La villa de la muerte (II): 1939, año de la infamia

Segundo artículo de una serie del historiador Pablo Sánchez dedicada a la prisión política de Celanova, en Orense

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Redacción Nortes
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nos dous de vez.

(X. C. Domínguez Alberte)

En abril de 1939 Franco anunciaba formalmente la victoria de sus tropas. Dos días después de firmar el último parte de guerra el dictador se encargaba de precisar que la posguerra no iba a traer la reconciliación. Los vencedores aún tenían sed de sangre. Para ellos quedaba reservada la paz. Para los vencidos, la muerte, la cadena o el exilio.

El sistema estaba especialmente diseñado para aniquilar totalmente al “enemigo”. En el Nuevo Estado la cárcel cumplía un papel fundamental a la hora de controlar la oposición al régimen mediante la socialización de la muerte y del miedo, por un lado, y mediante el adoctrinamiento político y religioso, por otro.

1939 fue un año trágico en la Prisión Central de Celanova. En marzo se consiguió el máximo de abarrotamiento, más de 1700 presos, muy por encima de su capacidad. Los soldados encargados de custodiar el recinto, embriagados por la victoria o por los celos, utilizarán a los presos como diana de sus disparos.

Teóricamente, los presos sólo se podían asomar a las ventanas para participar en las procesiones religiosas. A pesar de todo, existía cierta permisividad y los internos estaban acostumbrados a mantener conversaciones con las jóvenes de la villa por medio de un inventado lenguaje de signos.

A partir de abril todo cambió. Con la excusa de impedir que se acercaran al exterior, los soldados ametrallaban aleatoriamente a los presos. En un período de seis meses tienen lugar 5 incidentes de este tipo con un saldo de 16 heridos y un muerto.

“LOS PRESOS SOLO SE PODÍAN ASOMAR A LAS VENTANAS PARA PARTICIPAR EN LAS PROCESIONES RELIGIOSAS”

A pesar de que el director de la prisión se quejó varias veces del gatillo fácil de los centinelas, que sepamos, no se tomaron medidas contra los vigías, sino que, para mayor inri, los castigados fueron los presos por asomarse a las ventanas, aunque las autoridades de la prisión sabían que no era así.

El episodio más trágico tuvo lugar el 1 de agosto de 1939. Ese día fueron heridos 10 presos a primera hora de la mañana (7:30) mientras se aseaban, pero la gota que colmó el vaso aconteció el 20 de septiembre después de que un preso recibiera un disparo a las 8 de la mañana.

El médico hace constar que el tiro fue por la espalda, lo que le hace dudar de que se hubiera asomado a la ventana: “el disparo lo recibió por la espalda, es indudable que dicho recluso estaba vuelto de espalda a la ventana, razón por la cual no cabe dudar (sic) se hallase asomado a la misma”. A partir de entonces no volvemos a tener constancia de este tipo de episodios hasta 1943.

En 1939 también dejaron su huella de sangre en la villa los falangistas de la Bandera de Marruecos. Esta unidad, formada en gran medida por tropas coloniales, la componían unos 700 hombres que destacaban por su ferocidad en el combate.

La Bandera llegó a Celanova, procedente de Madrid, a tiempo para celebrar el 18 de julio, desfilando antes por las calles de Ourense. 7 muertes inscritas en el Registro Civil de Celanova “por comunicación de él Juzgado Eventual de la Bandera de Falange de Marruecos con guarnición en esta villa” es el trágico balance de su paso por la villa.

Los fusilamientos tuvieron lugar el 22 de septiembre de 1939 a las 7 de la mañana, dos días antes de la festividad de Nuestra Señora de la Merced, patrona de los presos. Ese día abandonaron Celanova, no sin antes participar en los consabidos actos religiosos y desfilar por última vez en la villa. El fusilado más joven tenía sólo 19 años. Se llamaba Baldomero Vigil- Escalera. El más viejo, Mariano Blanco González, tenía 36 años. De los otros cinco ninguno llegaba a la treintena.

Pocos meses después de que se marchasen, en enero de 1940, el Ayuntamiento acordó vender los regalos que habían dejado aquellos falangistas. A lo mejor el recuerdo les atormentaba.

Pablo Sánchez (Madrid, 1991). Historiador. Autor del libro Masonería y República en Celanova y de varios artículos de divulgación histórica. Desarrolla su actividad investigadora sobre la historia social y la memoria democrática. Ha colaborado con diversas asociaciones y periódicos.

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