Una de las grandes preocupaciones de los pensadores de la Grecia Antigua tuvo que ver con cuál era la mejor forma de gobierno. Las opciones que se planteaban acababan reduciéndose a no más de tres y Aristóteles, siempre tan ordenadito, nos dejó un esquema con los tres tipos, que tenían, según él, una versión buena y una mala: la primera opción era el gobierno de uno solo (si monarquía, bien; si tiranía, mal); la segunda el gobierno de unos pocos (si aristocracia, bien; si oligarquía, mal); la tercera el gobierno de todos, y aquí nos encontramos con una sorpresa al ver cuál era la versión “buena” y cuál la “mala”. El gobierno de todos no era algo deseable para Aristóteles, ni siquiera ese gobierno de un “todos” tan poco generoso que excluía a las mujeres y a los esclavos, por eso la distinción la hizo en estos términos: habría una forma de gobierno de todos buena a la que llamó politeía (término genérico para gobierno, o constitución) y una versión mala, excesiva, radical, que llamó democracia. El poder del pueblo, que es lo que significa literalmente “democracia”, no era bien visto ni por Aristóteles ni por otro de nuestros “padres” si hablamos de filosofía, Platón. El gobierno de todos no era aceptable, el gobierno del pueblo, que tendía a ser populacho a nada que te descuidaras, era una mala opción. Tanto para acceder a las magistraturas como para ejercer el sufragio había, pues, que imponer limitaciones, ya fueran de tipo económico (qué necesidad hay de que los pobres voten), ya de formación y educación (de esto se habla menos, ¿verdad Marcos de Quinto?).
El caso es que la democracia fue siempre muy limitada, limitadísima, y, aun así, no parece que hayamos encontrado nada mejor desde los tiempos de Aristóteles. No sólo eso: ni siquiera en esta forma modesta y precaria que tenemos está asegurada la democracia y hay que escuchar, desde las memeces del señor de la Coca Cola y la Telepizza defendiendo que los parados no voten, hasta la campaña “una familia, un voto” (traducido: adiós sufragio femenino) que gana seguidores en los EE.UU.
Además, las formas “malas” del resto de opciones, las oligarquías y las tiranías, se multiplican sin que las democracias reaccionen, incluso favorecidas por ellas. La “única democracia de Oriente Próximo” (qué manera de prostituir las palabras), el Israel sionista, es en realidad un régimen teocrático y genocida. Su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir ha afirmado lo siguiente: “Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando entre 30 y 40 personas cada noche. No sólo a quienes representan una amenaza inmediata; hay personas allí que no merecen vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas”. Estamos ante una limpieza étnica de dimensiones terribles, la tremenda bestia que tiene Israel como ministro habla de asesinar y plantea con frialdad una cifra, 30 o 40 al día, lo que indica que no se trata de algo selectivo sino mecánico, como si se exterminara una plaga. ¿Alguna reacción, más allá de arquear una ceja, de parte de la democratiquísima Unión Europea, principal socio comercial del estado genocida de Israel? No.
Este tipo, este ministro infecto que lleva un pin con una soga en su americana, se ha jactado esta misma semana de cumplir sus promesas criminales, “Prometí empeorar las condiciones de los terroristas en las cárceles, y lo hemos cumplido. Prometí aprobar la ley de la pena de muerte para los terroristas, y la hemos aprobado. Y ahora, también el pabellón de los condenados a muerte y el patíbulo comienzan a tomar forma” (donde dice “terrorista”, léase “palestino”). Esta basura, defensor del Gran Israel, que considera que toda Gaza le pertenece, habló también de matar a los palestinos “uno a uno”. “Uno a uno”, la misma táctica que José M. Figaredo, esa mente privilegiada, proponía cuando hablaba de “cazar” a quienes habían cruzado la frontera de Ceuta.
Lo que se permite en Gaza se permitirá, tarde o temprano, en el mundo entero. El estado terrorista de Israel ha convertido el genocidio del pueblo palestino en un experimento que ha puesto a prueba a la humanidad con un resultado desolador. No se trata de amenazar con algo muy bestia y luego llevar a la práctica algo también bestia, pero menos (como sugerir que los parados no voten, como ha dicho el de la Coca Cola con Telepizza, a ver si cuela y, si no, ir preparando el terreno para que cuele algún otro tipo de restricción). No, con los palestinos los sionistas están ejecutado un genocidio, una limpieza étnica brutal, están cometiendo crímenes incontables sin consecuencias. Lo que anuncian lo cumplen, como dice el infame Ben-Gvir. Europa lo ha aceptado y ahora eso mismo, en pequeñas dosis, puede replicarse aquí y allí sin que pase nada.
Así, Marruecos ha expulsado a los periodistas de la Agencia EFE y de TVE que se encontraban en Fnideq (Castillejos) cubriendo la información relacionada con la frontera con Ceuta. Ha habido protestas, claro, pero ¿desde cuándo no permite el estado genocida de Israel el acceso a los periodistas a Palestina y Cisjordania?, ¿a cuántas decenas ha asesinado impunemente? Expulsar a los informadores de la frontera con Marruecos es, en este contexto, un detalle menor. Y qué actitud vamos a esperar de la derecha ante los niños y niñas que han entrado en Ceuta si no se inmuta ante informaciones como las de UNICEF a fecha de octubre del 2025, “En los dos últimos años se ha confirmado la muerte o la mutilación de la escalofriante cifra de 64.000 niños y niñas en toda la Franja de Gaza, entre ellos al menos 1.000 bebés”.
Nuestro país y toda Europa siguen teniendo relaciones diplomáticas y comerciales con Israel y esto no puede ser, no es decente. Aceptar esta masacre de los palestinos, no hacer nada para frenar el genocidio, no solo es una vergüenza y una indecencia, sino que debilita la fragilísima democracia en la que, no se sabe por cuánto tiempo, todavía vivimos en algunos lugares del planeta.



























