Bernard Charbonneau, filósofo de la naturaleza y la libertad

Charbonneau abandonó París para ejercer como maestro en un pueblo de los Pirineos, donde escribió una obra crítica con el progreso técnico y económico y se implicó en las luchas ecologistas de la época

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Fue con 6 o 7 años cuando empezó a darse cuenta de que las cosas no iban bien en el mundo. La impresión de un “absurdo social”, en sus propias palabras, asaltó a Bernard Charbonneau (Burdeos, 1910-1996) cuando supo que su hermano mayor había muerto gaseado en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial. Vendrían luego los años de incertidumbre y efervescencia de entreguerras, el fascismo asolando Europa, de nuevo la guerra y el colofón de la bomba atómica: “Acabamos de franquear un umbral”, escribió entonces, “y me pregunto si, a lo largo de la historia, ha habido alguna ocasión en que hayamos saltado varios milenios”. Más aún:

“Todo lo que nos parecía eterno: los álamos del barranco de Cambes, el hielo de la Antártida, el otoño en la playa de Fouras, todo esto no será más que provisional. La helada matinal de enero, las tibias noches de verano, todo esto dejará de ser indestructible y eterno. El mundo de los hombres es una casa embrujada por la presencia de la muerte, donde ahora es imposible vivir desinteresadamente”.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial Charbonneau—pensador, profesor, montañero, activista ecologista—constató que estaba teniendo lugar una “Gran Muda”; una radical transformación de la cultura y la sociedad que consagraba la dependencia absoluta del sistema industrial y la economía capitalista; un mundo de “fuerzas anónimas” en el que el ser humano se proletariza y pierde todo el control sobre sus actos: “En la base de mi obra y probablemente de mi existencia, existe la conciencia de un gran cambio”. Charbonneau vivió el albor de una época que ahora está desmoronándose ante nuestros ojos.

En el centro, Bernard Charbonneau

Hoy no podemos más que rendirnos ante la evidencia de que el campesino bordelés llevaba razón. Podemos además experimentar la cercanía de un abismo muy similar a aquel al que Charbonneau tuvo que asomarse. Desde 1945 hasta hoy las ciudades de todo el mundo no han dejado de crecer, el consumo de metales se ha multiplicado por más de diez, el uso de energía por cinco y el de petróleo por diez. Solo en la segunda mitad del siglo XX hemos consumido el doble de energía que en toda la historia humana anterior. Y ahora sabemos que la fiesta ya se acerca a su fin.

“Hoy en día, toda doctrina que se niegue a considerar las consecuencias del progreso, ya sea porque considere secundarios tales problemas (ideología de derechas), o porque los divinice (ideales de izquierdas), es contrarrevolucionaria. Lo que caracteriza al mundo totalitario en el que vivimos es la simbiosis de política y de técnica, el acuerdo entre la voluntad de poder de los jefes de Estado y la curiosidad objetiva, el sentido mecánico, la estrecha docilidad de los técnicos. Debemos recuperar el control de nuestros medios. Si no reducimos el progreso técnico a la condición de un instrumento, y ese es el significado de la bomba atómica, pereceremos aplastados por las fuerzas que hemos desatado. No es un domingo en el campo lo que necesitamos, sino una vida menos artificial”

Vivimos desde hace ya años instalados en la premonición del fin del mundo. Una civilización ansiógena e incierta que va poco a poco perdiendo pie y asfixiándose; que intenta aferrarse a su viejo esplendor y no encuentra nada: solo cadenas de suministro que se rompen, incendios que no pueden apagarse, especies extinguidas y millones de vidas trituradas por la precariedad. Es todo un modelo político, económico y cultural nacido tras la Segunda Guerra Mundial, reformado luego en clave neoliberal en los años 80, el que vemos agonizar en directo. Y no podemos decir que estábamos avisados de que la fiesta tendría que acabarse algún día, y que el final no iba a ser agradable.

La abultada obra de Charbonneau—escribió más de 30 libros y cientos de artículos—, muy conocida y editada en Francia, es una guía esclarecedora para transitar las contradicciones y los conflictos de nuestro tiempo. A este lado de los Pirineos no empezó a llegarnos su voz hasta que Ediciones El Salmón se puso traducir algunos de sus libros. El primero, en 2016, fue “El jardín de Babilonia. La Naturaleza, fuerza revolucionaria”, traducido por Emiio Ayllón, uno de los textos capitales del pensador. En 2020 editó “Somos revolucionarios a nuestro pesar. Textos para una ecología política”, una antología de ensayos y conferencias, uno de ellos escrito a cuatro manos junto al filósofo Jacques Ellul, que se difundieron en los ambientes personalistas, cristianos y libertarios de comienzos de los años 30.

Es una cuestión escurridiza la de la adscripción ideológica de Charbonneau. Quentin Hardy, el prologuista de esta última obra, lo sitúa en la órbita de los “críticos progresistas del progreso” o “críticos modernos de la modernidad”. Esta constelación de pensadores, en la que podríamos incluir también a Gunther Anders, a William Morris o a Lewis Mumford, denuncian la destrucción ocasionada por el progreso técnico y el desarrollo económico sin caer por ello en la mística del “retorno a la tierra”—en palabras del mariscal Pétain—ni suscribir los valores autoritarios y conservadores que reviven hoy en las corrientes ecofascistas.

“En el siglo del artificio sentimos pasión por esta naturaleza que destruimos. Es la civilización del coche y del avión la que sube a pie a la montaña, son los individuos más civilizados de los pueblos más civilizados los que se ponen a estudiar la vida de los “primitivos”, los que describen y ensalzan sus costumbres. Cuanto más nos distinguimos de ella, cuanto mejor la conocemos, más experimentamos el sentimiento de la naturaleza pero, al mismo tiempo, más nos alejamos de ella. La hemos inventado al destruirla y esta invención contribuye a su destrucción. Al final de este proceso se esboza un mundo en el que, destruida la naturaleza, el amor por ella sería más fuerte que nunca; y en el que el Edén original, alterado desde la primera intervención humana, se realizaría al fin en estado puro en un puñado de regiones de la tierra (o de nuestra vida) cuidadosamente organizadas. La experiencia de la naturaleza es hoy en día inseparable de la de su destrucción. Si queremos recuperar la naturaleza, primero tenemos que hacernos cargo de que la hemos perdido”

“Charbonneau no era un reaccionario, y nunca idealizó el pasado”, explica Daniel Cérézuelle, escritor y miembro de la Association Aquitaine Bernard Charbonneau/Jacques Ellul, “fue, ante todo, un pensador de la libertad que pretendía llevar a cabo una transformación de la sociedad que promoviera la autonomía, por un lado, y una relación con la naturaleza que fuera satisfactoria para los sentidos”. Su pensamiento reivindicaba por igual al anarquista Bakunin, al católico Leon Bloy y al socialista Auguste Blanqui.

En su juventud, Charbonneau estuvo vinculado al movimiento personalista francés, fundado por el filósofo Emmanuel Mounier y en cuyo seno convivían desde un humanismo cristiano más o menos conservador hasta las posturas de nuestro autor y del propia Ellul, que encarnaban la facción “más individualista, antiautoritaria, la más regionalista, pero también la tendencia más ecologista” del movimiento, según Hardy.

Este movimiento, que atrajo a muchos jóvenes artistas e intelectuales de la época de entreguerras, quiso constituirse como una “tercera vía” que se opusiese tanto al capitalismo burgués como a las soluciones totalitarias propuestas por los fascistas alemanes e italianos y por los comunistas soviéticos. Con el tiempo, Charbonneau fue alejándose de estos círculos para desarrollar un pensamiento propio sobre la base de una filosofía ecológica y una ecología política.

“Como la termitera, la nueva aglomeración tiene tendencia a elevar concreciones de cemento con innumerables alveolos climatizados, mientras su red de conductos va enterrada por el suelo. Pero, sobre todo, la masa humana y mecánica cada vez más densa que pulula por sus grietas se vuelve cada día más uniforme, menos autónoma, más estrictamente teledirigida por la colectividad; su supervivencia así lo exige. Como en la termitera, esta masa uniforme se divide de manera creciente en géneros que se ignoran y que distinguen los gestos y el lenguaje de sus funciones. Ciega y sorda, pero estrictamente informada por los signos que activa una central que no conoce, se afana en un mundo tibio y cerrado, cada vez más descomunal y estrecho, sin sentir de esta presión creciente más que un vago malestar. A no ser que una catástrofe reviente un buen día la termitera, trayendo demasiado tarde, con el alba, la muerte”

Bernard Charbonneau rodeado de sus alumnos

Su fértil actividad literaria y periodística, así como su labor docente—abandonó París, y las expectativas de una exitosa vida académica en la gran ciudad, para ejercer de maestro de escuela en un pueblo del Pirineo—no le apartó nunca del activismo en causas ecologistas. Cerezuelle cuenta que “participó en acciones locales de resistencia a las operaciones de «reorganización» del territorio, ya fueran orquestadas por promotores privados o por el Estado. Así, se unió a la Sociedad para el Estudio, Protección y Ordenación de la Naturaleza en el Sudoeste para proteger el valle de Soussouéou, en los Pirineos de Bearnais, amenazado por un proyecto de estación de esquí. También participó activamente en la resistencia a la explotación turística de Ahuski, en el bosque de Arbailles, en el País Vasco, y en otras acciones sobre el terreno. Pero fue sobre todo durante la resistencia al proyecto de desarrollo tecnocrático de la Costa de Aquitania cuando Charbonneau asumió el papel de iniciador y organizador de una acción colectiva a gran escala”.

Bernard Charbonneau en un mitin

Tampoco abandonó nunca sus expediciones y caminatas por la montaña, en solitario o junto a sus compañeros de grupos personalistas y ecologistas. Su exhaustivo conocimiento de las montañas y los valles del Pirineos le fue muy útil, durante la Segunda Guerra Mundial, para ayudar a los miembros de la Resistencia a encontrar y pasar los cruces fronterizos que jalonan la cordillera. Se ha dicho de Charbonneau que es una especie de Henry David Thoreau a la francesa: con boina de campesino gascón y un carácter algo más liviano y jovial que el del rigorista hombre de los bosques yanqui.

Bernard Charbonneau durante una de sus expediciones montañeras por España

“No era un espartano”, dice de él Cerezuelle, “amaba el vino y la buena comida. No, no fue una ética austera de renuncia, sino el gusto por el placer y la atención a las condiciones concretas y sensibles de su vida cotidiana, la necesidad de vivir cada día en paisajes diversos y equilibrados, junto a un río donde se pudiera pescar y nadar, la necesidad de comida sabrosa, de espacio, de tiempo y de silencio lo que llevó a Charbonneau a salir de Burdeos, su ciudad natal, que se había vuelto demasiado grande, demasiado atestada de máquinas”.

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