boicot. Están continuamente boicoteando todas las propuestas. No sale nada nunca de los distritos. Todo es boicotear, boicotear. Hubo un par de distritos que sí funcionaron bien, los rurales sobre todo, pero es que ahí no había gente boicoteando. Gabino monta las asociaciones en lo urbano, pero no en lo rural, y las asociaciones de lo rural sí negocian entre ellas, y sacan propuestas, y funciona. Si hay una persona o dos que intenten boicotear, el resto las anula. Con nosotros pasaba al revés. Las asociaciones vecinales de Gabino, las socioculturales, todas estas, consiguen que no se saque absolutamente nada. Y la persona encargada, la concejala de Podemos, no tenía experiencia; ponía voluntad, pero no sabía gestionar eso. Ahora, con Canteli, lo cogió [Luis] Pacho; le dieron la delegación de Participación. Y nada, no funciona. No funcionan los distritos. Nosotros vamos allí y nos hablan de unas obras de no sé qué, pero es tan irreal la cuestión que nos plantean que en el distrito de Pumarín ya podemos estar contentos, porque a nosotros nos cogen todas las obras que se van a hacer del bulevar de Santullano a nosotros y a Teatinos, y que los diez millones para mejorar la rotonda de la Cruz Roja son una inversión para Pumarín. Dices: mira, chaval… En los distritos no hay participación. No quieren la participación. Ningún partido la quiere, ¿eh? Está muy guapo para decir que tienes unos distritos, pero la participación real no la quiere ninguno. Y yo, por lo menos, tengo claro que es la base. Me da igual lo que digan: es la única base en la que pueden basarse para ganar unas elecciones, si quieren. Pero…

Pumarín es un barrio con una gran presencia de inmigrantes, hoy. Casi el once por ciento de sus habitantes lo son. Y ha acabado habiendo dos pumarines, uno que evolucionó a clases medias y este otro. ¿Qué tal es la relación entre ellos, de la asociación de vecinos con los migrantes…? ¿Se les consigue integrar en la lucha vecinal?

No participan, no… Es muy difícil. Hombre, va por tiempos. Hace años sí participaban. Nosotros hicimos muchas campañas. Hicimos alguna con SOS Racismo; una campaña conjunta durante dos años o tres, cuando empezó a llegar la inmigración a Pumarín. Se tituló Conoce a tu vecino, y eran, por ejemplo, cursos de cocina: una cocinera mexicana, un chico chileno, etcétera, que enseñaran cómo se cocinaban determinados productos en su tierra, por ejemplo las fabas. Eso estuvo bastante guapo. Tuvimos un problema con la inmigración en Pumarín que fue el de los bares. Llegaba mucho inmigrante que ponía bares. Que era falso: no eran los inmigrantes los que ponían el bar, sino constructores a los que les interesaba la hostelería. Había un marroquí, unos argelinos… Los dueños, teóricamente, eran ellos. Y había problemas de ruidos, de malos rollos… En la asociación, reunimos a gente de Cáritas, de la parroquia y eso, a los falsos hosteleros que tenían los bares, etcétera. Hicimos dos o tres reuniones. Y llegamos a la conclusión de que un problema era la falta de costumbre. Nosotros, en Pumarín, en aquella época, estábamos acostumbrados a que, si tú te emborrachabas, no te sirvieran otra copa. Eras vecino de la puerta de al lado, te conocías de toda la vida con el del bar, y te decía: «No, mira, queda aquí si quieres, pero no te sirvo más, y no la líes o te echo». Estos era al revés. Era ganar. Si te doy cinco copas, mejor que si te doy dos. Un poco como con las canchas que te decía antes, cuando cobraban por utilizarlas. Costumbres distintas. También hubo problemas con la droga. Había bastante droga. Y hablamos con Ramón Tomás, que era una persona que tenía la Policía Nacional dedicada a lo que llamaban Participación; a hablar con nosotros. Le dijimos: «Necesitamos que lo de la droga lo condonéis». Una tarde-noche se llenaron las calles de policía, fue espectacular. Y la droga largó de allí. Que luego vuelve, pero bueno: desapareció durante un tiempo. Con acciones así, combinadas, se consigue. Por eso digo que la participación es fundamental. Mira, otra campaña muy guapa que hicimos con el tripartito —que eso sí lo echamos en falta mucho— fue la de los mediadores de calle.

¿Como los serenos de Gijón o así?

No, no. Gente joven para participación. Hacías campañas. Hicimos una que se tituló algo así como Conoce tus calles. Eran dos proyectos: conocer por qué cada calle tiene un determinado nombre y qué personas viven en ella. Fuimos buscando fotos antiguas y demás y nos poníamos, por ejemplo, en la calle Picasso y llevábamos fotos de cómo era la calle Picasso. O, como ya se había quitado el tren, explicábamos lo del tren. O quién era Picasso. La gente pasaba, veía las fotos, hablábamos con la gente… Fue muy guapo. También quisimos hacer un Conoce tu escalera, que la gente se conociese, por la cosa de la inmigración también, pero no llegamos a hacerlo. Llegamos a varias calles. Mira, otra cosa que hicimos en su día fue, cuando la crisis gorda, no sé en qué momento exactamente, una convocatoria de todos los comercios de Pumarín. Comentábamos que había una crisis muy gorda y que la única forma que teníamos de abordarla era juntos. Enviamos trescientas y pico cartas y nos contestó un ochenta por ciento. Hicimos una reunión y vinieron ochenta, que ¡quedamos…! ¡Contábamos con diez o doce! Logramos montar una asociación de comerciantes, que no la había. E hicimos campañas dentro del barrio con eso. Comercio de Pumarín. Hicimos una fiesta grande para que la gente se conociera, otra campaña guapa que era que uno de los fotógrafos del barrio pasase por las tiendas haciendo fotos a la gente y lluego se pusiesen las caras de los comerciantes en los escaparates con el lema «Somos comercio de Pumarín»… Para nosotros, la participación es algo esencial. Siempre nos oirás hablar de la participación. O se hace con participación, o no se hace.

Cambiando un poco de tercio, y por retomar la historia de tu militancia política, ¿cómo evolucionó después de que la Joven Guardia Roja y el PTE se disolviesen? En 1992, he podido ver que te implicas en Izquierda Asturiana, una corriente interna de IU; y más tarde, en Nueva Izquierda. En 2001, entras a militar en Los Verdes, y en 2007 te he encontrado formando parte de una lista de IU-Los Verdes.

Di muchos saltos, sin militar… Yo milité en la Joven Guardia Roja. Ahí sí milité. Si tú me dices «¿dónde militaste?», yo te digo: en la Joven Guardia Roja. Lo pasé muy bien, hombre. Tenía gente maravillosa alrededor, gente increíble, gente con unos arranques y una historia guapísima, que luego se dispersó por ahí, pero que cuando nos vemos es una cuestión muy emotiva. En lo de Eduardo que te contaba, vi a gente a la que hacía años que no veía, y había gente a la que no reconocía, de esto que te quedas: «¿este es Koldo, no es Koldo…?». Hasta que te dicen «¡Aninaaaaa!», y dices: «este es Koldo» (risas). ¿Izquierda Unida? Siempre me peleé con Izquierda Unida. Hubo un grupo de personas que no queríamos dejar lo del PTE, y es cuando nace Izquierda Unida. Yo en el PCE nunca estaría. Lo tengo muy claro.

«Que Gerardo Iglesias quisiera independientes en IU no lo dudo, pero que los quisiera el PCE…»

¿Por qué?

Hay cosas que no estoy de acuerdo con ellos, y hay cosas personales que viviste, viste mucho cainismo, y yo eso no, yo ahí no encajo, y eso que conocí, como en mi primera etapa en la Joven yo vivía todavía en Avilés, a [Manuel Menéndez] Quintero, del PCE, y a Laura [González], porque en Avilés había lo que llamaban el Ateneo, e íbamos allí, y yo iba, no como militante de nada, sino porque ahí había intervenciones culturales muy buenas, y trataba con esta gente, y la apreciaba, pero esta gente te pesca, te quieren meter, y yo sabía que el PCE no, que no, que no era algo que a mí me gustara. Quintero era una persona maravillosa, un tío honrado a carta cabal, y Laura ya ves cómo es: a mí me parece una persona también muy honrada. Podíamos haber entrado en el PCE, era casi como una tendencia, pero no quisimos. Digo quisimos porque éramos un grupín de cinco o seis amigas. Pero cuando nace Izquierda Unida, nos invitan. Viene Gerardo Iglesias a explicarnos qué es Izquierda Unida, lo que quiere que sea Izquierda Unida. Nos reunimos por la zona de Siero, en un barón de estos que hay en las naves industriales, y nos habló de los independientes en Izquierda Unida. Dijimos: oye, pues nos parece una buena idea. Nos juntamos un grupo de gente y dijimos: bah, venga, como independientes. Pero pronto nos dimos cuenta de que eso de los independientes… Que Gerardo Iglesias los quisiera no lo dudo, pero el PCE no los quería. Y entonces se fue a una asamblea en el Reconquista, provocada por los independientes; una asamblea en la que estaba Vicentón [Gutiérrez Solís] y mucha otra gente, con una pelea grande, gente que defendía que tenían que estar los independientes, gente que no… Pero no se llegó a ningún lado con este tema. Y yo, entonces, me salgo definitivamente de Izquierda Unida. Bueno, no me salgo, porque, como no estoy afiliada… Nos pasaba también una cosa: los independientes llegábamos a esas asambleas y no podíamos participar. Nos decían que no teníamos la cuota pagada. Decíamos: «¿Cómo que no está pagada? Venga, pues la pago ahora». Pero que no, y que no. Artefactos de estos del PCE que conoces de toda la vida y que dices: ay, ¿otra vez esto? Hubo una asamblea en Gijón, en la Laboral, a la que a un grupo de cien personas no nos dejaron entrar. Yo, ahí, digo: me voy. Luego es cuando aparece Nueva Izquierda, y vuelven a empujarte en cierta forma los mismos, y dices «bueno, anda, habrá que ver esto», pero vuelve a no salir; Nueva Izquierda, al final, acaba medio en el PSOE, medio en… Y yo eso tampoco.

El nacimiento de Nueva Izquierda estuvo muy marcado por la oposición al anguitismo, a la figura de Anguita, a su discurso de confrontación dura con el PSOE. ¿Qué opinabas de Anguita tú que no acabaste en el PSOE?

Complicado… Había cosas que sí me gustaban, pero desconfío mucho de las purezas. No de Anguita, pero ¡era todo tan puro…! No sé cómo explicarlo. Es como… sensaciones, la experiencia de haber vivido algunas cosas. Yo sé que los partidos políticos tienen que existir, pero también sé que se van a morir. Soy de analizar las cosas, de ver lo que se dice, que se dice una cosa y se hace otra, que lo que te están diciendo no va a dar resultado… Entré en política muy joven, y fui tropezándome con cosas que no me gustaban, y acumulando capacidad crítica.

Aquel poema de León Felipe: «Me han acunado con todos los cuentos», ¿no?

Sí, sí. Yo, luego, me metí en lo de Los Verdes, pero tampoco fue una militancia… No es militar: es que haya reuniones, y te llamen, y vayas, y cooperes, y trabajes, y a lo mejor hasta dar dinero, pero no es… Yo, ahora mismo, analizo las cosas. Analizo la situación real que tengo alrededor. Mientras era funcionaria, estudié políticas en la UNED. Y en políticas te enseñan a analizar las cosas. Haces esto y eso produce unos efectos perversos. Prevé esos efectos perversos, toma una decisión en base a ello, prevé después los efectos perversos que eso va a provocar también, y analízalo todo, hay unos esquemas. Por eso estoy encantada con las asociaciones de vecinos, porque van muy a la realidad, a la concreción.

Ana Rosa Iglesias. Foto: David Aguilar Sánchez

Ahora estás muy metida en la movilización en torno a la Fábrica de la Vega; a la operación especulativa que quieren hacer allí.

Convocamos las asociaciones el otro día a todos los candidatos. Nos costó. Canteli no vino; nos dijo que no iba a ir; que no iba a confrontar con los otros candidatos. En petit comité sí nos recibía cuando quisiéramos, pero le dijimos que no. Nos mandaba al tránsfuga, a Nacho Cuesta, pero dijimos que no. ¿La Vega? Mira, a mí las plataformas no me gustan. Participo en las plataformas cuando las hay. Estoy en esa, también en la de la Fábrica de Gas… Si la asociación de vecinos decide entrar en una plataforma y me mandan a mí, voy. Pero las plataformas tienen un problema, que es que no dudo de lo que dice la gente, pero lo que dice la gente en las plataformas no representa a nadie más que al que lo dice.

No es la posición de un colectivo que ha debatido y ha acordado una determinada posición.

Exacto. Hoy dices esto y mañana puedes decir lo contrario. Que también puede pasar en una asociación, pero la asociación, al menos, representa algo. Hay una participación colectiva. En las plataformas, que son para un problema puntual y luego desaparecen, hay intereses muy distintos. Yo, en ellas, no estoy cómoda. Te llega un individuo y dice una cosa, pero ese individuo pasado mañana dice otra. Se representa a sí mismo. Y hay concejales, hay candidatos… ¿Cómo voy a estar en una plataforma donde hay candidatos? Los candidatos no deberían estar ahí. Te llevan a contradicciones. Por ejemplo, Juan Álvarez, que va el séptimo en la lista del PSOE, ¡todo el mundo pensaba que era de Podemos! Y resulta que es un candidato del PSOE. No me cae ni bien, ni mal; no tengo casi relación con él. Pero no habla claro. ¿Protocolo sí o no? Él dice que no a este protocolo, pero no dice qué protocolo quiere. Evasivas. Se va evadiendo, evadiendo, el problema. No, no: tú tienes que decir si edificabilidad sí o edificabilidad no, y si dices que sí, decir dónde y cómo. Y tienes que decirme si quieres autopista dentro o no, y si la autopista va por fuera, por dónde va. Pero en esos debates, las líneas rojas se eluden. En el debate, el PSOE no se mojó para nada. Todo evasivas. Carlos Suárez, el de Foro, sí, y además tuvo una intervención que me pareció muy buena, en el sentido de que fue muy claro: aportó datos. En algunas cosas no estoy de acuerdo con él, pero por lo menos sé lo que dijo. Llamazares también estuvo bien. Habló, por ejemplo, de parar el tráfico mucho antes de la entrada de la autopista y dividirlo. Vamos a ver cómo se hace, pero ya es una idea distinta. Bueno. ¿La Vega? Nosotros sacamos un comunicado que no nos publicó nadie.

¿La asociación de vecinos?

Sí. Recibimos muchas felicitaciones. Lo dejamos muy claro: no autopista, no edificación y hay que empezar de nuevo; tiene que dejarse todo muerto y abrirse un proceso participativo en el que se decida lo que va a ser. Edificabilidad, no. Por una cuestión. Aparte de que defendemos el conjunto, aparte de eso, hay otra cosa. Justo en la acera de enfrente hay un plan de viviendas que no se desarrolló. Desarrolla esos planes y luego hablamos. Pero edificación en la Vega, no, porque es el conjunto, y ahí no hay más tutía. Ni más alta, ni más baja; ni más pequeña, ni más gorda. Lo de las plataformas me cansa. Porque luego hay varias: plataforma de la Fábrica de Gas, plataforma de la Ronda Norte… Saltas de plataforma en plataforma.

Terminamos, Ana Rosa. Un placer.

¡Muchas gracias!

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