LA VIDA ERA AQUELLO

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Iván G. Fernández
Iván G. Fernández
Iván G. Fernández (Uviéu, 1978), es fotógrafo y periodista de "caleya". Ha trabajado y colaborado en numerosos medios de comunicación asturianos y del resto del Estado desde finales de la década de los 90.

TEXTO: YASMINA ÁLVAREZ / IMAGEN: Iván G. Fernández

Comer y ver el parte. Una siesta y la telenovela.

Despertar, el café, después…acicalarse. 

Con mucho mimo revolver el cuenco

repleto de tesoros de diario

-lo de valor, lo de la herencia,

bajo llave y tan solo los domingos-.

Ponerse los pendientes con cuidado

frente a un pequeño espejo en la cocina. 

Al cuello aquel collar de perlas de dos vueltas.

Pintar los ojos. Y los labios, claro.

Y un poco de colonia -de las frescas-.

La vida era, al fin y al cabo, todo aquello.

Y después el banco de la plaza, dejar secar al sol los huesos

-de vez en cuando el sol y sin receta-.

Y mirar la gente cómo pasa. Y echar la tarde compartiendo:

las pensiones, los hijos, su trabajo.

Presumir de las últimas conquistas de los nietos:

       -La mía se fue ayer. Consiguió la beca en Londres.

       -Pues el mío echó novia y se nos casa.

Repasar las esquelas, lamentar las ausencias y a eso de las ocho

      –Parece que refresca, voy tirando hacia casa, hasta mañana.

      -A la misma hora.

     -Sí. Aunque dicen que da agua…

     -Entonces mejor echamos la partida.

     -Muy bien. Yo me encargo de las cartas.

E ir subiendo la cuesta al ritmo del ocaso.

Escuchar de fondo campanas de una iglesia

y el batir de huevos en algunas casas.

Descansar un poco a mitad de camino,

coger aire, saludar a Encarna

mientras arregla en la ventana los geranios.

    -Otro día anímate, mujer. Hoy nos juntamos unas cuantas.

    -Sí, pero desde que falta Luis, ya sabes…  

    – ¿Y qué vas a hacer tú sola, dime, todo el día ahí encerrada?

Continuar el camino a paso lento.

Subir muy poco a poco la escalera,

apoyarse en el bastón, buscar las llaves

y decirse a sí misma, ya casi sin resuello, e abrir la puerta del vacío:

       No sé por qué te apuras siempre tanto, Josefina. 

       Total… ¿Qué prisa hay? Nadie te espera.

La vida era, sí, al fin y al cabo, todo aquello:

unas horas de banco compartido cada tarde.

Y el resto del tiempo… la soledad y la tristeza.

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