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La libre decisión no limita la vida ni los derechos de otras personas, al igual que no lo hizo el divorcio, el matrimonio igualitario o la interrupción del embarazo.

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Nuria Saavedra
Nuria Saavedra
Activista feminista y LGTBI+, trabajadora social y profesora en un instituto de Xixón.

Cuando no se sabe explicar el por qué de algunos hechos realizados por personas la tendencia es patologizar. No me voy a centrar en un hecho en concreto, pero sí en lo que fundamenta el pensamiento transversal en relación con la toma de decisiones personales y sociales. Cuando hablamos de la autodeterminación, es decir de la libertad para tomar decisiones, también seguimos patologizando y justificando las decisiones marcando a la persona o la sociedad como enferma. Esta visión patologizante también es infantilizadora. Las personas tomamos decisiones en base a nuestra realidad, a nuestra experiencia y capacidad. Justificar la autodeterminación desde una perspectiva patológica e infantil -y por tanto que necesita ser tutelada- nos impide y obstaculiza el crecimiento de nuestra sociedad.

Algo patológico es aquello que está relacionado con la enfermedad y, por tanto, con la salud. La OMS define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Por tanto, una persona que está enferma no sólo lo está físicamente, sino que también psicológica y socialmente.

Hablar de autodeterminación o libre decisión no tiene por qué relacionarse con una patología, personal o social. Si se relaciona -autodeterminación y patología- es porque hay una clara intención sociopolítica. Cuando se empezó a hablar más en España de la autodeterminación fue con el proceso catalán y para algunas personas hablar de autodeterminación era y es un “insulto” como hemos visto el pasado domingo de nuevo en la plaza de Colón, pero no solo. Este colectivo se pregunta ¿qué parte del cuerpo quiere “romperse” o perder el beneficio del todo? ya que piensan que solo un cuerpo enfermo querría la separación.

“Ser diferente no es de enfermos ni de delincuentes, solo rompemos los moldes del control socializador”

Casi todo aquello que, en este momento, está en crisis supone un espacio que, en mi opinión, debería ser de libre decisión como Derecho Humano. Ello nos sitúa en un cruce de caminos donde, actualmente, se prima la decisión mayoritaria social frente a la restricción de la libre elección individual. ¿Cómo es posible la toma de decisión personal en un contexto en conflicto y negacionista de los derechos minoritarios? Este momento histórico es de fundamental importancia. Tenemos que pasar de una Democracia que privilegia a los grupos mayoritarios y niega los derechos de los minoritarios a una Democracia donde todas las personas y grupos puedan desarrollar su capacidad de ser y estar en sociedad. De este proceso depende el avance de la convivencia en territorios -geográficos e intelectuales- cada vez más plurales.

Durante el franquismo y aún ahora, los colectivos minoritarios “desviados” son considerados enfermos y se les criminaliza. Pero, nunca estuvieron enfermos, eran y somos diferentes. Ser diferente no es de enfermos ni de delincuentes, solo rompemos los moldes del control socializador y de una educación cuyo objetivo es domesticar para acallar, ocultar y reprimir.

La autodeterminación es el camino de la libertad y del derecho de ser, de estar y convivir en sociedades plurales. Negar la autodeterminación es obligar a dejar de expresar quién eres, impedir vivir desde tu propia identidad y construir tu vida con la dignidad que te dan los derechos. A las mujeres nos han tratado, históricamente, como menores de edad, enfermas e incluso como criminales. Nos han negado el derecho a decidir sobre nuestra propia historia con tutelas varias (marido, padre o cualquier varón con autoridad). También otros colectivos han sido tratados injustamente, impidiéndoles y retirándoles la capacidad de autodecidir sobre su vida (personas con diversidad funcional, menores de edad, personas mayores incapacitadas…).

La libre decisión no limita la vida ni los derechos de otras personas, al igual que no lo hizo el divorcio, el matrimonio igualitario, la interrupción voluntaria del embarazo, etcétera. La ampliación de derechos no niega ni recorta los existentes, nos hace mejores personas y mejor como sociedad.

Ahora es el momento de recapacitar y ser conscientes de las actitudes que hemos tenido a lo largo de los últimos tiempos. La crispación generalizada no puede cegarnos en una escalada de violencia ante lo diferente, contra la libre decisión individual o social. La convivencia requiere espacios de diálogo y de consensos. Comunicar que el futuro se construye invisibilizando o acallando realidades minoritarias es engañoso.

En convivencia democrática, todas las personas y colectivos deben de tener su propio espacio, su capacidad y libertad para decidir. En mi opinión, debemos escuchar y ver cómo se pueden articular los derechos, de forma interseccional, de quienes realizan un trabajo sexual como opción libre, las personas trans binarias y no binaries, así como de las familias que acceden a la gestación por sustitución como última alternativa al deseo de construir una familia.

Otro tipo de actitudes, que no se basan en la palabra ni en la convivencia respetuosa de todos sus miembros, giran hacia un peligroso destino exclusivo y excluyente que no está enfermo, sino que es un destino sano del patriarcado.

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