«De adolescente pensaba que en el mundo había dos gays: yo y Raphael, que encima no me gustaba»

Entrevista a Tino Brugos, cofundador del Comité de Solidaridad con América Latina (COSAL) y de Xente Gai Astur (XEGA)

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Los nuevos odres del nacionalismo español' (2022).

Tino Brugos (Santander, 1958) pronuncia «gay» tal como se lee en castellano. Con a, no con la e del anglicismo. Un marcador generacional. Es cofundador de Xente Gai Astur (XEGA), una de las asociaciones pioneras del movimiento LGTB en Asturias, y la más emblemática. Fue más cosas, y, entre otras, militante de la solidaridad internacional, cofundador también del Comité de Solidaridad con América Latina (COSAL). Pero, a ojos de la población —nos cuenta—, sigue siendo «el de XEGA». Un grupo de activistas de los que ninguno era asturiano (Tino nos hablará del exilio gay; la salida del armario lejos de casa, sin familiares ni vecinos cerca), impulsados por el fallecido Adolfo Saro creó esta asociación por la cual se les encomió la valentía, que Tino niega haber tenido. Valentía —nos dirá— hubiera sido fundarla en 1980, no en 1992. Pero el entrevistador sí aprecia valentía en este hombre con quien charla tres horas sobre lo político y lo personal, que ya se sabe que también es político. El proceso de descubrimiento de la propia homosexualidad, de autoaceptación, de búsqueda de referentes y acicates para proclamarla y vivirla. Hay un neosorelianismo creciente que ensalza al hombre fuerte y decidido, al «matador de dragones» del que hablara Nietzsche, y desprecia e insulta a los colectivos que demandan reconocimiento y protección a partir de la condición de víctimas de una represión histórica, llamándolos «generación de cristal». A nosotros nos parece que hace falta ser de un material muy recio para salir de un armario, a la intemperie del qué dirán.

Tino: naces en Santander en 1958. ¿En qué familia, en qué entorno?

Un barrio humilde, trabajador, a la entrada de Santander: Peñacastillo. Clase obrera. Mi padre era un currante despolitizado, típico producto del franquismo. Su mundo era el fútbol: era árbitro. Toda mi familia paterna era muy futbolera: mi tío fue entrenador de la selección juvenil de Cantabria, varios primos míos jugadores de fútbol, mi hermano en aquella época jugaba al fútbol… Y mi madre era un ama de casa muy lista, muy generosa, muy entregada a sus amistades, muy presente en todo.

Te iba a preguntar si eran gente politizada. Me dices que no.

No, no. Mi padre, nada. Mi madre sí que tenía determinadas inquietudes; yo sí era capaz de comentar cosas de política con ella, y ella, de vez en cuando, preguntaba. Posiblemente no entendiera mucho de lo que yo le podía decir, pero situaba algunas de las cosas que yo pensaba, y controlaba algo de política internacional. De alguna manera, tenía claro que o hablaba algo de política o perdía un fíu. Me estoy acordando de una vez que llegaba yo a casa después de una noche de fiesta hasta la hora de la amanecida, la desperté, y la primera pregunta que me hizo fue: «¡No vendrás del atentado de Pinochet!».

¿El atentado del ochenta y seis en el Cajón del Maipo?

Sí, el del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. La noticia me la dio ella. Se enteraba de estas cosas y las comentaba conmigo.

¿Cómo es tu proceso de politización?

Me tocó estudiar en los jesuitas, y allí había un grupo juvenil, vinculado a los scouts, en el que se generó una pandilla que se politizó muy rápidamente, hasta el punto de que nos independizamos, o nos echaron. Discutíamos de cosas muy adolescentes, pero también muy de la época: el concepto de igualdad, el concepto de justicia… Nos fuimos organizando un poco la cabeza. En mi caso, siempre me gustó la política internacional. Hay alguna anécdota. En el año sesenta y ocho, tenía yo diez años, el maestro preguntó a mi madre: «¿Tienen televisión en casa? ¿El niño ve mucho la televisión? Es que el otro día, en clase, estuvo hablando de Papandréu». Mi madre también se acordaba de que la guerra de los Seis Días me pilló en casa, enfermo de anginas, y yo oía la radio y rápidamente buscaba mapas y los hacía y cosas de estas. Tenía esa curiosidad sobre lo que pasaba en el mundo, y me impactó especialmente todo lo de Chile.

He escuchado mucho a gente de tu generación mencionar el setenta y tres chileno como el momento en el que adquirieron conciencia política.

A mí no me afectó tanto el mismo setenta y tres como el setenta y cuatro, setenta y cinco…

La represión.

Sí. En el club juvenil habíamos hablado mucho de Chile, de Allende… Por otra parte, en el bachillerato —yo hice el último año del viejo bachiller— se abrían debates muy intelectuales, con todas las comillas que queramos. Circulaba Triunfo en clase; había familias que tenían el Triunfo y los hijos lo llevaban luego a clase y nos lo intercambiábamos. Empezó también a circular algún periódico clandestino: Mundo Obrero, el Combate de la LC…

Sin embargo, tú entras a militar en el PSOE. Eres un caso raro de persona que primero militó en el PSOE y luego en la extrema izquierda, y no al revés.

Del grupo del club juvenil hubo un compañero, Javi Vázquez, que se metió en el PCE, pero los demás no teníamos nada claro lo del PCE. Yo veía que la gente que estaba conmigo en clase y que podía ser del PCE era todo clases medias, y yo era más bien de clase trabajadora, de barrio. Creo que eso ocurría también con buena parte de la pandilla, y el resultado fue que dijimos: «Nos organizamos, pero nos vamos a organizar en alguna cosa aparte». Optamos por Juventudes Socialistas. Las montamos en el año setenta y seis, y la aventura duró hasta el setenta y ocho.

Participas en algún mitin con Alfonso Guerra y Felipe González, ¿no?

Con Felipe González, sí. Me toca la campaña de 1977 y un par de mítines con él: uno en Torrelavega y otro en en el paraninfo del campus de Las Llamas, en Santander. Fue en marzo, creo recordar; al PSOE lo habían legalizado en el mes de febrero. Como era el secretario general de aquellas Juventudes Socialistas, también intervine.

Y ¿por qué el PSOE? Lo normal en quienes, en tu generación, rechazaban lo que representaba el PCE era optar por alguno de los partidos de la extrema izquierda.

Buena parte de la pandilla en la que yo estaba —éramos ya chicos y chicas— estaba estudiando medicina; casi todos son médicos a día de hoy. Y hubo una conexión con quien iba a ser luego el primer diputado de Cantabria del PSOE: Jaime Blanco, que era médico. Nos pusieron en contacto con un grupo de profesores jóvenes de la Universidad y con un referente histórico del partido socialista que se había mantenido en El Astillero, Clemente Villar: un barbero que no había podido ejercer ningún otro oficio, porque era un represaliado, y tuvo que montarse su propio negocio para sobrevivir. Era una persona que cuidaba la imagen: tú veías los retratos de Pablo Iglesias y lo mirabas a él y veías un Pablo Iglesias andante. Aquello generaba una mística con la que nos identificábamos.

La memoria histórica de lo que había significado el PSOE en la historia de España.

Luego descubrimos que había algo, muy poquito, de UGT en la zona más industrial del Besaya. En Nueva Montaña, al lado de Santander ciudad, siempre había habido algo de movimiento. Había estado el Felipe en los años sesenta. De los grupos cristianos del Felipe de Cantabria salió mucha gente que luego se marchó fuera. Todos se iban a hacer la revolución a otro sitio, porque en Santander no era fácil (risas).

Joaquín Leguina, por ejemplo, ¿no?

Leguina es de Cantabria, sí. Quien va a montar el PORE en Cataluña, Arturo van den Eynde, Aníbal Ramos en la clandestinidad, que falleció hace poco, era de Cantabria. Otro amigo que falleció hace unos cuantos años, Paco Orellana, que estudiaba también medicina, pero en Zaragoza, era del PCE, y era de Cantabria. La gente se iba, y en verano tenías mucha actividad, porque volvía, pero el resto del año era complicado organizar cosas. El mapa político cántabro era limitado. En clase estaba Antonio Gómez Movellán, que anda por ahí, llevando cosas de España Laica, y entonces era de la LC. Había gente del partido comunista; me la encuentro cuando hago magisterio, donde también aparece, que anteriormente no estaba, gente de la Joven Guardia Roja, o sea, el PTE. El mapa cántabro era PCE y PTE en Santander, ORT en la cuenca del Besaya (donde estaba el PTE no estaba la ORT y viceversa), hay una LC en Santander; más tarde aparece, ya en el verano del setenta y siete, la LCR… PTE y ORT están hasta el setenta y nueve, ochenta. Para el ochenta y dos ya se ha dado un cambio: es el año en el que viene la Orquesta de Israel a tocar a Santander, coincidiendo con la guerra que estaba desarrollando Ariel Sharon sobre el Líbano, que obligó a la gente de la OLP a replegarse hacia Túnez, y hay un llamamiento al boicot que genera un incidente que fue primera página en todos los periódicos, con fotos del lío. En ese momento ya no están los maoístas, sino el MC y la LCR. Pero a lo que iba: en el setenta y seis no había mucho donde elegir.

¿Cómo es esa vida militante en las Juventudes Socialistas de la Transición? ¿Qué hacíais?

Éramos básicamente un grupo de izquierdistas. Nuestro mundo era el programa de la ruptura, que el partido abandona en el setenta y siete. Nos vamos distanciando. Entendemos que hay cantidad de cuestiones a las que no se está dando respuesta. Otro elemento de discordia tiene que ver con la aparición del regionalismo, el tema de la autonomía de Cantabria, en el que el PSOE no entra directamente hasta el año ochenta. Se nos prohíbe ir a manifestaciones por la autonomía, y nosotros vamos. Hacíamos pegatinas con un roble, diciendo «por una Cantabria regionalista» y cosas de estas, que iban sin firmar, porque sabíamos que, si nos manifestábamos excesivamente regionalistas, podía haber problemas. Había toda una avalancha con el tema regional con la que nos identificábamos, aunque no teníamos ninguna conexión con ADIC.

La Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria de la que sale Revilla, ¿no?

Sí. La bandera de ADIC era verde, azul y gris, y recuerdo que decíamos que el verde debía de ser por los valles y el azul por el cielo, pero el gris por la represión. Una tontería, porque ADIC no tenía nada que ver con eso, pero teníamos esa distancia con respecto al regionalismo de ADIC. Eso no impedía que nos sintiéramos muy cantabristas y participáramos en determinadas movidas: estoy pensando en toda la campaña que hay en el año setenta y ocho contra la central nuclear que se quiere construir en Santillán, en la zona de San Vicente de la Barquera. Se fueron desarrollando ambientes que llevan a la contradicción y al final nos echaron. Echan a todas las juventudes, pero también a buena parte de la dirección del partido, porque había otras contradicciones. La regionalista era una de ellas, pero no la única. Luego surge la oportunidad de volver a entrar, pero yo, mentalmente, ya he roto, y además me coincide con que me vengo a Asturias.

Vienes en ¿el…?

Setenta y nueve.

El año de la revolución sandinista, también muy importante para ti.

Sí. Antes de venir a Asturias, también me implico en montar un primer comité de solidaridad con la revolución sandinista, un poco bajo el paraguas de la UGT, que era donde habíamos quedado varios.

¿Os habían echado del PSOE, pero seguíais en la UGT?

Sí. Los que echan del PSOE controlan la UGT; hay una ruptura. Hay notas del PSOE que salían en prensa —las tengo recortadas y guardadas— advirtiendo a los socialistas de Cantabria de que en la UGT había mucho elemento trotskista. Pues bueno, bajo ese paraguas organizamos la primera conexión con IEPALA, el Instituto de Estudios para América Latina y África que había en Madrid, y todo el movimiento de solidaridad alrededor suyo. En el setenta y nueve llevamos a Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina a la plaza de toros de Santander, y la llenamos.

Foto: David Aguilar Sánchez

A Asturias te traen los estudios, ¿no es así?

Yo había empezado a estudiar magisterio en Cantabria, pero lo que quería estudiar era historia, y en Cantabria no había. Cuando yo acabo, está empezando la Facultad de Historia; podría haberme quedado. Pero la posibilidad de marchar no dejaba de ser atrayente. Vine con tres compañeros de los cuales dos volvieron a Cantabria, pero otro, Óscar Corvera, se quedó varado aquí conmigo. Con Asturias, yo ya tenía una conexión anterior, que era que, para organizar todo aquello, había contactado con gente de aquí: básicamente, con José Manuel Bárcena, que era sacerdote aquí, en Gijón, y fue un elemento muy importante luego, para montar cosas con el COSAL.

Ya en Asturias, entras a militar en la Liga Comunista Revolucionaria.

Estuvimos muchos años viviendo en un piso de estudiantes en General Elorza, en el número 25, donde luego nos enteramos de que vivía la abuela de Letizia, la reina: Menchu Álvarez del Valle. Muy cerca, en la misma calle, había un bar, el Conceyu, al que yo llego a través de Luis Alfredo Lobato, del Club Cultural y el Comité de Solidaridad con Nicaragua, y que llevaba Luisma, Luis Manuel Rodríguez, que había estado en el PCE a principios de los setenta, pero fue de los primeros que dio el salto del PCE a la LCR. Como estaba cerca de casa, todos los días terminabas pasando por allí una o dos veces, y al final la conexión acaba siendo también política. Yo, cuando vine aquí, ya leía todas las semanas Combate, el periódico de la LCR; ya estaba más o menos situado en las cosas de la LCR, y la gente pensaba que era de la Liga, pero en realidad no entro a militar hasta el ochenta y seis, hasta el referéndum de la OTAN.

Mencionabas hace un momento el Club Cultural. Era el equivalente ovetense de la Sociedad Cultural Gijonesa, ¿verdad?

Estaba en el centro, y sí: eran los restos, lo que quedaba, de aquellas estructuras que había ido montando el PCE para salir a la superficie. Fue el lugar en el que se refugió toda la gente de Perlora. Te encontrabas allí a la dirección histórica del PCE, a activistas de diez años atrás, que mencionaban lo de Perlora, y tú decías: «¿Qué es lo de Perlora?». Se habían atechado allí. Para mí, el Club Cultural fue una ventana a un montón de cosas: charlas, ciclos, se pasaba de vez en cuando alguna película… De ahí saldrá Radio Cucaracha, ahí se reunía la gente de la objeción fiscal…

Los insumisos, también.

Eso, más adelante, pero ahí van a estar, sí.

Y se hacían las reuniones del COSAL, ¿no es así? El Comité de Solidaridad con América Latina, que se había fundado a finales de los setenta, al calor de la revolución sandinista.

Al comienzo era Comité de Solidaridad con Nicaragua. Luego fue ampliando el radio de acción a otros países. Ahí había gente del PCA como Luis Alfredo Lobato; Cuartas, al que de vez en cuando ves tocar en la charanga El Ventolín; Arturo Cabal… De Asturias Semanal, el periodista Javier Ramos; mujeres como Aurora, compa de Javier de aquella, o Pilar, de HOAC…

Javier Arjona

Arjona llega algo más tarde, pero se incorpora desde el Nalón; no era de los que se reunían en Oviedo. Luego se creó una coordinadora asturiana aquí en Gijón. Siempre hubo COSAL en Avilés, más adelante lo hubo en la zona del Nalón y a finales de los noventa va a salir gente incluso en la zona de Luarca. Yo me especialicé muy pronto, por así decirlo, en el tema de El Salvador. Aquí no se controlaba prácticamente nada de El Salvador, pero yo viajaba a Madrid con la gente de IEPALA y tenía algunas conexiones. Conexiones tremendas, porque la información llegaba por correo desde Costa Rica, imagínate, con un mes de retraso con respecto al momento en que habían ocurrido las cosas. En el año ochenta, se cargan los paramilitares a toda la dirección del Frente Democrático Revolucionario, que era, por así decirlo, la fachada de masas del FMLN, y estaba prevista una semana de actividades y charlas en Guipúzcoa, pero el delegado que acababa de llegar del recién nacido FMLN avisó que no podría ir y me mandaron a mí. Estuve una semana dando charlas sobre El Salvador.

También os fijabais especialmente en Guatemala.

Habían muerto un par de sacerdotes de esta diócesis en la zona de El Quiché, y había venido mucha gente joven de allí. Después, mirábamos también a Chile, claro. Estos días estaba haciendo un artículo para una publicación que saldrá en Chile, sobre el cincuenta aniversario del golpe de Pinochet, que es este año, en septiembre; un artículo de siete mil palabras sobre la solidaridad con Chile, y me di cuenta de que, hostia, se hizo muchísimo. Recuerdo que en el año ochenta y dos jugó la selección chilena en Oviedo, en el Mundial de España, y organizamos charlas en los Cines Clarín y fuimos al partido, que ganó Chile. Cuando metió gol, tiramos panfletos contra la verja; hubo un par de incidentes y una retención al final. También vinieron varias decenas de Madres de la Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini y todo el tinglado… Hasta el año noventa, cuando los sandinistas pierden las elecciones, hicimos un trabajo que nos permitió llegar a muchos rincones de Asturias. Recuerdo participar en movilizaciones de aquí, del naval, en las que me decían: «¿Por qué no hablas al final pidiendo la solidaridad con Nicaragua?». Y echar el mitin desde el balcón del Ayuntamiento, con aquella plaza llena de gente, trabajadores del metal aplaudiendo.

La solidaridad entre movimientos, la conciencia de que la lucha de los obreros asturianos y los revolucionarios nicaragüenses era una y la misma, ¿verdad?

A Hebe de Bonafini la bajamos a un pozo minero, y otra de las visitas de las Madres coincidió con el encierro de la gente de Duro Felguera en la catedral, en la época de[l arzobispo Gabino] Díaz Merchán. La conexión, por así decirlo de clase, de las luchas que podía haber aquí y lo que nosotros como COSAL traíamos de fuera funcionó bien e hizo que, desde los años ochenta, la actividad internacionalista en Asturias haya sido algo permanente. Cuando nadie hablaba de Kurdistán, nosotros empezamos a hablar de Kurdistán.

«Cuando nadie hablaba de Kurdistán, nosotros empezamos a hablar de Kurdistán»

Hubo aquella moción en el Ayuntamiento de Gijón, que generó tanta mofa…

En el setenta y nueve, sí. Había habido aquellos fusilamientos de kurdos en Irán, en Sanandaj, que se hicieron famosos por aquellas fotos que ganron el Pulitzer. Y entonces la LCR presentó una moción en el Ayuntamiento de Gijón, pidiendo solidaridad con la lucha del pueblo kurdo. Generó mucho choteo, sí, porque el alcalde dijo: «Si me dan un mapa con todos los pueblos que están en lucha, nos solidarizamos con todos a la vez». El tema tuvo trascendencia incluso en medios a nivel estatal; El País o Diario16 reflejaron aquella anécdota. Pero esto es una prehistoria de las primeras actividades de solidaridad con el tema kurdo, para las que hay que irse a la primera guerra del Golfo, al año noventa. Desde entonces, mantenemos conexión con gente kurda. Se creó una coordinadora estatal de solidaridad con el pueblo kurdo que tenía base en Cantabria, en Asturias, en el País Vasco, en Madrid… Participamos como COSAL en el primer aniversario del parlamento kurdo en el exilio, que fue en Bruselas, y yo fui al Kurdistán en el año noventa y siete.

El año en que detienen a Öcalan.

El año que detienen a Öcalan, sí, y se abre un periodo en el que los kurdos se tienen que reorganizar, que dura grosso modo hasta 2005, 2006, cuando retoman la actividad con el paraguas ideológico del confederalismo democrático y recuperamos la conexión, que llega hasta hoy. En el COSAL hicimos muchas cosas desde la perspectiva de hermanarnos o de solidarizarnos con gente que luchaba. Sacábamos un periódico que se llamaba Quilombo, del que llegaron a salir catorce números; todavía estuve el otro día digitalizándolos. No entendíamos muy bien lo que luego va a ser la cooperación. Lo entendimos al final, pero hay que meterse ya en mediados de los años noventa. Hasta ese momento, lo que decíamos era: «Bueno, eso que llaman oenegés está bien, pero una oenegé no es una solución política. Si hay un conflicto político en El Salvador, tiene que ver con la reforma agraria, con la explotación. Si hay un conflicto social en Guatemala, tiene que ver con la tierra, con las comunidades indígenas. Y la solución tiene que ser política: no porque mandemos dinero el problema se va a resolver».

La solidaridad era una solidaridad entre combatientes.

Solidaridad con vanguardias políticas, con frentes políticos, sí. Pero en el año noventa y tres, noventa y cuatro, hay un giro planteando la cooperación; la posibilidad de apoyar económicamente algunas cosas concretas. Se había empezado a hacer a través del movimiento pacifista, después del referéndum de la OTAN. La Coordinadora Estatal de Organizaciones Pacifistas, la CEOP, había empezado a apoyar algunos proyectos en Nicaragua, y eso significaba recaudar dinero para mandar para allá. Gente como Arjona, que estaba en Nicaragua, planteaba también algunas necesidades concretas. Pero nuestra solidaridad era básicamente política, de transformación social y cambio político. Queríamos los cambios que hubiéramos deseado que se produjeran aquí y no se produjeron. La figura, qué se yo, de Somoza en Nicaragua la identificábamos rápidamente con nuestro dictador. A aquel lo iban a echar; nosotros no fuimos capaces de echarlo. Cuando veíamos salir a la calle a los muchachos, nosotros, que teníamos veinticinco, treinta, nos veíamos reflejados. Había toda una serie de conexiones que hacían que nos identificáramos con la vanguardia política.

En los años ochenta, el menú de los partidos de extrema izquierda, tan numeroso en la Transición, ha quedado simplificado a dos, con permiso del PCPE: el Movimiento Comunista (MC) y la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) en la que tú militas. En 1991, se fusionan, dando lugar a Lliberación, pero la cosa sale mal. Háblanos de los dos partidos, de su relación, de esa fusión, de por qué fracasa.

Nuestras relaciones eran armoniosas, una especie de unidad de acción desde el año ochenta y tres hasta el momento de la unificación. Yo, cuando entro a militar en el ochenta y seis, veo dos estructuras políticas que hacen cosas muy parecidas, aunque alguna rivalidad sí que había. Cuando aparecía gente que podía incorporarse al activismo, intentabas ganártela. Pero fuera de eso, las relaciones eran correctas, cordiales, armoniosas; y cuando se produjo la unificación, salvo un sector pequeño de la LCR que tuvo una actitud más ortodoxa, fue una unificación correcta. Ahora, una cosa es unificarse y otra empezar a andar como estructura nueva que tiene que generar una identidad nueva. La idea no era ensamblar lo viejo, sino hacer cosas nuevas. Había que dar un salto. Y eso se produce en un momento en el que están cambiando muchas cosas a nivel internacional. Ha caído el Muro de Berlín, viene la disolución de la Unión Soviética, aparecen las guerras en los Balcanes… Y ahí yo creo que la forma de pensar de cada una de las organizaciones se desarrolló por separado.

¿Cómo era cada una de esas dos formas de pensar?

Lo que más reivindica ahora el MC, su herencia, es la capacidad crítica. Ellos habían superado el maoísmo y, manteniendo la crítica al liberalismo o al anarquismo, fueron capaces de cuestionar cosas del socialismo de los países del Este, e incluso el marxismo, algo que, desde la LCR, no se veía. Nosotros ya habíamos resuelto años antes la crítica al modelo del socialismo soviético a través del fenómeno estalinista, y entendíamos lo que pasaba en el Este sin necesidad de remover unos esquemas ideológicos que considerábamos vigentes, cosa que ellos no. La gente de la LCR venía de una tradición más ortodoxamente marxista revolucionaria. Había elementos procedentes del trotskismo, había elementos procedentes de Rosa Luxemburgo, había los elementos que se incorporan al acervo de la Cuarta Internacional a partir de la Revolución cubana o la sandinista, de Mayo del 68… Y se tenía esa capacidad del trotskismo para combatir la burocracia, defender la necesidad de cambios en el Este, la importancia de la movilización de los trabajadores, pero con democracia obrera… El de la LCR era un marxismo creativo, que iba incorporando experiencias.

Pero marxismo al fin y al cabo.

Sí. Además, nosotros seguíamos pensando en un partido, y ellos empezaban a hablar más de organización como un concepto que se alejaba del modelo tradicional. Desde la perspectiva de la LCR, hay una continuidad ideológica; y desde la del MC, esa capacidad crítica que llevaba a cuestionar determinados elementos que en el mundo de la LCR posiblemente fueran más estables. Había visiones distintas sobre qué hacer en un momento complicado.

Y eso generó fricciones.

También es que el momento de la unificación no fue bueno; había un retroceso que anticipaba el momento que nos toca hoy. De todas maneras, la separación fue perfectamente amistosa. Dentro de lo que es una mala experiencia, creo que podríamos aportar cómo gestionar una buena unificación y una buena separación. Yo me quedaría con eso. Luego, habrá gente de Lliberación que decida entrar a Izquierda Unida: Emilia Vázquez, por ejemplo.

Pero tú no.

No; yo formé parte de otro sector que era más partidario de profundizar las cosas que veníamos haciendo: la solidaridad, la insumisión, los movimientos sociales… Se organizaron redes que llegan hasta hoy, con cosas como Acción en Red.

Foto: David Aguilar Sánchez

Mientras todo esto sucede, vives los ochenta ovetenses; aquella pequeña Movida, con la Santa Sebe como local de referencia. ¿Cómo recuerdas aquellos años?

A mí no me apetecía mucho ir por Cantabria, no fuera a ser que ocurriera algo y no estuviera, y eso vale tanto para el activismo político como para la movida. La apertura de la Santa Sebe fue un boom. De Madrid, hasta entonces, llegaban algunos discos: recuerdo cuando descubrí el primero de Los Secretos, por ejemplo. Y empezaba a haber alguna cosa por la radio. Cuando ibas a Madrid, intentabas enterarte de algo más de lo que podía haber por allá. De repente, podías hacer algo por aquí, y eso era la hostia. Yo, en cuanto a música, siempre fui un izquierdista muy heterodoxo. Salvo la etapa de la música andina de la Transición, nunca me gustó demasiado la ortodoxia de los Pablo Milanés, los Silvio Rodríguez… Yo soy muy de la música de la Movida. Había una discoteca en Pumarín que se llamaba Brujas, y luego pasó a llamarse Estilo, y allí, todos los viernes y sábados, venía gente de Madrid, que actuaba los dos días. Yo recuerdo haber ido ahí a ver a Poch y los Derribos Arias, a Alaska y los Pegamoides —creo que todavía no eran Alaska y Dinarama—, a Nacha Pop… Un poco más adelante, descubrí a los Pistones, que cantaban aquello de El pistolero. Luego estaban los de aquí: Los Stukas; Modas Clandestinas, que eran unos chavales de Lugones; Tino Casal, que había llegado a Londres… En aquel Oviedo había una efervescencia por la calle, que yo echo mucho en falta (ya no soy el joven de aquella época, claro, pero…), que tenía que ver con que había miles de estudiantes en la ciudad, donde había un único campus. Era todo una ebullición, un disfrutar de las libertades conquistadas. Hacíamos dobletes y tripletes. Lo que tocaba era vivir. En el Oviedo Antiguo, conocíamos los sitios a los que se podía ir, a los camareros, sabíamos la música que se ponía… A veces se cerraba y se nos decía «si queréis, seguid», y se cerraba la puerta, pero seguíamos dentro hasta las tantas de la noche. Conocías a gente que estaba, como tú, tirada en la calle. Yo hacía jornadas extras, porque nunca entré en lo que se llamaba el pasotismo; no abandoné el activismo político para poder disfrutar este tipo de cosas. Por el día tenía reuniones y cosas de estas y, por la noche, la fiesta. Cuando eres joven, puedes hacerlo… Cualquiera que hablara conmigo sabía que todo giraba de inmediato hacia la política, pero la fiesta era la fiesta.

«Hacíamos dobletes y tripletes. Lo que tocaba era vivir»

Y tenía sus peligros…

Yo, por lo menos en esa primera época, no tropecé apenas con la droga. Era la época del caballo, pero lo consumían franjas, segmentos, con los que yo, al menos, nunca llegué a tropezar. Cuando, en los noventa, la noche entre en contacto con otra droga, que es la coca, esa droga sí se va a hacer más presente. Pero en los ochenta, cuando decían: «¡Todas las noches por el Antiguo; algo terminará pasando!», a mí nunca me pasó nada. La sensación que yo tenía era que, cuando estaba en el Antiguo, estaba en mi casa. El Cechini era una prolongación de mi casa; el lugar en el que encontraba a mis amistades.

Entretanto, has ido saliendo del armario. ¿Cómo es ese proceso de asunción y expresión de tu propia homosexualidad? ¿Es algo que sabes y tienes claro desde muy pronto, tardas en darte cuenta o reconocértelo a ti mismo…?

Es complicado… Yo venía, como te comentaba, de rollos cristianos; del club juvenil aquel en Cantabria, donde hablar de sexualidad no era nada normal. La moral era muy ortodoxa. En los setenta, ya teníamos gente que nos podía pasar condones, pero era una cosa de que alguien conocía a alguien que… Eran redes. Había muchos condones en los puertos, porque los barcos los traían para meterlos de contrabando y sacarse un dinero, sabiendo que en España los condones no se podían vender. Sobre sexo, había algo de información, pero muy poca; y con el tema de la homosexualidad, mucho menos. Yo sabía desde mi adolescencia las cosas que me podían gustar, pero no podía hablar con nadie; había ese vacío. Uno llegaba a la conclusión de que, en el mundo, debía de haber dos homosexuales: Raphael, el cantante, que tanto se decía que era maricón, y yo. ¡Y encima Raphael no me gustaba, lo que reforzaba la frustración! No había muchas posibilidades de hablar de eso con nadie, no era capaz de entender que eso que me pasaba a mí le podía pasar a más gente, no había nada organizado que permitiera, por así decirlo, trasvasar discursos. Y lo que sí había eran cosas que te caían encima como una losa. Por ejemplo, que, en mis tiempos en las Juventudes Socialistas, en la Dirección Regional del partido, llegara Luis Sainz Aja, que llevaba Organización, diciendo: «¡ha desaparecido el PSP en Cantabria!», tú dijeras «¿y eso?», y te dijera: «¡Porque la policía ha detenido a Eloy Jaime por maricón!». Era el dirigente del PSP. Curiosamente, el propio Luis Sainz Aja era gay; lo supimos después: por eso debía de saber lo de Eloy Jaime. Y mira, me estoy acordando de otra anécdota. Con Peces-Barba, que también era gay.

Ah, ¿sí? ¿Reconocido?

Dicho más adelante, en los 2000. Todo el mundo lo sabía.

¿Cómo fue aquella anécdota?

En el año setenta y siete, después de las elecciones del 15 de junio, el primer lío que hay es el Caso Jaime Blanco, el diputado del PSOE. En una manifestación, hay varios detenidos o retenidos por llevar una bandera republicana. La habíamos llevado nosotros, como Juventudes Socialistas, y cuando empezó el lío se la pasamos a unos de la UJM de la ORT, a los que se llevan a comisaría. Le decimos a Jaime Blanco: «Ha pasado esto». Y Jaime Blanco va a la comisaría a interesarse y los policías lo enganchan por la pechera y le dicen: «¡Tú eres el diputado de los maricones!». Se generó un lío en el Congreso que se acababa de elegir, se montó una comisión y Peces-Barba fue a Cantabria a investigar lo que había pasado. En fin, por una cosa y por otra, te quedabas con que, si a alguien se lo tenía por maricón, ya no levantaba cabeza. En lugar de ayudarte a entenderte, te daban martillazos que dificultaban las cosas. Yo tuve que esperar al momento en que me vine a Asturias para sentirme más libre; para algo que ahora uno puede teorizar mucho mejor, que es el exilio gay.

«Te quedabas con la idea de que, si a alguien se lo tenía por maricón, ya no levantaba cabeza»

Salir del armario lejos de tu hogar, del lugar en el que está tu familia, tus vecinos…

Mucha de la gente de la generación de la que yo puedo reclamarme lo vivimos. Sí: un distanciamiento entre el núcleo familiar y el lugar donde podíamos realizar nuestra vida gay. Doscientos, trescientos kilómetros de por medio; no necesariamente irte al fin del mundo para poder ser libre, pero estar lejos. Aunque fuera duro, porque mi familia no tenía recursos como para que yo pudiera tirar de ella, y tuviera que empezar pronto a simultanear cosas de trabajo con los estudios, podías vivir a tu bola, libremente, algo que a mí me ayudó a echar el ancla aquí en Asturias, junto con la vida asociativa que había aquí y en Cantabria era más deficiente. Mi salida va a ser de manera progresiva y en Asturias. Finalmente, fue bastante menos traumático de lo que parecía que iba a ser, pero hasta que se da es complicado. Fíjate, en el año ochenta estábamos en la facultad, en la plaza Feijóo, y llegó una amiga, Pili, Pilar Miguel, de Avilés, que era del MC, a decir: «Oye, hay que repartir estos panfletos, y después, nos vamos a la Casa Galicia a tomar un ribeiro». Fuimos a toda hostia a repartirlos, pero, cuando miro el panfleto, veo que era sobre el 28-J, Día de Gais y de Lesbianas. Estaba firmado por AFA. En el momento en el que yo veo que estoy repartiendo un panfleto de gais y de lesbianas, me entró una cosa… Yo pensaba: «¡Me van a descubrir!».

La idea de «esto no lo puede repartir alguien que no sea gay», ¿no?

Claro. Yo podía tener acceso a lecturas y cosas de estas. Aunque no tuviera un entorno favorable para el rollo gay, podría haberme autoadmitido, que es una de las primeras batallas que tiene toda la gente LGTB. Lo primero es admitirte: «Soy así, y ya está». La Movida de Oviedo influye, porque empieza a normalizar determinadas cosas que con anterioridad se limitaban a alguien de Valencia, del Front d’Alliberament Gai, al que entrevistaban en Combate en las elecciones del setenta y siete, y del que tú decías «ay, pobre chaval», o a un Jordi Petit, al que yo leía cuando aparecía alguna cosa en El País o alguna revista, pero que me parecía algo muy lejano; algo en lo que me resultaba difícil reconocerme, encontrar el ánimo para dar el paso. En Oviedo, vas conociendo gente y montas un turno gay oculto en el Topu Fartón, que es uno de los embriones de XEGA.

¿Un turno gay oculto? ¿Cómo es eso?

En el Topu Fartón podíamos llegar a trabajar ciento y pico personas, y tú sabías que había siete que venían del COSAL, cinco que eran de no sé qué, tres que venían de un comité de empresa en el que había un colega que había traído a dos conocidos, cuatro que venían de AFA… y los amigos de Tino. La Movida, ya digo, ayudó. Pero a mí no dejaba de parecerme que aquello no iba a ser fácil de congeniar con toda mi parte política. Ensamblar las dos facetas me costó trabajo. Las ensamblo a principios de los noventa, cuando montamos XEGA, pero el proceso de ensamblaje puede llevar del ochenta y cinco al noventa, y la autoaceptación, del ochenta al ochenta y tres. La homofobia genera unos nudos que a veces son difíciles de desentrañar. No siempre eres capaz de seguir bien la cuerda para desmontar el nudo. Es verdad que yo tampoco tenía una necesidad especial: estaba continuamente de aquí para allá, con viajes, con charlas, con no sé qué. No fue algo que me generara más trauma que el hecho de decir «no fui valiente en un momento determinado». Mucha gente nos dice que fuimos muy valientes cuando montamos XEGA, pero yo lo pienso y digo: no fuimos nada valientes. Habríamos sido valientes de haberlo hecho en el ochenta, no en el noventa. En el noventa, fuimos exploradores: nada más. Exploramos el terreno en Asturias, pero el terreno lo había abierto otra gente mucho tiempo antes.

Foto: David Aguilar Sánchez

Me han contado que sueles decir que piensas que tardar en salir del armario te pudo librar del sida.

No, no el tardar, sino el hecho de estar muy politizado; de leer cosas. Yo, desde el comienzo, descubro que hay una enfermedad que afecta básicamente a la población gay. Era la época aquella de las cuatro haches, que llamaban:homosexuales, heroinómanos, hemofílicos y haitianos. Yo, desde el ochenta y tres, ochenta y cuatro, ya controlo cosas del sida, y esa vida gay más promiscua intento, no controlarla, porque controlarla significaba no ligar, pero vivirla tomando medidas de protección. El tema de los preservativos lo tuve claro desde muy pronto. Había otra gente que no. En el momento en el que fundamos XEGA, en el año noventa y dos, estaba muriendo gente. Yo recuerdo a gente de principios de los noventa que se murió en un plazo de tiempo corto en una ciudad como Oviedo, donde el ambiente gay era un ambiente limitado. No te hablo ya de quienes marchaban fuera y volvían de haber vivido las noches salvajes, les nuits fauves, de Madrid o Barcelona, sino de los que se quedaron en Oviedo. En Estados Unidos, buena parte de los que habían sido líderes de aquel movimiento gay de los setenta y ochenta caen como consecuencia del sida; hubo un descabezamiento y que generar movimientos nuevos. Apareció un grupo que se llamaba Act Up, todo gente nueva, muy cabreada con el tema del sida. La enfermedad se llevó a miles por delante, y entre esos miles estaba buena parte de los activistas de los setenta. Pero a mí la politización, los libros, las lecturas, ser un instruido, ser un letrado, igual que me hicieron racionalizar el tema de las drogas, pensar «las drogas pueden estar bien para una fiesta siempre y cuando se queden solo en una fiesta, y cuando las necesitas para algo más que una fiesta, eso es algo que se está complicando», me hicieron racionalizar este. Desde el comienzo, hablaba con la gente y le decía: «Hay que tener cuidado con esto». Hombre, la posibilidad de haberlo pillado claro que la tuve. Librarte de entrar en contacto con el sida es algo muy pretencioso. Hay veces en que uno entra en contacto con cosas aunque no quiera, aunque haga todo lo posible por evitarlo.

Hace unos meses, en Twitter, hubo un trending topic muy interesante y muy bonito a cuenta del éxito de la serie Heartstopper, una historia de amor adolescente entre dos chicos. Gais y lesbianas de todas las edades empezaron a compartir imágenes de series y películas que les habían marcado comentando: «Este fue mi Heartstopper». ¿Cuál fue el tuyo; esa película, esa obra de arte, ese libro, ese personaje, que contribuyó a tu autoadmisión?

No lo sé (risas). Nunca vi mucho la tele. Al cine sí fui mucho, pero… Hombre, si se trata de lecturas, hay algunos artículos importantes. Mencionaba antes a Jordi Petit. Hubo un par de artículos suyos, no en una revista LGTB (yo estaba suscrito a la que sacaba EHGAM en Euskadi, a la de la FAG en Cataluña…), sino en una de movimientos sociales que se llamaba A Priori, que fueron importantes para que yo dijera: «Esto se puede politizar; con esto se pueden hacer cosas». Estoy pensando también en un artículo que salió en El Viejo Topo en el setenta y siete, setenta y ocho…, sobre la moral judeocristiana y la represión gay. Lo habían escrito dos argentinos que se habían exiliado: Héctor Anabitarte y Ricardo Lorenzo; un artículo que utilizamos mucho años más tarde, cuando hicimos un artículo muy sonado sobre el Quinto Centenario y la introducción de la moral judeocristiana entre la población indígena americana. Aquel artículo, a mí me influyó, pero ¿series…? Nunca fui muy televisivo.

Bueno, el boom de las series es reciente. La gente de tu generación, cuando le preguntan por esto, suele decir alguna película. Javier Martínez Andrade, a quien le hice la misma pregunta, mencionaba Another country, una película de principios de los ochenta, en la que se enamoran dos chicos de clase alta en un colegio inglés. La importancia del arte, ¿no?, de películas que hablen de uno; que, en el caso de un gay o una lesbiana, no sean una historia de amor heterosexual que le pueda parecer muy bonita, pero no le llegue al corazón de la misma manera.

Entiendo, sí: yo sé qué soy gay y no hay nada que me informe sobre esa condición, pero dicen que hay una película en la que hay no sé qué guiño, así que voy rápidamente a ver si me puede ofrecer algo. Yo, cuando leí el artículo aquel en El Viejo Topo, descubrí que el héroe de la épica sumeria en la epopeya de Gilgamesh es gay, y se lo dice a su madre. Dije: «Esto tengo que leerlo yo». Pasolini también es importante en ese sentido, porque en su cine, en el cine italiano en general, hay muchos guiños, pero claro: la muerte de Pasolini es tremenda, y en lugar de ayudarte, lo que te transmite es que aquello es terreno peligroso. Muerte en Venecia… Ves la película, lees el libro… Pero lo haces desde una especie de distanciamiento; un no creerte que lo que eres puedas llegar a vivirlo.

«Pasolini es un referente importante, pero su muerte es tremenda, y, en lugar de ayudarte, te transmite que aquello es terreno peligroso»

En diciembre de 1992, eres cofundador Xente Gai Astur (XEGA), colectivo pionero en Asturias, donde aún no existía una asociación gay de referencia. ¿Cómo fue el proceso de su fundación?

Hay una serie de precedentes. La primera actividad que hacemos de repartir material que tiene que ver con el rollo LGTB es con el COSAL, en una actividad sobre Cuba. Repartimos un panfletito. La gente del COSAL, cuando nos vio, flipó. Nosotros decíamos: «Sí: vamos a abrir este espacio nuevo».

Este melón (risas).

Sí (risas).

¿Os pasó lo de Pride?

Huy, yo cuando vi Pride me emocioné, claro. ¿A qué te refieres?

A toparos, en un territorio con un movimiento obrero y una cultura de izquierda muy potentes, con la incomprensión de ese mundo, o de una parte de ese mundo, en la que el reverso tenebroso de la revolución era una moral muy conservadora: machista, homófoba… Las primeras mujeres que entraron en la mina lo pasaron muy mal. Y también podemos pensar en el imaginario cubano de los barbudos, muy masculino, muy de una virilidad heterosexual desbordante, hasta el punto de que se llegaron a crear campos de concentración para homosexuales. Yo tengo una pariente en Francia, militante comunista desde hace décadas, que dice que Macron es mal presidente porque es un «mediohombre»: la mujer está convencida de que es gay. Jacques Duclos tuvo aquel debate, en Mayo del 68, con un líder del movimiento homosexual, en el que acabó diciendo enloquecido que el PCF estaba libre de degenerados. A Pasolini lo expulsaron del PCI, a Gil de Biedma del PCE… ¿Os topasteis, aquí en Asturias, co esa cultura?

Digamos que topar en el sentido de encontrar un muro y tener un broncón, no. La gente ya iba entendiendo las cosas nuevas y los cambios, y, aunque lo pensara, no lo verbalizaba, no lo exteriorizaba. Ahora, la generación anterior… Yo, en el año noventa y cuatro, estaba haciendo el trabajo de Los comunistas en Asturias, aquel proyecto de Paco Erice, entrevisté a Pieycha, y… ¡uf!

¿El escultor?

Sí. Venía del PCE (VIII-IX Congresos). Era gay. Y cuando te explica cómo llevó ese mundo que Eduardo Abad llama ortodoxo todo lo que tenía que ver con la orientación, es tremendo. No me gusta comentarlo mucho, porque da la sensación de que estás martilleando a determinada gente, pero el hecho es que fue así, y conviene que lo recordemos de vez en cuando. La idea era que una persona honorable solo podía ser heterosexual, y el dirigente tenía que ser más heterosexual; tenía que identificarse con una familia que sufría, que le protegía, que estaba detrás… Y el hecho de que hubiera gente que pusiera en cuestión los valores del dirigente, diciendo que podía ser que fuera homosexual, dividió a aquella organización entre quienes acusaban a Pieycha y quienes defendían al compañero porque sus valores eran los buenos y había gente que lo difamaba.

No lo defendían diciendo que era legítimo ser homosexual, sino diciendo que no lo era. Ser homosexual seguía siendo, en todo caso, una mácula.

Claro. Y acabaron con agresiones, a puñaladas, ¿eh? Eso, en mi época, estaba muy reciente, pero ya había pasado. Cuando te lo contaban en el noventa y tres, noventa y cuatro, decías «¡me cago en la hostia!», pero ya no te lo tropezabas. Podía haber dudas, podía haber suspicacias, pero también había una mala conciencia. No me acuerdo ahora mismo quién de Izquierda Unida era que… ¿Laura González, quizá? Era alguien mayor que decía: «Con esto que estamos haciendo hoy, estamos limpiando nuestra historia. Algo hicimos mal, pero ahora nos ponemos donde tenemos que ponernos, al lado de quienes tenemos que ponernos».

El PCE, hay que decirlo todo, acabó siendo un partido pionero en abrazar la reivindicación LGTB.

Sí. Y nosotros, ya digo: no nos tropezamos con el «no queremos a esta banda de maricones, que degeneran». Ya se había avanzado. A eso me refiero cuando digo que fuimos poco valientes. Si lo hubiéramos hecho en el ochenta, podríamos decir que empujamos para cambiar las cosas, pero en los noventa nos beneficiamos de cosas que ya se habían hecho antes.

Foto: David Aguilar Sánchez

Mencionabas antes el V Centenario. XEGA se funda el mismo año y se presenta el 1 de diciembre, Día de la Lucha contra el SIDA, apadrinados por Jordi Petit. Y el V Centenario tiene que ver con ello.

Desde el año ochenta y siete o así, hay una apuesta fuerte del PSOE con el tema del Quinto Centenario, del «Encuentro entre Culturas». Desde el movimiento social apareció una propuesta alternativa que consistía en decir que aquello, más que un encuentro, había sido un encontronazo; que lo que se iba a conmemorar era la primera mundialización capitalista, con una visión neocolonial. Hay una respuesta muy crítica, y hay un artículo de Eduardo Galeano que sale en El País y que se titula «Nada que celebrar», en el que, entre otras cosas, comenta que la conquista acabó con la libertad sexual de los indígenas y significó la imposición de la moral heterosexista. Eso nos hizo pensar en la posibilidad de hacer un artículo sobre América en la línea de aquel de El Viejo Topo sobre cómo el judeocristianismo se había impuesto frente a la cultura tradicional de los sumerios, donde había una visibilidad; del Egipto de los faraones, donde de vez en cuando uno se encuentra con jeroglíficos e imágenes escandalosas, igual que en el románico… El resultado fue un artículo de José Manuel González y mío que salió publicado en muchos sitios, en muchas revistas de colectivos LGTB, y nos llamaron para hacer charlas por media España. Recuerdo un cartel vergonzante en Madrid, de una campaña que era Mari, quita el 92.

Ja, ja, ja.

Se organizaron varias charlas, y una era la nuestra. En el cartel decía: «Habrá una intervención de dos personas: José Manuel (León) y Tino (Asturias)». Eso que ahora es una vergüenza pasaba en el noventa y dos.

¿El camuflaje de vuestra identidad?

Sí. Era el resultado de un armario mal llevado en el contexto asturiano, que es un contexto muy especial. Si hubiera sido un contexto más abierto, posiblemente hubiera habido gente que hubiera montado antes un colectivo LGTB. Tenía que ser gente joven, y tenía que ser gente politizada, y a nosotros nos decían: «Si no lo montáis vosotros, ¿quién va a montarlo?». Nosotros decíamos: «Pues yo no». Había una contradicción que había que resolver, y para resolverla fue muy importante Adolfo Saro.

Por Adolfo Saro, que en paz descanse, y su papel te iba a preguntar.

Adolfo era de una generación más joven que la mía y ya no tenía ningún prejuicio. Con él, la politización ya estaba hecha. Él aportó la visión pragmática del mundo de Izquierda Unida; el «vamos a utilizar las instituciones para lanzar esto». Estaba en el Conseyu de la Mocedá, del que acabó siendo presidente. Y fue una fuerza de tracción tremenda. La primera vez que convocamos un 28-J, delante del Campoamor, había un pánico escénico de la leche. Era un salto al vacío. Nos mirábamos unos a otros diciendo: a ver qué va a ocurrir, a ver quién va a hablar en los medios… Pero salió bien. Toda la izquierda política y social estuvo allí, y el sentirse arropados fue muy alentador. En cualquier sitio al que íbamos, se nos mimaba mucho. A nivel estatal, había un periodo de retroceso y de divisiones. Jordi Petit había intentado montar una cosa que se llamaba Iniciativas Gays, que no había llegado a cuajar. Nosotros nos planteamos que queríamos ser una cosa intermedia entre la reivindicación y los servicios a la comunidad LGTB.

XEGA se funda en un momento en el que el movimiento de solidaridad internacional del que venías también tiene que reinventarse: caída del Muro de Berlín, colapso de la Unión Soviética, derrota sandinista…

En el ochenta y nueve está la segunda ofensiva final fallida del FMLN en San Salvador, tras el cual se llevan a cabo negociaciones de paz que suceden a las de Esquipulas, que dan como resultado las elecciones en Nicaragua. La posibilidad de una revolución como la sandinista se cierra y hay que pensar cosas nuevas. Es cuando se empieza a abordar la cooperación. Viene la movida del 0,7% del PIB, las acampadas, todo aquel tinglao, aparecen las oenegés, y en ese contexto es lo del Quinto Centenario, que también coincide con el momento en el que el modelo de transición española se exporta a Chile. Llega lo de los mapuches, empezamos a entender las cosas de Guatemala de otra manera, desde la perspectiva de la población indígena, que es mayoritaria y está excluida… XEGA coincide con el momento en el que se producen todos esos cambios, sí. Emerge lo de Chiapas, con una nueva forma de plantear las cosas, con asiento indígena; encontramos la sustitución de los sandinistas por los kurdos como referente… Seguíamos con la cabeza en una línea de vanguardia política, pero hay una renovación, un reciclaje. Yo, a partir del noventa y nueve, me vuelco en lo LGTB, porque hay una ola ascendente que marca una necesidad cada vez mayor de hacer cosas relacionadas con eso.

Los fundadores de XEGA erais todos de fuera. Jordi Pascual, de Barcelona; Julián Alonso, extremeño; Adolfo y tú, cántabros; José Manuel González, leonés.

Siempre lo comentábamos. El primer coordinador (no teníamos secretario general, ni presidente, sino coordinador, que es un nombre que viene del momento en el que estaba Izquierda Unida) es Jordi Pascual; el segundo Adolfo Saro, el tercero Julián Alonso, el cuarto José Manuel González, y el quinto yo. El primer asturiano de pedigrí que sale, en el sentido de que hace declaraciones de manera permanente, es Javier Andrade, con el rollo cristiano, y es en la época de José Manuel. Eso no quiere decir que no hubiera gente de aquí. Claro que la había: muchísima. Hicimos muchos ejercicios de visibilidad. Hubo un 28-J en el que, en El Comercio, salimos como quince con una foto pequeña diciendo cosas, y una foto de familia en La Escalerona, en Gijón. Lo que no era capaz de salir era una persona que, durante un año o dos, se comprometiera a hacer de cara pública, de referente cara a los medios y cosas de estas. Pesaba mucho todavía la cosa de que no dejabas de tener una responsabilidad. Si tú sales del armario, sale toda tu familia de un modo u otro.

Meter en un marrón a tus padres, a tus hermanos, etcétera, a los que la gente les dirá cosas, ¿no?

Claro. Recuerdo, por ejemplo, que en la primera junta directiva de XEGA, alguien que se iba a dedicar a la biblioteca dijo: «La semana que viene os lo confirmo». Y la semana que viene, ¿qué nos contó? Que se lo había dicho en casa a tu madre y que un disgusto de la hostia, que… Ese peso, esa responsabilidad, es muy complicada. Un 28 de junio, un poco antes de aprobarse la ley del matrimonio igualitario, salimos por Telecinco, y por lo que me cuentan en casa, mi hermano, mi cuñada y unos amigos iban a hacer una barbacoa, y mi sobrino, muy pequeño, señaló la televisión porque estaba saliendo yo. De repente, obligué a que saliera del armario a toda mi familia: «Sí, es que mi hermano es gay…». Ese tipo de cosas limita. Me estoy acordando también de un chico joven que llegó a XEGA buscando a sus iguales. Froi. Encontró a sus iguales, empezó el proceso de reforzamiento y autoaceptación. Un día nos dijo: «Voy a decirlo en casa». Le dijimos: «Bueno, dilo en casa si quieres, pero piensa que ni estás obligado, ni es necesario; piensa en la posibilidad de que puedas tener algún lío». «No, no, no: mis padres estuvieron trabajando fuera, es gente liberal, votan al PSOE. No va a haber ningún problema». Al cabo de quince días, llega Froi diciendo que los padres, un disgusto de la hostia, que no lo entienden, que tal y que cual. Al cabo de un mes y pico, lo que le dijeron fue que se fuera a vivir a un piso de estudiantes. De alguna forma, lo echaron de casa. La homofobia es muy transversal. Sí, tú podías votar al PSOE, pero era tu hijo. Eso lo vimos mucho en los años noventa. Amortiguado ya, sí, pero la homofobia, que al fin y al cabo era la resistencia a entender cosas nuevas, era muy fuerte. Ante las cosas nuevas, hay dos opciones: el «no quiero saber nada» o el explorarlo. Y siempre hay gente refractaria; siempre hay gente que no quiere explorar nada nuevo.

«La homofobia es muy transversal. Sí, tú podías votar al PSOE, pero era tu hijo»

De Asturias también hay que decir lo bueno: fue un espacio de liberación para mucha gente LGTB del norte de España; de León, de Palencia… Gijón particularmente.

El fenómeno LGTB es un fenómeno urbano, y uno busca ciudades en las que encontrar a sus iguales. Los referentes siempre han sido Madrid y Barcelona, y no es por casualidad: la concentración de gente, de población, hacía que incluso en el franquismo se desarrollaran cosas, redes, tal. Uno va buscando su sitio. Y sí: Gijón, por las características de la ciudad, más popular, más de izquierdas, más abierta, por ser la ciudad grande de Asturias, por el verano…, tenía una especie de logo, un copyright. Mucha gente venía. Había una determinada movida, un determinado ambiente, sitios emblemáticos. Cuando pasabas por Gijón, había que ir al Eros, donde estaba Di Carlo, Nacho, que era —es— una persona encantadora, entrañable, con un sentido del humor que se llevaba a todo el mundo. Era algo que venía de la Transición, que eran las actuaciones de travestis y cosas de estas, que se habían refinado. Gijón, en ese sentido, era el referente.

Rambal…

Lo que pasa con Rambal es… Tengo la sensación de que el mito se está construyendo ahora. Durante muchísimos años, yo no oí hablar de eso, y ahora oigo hablar mucho, lo que me lleva a la idea de que estamos construyendo un mito; un mito que se fundamenta en algo; en una persona que tenía una determinada imagen, un determinado reconocimiento en el entorno, y además un final trágico que está abierto. Se dan todas las condiciones para el mito. Pero yo, en los noventa, no oía hablar de Rambal. Ahora bien, sí: Rambal sería un exponente, en tanto que persona divertida, carismática, que hacía un espectáculo, de eso que, en los noventa, encarnaba la figura de Di Carlo. Había muchos más. No era el único, y no era el primero. En Oviedo lo había habido a principios de los ochenta en un sitio que se llamaba el R3, que era un local que estaba en la plaza de Riego. El esplendor de Gijón es en los noventa, con un circuito gay que tiene muchas cafeterías y sitios donde tener una comunicación. Había discotecas que no necesariamente eran discotecas de ambiente, pero en las que había una barra en la que todo el mundo sabía lo que había, caso del Tik. El verano, sobre todo, era muy especial en Gijón.

Foto: David Aguilar Sánchez

Los noventa y los primeros dos mil son una década y media de pasos importantes en la visibilización del colectivo LGTB y la dinamización de su causa: se crea FELGTB, abre Berkana, se empieza a publicar Shangay, se celebra en Chueca el primer desfile de carrozas, se aprueba la unión civil, Miquel Iceta se convierte en el primer político de cierto nivel abiertamente gay… Pero también son quince años que comienzan con el asesinato de Sonia Rescalvo, acaban con la lesbofobia que lleva a la cárcel a Dolores Vázquez y por el medio tienen el terrible Caso Arny. Lo que decías antes: fuerzas que te sacan del armario y fuerzas que te meten en él contendiendo, ¿no? ¿Cómo vives, vivís, todo esto?

Inevitablemente, todo movimiento social que surge con la idea de transformar lo existente y acercarnos a un horizonte emancipatorio se tropieza con un rechazo mayor, menor, más o menos violento. La cultura autoritaria, nacionalcatólica, alguna huella tenía que dejar. El Caso Arny nos afectó mucho, porque se hablaba de menores, y en XEGA teníamos un peso grande los que estábamos en enseñanza. Decíamos: «Buf, cualquier día de estos van a empezar a decir que nos estamos dedicando a reclutar entre el alumnado, y entre menores». Nos preocupaba mucho y fue una de las cosas que nos llevaron a plantearnos la necesidad de algún tipo de material didáctico, que permitiera normalizar esto. Tardamos un tiempo, pero antes de que se aprobara el matrimonio igualitario ya habíamos sacado una guía para trabajar con el alumnado la transexualidad, el lesbianismo, la homosexualidad, la homofobia, la presencia de los gais y las lesbianas en la historia, la represión —y ahí aparecían la Inquisición, el estalinismo y otra serie de cosas—… La parte negativa estaba presente, y entendíamos que nos iba a tocar dar respuestas de un modo u otro. Se la dimos a casos concretos, aunque aquí, en Asturias, no hubo muchas agresiones; no hubo asesinatos ni cosas de esas. Otra cosa es a nivel de Estado. A nivel de Estado, creo que, como movimiento, se dieron las respuestas que correspondían a cada una de las ocasiones. Desde la izquierda en general, creo que las respuestas que se dieron a estas cosas fueron más o menos adecuadas, con la salvedad de que el caso de Sonia [Rescalvo], transexual asesinada en Barcelona, no generó la reacción que generó lo de Lucrecia Pérez, de donde sale el Movimiento contra la Intolerancia. Nosotros dimos mucha importancia a la relación con la prensa; a ganarse a los medios de comunicación. No quiero patrimonializar este tema: era algo, la pedagogía con el personal periodista, que se hablaba en los encuentros estatales, que funcionaban muy bien, y de donde va a terminar saliendo la Federación Estatal. Todo esto coincide con cambios que no son solamente aquí, sino a nivel internacional. Antes hablábamos de series. Hubo una a finales de los noventa, Queer as folk, que fue muy importante. Cuando llegue el matrimonio igualitario, la pasarán en Televisión Española, pero nosotros ya sabíamos de ella y del tipo de relaciones que salían ahí: la familia retrógrada, el vecindario retrógrado, la policía a la que tú ibas a decirle algo y no te respondía como tú necesitabas…

También hubo una serie española que fue, vista en perspectiva, muy importante, muy útil para normalizar esta cuestión: Aquí no hay quien viva, con el personaje de Mauri. Parece una cosa tonta, pero no lo fue para nada. La televisión es el púlpito moderno.

Sí, sí. Mauri abrió un espacio que no se ha cerrado. Lo decíamos entonces: si nosotros estamos presentes en toda la sociedad, ¿por qué hay lugares en los que no aparecemos? En el cine podía haber ya cosas: en los noventa hay muchas películas que anteriormente no había, y eso ya es un elemento de cambio, pero en la televisión española, Mauri fue el primer personaje permanente y protagonista, no secundario, de una serie de masas. Contribuyó mucho a asentar la imagen de que somos muy normales, como cualquier familiar, como cualquier compañero o compañera de trabajo, como cualquier vecino.

Era un personaje realista, con sus neuras, sus manías… No era un héroe, ni un personaje trágico, sino un señor normal y corriente.

Y al mismo tiempo era tierno. Tenía una personalidad que sintonizaba muy bien con la gente normal. Hasta ese momento, cuando aparecíamos en las películas, estábamos llamados a ser una tragedia: o moríamos de sida, o éramos víctimas de un asesinato, o, si no, éramos unos personajes estrafalarios; lo estrafalario iba necesariamente asociado a lo LGTB. Mauri era normal y ahí estuvo su éxito. En fin, creo que, desde el movimiento, lo hicimos razonablemente bien, y una cosa como el Caso Arny, que podía haber acabado con la vida profesional de Jesús Vázquez, no acabó con ella.

«Mauri era normal, no un personaje destinado a ser una tragedia, a morir de sida, a ser víctima de un asesinato, ni un estrafalario»

¿Tú has sufrido casos desagradables personales de homofobia?

No. No, no. No he tenido mayores problemas. También es verdad que siempre estuve rodeado de un círculo bastante amplio de gente de izquierdas. En mis círculos de socialización y festivos, eso no estaba presente. No he tropezado con una homofobia brutal. Pero sí he sido consciente de que, allá donde yo llegase, podía haber comentarios, y cuando estás mucho tiempo anclado en un sitio… Estuve dieciocho años dando clase en Pravia, y sabía que en Pravia se hablaba de que había un profesor que salía en los medios. Alguna cosa llegaba. Pero la reacción que percibí siempre fue: «Mira, puede ser lo que sea, pero si es buen profesor…». Siempre tuve la sensación de que se me consideraba, no sé si correcta o incorrectamente, buen profesor, correcto, responsable, y, por así decirlo, club de fans entre el alumnado. No puedo quejarme. También es verdad que tengo una imagen, como hay quien me decía en el ambiente gay, muy heterosexista: «Si tuvieras pluma…», me decían. «Tienes una imagen heteromorfa», me decían. Lo último que alguno se puede imaginar es que seas gay, y eso te invisibiliza, que es lo que, durante siglos, ha permitido sobrevivir en unas condiciones en las que no podías mostrar tu orientación fuera del círculo estrictamente necesario.

Foto: David Aguilar Sánchez

Por las mismas fechas que XEGA, se funda el Coleutivu de Feministes Llesbianes d’Asturies. Apenas existían colectivos mixtos en aquel entonces, ¿verdad?

Se funda antes, aproximadamente medio año.

¿Había reticencias a las acciones comunes, enemistad entre los colectivos de gais y los de lesbianas…?

Unirnos no fue especialmente fácil. El Colectivo de Feministas Lesbianas se formó aquí en Gijón, a partir de un grupo de chicas jóvenes que tenían vinculación con algo que existía a nivel estatal; una coordinadora que venía de hacer trabajo dentro de lo que era el movimiento feminista, me atrevería a decir que con lo que los americanos llaman separatismo lésbico. No sé si las compañeras del Colectivo de Feministas Lesbianas (ahí estaban Ángela Mayor, estaba Marlén, estaba la compañera de Marlén, que ahora no recuerdo cómo se llama…) bebían del feminismo de la diferencia o del feminismo de la igualdad, que ya sabes que son corrientes que marcan agendas distintas dentro del movimiento feminista, pero sí tengo claro que su único interés tenía que ver con el movimiento lésbico y el feminista. Nosotros, en XEGA, nos llamamos gais porque había una cosa lésbica. Nunca dijimos que no pudiera haber lesbianas, pero cuando alguna se ponía en contacto con nosotros, la derivábamos hacia el Colectivo de Feministas Lesbianas. Nuestras relaciones eran cordiales, pero distantes. No fueron enemistosas, ni mucho menos: quienes montamos XEGA siempre dijimos que las feministas, una vez más, se nos anticiparon; que se organizaron antes. Era un hecho verdadero. Y yo, viendo las dificultades que nosotros teníamos, siempre pensaba en las de las compañeras del Colectivo de Feministas Lesbianas, en cómo tenía que ser explicarse ante la prensa en una situación de menor visibilidad y mayor incomprensión. No nos llevábamos mal, ya digo, pero las relaciones podían haber sido más fluidas. Cuando íbamos a hablar con las instituciones para pedir ayuda para alguna campaña o lo que fuera, siempre nos decían: «Pero tenéis que hacerlo con las lesbianas». Y a nosotros nos tocaba decir: «A ver si las convencéis». Por nuestra parte, no había ningún problema, pero tenían que ser ellas quienes lo vieran. Desde sus presupuestos ideológicos, no veían el trabajo mixto, cosa que yo respeto, lo compartiera más o menos. Si políticamente tengo que respetar que en Cataluña quieran hacer un Procés y un no sé qué, ¿cómo no voy a respetar esto? De todas maneras, aquello, por lo que sea, tuvo un recorrido limitado; unos cinco años. Y todo lo que pudo llegar con posterioridad se integró de manera efímera en XEGA, y digo «efímera» porque hubo varias generaciones de chicas que intentaron hacer cosas, pero nunca consolidaron un grupo específico de trabajo.

Hay recelos comprensibles. Se habla a veces del machismo gay; de cómo la mayor visibilidad de los hombres, la educación tradicional que a nosotros nos hace hablar y a ellas callarse, etcétera, hace que, dentro del movimiento LGTB, muchas veces acaben siendo los hombres quienes lleven la voz cantante.

A ver. El machismo existe, está presente, y todos nos hemos educado en él. Yo recuerdo alguna gracia en algunos locales —de Madrid, no de Asturias— en los que, a la entrada, decía: «Chochos no». Separatismo masculino: la cosa más absurda. A veces ha habido incomprensión, no solo hacia lo lésbico, sino hacia todo lo relacionado con el mundo de las mujeres. En Asturias, repito, yo esto no lo he visto, ¿eh? Pero es algo que puede aparecer, y hay que plantear medidas que lo eviten. Desde la Federación Estatal y los colectivos, en los encuentros estatales siempre intentábamos que hubiera mujeres: estoy pensando en Boti [García Rodrigo] en Madrid, en Luisa Notario, del colectivo Lambda, en Valencia… En Cataluña, Jordi Petit siempre aparecía con alguna mujer. Cuando tú eres consciente de eso, tomas medidas para contrarrestarlo. En la federación ha habido mujeres presidentas, y las ha habido en el momento en el que la oleada de machirulos podía haber sido más avasalladora. Pero cuesta, cuesta. Al final, éramos mayoritariamente varones, y también gente de extracción universitaria.

El elemento obrero también hay dificultades para visibilizarlo, ¿verdad?

Para convertirse en un referente capaz de elaborar propuestas políticas, de defenderlas, de debatirlas y todo el tinglao —en un cuadro, en una palabra— hace falta una formación básica, y eso es mucho más fácil que sea el resultado de una extracción universitaria que de una obrera. Me estoy acordando, por ejemplo, de un peluquero de Olloniego. Él probablemente no podría expresar determinadas cuestiones; le faltarían elementos conceptuales. Todo esto genera una especie de selección natural que sobrerrepresenta a los blancos, a los varones, a los de extracción universitaria; que hace que acaparen la imagen del movimiento; que nos convirtamos en la burguesía de la colectividad LGTB. Pero hemos intentado, en la medida de lo posible, que eso no se diera, yo creo que con relativo éxito. Otra cosa es que, situado el tema de gais y lesbianas, incorporemos a los transexuales. Ahí tenemos más dificultades. Pero el coordinador de XEGA que vino detrás de mí es Mané [Fernández Noriega]. Fuimos el primer colectivo que tuvo un presidente transexual masculino.

¿En toda España?

Sí: de todos los colectivos. Transexual masculino. Casi todos los transexuales visibles eran femeninos; lo nuestro era todavía más difícil. Luego uno piensa que es más fácil ser transexual masculino, que pasa más desapercibido, que transexual femenino; a las transexuales femeninas les es más difícil conseguir una imagen, por así decirlo, asimilable, sin que rechine nada. Como los varones somos los reyes de la creación, un transexual masculino sí pasa desapercibido. Tenemos asignaturas pendientes todavía con el tema trans.

Foto: David Aguilar Sánchez

Encontré, en un viejo artículo de Xuan Bello sobre XEGA, una cita de Horacio: «Nada impide decir la verdad riéndose». La importancia o la legitimidad de la fiesta; de las formas festivas de reivindicación. En la izquierda, esto no siempre se entiende bien, y hay una homofobia latente que carga contra el Orgullo con esta excusa en la que yo veo otro resto de moral judeocristiana: la ascesis, la idea de que mientras no hagamos la revolución pendiente no podemos pasárnoslo bien.

Nos mortificamos, tenemos que ser apóstoles, hacemos apostolado… Todo eso, sí. Antes hablábamos del momento álgido de Gijón en los años noventa, de la fiesta, del Eros. Había otros locales, y nosotros, en XEGA, trabajábamos con todos ellos: los pubs, las saunas… Todavía no se habían abierto librerías. Pero el Eros era especial. La fiesta, sí. Y lo que ahora llaman resiliencia: convertir lo negativo en positivo; armar una visión más optimista, cargada de sentimientos positivos, de humor… En XEGA, teníamos una reunión a las siete u ocho de la tarde, acabábamos a las dos o tres de la mañana y nos íbamos de fiesta, pero seguíamos hablando de cosas que tenían que ver con la reunión: hacer esto, hacer lo otro, pero en un ambiente en el que integrabas a uno que acababa de llegar, que no conocía a nadie y que te contaba sus dramas, su proceso de autoaceptación, sus líos en el trabajo, con la familia… Hay alguna anécdota. Estudiante de Pravia al borde de la mayoría de edad: si le daba yo clase, tendría diecisiete años. Con un intento de suicidio en el que yo vi perfectamente lo que había, y resultó que era así: una homosexualidad no admitida. Hay que hacer que hable, pero no puedo ser yo, y entonces, a la orientadora del instituto, le digo: «Tienes que preguntarle esto». «¿Cómo voy a preguntarle yo?». «Tienes que preguntárselo. Es fundamental». Haciendo de tripas corazón, la otra finalmente le pregunta, y la respuesta es «sí». Ahora hay que hacer que se ponga en contacto con XEGA. Yo digo en XEGA: «Este chico va a llamarnos por teléfono, hay que ver quién lo atiende, tiene que ser alguien joven». Le haces esa envolvente y el chaval viene a XEGA, donde nosotros utilizábamos el concepto de salir de safari. El safari era salir de fiesta e integrar a gente nueva que no conocía y que necesitaba conocer, saber adónde ir, dónde hablar con gente que fuera como él. Siempre había gente nueva. Y nosotros les decíamos: «Podéis encontraros con gente a la que conocéis y de la que no os lo podéis imaginar, pero, si están aquí, son como vosotros, así que no pasa nada; podéis hablar con normalidad. Si alguien quiere ligar contigo y no te apetece, le dices que no, y no pasa nada: que busque a otra persona». En el caso de este alumno, efectivamente: encontró al panadero del pueblo (risas). Y como estábamos de fiesta, se dedicó a seguir al panadero del pueblo, que debía de estar aterrorizado diciendo: «¡Mañana lo va a saber todo el pueblo!». El panadero huyendo y este detrás (risas).

Ja, ja, ja.

Pues bueno, al final esta historia se interiorizó con muchas risas. Esto es anecdótico, pero habla de la utilidad de la fiesta. Por supuesto, hay de todo: hay gente que no se cae bien, hay todas las reacciones humanas cotidianas que te puedas imaginar, hay las maricas malas que te hacen la vida imposible o te buscan las vueltas y todo eso. Pero en la fiesta cuatro, seis, equis personas en condiciones de soledad, de sensación de opresión, se encuentran y, en ese entorno más relajado, más amistoso, más amical que dicen los franceses, más divertido, es más fácil que lo que pongan en común no sea el llorar, sino los elementos positivos. Quienes intentan desprestigiar y no reconocer al movimiento por la derecha, el PP y demás, dicen: «Eso no es política: ustedes están hablando de sexo; ustedes no hacen una manifestación, están haciendo una cabalgata, una mani-fiesta». Esto, en la época de Ana Botella en Madrid y los primeros momentos del matrimonio igualitario, se daba mucho, y tuvimos que darle la vuelta: efectivamente, hacemos una mani-fiesta, pero, si solamente fuera fiesta, se podría salir todos los días del año, y, sin embargo, solo se sale un día, y solo se sale un día porque detrás hay una organización política y un objetivo político. Yo puedo tener una visión discrepante con respecto a todo lo que se mueve en la manifestación de Madrid, pero, con toda la comercialización que se ha producido y toda la integración del movimiento LGTB en el circuito capitalista del consumo, la manifestación del 28 de junio la sigue llevando el movimiento. Y aunque los medios de comunicación prioricen lo aparatoso de la fiesta, sigue habiendo una serie de colectivos que convocan con una agenda política.

En 2005 se aprueba el matrimonio igualitario. ¿Cómo recuerdas el proceso que conduce hasta ahí?

En el año noventa y seis, noventa y siete, se empieza a hablar de las uniones de hecho, y en XEGA fuimos de los primeros que hablamos de matrimonio. Vino Pedro Zerolo a ver qué era de lo que estábamos hablando. Era el abogado de COGAM. Él entendía lo que estábamos diciendo, pero había un problema: quien llevaba la dirección de COGAM en Madrid no lo entendía. Hubo que esperar dos años a que hubiera un cambio y Pedro Zerolo sustituyera a Miguel Ángel Sánchez, que pasó a la Fundación Triángulo.

¿Por qué Sánchez se oponía?

Entendía que el matrimonio era una institución vinculada al patriarcado; que lo que había que hacer no era casrnos, sino cargarnos el matrimonio: una idea del mundo feminista que tenía un eco en el mundo gay. Zerolo tenía una visión distinta, y nosotros, con él, nos entendimos desde el comienzo. Entendíamos que tenía que haber una equiparación plena, y la equiparación plena pasaba por no generar una figura jurídica nueva.

La revolución, si llega, que llegue, pero primero, igualarse en lo existente.

Yo decía: «Revolución no habrá, pero el mundo lo vamos a poner patas arriba». Entendíamos que le estábamos dando la vuelta a la institución matrimonial. Era un: «¿Y por qué yo no?». Otra cosa es que, luego, tú utilices la institución. Yo siempre tuve la sensación de que la institución del matrimonio me llegó tarde. Yo no me había generado mentalmente la posibilidad de tener una vida, entre comillas, convencional; de montar mi propia familia. Alguna gente de mi generación lo ha explorado y alguna ha acabado mal, como tantas parejas heterosexuales. La batalla esta, la veíamos como algo largo. Si alguien nos hubiera dicho «esta batalla la vais a ganar en cuatro años», no lo hubiéramos creído. La figura de Aznar fue importantísima.

«El matrimonio me llegó tarde. Ya no me había generado mentalmente la posibilidad de tener una vida convencional; mi propia familia»

¿La de Aznar?

Sí, porque él se empeñó en que aquello no se podía discutir, y cada vez que había alguna moción parlamentaria para debatir el tema, presentada por Izquierda Unida, por el Bloque Nacionalista Galego, por Esquerra Republicana —porque trabajábamos con todos los grupos parlamentarios—, la respuesta del PP era siempre «no». Después, cuando vio que la ola iba creciendo, la respuesta ya era: «Vamos a presentar nosotros un proyecto diferente». Automáticamente, entendimos que de lo que se trataba era de presentar una ley de parejas como la que tenían en Francia. Y eso reforzó la idea de: no, aquí de lo que se trata es de la igualdad, y la igualdad es el matrimonio. Nos decían: ¡eso no es viable! Y nosotros decíamos: hombre, si el legislador tiene voluntad política, seguro que lo resuelve. Al final fue facilísimo quitar lo del hombre y la mujer y decir los cónyuges. No era tan complicado.

Foto: David Aguilar Sánchez

¿Qué representa para una persona de la izquierda alternativa como tú la figura de José Luis Rodríguez Zapatero?

Hay dos Zapateros: el de la primera y el de la segunda legislatura. El de la primera hay que entenderlo como expresión de un momento en el que el régimen empieza a agotarse y hace falta introducir elementos nuevos, reformas que le den dinamismo, sangre. Zapatero aparece como un impulso estimulante. La ley de dependencia, a mí me va a afectar, y me parece que es muy importante. El matrimonio igualitario, no digamos: era por lo que veníamos luchando. Denunciar la guerra de Irak y tomar una decisión como la que se tomó… Aquella primera legislatura insufló un poco de ánimo en el sentido de decir: «Todavía tenemos cosas que decir y que hacer desde la izquierda». El problema es que eso se agota cuando llega la segunda legislatura con una crisis económica en la que no teníamos parte, pero nos plegamos a lo que nos decían desde fuera, desde Bruselas. Pero la primera es un momento optimista. De todas maneras, también veías los límites. En lo que se refiere al matrimonio igualitario, no recuerdo la fuente —¿Pedro Zerolo?—, porque son ya muchos años, pero recuerdo escuchar hablar, o leer, de una entrevista de Zapatero con Gaspar Llamazares, y Zapatero le anuncia que va a proceder a reconocer el matrimonio para gais y lesbianas, y Gaspar le dice: «Si vas a hacer eso, que sea completo, que vaya también la adopción, porque, hagas lo que hagas, la derecha te va a montar un pollo. Mejor dos en uno que tener dos pollos por separado». Esa idea finalmente cuaja, pero hubo que pelearla. Yo creo que fue muy importante que Pedro Zerolo pasara al PSOE. Fue muy criticado. A mí me tocó defender su derecho a militar en el PSOE, estuviera yo de acuerdo o no. Si entraba en el PSOE para intentar instrumentalizar el movimiento, eso sería otro problema, pero el derecho individual lo tenía y estaba por encima de todo. Él siempre dijo que entraba para garantizar que en el PSOE hubiera una visión en positivo de las reivindicaciones del movimiento, y su presencia abrió espacios clarísimos en el partido. No sé cuánto influyó lo de Gaspar, no sé cuánto influyó lo de Zerolo, pero el resultado fue la decisión correcta: que no tuviéramos una figura jurídica que nos hiciera distintos y poder adoptar. En lo que tiene que ver con el movimiento LGTBI, Zapatero se salva. En otras cosas… Si hablamos de Cataluña, lo hicieron fatal. Hubo un proyecto de estatuto que venía del Parlament que en una noche se lo ventilaron.

«Lo hemos dejado bien cepillao», decía Alfonso Guerra.

Y el resultado fue otro tipo de problemas que ya se encargaría el PP de agudizar, pero que empiezan ahí. Yo no quiero salvar a Zapatero. Ahora bien, su figura, en esa primera legislatura, dio, por así decir, algo de oxígeno a una izquierda que venía del desmantelamiento de la Unión Soviética, de la guerra de los Balcanes, de la pérdida de referencias ideológicas y demás.

En los últimos años, parece haber un repunte de la homofobia, avivado por el discurso legitimador de las nuevas ultraderechas que proliferan por todo el globo. Seguimos viendo agresiones horribles y asesinatos como el de Samuel Luiz en La Coruña. Yo me pregunto, y te pregunto: ¿aumenta, se recrudece, la homofobia, o lo que ha aumentado es la sensibilidad y la atención hacia ella, de tal modo que casos que antes pasarían desapercibidos hoy no lo hacen, y generan una repulsa social que hace parecer que se han incrementado?

En el periodo que va del 2004 al 2010, por poner uno que me afecte a mí, nosotros decíamos que la botella estaba medio llena, medio vacía. Hacíamos esa reflexión a propósito de una cosa que fue bastante novedosa: un colectivo de jóvenes universitarios y universitarias que habíamos montado en XEGA que, en el momento en que se estaba planteando la aplicación de algunos planes de educación afectivo-sexual, pudieran ir a hablar con los adolescentes en los centros de secundaria y explorar cuestiones relacionadas con la prevención de la homofobia. Ese pequeño grupo estuvo activo igual cuatro o cinco años; cada año visitaba un montón de centros; hizo miles de kilómetros por Asturias; y al final de cada curso hacía un balance sobre qué problemas veían y cómo mejorar el discurso que se planteaba a los adolescentes. Siempre aparecía la queja de que había un grupo minoritario que decía: «¡Yo no quiero estar aquí! ¡A mí eso no me interesa, porque no soy gay!». Gente reactiva, ¿no?, a la que se le decía: justamente porque no eres gay es que tenemos que explicarte en qué consiste esto, para que, si mañana tienes a alguien que lo sea, sepas cómo reaccionar. Ese grupo siempre era una bolsa reducida, pero siempre estaba, porque, en la adolescencia, es cuando tú montas tu personalidad, y tu personalidad es «yo soy un tío, un paisano, y a mí me tienen que gustar las tías, y estos vienen a introducirme aquí no sé qué». De 2012, cuando yo lo dejo, a hoy han pasado once años y el paisaje ha cambiado. Por un lado, ha cambiado la normalización; la plena equiparación que implica la ley del matrimonio igualitario, que es una conquista, pero hace que en el movimiento surjan dudas de por dónde continuar. Aparecen colectivos bisexuales, aumenta el protagonismo del colectivo trans, se empieza a hablar de las nuevas masculinidades…, pero no hay un eje que permita que el movimiento siga siendo un referente ideológico fuerte. En cada lado se buscan cosas con mayor o menor acierto y eso es un problema.

Morir de éxito.

Sí. Tú ahora le cuentas a un adolescente de quince años que antes los gais no se podían casar y te dice: bueno, pero ahora sí, así que ¿qué me estás contando? Politizar aquello se vuelve más complicado.

La percepción es que, aunque no sea así, la igualdad ya está conseguida, y que las charlas son superfluas.

Claro. Y la corriente ideológica ahora mismo es desfavorable; es el viento de este auge de la extrema derecha populista. Creo que era Seixas quien decía que lo que definía a todas estas extremas derechas europeas era que son anti-movimientos sociales. No creen en el cambio climático, no creen en el ecologismo…, y sobre todo no creen en el feminismo. Ahora resulta que el elemento reactivo machirulo se teoriza, y además tiene espacio en los medios. Cuando alguien, en el parlamento, en una tribuna de prensa, dice «yo no creo en la violencia de género» o lo que sea, el colectivo refractario se ve reforzado. Empieza a tener argumentos. Todo lo erróneos que queramos, pero argumentos. Y año tras año, se incorpora una generación nueva que crece escuchando eso y a la que hay que educar, y la educas, pero la educas en medio de una tempestad en la que el agua te va entrando por un lado o por el otro. No hay una identidad anti-LGTB: si te das cuenta, los de Vox intentan decir que no tienen un solo problema con los homosexuales. Pero el discurso LGTB no se entiende si no es en paralelo con el desarrollo del movimiento feminista, y de un modo u otro, eso nos salpica. No sé por dónde van a evolucionar las cosas, pero… Mira, yo podía decir que mi padre era un obrero del franquismo y era un facha, y protestaba contra eso. Pero ahora escuchas a un alumno decir: «¡La culpa la tengo yo, por tener unos padres bolivarianos!».

La rebeldía, el punk, es ahora de ultraderecha, contra los padres progres.

Eso es. Eso es. Tenemos delante una especie de campo en el que plantamos semillas que no sabemos hacia dónde van a ir; si lo que va a salir de ahí es un horizonte emancipador y valores de progreso o un nido de víboras.

Foto: David Aguilar Sánchez

Profesores de secundaria a los que conozco me hablan de lo contraproducentes que llegan a ser las charlas sobre igualdad en los institutos. Los chavales las perciben como sermones del sistema, contra los que su rebeldía adolescente natural los impulsa a alzarse. Un amigo maestro me hacía una buena reflexión inspirada en algo que había visto; una charla sobre igualdad que quien la impartía dio con una mezcla de desidia e impericia, sin ser capaz de responder adecuadamente a las réplicas de algunos chavales. Hay cuestiones candentes —me decía este amigo— en las que todo lo que no sea revolucionario se vuelve contrarrevolucionario. Si una charla de estas se da mal, los chavales no se quedan como están; la cosa no queda a cero; no se empata. Se queda en números rojos. El discurso refractario a lo que dicen estas charlas no permanece intacto —lo que ya daría rabia—, sino que se ve reforzado, crece. Los chavales que lo utilizan se envalentonan ante un maestro al que perciben que han sabido derrotar con preguntas que él no ha sabido responder, o ha respondido titubeando.

Y además yo creo que hay que renovar el discurso. No se puede soltar el tipo de charla que se soltaba en el 2004 o el 2006. No podemos victimizarnos en exceso. Eso hay que recordarlo, pero ya no debe ser el elemento determinante. Recuerdo nuestros debates de los tiempos de la Liga y el MC sobre quién era el sujeto de la transformación social y la revolución; sobre la necesidad de cuestionar la exclusividad de la clase obrera, que era la respuesta tradicional. Nosotros, que nos habíamos volcado en otros movimientos sociales, creíamos que esos movimientos tenían algo que aportar. Lo que toca ahora es un poco eso: un modelo que no se fije en el pasado, sino en el presente; en qué pueden aportar nuestro activismo, nuestras propuestas, de cara a la transformación del presente hacia un futuro. Ahora, ¿cómo se puede concretar eso para trabajar con adolescentes? Me empieza a quedar lejos. Pero hay que trabajarlo. Lo que no se educa, efectivamente, se deseduca.

«No se puede soltar la charla que se soltaba en 2004, victimizarnos en exceso. Hay que recordarlo, pero no debe ser el elemento determinante»

Para terminar, quería abordar también tu faceta de enseñante y de militante de un sindicato de enseñantes: SUATEA. Fuiste profesor, como has ido contando, en un instituto de Pravia; te acabas de jubilar. ¿Cómo ha evolucionado el oficio en los años que llevas ejerciéndolo? ¿Eres de los que dicen que La escuela no es un parque de atracciones, como Gregorio Luri,o de los que abrazan las nuevas pedagogías? ¿Suele suceder, como denuncian algunos profesores —también progresistas, y no solo conservadores como Luri—, que diseñen estas últimas pedagogos que nunca han bajado al barro real de un aula?

Los cambios en el sistema han sido muy profundos, marcados por las leyes que se han sucedido. A mí me tocó la llegada de la LOGSE, y durante dos, tres, cuatro cursos, estuvimos trabajando toda la metodología de la LOGSE, intentando prescindir de libros de texto, lo que implicaba todos los días fotocopias, materiales, elaborar cosas nuevas. Luego vienen la la LOCE de Aznar, la LOE de Zapatero, la LOMCE, ahora la LOMLOE… La peor de las leyes fue la LOMCE de Wert, y ha quedado derogada, pero a lo que se va es a una LOE que ya planteaba problemas que tienen que ver con la introducción de valores neoliberales en la enseñanza: la promoción de la economía emprendedora y demás; la FOL, formación y orientación laboral… Todo pensado para que el alumno se integre sin chirriar mucho, sin levantar mucho la voz, en el mercado laboral, con valores de competitividad. El año pasado vino a darnos una charla sobre todo esto Nico Hirtt. Y todo eso, en un periodo de recortes que han afectado fundamentalmente al sector educativo, y que se han ido acumulando un año tras otro. Son muchos miles de millones los que se han recortado y los que no se han invertido, y estamos viendo las consecuencias. ¡Estamos viendo centros a los que se les hunde, no ya el techo, sino el suelo!

El Rey Pelayo de Gijón.

Exacto. ¡Se les hundió el suelo! El centro ha quedado desguazado, y de repente descubrimos que hay muchos más que tienen problemas. Eso por no hablar de las plantillas. Hemos generalizado que lo normal sea un treinta y pico por ciento de personal interino, en unas condiciones de precariedad que antes no era imaginable en el sector público. En cuanto a la metodología, hay un sector, me atrevería a decir que de derechas, del ámbito docente que dice que se ha abandonado la búsqueda de la excelencia en el alumnado. Desde SUATEA, nosotros planteamos que trabajamos para todo el alumnado: los de excelencia y los de no excelencia, pero que el alumnado de excelencia, precisamente por serlo, va a salir, y si encima tiene buenas condiciones económicas y una buena retaguardia familiar, no va a tener ningún problema, y lo que tenemos que centrarnos en el de no excelencia; en ese que no tiene la retaguardia familiar y las condiciones materiales que le aseguren su desarrollo. Todo esto es una batalla ahora mismo, con gente que se deja llevar por la nostalgia de lo viejo; por la idea de que antes se estudiaba más y mejor. Yo no discuto que los niños, antes, se sabían la lista de los reyes godos, y no les servía para nada, pero la sabían. Se estudiaban más cosas. Pero ahora tenemos procesos de formación que no pasan por la lista de los reyes godos. Hoy, incorporarse al mundo que te va a tocar vivir pasa por saber moverte por un aeropuerto, por manejar las redes sociales, por todo eso a lo que hay que dar respuestas nuevas. Otra cosa es que haya gente convencida de que ese es el único camino. Desde el flanco de la izquierda, hay quienes plantean la reducción de contenidos y de conocimientos que se intenten pasar al alumnado, y eso no deja de ser una manipulación. Cuanta menos formación y conocimientos tenga un alumnado, más fácil de controlar y de domar va a ser. Nosotros, en SUATEA, siempre defendimos la renovación pedagógica; una escuela pública fuerte, pero impregnada de valores de futuro y de cambio; de feminismo, de igualdad, de cuidados, de valores ecológicos… Pero la escuela no se puede convertir en esto de: «¡hay que acabar con los accidentes de tráfico! ¿Cómo lo hacemos? ¡Desde la escuela!»; «¡Tenemos que prevenir la homofobia! ¿Cómo lo hacemos? ¡Desde la escuela!».

La utopía educativa que dice César Rendueles; la idea de que todo lo puede resolver una asignatura en el currículum de la educación pública.

Eso es. Y a la vez, esa visión de la reducción de contenidos y la priorización de cosas nuevas, algo sobre lo que yo, honestamente, tengo mis dudas. ¿Hay que poner deberes al alumnado? Pues es que, si no les ponemos deberes, ¿cómo garantizamos el proceso de enseñanza, cómo lo evaluamos diariamente? Esta creencia de que Internet ha globalizado el conocimiento, lo ha puesto accesible a todo el mundo, y se puede hacer prescindible hasta la figura del médico, o que tú cuestiones el diagnóstico de un médico, no digamos ya el de un profesor… En fin, la LOMLOE es buena en el sentido de que se carga la LOMCE, pero no nos da todas las respuestas que necesitamos, y nos abre otros interrogantes. Sigue existiendo un sistema de escuelas concertadas hacia el que se derivan millones de euros de dinero público, sigue estando presente la religión, seguimos teniendo ahí elementos neoliberales que se introducen como materia de aprendizaje, los centros siguen compitiendo unos con otros, sigue sin dotarse en condiciones a los que tienen más necesidades, que son aquellos en los que hay una mayor presencia de población inmigrante o sectores sociales en situación de exclusión… Y, más allá de eso, existe la impresión de: «Si gana el PP, me van a cambiar la ley, así que no voy a aplicar la LOMLOE, porque, total…».

Te acabas de jubilar. Me han dicho que planeas regresar a Cantabria.

Las raíces llaman… Es algo difícil de explicar. Cuando de Adolfo Saro y de mí decían que éramos cántabros, siempre respondíamos: «¡Naturalizados asturianos!». El hilo con Cantabria siempre lo mantuve, pero durante mucho tiempo, iba muy poco. Empecé a ir por cuestiones biológicas: cuando tus padres enferman, estás obligado a ir y a cuidar de ellos. Y llega el momento en el que te planteas qué hacer con su piso: ¿lo vendo, no lo vendo? Mi piso de Oviedo está repleto de libros, ¿y si los llevo para allá? Vas recuperando esa conexión, y sí: yo terminaré en Cantabria, lo que no quiere decir que no vaya a seguir viniendo mucho por aquí. Será una cosa mixta; un pie en cada sitio.

Terminamos, Tino. Un placer.

¡Vaya brasa que te solté!

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