Deprimirse o disparar palabras

Byung-Chul Han repite que una victoria del régimen neoliberal es que nos autoexplotemos y que volvamos la agresividad contra nosotros mismos.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Al inicio de Troyanas de Eurípides, Hécuba está tendida en el suelo. Se lamenta: la patria destruida, su marido y sus hijos varones muertos y sus hijas, como ella misma, como el resto de mujeres de Troya, a punto de ser sorteadas por el ejército vencedor, repartidas como trofeo entre los griegos. Hécuba no tiene fuerza para levantarse, quisiera dejarse llevar como una nave en el mar, al ritmo de sus lamentos. Qué otra cosa podría hacer. Hay situaciones en las que venirse abajo, deprimirse, es inevitable. Cuando Byung-Chul Han, de diferentes maneras y en diferentes lugares, repite que una victoria del régimen neoliberal es que ha conseguido que nos autoexplotemos y que volvamos la agresividad contra nosotros mismos (depresión) y no contra la sociedad que nos explota (revolución), pienso que tiene toda la razón, aunque no habla de este tipo de abatimiento, como el de Hécuba, en el que no hay otra opción que el hundimiento. Fuera de casos extremos, tiene razón. Tenemos que reivindicar la agresividad y la ira contra quienes la merecen. Y sobran candidatos.

Lo que Gaza está soportando de parte del estado genocida de Israel, apoyado por EE.UU. y por la Unión Europea, incluido nuestro gobierno, supera lo imaginable. Se trata, en palabras de Francesca Albanese, de “un esfuerzo concertado para exterminar el mayor número de palestinos posible”. Es muy probable que nunca sepamos el número de asesinados por Israel en Gaza. Las cifras oficiales no dejan de subir, pero hay miles de cadáveres bajo los escombros de sus propias casas, ya que, recordemos, las alimañas sionistas nunca permitieron la entrada de material con el que tratar de rescatar supervivientes, algo lógico en su diseño genocida. Hay miles de cadáveres de asesinados que no han sido devueltos a sus familias, y, de entre los devueltos, la mayoría resultan inidentificables por las torturas sufridas. Hay más de nueve mil detenidos arbitrariamente, menores de edad entre ellos, y, con todo esto en la mente, tenemos que enfrentarnos a la noticia de que Israel denuncia un error en la identificación de un cadáver israelí devuelto por Hamás y, considerando esto una ruptura de la tregua, da órdenes de reanudar los bombardeos. De nuevo las víctimas se cuentan por cientos y, como siempre, una parte sustantiva de ellas son niños. La noticia tiene poco espacio en la prensa porque no vamos a estropear las celebraciones de la “paz” conseguida por Trump. Pero no ha habido ni tregua, ni paz, ni nada que se le parezca. La cabra tira al monte y el sionista a la sangre.

Trump y Netanyahu

Es un imperativo ético sentir ira hacia el estado de Israel y su ejército asesino. Son unas bestias. Aristóteles ya lo escribió en la Ética a Nicómaco: hay que sentir ira cuando las razones para ella son justas, hay que sentir ira contra quienes la merecen y durante todo el tiempo que la merezcan. Martha Nussbaum (también galardonada hace años con uno de estos premios borbónicos, como Han), brillante filósofa del mundo clásico y muy buena conocedora de Aristóteles, escribió sobre él que sus consideraciones acerca de las mujeres no había que tenerlas en cuenta ni para despreciarlas, pero sus escritos de ética y sus reflexiones sobre la ira son para enmarcar.

Sin sentir ira contra quien la merece, sin darle curso por todas las vías de las que dispongamos, no tendremos paz y acabaremos, no sólo deprimiéndonos, sino implosionando. Si existe algo parecido a un termostato de las emociones, para que funcione necesitamos equilibrio. Quién sabe si, si dejamos de sentir ira contra la injusticia, podríamos llegar a perder la capacidad de sentir otras emociones como la gratitud o el amor, de las que también habló Aristóteles.

Hace unos días vino a verme un alumno que conocí hace algunos años y al que le he estado dirigiendo, a medias y a distancia, una Tesis que ahora acaba de terminar. Con una amabilidad exagerada, no por molesta, sino porque ya no estamos acostumbradas a ella, una amabilidad hasta conmovedora, se despidió de mí diciendo, después de mil palabras de agradecimiento, “Dios me la bendiga m’hija”. No oía esta expresión desde hacía tanto tiempo que el corazón me dio un vuelco. El estudiante es de Colombia. Yo había escuchado esas palabras por primera vez en Matagalpa, Nicaragua. Desde allí, donde eran de uso común, la amiga por la que yo visité un par de veces ese país y yo las incorporamos a nuestro propio léxico familiar y yo le pedía muchas veces, en broma, pero muy en serio, que me las repitiera cuando me tenía que enfrentar a alguna situación difícil, o simplemente cuando estaba triste. Me gustaban, me tranquilizaban y además siempre nos hacían reír. Hacía muchos años que no las oía. Cuando el estudiante se fue de mi despacho me quedé un rato largo pensando, sin poder hacer nada, con una sensación de paz completamente inesperada. El eco de un ritual perdido me había visitado por un segundo, atravesando eones. De la importancia de los rituales también habla mucho y muy bien Byung-Chul Han.

¿A dónde se van las palabras que ya no decimos porque desaparecen cuando desaparecen las personas con las que las decíamos? A veces, ya veo, algunas vuelven así, inesperadamente. Nunca podremos saber cuántos miles de palabras, de pequeños léxicos familiares, se han desvanecido junto a los miles de palestinos asesinados. Necesitamos un equilibrio entre la ira que merecen los genocidas y la humanidad que les debemos a sus víctimas. Sigamos buscando palabras para ellas porque también las palabras les están robando, las aladas palabras, que decía Homero, palabras que den calor a las víctimas y que congelen el alma de los victimarios y que, por muy cargadas de ira que se nos escapen, siguen siendo palabras, las únicas armas que nos permitim

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