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La cooperativa A Teyavana impulsa una huerta en Sograndio con los usuarios de su centro de apoyo a la integración de personas con problemas de salud mental.

El "Comando Fesoria" en su huerta de Sograndio. FOTO: Iván G. Fernández

Esther se crió en una casa del monte Naranco. Allí sus padres tenían una pequeña huerta y aprendió a plantar. Luego, de mayor, trabajó cuidando niños. En algún momento las cosas empezaron a ir mal en su cabeza. Tiene esquizofrenia. No presume de buena cocinera, pero según sus compañeros hace un pote excelente. La berza la ponen ellos mismos. A Ana Rosa no le gustaban demasiado las verduras, pero desde que las cultiva en la huerta de la cooperativa de salud mental A Teyavana, se ha abierto un poco más a comer cosas verdes. Ella, Esther, con la que comparte piso, Marta, Miguel Hugo, Luis y otros usuarios de este centro ovetense de apoyo a la integración en salud mental, van cada miércoles a trabajar a la finca que tienen en Sograndio, a las afueras de la capital asturiana. Allí plantan berzas, coles, acelgas, lechugas y fabes, cuidan de los árboles frutales, y pasan el día trabajando. A la huerta no se va en coche o furgoneta, sino en el autobús urbano, porque, como señala Sara Fernández, trabajadora social, y una de las impulsoras del proyecto, “es fundamental que se acostumbren a ser autónomos y usen con naturalidad el transporte público”.

Esther, Marta, Ana Rosa, Miguel Hugo y Luis en la finca de Sograndio. FOTO: Iván G. Fernández

A Teyavana trata de ser algo más que un centro de día para personas con problemas de salud mental graves. Seguramente sea eso lo que la mayoría de las familias buscan inicialmente cuando se acercan a la cooperativa. Un lugar que permita salir de casa, relacionarse y entretenerse a personas con depresiones graves, esquizofrenias, trastornos de la personalidad múltiple… Un lugar que permita también a las familias darse un respiro y descansar por unas horas al día del trabajo tan duro que supone cuidar de una persona con un trastorno mental severo. Sin embargo, en el centro están convencidos de que con la combinación de trabajo individual, familiar y en grupo, se puede ir más allá, y lograr que muchas de estas personas puedan ir reinsertándose poco a poco en la “vida normal”, ser menos dependientes de sus familias, vivir de forma independiente o incluso aspirar a tener un empleo. Juntos aprenden que puede haber una vida más allá del sofá y las largas horas del día frente al televisor. A Miguel por ejemplo, que es fan de los Simpsons, apasionado de la informática y lector voraz de prensa, le encantaría poder estudiar trabajo social.

FOTO: Iván G. Fernández

Para Sara, que hace 7 años puso en marcha la cooperativa con otra compañera, “nuestro objetivo sería que nadie estuviera más de dos años en A Teyavana, pero es verdad que a veces las cosas no son tan rápidas como quisiéramos, y los procesos se alargan”. Relacionarse con otras personas, aumentar la confianza en sus propias capacidades, aprender a cocinar o algo tan sencillo como usar un grupo de WhatsApp, son algunas de las cosas que aprenden. Comenta que la perspectiva de las familias cambia cuando ven a los usuarios avanzar, hacerse más activos y autónomos: “se enganchan entonces a la rueda de la recuperación y dejan de verlos como inválidos a los que proteger”. De A Teyavana han salido personas capaces de vivir solas, estudiar e incluso algunas relaciones sentimentales.

Miguel y Luis charlan en un descanso del trabajo. FOTO: Iván G. Fernández

La Fageda, un proyecto pionero catalán nacido en los años 80, en plena reforma psiquiátrica, y que hoy es además de un reconocido centro de salud mental una potente marca de mermeladas, yogures, helados y otros productos lácteos, inspiró a las creadoras de A Teyavana para poner en marcha esta cooperativa que se financia con las cuotas de los usuarios y algunas ayudas públicas. “Somos conscientes de que no todas las personas pueden pagarse la cuota, y siempre admitimos a personas que no tienen recursos económicos. Es un trabajo voluntario que aportamos las socias de la cooperativa”, señala Sara, que lamenta que la atención a la salud mental por parte de la sanidad pública siga siendo muy insuficiente. La huerta por ejemplo no es propia, sino que se trata de una cesión de la familia de Luis, uno de los usuarios. A diferencia de sus compañeros, con la excepción de Esther, Luis tenía ya alguna experiencia. Es él quien lidera un poco el llamado “comando fesoria”, como bien indica su camiseta.

FOTO: Iván G. Fernández

En la cooperativa son conscientes de que experiencias como A Teyavana pueden ser muy valiosas, pero apenas logran cubrir las necesidad de una población en la que una de cada 25 personas tienen problemas de salud mental serios. A pesar de las constantes dificultades económicas, la cooperativa ha logrado salir adelante, y hoy atiende a 25 usuarios y emplea a un equipo de 8 personas: trabajadoras sociales, auxiliar de ayuda a domicilio, psicólogo, pedagogo, integrador social y monitores de tiempo libre. Vicente, pedagogo terapeuta, es quien acompaña sus pasos en la huerta, siempre con una máxima: “tienen que aprender y acostumbrarse a hacer ellos todo”.

Sara y Vicente, trabajadora social y pedagogo, integrantes de A Teyavana. FOTO: Iván G. Fernández

El trabajo con las familias es fundamental para A Teyavana. Por eso una vez a la semana se ven con ellas. “No solo para explicarles cosas de los usuarios, sino también para que ellos y ellas se hagan cargo de los problemas de las personas que les cuidan. Trabajamos mucho la responsabilidad. Que no se acomoden. Que se acostumbren a ser personas autónomas, con responsabilidades y compromiso. Por eso la huerta es tan importante”, señala Sara.

FOTO: Iván G. Fernández

El confinamiento ha sido duro. Enganchados a la vida social y a sus actividades, el estado de alarma supuso en cierta medida volver a la vida pre A Teyavana. Mucho tiempo en casa, muchas horas muertas y sin apenas relaciones sociales. Ana Rosa se cansó de ver la televisión y “andar dando vueltas por el pasillo. 20 vueltas de día y 20 de vueltas de noche”. Ahora, con la “nueva normalidad”, esperan volver a sus rutinas, huerta, el programa que hacen en Radio QK, algún viaje de verano y un clásico que nunca falta por estas fechas: una parrillada con todos juntos en Pola de Lena.

Diego Díaz Alonso
Escrito por

Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y forma parte del consejo de redacción de Nortes.

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