Asturies y León: ¿Síntoma u oportunidad?

En los 80 no dejaron que se pudiera formar una comunidad de Asturies y León por el peligro a que fuera una comunidad muy potente.

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Rafa Velasco
Rafa Velasco
Abogado y Licenciado en Ciencias Políticas.

Las ultimas noticias en relación a los pronunciamientos de instituciones leonesas a favor de una separación de León de Castila, unido a algunas peticiones para que es separación lleve a conformar una comunidad autónoma con Asturies, pudiera pensarse que es un mero culebrón del verano. Siendo consciente de lo difícil que puede ser que una propuesta así llegue a buen puerto, tanto por las trabas constitucionales y estatutarias vigentes, como por la realidad política que padecemos, no me cabe duda que son un síntoma más del agotamiento del modelo territorial del llamado “Estado Autonómico”.

Hay quien dice que el modelo autonómico ha sido un modelo de éxito, y ello depende de con que lo comparemos o con que anhelos cada uno enfoque el debate. Si lo comparamos con el estado centralista franquista, heredero del modelo histórico de los Borbones en las tierras de España, pudiéramos decir que el modelo ha funcionado razonablemente bien, y que esa visión catastrofista de la “España se rompe” en términos políticos sigue siendo una falacia. Pero si enfocamos desde el punto de vista de los anhelos nacionales de ciertos pueblos de España y en relación a la existencia de una cohesión territorial que permita hablar de un pueblo y un país único para el estado, el modelo es un absoluto fracaso, pues España está hecha jirones.

Manifestación leonesista

En la Transición se diseño un modelo, que se consagró en la Constitución y en los posteriores estatutos de autonomía (el llamado “bloque de constitucionalidad”), que partiendo de negar el derecho de autodeterminación, con su correlato de posible separación, generaba un sistema asimétrico, para nada federal, y menos aun confederal. El “Estado de las Autonomías” parte de intentar contentar a Euskadi, Cataluña y Galicia en sus ansias nacionales, con un estatuto constitucional preeminente y con privilegios económicos, que permitiesen a las burguesías de esas naciones implicarse en un proyecto de modernización del capitalismo español.  A la par el llamado “café para todos”, es decir para los demás, pretendía configurar un estado compuesto que hiciese de contrapeso a las citadas autonomías de primera.

Ello funcionó, de forma relativamente estable, hasta el segundo mandato de José María Aznar, en que las ansias recentralizadoras y uniformadoras de la derecha españolista, comenzó a resquebrajarlo todo. Asimismo, el modelo que negó la posibilidad de convertir a Madrid en un distrito federal, permitió convertir a una comunidad sin aparente entidad propia, en un monstruo político y económico, capaz de hacer de factor desestabilizante, en manos de esas derechas, con unas propuestas de dumping fiscal y económico, así como de “caballo de Troya” frente cualquier forma de avance federalizante del modelo.  

Todo lo anterior fue provocando desequilibrios territoriales evidentes, que hizo que muchas autonomías se sintieran, porque objetivamente lo eran, perdedoras en el reparto de la tarta común. Asturies fue, sin duda, una de ellas. Las sucesivas ampliaciones competenciales en las reformas de segunda hornada de los estatutos, en particular de los que provenían del Art. 143 de la Constitución, no permitieron ya paliar esa España de 3 o 4 velocidades, que hizo que con las crisis del 2008, el modelo autonómico entrase en una profunda regresión, siendo cuestionado en algunos territorios por amplias masas de población y en otros por elites políticas que ya no se sentían contentas en el modelo. Fenómenos como el independentismo catalán y la “España vaciada”, aunque aparentemente diferentes, responden a una misma pulsión de fondo: “esto ya no nos vale”.

Si bien es cierto que la pulsión autonomista de León es algo que viene de lejos, su aparición en este momento, no es casual, y responde a un paso más en resquebrajamiento de un sistema que ya no sirve a casi nadie, pero que nadie se atreve a encaminar a una profunda reforma del mismo.

En los 80 no dejaron que se pudiera formar una comunidad de Asturies y León por el peligro a que fuera una comunidad muy potente, con industria, minería y campo, con alto porcentaje de PIB y una clase trabajadora muy organizada. Hoy nada de eso es ya una realidad, pero igual merecía darle una vuelta al tema, porque quizás, y digo solo quizás, nos vendría bien. Soy consciente que pese a los flujos poblacionales entre ambas comunidades, que pueden verse si se va a Pumarín en Xixon, o a Valencia de Don Juan en León, existen identidades históricas que pueden no favorece un proceso así, y sobre todo existen elites políticas que no estarían muy por la labor. Pero el principal obstáculo a cualquier planteamiento de este tipo esta en las resistencias de las fuerzas conservadoras del régimen del 78 a cualquier cambio político que pueda permitir un diseñó territorial más a favor de los territorios que salieron perdiendo de la forma organizativa  que asumió España al final del Franquismo. Es más, la existencia del Articulo 145 de la Constitución que prohíbe la federación de comunidades autónomas, no pondrá fácil ningún proceso como el que ahora se plantea desde algunos sectores de León, pero si sirve para que reflexionemos sobre la necesidad de abrir un tiempo político que lleve a una nueva configuración en las relaciones entre los diversos pueblos del estado, como forma además de vincular los anhelos territoriales e identitarios, con los anhelos de justicia social de mayorías sociales, habrá merecido la pena. El problema, como siempre, es la pereza intelectual de nuestras direcciones políticas, y la incapacidad de los sectores populares para hegemonizar procesos políticos que puedan ir más allá de la decadente realidad institucional existente.

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