Que te despierte un colirrojo tizón

Pienso en las aves de Palestina y deseo que no todas se hayan ido, que haya todavía alguna que vuele y cante y, de vez en cuando, lleve belleza a las miradas de los refugiados

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

“Fuera de los preceptos éticos más claros, como la condena de la esclavitud, el maltrato infantil y el genocidio, a los que todos estaremos de acuerdo en que hay que oponerse en todas partes y sin excepción, hay un amplio ámbito gris por el que es intrínsecamente difícil moverse”. Esto lo escribió hace doce años Edward O. Wilson (1929-2022), uno de los biólogos más importantes del mundo.

La zona gris, por desgracia, es cada vez más grande. Cuando hablamos de violencia contra las mujeres, solemos repetir, con variantes, la frase “te cansas de oírlo, nosotras de vivirlo”, porque es verdad que los mismos que suspiran mostrando hartazgo cuando oyen una nueva queja no muestran ese mismo hartazgo cuando leen en la prensa noticias de un crimen machista más. Puede que lo mismo empiece a pasar con Palestina. Llega el verano, hay más asuntos a los que atender, la repetición del número de masacres, de asesinatos, llega a oídos ya anestesiados. Quizá el colapso moral absoluto, al que día tras día periodistas valientes como Olga Rodríguez Francisco anuncian que nos encaminamos, haya llegado ya, o esté llegando así, sin hacer ruido. Ni la esclavitud, ni el maltrato infantil, ni el genocidio son unánimemente condenados. Palestina está sufriendo los tres y la situación no tiene visos de cambiar, más bien de seguir hasta que sólo queden cenizas.

A la indiferencia no se llega de un día para otro, hay que hacer un camino, igual que hay que hacerlo para intentar portarse con decencia. Una novelista y filósofa excepcional, como fue Iris Murdoch, escribía sobre el bien y la moral y decía algo tan básico como que para saber actuar bien “cuando llegue el momento” hay que haber practicado antes, cada día, en pequeñas decisiones. Muy malas prácticas debemos de haber hecho para estar ahora donde estamos.

No sé cuánto puede hacer alguien que no es nadie, alguien sin influencia, sin responsabilidades políticas ni de ningún otro tipo, qué puede hacer cualquiera de nosotros además de seguir repitiendo día tras día que basta ya. Debemos ser conscientes del privilegio que es, a pesar del horror, poder seguir, desde este lado del mundo, hablando del bien y de la belleza y leyendo a Murdoch: “Estoy mirando por la ventana en un estado de ánimo ansioso y resentido, sin tener en cuenta mi entorno, pensando quizá en el daño que se ha infligido a mi prestigio. De pronto veo un halcón planeando. En un solo instante todo ha cambiado. El yo reflexivo con su vanidad herida ha desaparecido. Ahora sólo está el halcón. Y cuando vuelvo a pensar en el asunto, parece menos importante”. Desde mi ventana, pienso yo resentida, sólo veo gaviotas, ojalá viera halcones. Gaviotas y un colirrojo tizón que sé que se ha instalado cerca porque lo escucho cantar todas las mañanas y, de vez en cuando, me deja que lo vea. Pero, inmediatamente después de envidiar el halcón de Murdoch, pienso de nuevo en las aves de Palestina y deseo que no todas se hayan ido, que los bárbaros no hayan quemado todos los nidos, que haya todavía alguna que vuele y cante y, de vez en cuando, lleve belleza a las miradas de los refugiados, pienso también en el privilegio de que me despierte un colirrojo tizón y no el ruido de las bombas. No sé si sirve de algo, pero lo pienso, lo escribo, no quiero acostumbrarme a la zona gris de la indiferencia.

Murdoch leyó bien a los clásicos griegos, que también son un privilegio. La tragedia más antigua que conservamos es de Esquilo, del 472 a.C. y se titula Persas. Habla de una guerra, la de los griegos y los persas, de una batalla, la de Salamina, y, aunque parece que apenas hay acción ni conflicto, ni tampoco misterio (sabemos cómo acaba), aunque parece que estamos ante un largo lamento por los jóvenes persas muertos en el mar y que la trama es eso y casi nada más, la verdad es que hay algo parecido a una “solución”, en sentido literal, una manera de soltar ese dolor: el canto final en el que lloran juntos el responsable de haber llevado a la muerte a tantos guerreros y los familiares de éstos. Ese duelo en común tiene todavía mucho que decirnos (no hace tanto, en este mismo medio, escribí sobre el ensayo de Ana Carrasco-Conde, La muerte en común, que reflexiona precisamente sobre el duelo comunitario desde los griegos hasta hoy) y es quizá uno de los únicos espacios de claridad en estos días grises. Pero ojalá haya una solución antes de que no queden voces en el coro.

Edward O. Wilson, el que decía que estar en contra de un genocidio era un precepto ético indiscutible, también veía cerca, como conclusión de un pensamiento humanista y lógico, el final de la homofobia, que consideraba claro ejemplo de “ética dogmática envilecida por falta de conocimiento”. Ingenuo.

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