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Opinión

CUANDO LA MONARQUÍA SE CONVIERTE EN UN PROBLEMA

“La familia real supone un problema para muchos ciudadanos, exactamente desde que Felipe VI habló a la nación al poco de iniciarse el confinamiento”

La primera vez que vi en persona a la familia real fue en el aeropuerto de Asturias, en los primeros tiempos de la Santa Transición. Creo que era el día del acto en Covadonga en el que el actual rey, Felipe VI, fue proclamado Príncipe de Asturias. Estaba de prácticas en un periódico y me mandaron a cubrir el recibimiento. Un montón de periodistas y fotógrafos estábamos agrupados en una zona de la pista, confinados diríamos ahora. Algunos compañeros venían desde Madrid en el avión en el que viajaban los Reyes y el Príncipe. Uno de ellos acababa de coincidir al parecer con el monarca en el servicio y, cuando se acercó a nuestro grupo, nos dijo extasiado:

– Estaba yo meando cuando entró el Rey, me saludó y se puso a mear a mi lado. !Qué sencillo es!

Lo de sencillo en relación a Juan Carlos I era muy manido, pero más habitual incluso resultaba tildarlo de campechano, como a la infanta Isabel, “La Chata”, una de sus antepasadas borbónicas.

– !Qué campechano es!

Entre esas adulaciones cortesanas, porque cuando el pueblo llano se vuelve sumiso y agradecido con el que manda al español no lo gana nadie, transcurrió la Santa Transición. Que los españoles no se volvieran a matar como casi medio siglo atrás se debía a aquel Borbón educado por Franco y elegido por el dictador para sucederle en la Jefatura del Estado. Era el capitán de aquel periodo admirado por todo el mundo.

Ya sea por las ansias de libertad tras 40 años de dictadura y aislamiento internacional o porque los españoles eran obedientes hasta en la cama y solo querían su pan, su hembra y la fiesta en paz, como decía “Jarcha” en “Libertad sin ira”, el himno de la Santa Transición, el caso es que la ciudadanía adoptó o fue sometida a un verdadero ejercicio de fe monárquica, sin duda admirable por su eficacia. Que el pueblo pareciera abducido por aquella ola y por la figura de Juan Carlos I no hubiera sido posible probablemente sin el papel de la prensa y los medios de comunicación, que tienen en la corrupción del “capitán de la Transición” uno de sus grandes agujeros negros y una causa de desprestigio. Los negocios sucios y el enriquecimiento del ahora rey emérito se iniciaron en aquellos años, nada más acceder al trono, y solo un puñado de periodistas osaron valientemente investigar y publicar sobre todo ello, pero eran condenados al silencio y la marginalidad. Lo mismo ocurrió después, durante muchos años y hasta su renuncia, con los escandalosos viajes de Juan Carlos I al extranjero, haciendo de “embajador” de los grandes empresarios, los del Ibex 35, para facilitarles negocios de los que luego cobraba (supuestamente, porque no se le puede investigar judicialmente por mandato constitucional) jugosas comisiones. Fue lo que ocurrió con este último escándalo del acuerdo mercantil con la sanguinaria dictadura de Arabia Saudí, desvelado por cierto por un medio extranjero. De nuevo.

Los negocios sucios y el enriquecimiento del ahora rey emérito se iniciaron en aquellos años, nada más acceder al trono

El de la “Santa Transición”, denominación que le queda natural por la mitificación injustificada de aquellos años, no es más que un relato edulcorado que no resiste el mínimo análisis crítico. No se evitó otra guerra civil, porque aquel escenario era imposible. La reconciliación nacional ya era un hecho en España y de ello había hecho bandera y estrategia política el PCE nada menos que desde 1956. No fue ningún proceso popular con una ciudadanía participando en un cambio hacia la democracia. Fue un pacto por las alturas, entre los reformistas del franquismo encabezados por Adolfo Suárez y la débil izquierda salida de la clandestinidad, en la que quien más cedió fue el PCE, creyendo ingenuamente que eso le daría réditos políticos. Y todo el proceso se hizo con miedo al continuo ruido de sables en el Ejército que había servido con lealtad a Franco y que no dejó de ser una sombra inquietante hasta el 23-F.

El relato oficial del golpe de Estado de Tejero también se ha ido difuminando, por irreal, según se publicaban documentos, artículos y libros sobre lo que ocurrió con aquella asonada fracasada e incruenta. No se puede decir que el instigador haya sido Juan Carlos I, como hay quien sostiene, pero está claramente demostrado que el entonces rey “borboneó”, en palabras de Gregorio Morán, cuyos libros sobre este periodo son imprescindibles para conocerlo con rigor. O sea, se dejó querer por los militares golpistas que le insistían en una actuación palaciega, en aquellos años de plomo de ETA. En Asturias hay un verbo muy certero para ello: combayar. Eso explicaría los dos golpes, el duro de Tejero y el blando de Armada, y el gobierno de concentración previsto, con presencia de socialistas. Que haya habido estrategia premeditada en todo ello es algo dudoso, porque no parece que las luces políticas de Juan Carlos I den para una jugada histórica tan perfecta. Pero la consecuencia sí está clara: la definitiva consolidación de la Monarquía constitucional.

La Transición fue tan santificada que en realidad tiene hasta su Santísima Trinidad: es un producto del PSOE, el diario “El País” y la Monarquía, obviemos el orden. La histórica izquierda republicana que se hizo dinástica, el intelectual orgánico en palabras de nuevo de Gregorio Morán y la forma de Estado más conservadora para evitar concesiones peligrosas.

A Felipe VI le fallaron su olfato político y sus asesores. La torpeza de salir públicamente en mitad de una tragedia nacional, a soltar cuatro tópicos obviando el bochorno de su padre fue clamorosa.

El invento del régimen del 78, con su bipartidismo, que tanto recordaba al turnismo decimonómico, también por la corrupción, funcionó sin sobresaltos hasta el 15-M de 2011, cuando se empezó a desmoronar. Las generaciones más jóvenes, educadas en democracia sin los miedos de sus padres o sus abuelos y muy indignadas por la corrupción, la desigualdad social y la falta de meritocracia en la sociedad española, tomaron las plazas cuestionando al régimen y a la Monarquía, que viene a ser el Padre de la Santísima Trinidad de la Transición. No la derribaron, pero la socavaron acabando con el bipartidismo. Surgió un partido nuevo abiertamente republicano, Podemos, que al principio aterrorizó a los grandes poderes porque parecía que daría un sorpasso al PSOE y ahora, desinflado electoralmente, lo sigue haciendo porque forma un gobierno de coalición con los socialistas.

La Monarquía vio venir el peligro con el cambio político y generacional. Sus valedores políticos, sobre todo el PSOE de Alfredo Pérez Rubalcaba, hombre de la triada, del partido, de la Casa Real y de “El País”, diseñaron una estrategia de defensa: la abdicación de Juan Carlos I en favor de su hijo, Felipe VI.

Juan Carlos I era el pasado y su figura ya estaba muy tocada por la corrupción y los excesos en su vida privada, algo en lo que no hace otra cosa que seguir la tradición borbónica. Felipe VI representaba el futuro y el contacto generacional con las capas más jóvenes de la población.

El cambio no salió mal porque, en la forma de Estado, el pueblo español es accidentalista. No es monárquico, pero tampoco republicano. Acepta a los reyes mientras no estorben y causen problemas. Lo lamentable para la Monarquía es que eso acaba de ocurrir. La familia real, la institución, ya supone un problema para muchos ciudadanos, exactamente desde que Felipe VI habló a la nación al poco de iniciarse el confinamiento de los españoles por el coronavirus. Y lo hizo sin una sola alusión al escándalo que se acababa de conocer sobre su padre: el cobro de una comisión millonaria, un ingreso más de los muchos que durante décadas fueron haciendo de su patrimonio uno de los mayores del mundo. Un episodio de corrupción que además le salpica, porque mientras su padre viva es el heredero de ese dinero sucio, aunque haya renunciado a ello en un gesto sin el menor valor jurídico.

A Felipe VI le fallaron su olfato político y sus asesores. La torpeza de salir públicamente en mitad de una tragedia nacional, la mayor desde la guerra civil, a soltar cuatro tópicos obviando el bochorno de su padre fue clamorosa. Y contrastaba con su duro discurso durante el Procés en 2017. Esa noche, en medio de una ruidosa cacerolada de muchos ciudadanos afeando su conducta, el accidentalismo de los españoles sobre la forma de Estado empezó a virar. Para ellos la Monarquía empieza a ser un problema más.

Cómo lo quieran resolver después del coronavirus es otra historia, porque habrá más y mucho más importantes prioridades, empezando por la enorme recesión económica y el aumento del paro. Pero que el dilema entre Monarquía y República se dilucide en las urnas, como corresponde a un país democrático que vio usurpada esa posibilidad durante la Santa Transición, ya no es el sueño de esa minoría romántica que reclama un referéndum desde la muerte de Franco.

Xuan Cándano
Escrito por

San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "El Pacto de Santoña" (Madrid, 2006)

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